Carlos Pistelli

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SAN MARTÍN EN BUENOS AIRES, El Espectro del Libertador, a doscientos años del Cruce de Los Andes.

       El fantasma de José Matorras desembarca en Buenos Aires. Desempolva su vestimenta, con un portafolio que lleva en la mano. Es un espectro sin rostro, que mira, con la vista perdida,  la urbe, la metrópoli que se alza a sus ojos. No se difiere si su rostro es aquel que posó al daguerrotipo en Francia, o si arquea el ceño detrás de su nariz aguileña, como lo retratara José Gil de Castro en Chile. Es un espectro que observa en silencio a la ciudad de Buenos Aires.

            Nadie percata en él. Permanece en silencio y de pie, como sin atreverse a dar un primer paso. Sólo observando. La gente que pasa a su lado no le lleva el apunte. Ni siquiera el perro que ladra al gato del tejado, ni tampoco el gato, que como buen felino, sabe de la presencia fantasmal alrededor. Matorras, mira todo, y a todos, sin que nadie lo vea a él.

            Radio 10 suena en el taxi. Su conductor fuma por la ventanilla, con una mano en el cigarrillo, y otra en el volante. No viene veloz, buscando pasajeros, y la banderita de taxi libre, está más roja que nunca. Él, el taxista, lo ve. Hace una maniobra que le gana un insulto, porque se ha sobresaltado. Lo mira una vez, lo mira mientras pasa, lo mira rotando el cuello como una lechuza. Atina a tomar el celular, y mensajear a su mujer:

– Creo que vi a San Martín, vieja.

            No pasan segundos que la “vieja” le contesta:

– Dejá el vino por la mañana, querés.

            El taxista dobla en la siguiente intersección. Vuelve unas cuadras. Retoma la avenida por la que venía, y finalmente, para a los pies del espectro:

– Suba, maestro, le dice mientras le abre la puerta trasera del coche.

            El fantasma, sorprendido, sube y se posa en el asiento.

– ¿Lo llevo a algún lado?.

          Apenas con un movimiento de cejas, le indica seguir pa’ delante. El taxi arranca, pero no se enciende el tarifario. La radio baja su volumen, y el taxista ya no fuma. Apenas, mira de tanto en tanto, por el espejito retrovisor, a su pasajero.

– Avenida Belgrano, maestro, ¿Agarro por acá?.

            Una leve sonrisa configuró en el rostro, y el conductor lo entendió como un sí. Pareció que en la ausencia de rostro se apareciese el de un hombre de mediana edad, fino bigote, largas y voluminosas patillas, cabello renegrido.

 “Bienvenido, Libertador de América, Estamos en Yatasto, posta de la Nación”.

            El taxista, se sobresaltó al sentir de haberlo escuchado en su mente, porque de esos labios no habían salido palabras qué escuchar.

– ¿Cómo dice?, pero no se le respondió su sorpresiva pregunta. ¿Me dijo algo?.

            El espectro se inclinó hacia adelante al divisar una Iglesia que reconoció en sus recuerdos.

– Santo Domingo, maestro. ¿Doblo?.

            El espectro asintió, y en una maniobra que generó una catarata de insultos, el taxi se internó por Defensa. Recorrió las cuadras que separan a Belgrano con Yrigoyen, y al llegar al cruce con la Plaza de Mayo, sintió que le pedían que se detuviera. Se bajó con rapidez, abrió la puerta, y el espectro descendió. Su mano derecha se hizo carne, y la extendió al taxista, quien la apretó, sintiendo con dulzura, un recuerdo de su ayer.

 Su viejo le daba la mano, un coscorrón en la cabeza, cada vez que él le pedía, de purrete, para salir a patear con los pibes del barrio.

            Eso, sintió, el taxista, que su padre lo despedía cuando se iba a jugar por ahí. Lo vio al espectro cruzar la calle, e internarse en la Plaza Histórica. Mirando, una vez al Cabildo, y otra a Casa Rosada, para, a paso firme, dirigirse a la Catedral. Y le perdió de vista, prendiéndose un cigarrillo, que no quería terminar.

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San Martín

      Entró sin persignarse, buscando el Mausoleo que lo recuerda. Los dos granaderos quedaron tiesos al ver al viejo Jefe de regreso. Les hizo la venia, y se cuadraron, taconeando el suelo. Entró, curioso, e hizo la recorrida. Al ver a Las Heras, musitó mentalmente:

 “Usted sí qué me las hizo, en Perú”.

            Siguió unos pasos más, y se sonrió con alegría.

 “Amigo Guido”.

            Un cura lo sacó de su reflexión.

– Libertador, es Ud. el Libertador!.

            El espectro recuperó color y vigor, se dirigió calmadamente hacia el cura, y su mano volvió a hacerse carne. Palmeó el hombro del religioso, y expresó sus únicas palabras, con esa voz metálica y varonil que dicen que tuvo:

– Así que angustiados de declarar la Independencia…

            Siguió su caminar, y un granadero quiso abrazarlo, pero su rostro cambió enérgicamente, y el granadero, transpirado en su rostro, volvió sus pasos, se cuadró, y permaneció con la vista al horizonte, observado reciamente por su Jefe. La gente ya le sacaba fotos, porque, al fin y al cabo, alguno sabía de historia para distinguir quien estaba ahí, frente a ellos. Pero cuando miraban las fotos en la pantalla de sus celulares, solo tenían un sobretodo negro, pantalón al tono, zapatos de rigor, y un portafolio suelto en el aire. Sin rostro.

            El espectro se persignó, ahora sí, ante el altar, y abandonó la Catedral, ante un silencio sepulcral que se volvió murmullo, y luego aplausos, y vítores. Y desapareció por la Diagonal Norte.

            La noticia corrió como reguero de pólvora por Buenos Aires, por el país, por América. La televisión, los diarios, las radios, internet, propagaban el episodio.

            El Fantasma de San Martín, estaba en Buenos Aires.

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