Carlos Pistelli

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La política.

“¿Por qué me interesa tanto la política? Si pudiera responder de una forma muy sencilla, diría lo siguiente: ¿por qué no debería interesarme? Es decir, qué ceguera, qué sordera, qué densidad de ideología debería cargar para evitar el interés por lo que probablemente sea el tema más crucial de nuestra existencia, esto es, la sociedad en la que vivimos, las relaciones económicas dentro de las que funciona y el sistema de poder que define las maneras, lo permitido y lo prohibido de nuestra conducta.Después de todo, la esencia de nuestra vida consiste en el funcionamiento político de la sociedad en la que nos encontramos. De modo que no puedo responder a la pregunta acerca de por qué me interesa; sólo podría responder mediante la pregunta respecto de cómo podría no interesarme (…) No estar interesado por la política es lo que constituye un problema. De modo que, en lugar de preguntarme a mí, debería preguntarle a alguien que no esté interesado por la política y entonces su pregunta tendría un fundamento sólido, y usted tendría todo el derecho de gritar enfurecido ¿Por qué no te interesa la política?”

 Michel Foucault

 Foucault, M. y Chomsky, N. – La naturaleza humana. Justicia versus Poder [1971]

 

Moisés Lebensohn, y la política*.

 “Nuestros políticos ya no son los escultores del alma nacional y la estructura del país… Su habilidad consiste en ocultar su pensamiento, simular o disimular, flotar sobre las corrientes contradictorias como madero sobre el mar; He ahí su ideal, permanecer en la superficie…” 

“Nosotros estamos en la lucha y en la pelea por la realización de los fines y los ideales de la nacionalidad. Nuestra bandera en este momento es la bandera de la República y quienes se alzan contra el sentido de libertad y contra los contenidos profundos que dieron nacimiento a nuestra Patria, son perjuros del sentimiento de la Argentina”.

“…nuestra bandera suprema es la vida de los hombres. Queremos que todo en la Argentina – economía, estructura social, estado político – esté subordinado a la vida del hombre argentino como supremo objetivo, como finalidad suprema de la existencia nacional.”

 

Qué le pasó a la política argentina?, en buena parte le pasó la Democracia. Así de simple.

 Con la caída de Hipólito Yrigoyen en 1930, producto de un golpe militar donde se conjugaban principalmente los sectores ‘productivos’ vinculados a los negocios petroleros**, comienzan cinco décadas de inestabilidad institucional en la Argentina. 

 En esas largas cinco décadas, pasó de todo con la argentinidad. Partamos de una base fundamental para entender a nuestro difícil y maravilloso país.

 Arranquemos con Mayo de 1810, y el propio nombre de nuestro país. El término “Argentina”, como bien lo investigó el historiador José Carlos Chiaramonti, actual director del Instituto Emilio Ravignani, solo tuvo aceptación popular a partir de la consolidación de Rosas en sus distintos gobiernos y con la Constitución de 1853. Hasta entonces estaba solamente en las conversaciones de una elite porteña, más que nada. Recién en 1831, Pedro Ferré, gobernador y fundador, prácticamente, de la Provincia de Corrientes utiliza el término ‘Argentina’, como nombre de nuestra, todavía, inconclusa Nación.

 Esa atropellada elite porteña que hizo buena parte de lo bueno y lo malo de las primeras décadas nacionales (no digamos Argentina, todavía) construyó, o empezó a hacerlo, una nación de la nada. Los lazos que ligaban a nuestros pueblos ‘españoles’, eran, justamente esos: La idealización de ese Rey lejano en Madrid, y la religiosidad popular. Las fiestas religiosas eran el ámbito mayúsculo de manifestación cívica hasta 1810. Pero cuando Castelli y Belgrano imponen la celebración del aniversario del 25 de Mayo, las famosas fiestas mayas, comienza la transformación confusa y honda de nuestras sociedades.

 Castelli y Belgrano, por mencionar a los que más quiero, gente acomodada en la función pública colonial, se deciden a hacer política para suplantar a ese ausente y, encima, depuesto Rey.

 Aquí encontramos entonces, según mi humilde y argumentado parecer, la génesis nativa, todavía difusa para llamarla ‘argentina’, pero sí continental y americana. La política como articuladora de la movilización cívica, de la realización del sentido de la identidad, y como articuladora de la conformación del Estado.

 La política como triple articuladora, entonces, diferencia a nuestros países emancipados de España, de otros con los cuales tenemos raíces ancestrales. Obsérvese, sin ir más lejos, quel Estado Alemán, o el Italiano, son Estados nuevos, de menos de doscientos años de existencia, pero cuya cultura e identidad es milenaria. El propio Estado Judío es un estado nacional nuevo (1947), pero su Pueblo y Nación es más viejo que adrede.

 Hecha esta aclaración, volvamos a las décadas que van de 1930 a 1983.

 

  • De 1930 a 1983.

Con la caída del Yrigoyenismo, nace la resistencia yrigoyenista. Utilizaré el término yrigoyenista, diferenciándolo del ‘radical’, partido que abreviaba el legado y las luchas de don Hipólito. El yrigoyenismo, con su expresión partidaria, la Unión Cívica Radical, pasa 28 años en la oposición. Se convierte en un partido en términos clásicos, reducido cada año a una expresión de una minoría dirigencial sin contacto popular, debido, primero, a sus defecciones, y luego al surgimiento del Justicialismo como bandera de los sectores nacionales del ‘populacho’. Son veintiocho años amargos para los herederos del viejo Peludo de calle Brasil. En primer lugar, porque ven las complicidades de sus dirigentes con los poderes de turno; En segundo, como pierden su representatividad nacional y popular. Se convierte en un partido de ideas, pero no de acción. De interlocutores valiosos, analistas, intelectuales, futuros estadistas, pero encerrados en una militancia cada día más sectaria, complicada para acceder sencillamente al pueblo raso. Perseguidos por unos, y por otros, coartados de hacerse con las veces de jefes del partido, recién, y no con pocas disoluciones y separaciones, lo consiguen en diciembre de 1952. Justamente, esos veinticinco años sin Yrigoyen (muerto en 1933), forjan la mejor camada dirigencial del Yrigoyenismo. Militantes, promisorios dirigentes, vedados de ejercer el poder político a nivel nacional, se vuelcan a una militancia de resistencia, de compromiso con los suyos, y un ideal enaltecedor, de creencia en un país mejor, embebidos de la cuenca popular argentina.

 Lo mismo les va a pasar a los Justicialistas, con la caída de Perón en setiembre de 1955. Es la larga Resistencia Peronista de casi 18 años, esperando el regreso del viejo conductor nacional. Los episodios violentos que empiezan a sucederse en nuestro país a partir de la década del ’60, en donde la experiencia cubana se hace notar, y el revanchismo justiciero ante un régimen, poderoso y duradero, sin importar de colores, ni matices, prohibían hablar en público de Perón, van generando un espíritu popular que no guarda parangón en la Historia Argentina. Los fusilamientos de 1956, la vejación del cuerpo de Evita, y su desaparición, la persecución implacable y deleznable, hicieron el resto.

 En esos 53 años se da una extraña paradoja que merece ser mencionada. Los distintos gobiernos constitucionales, aún los que carecían de legitimidad, hablemos de Perón (1945-1955), de Frondizi (1958-1962), de Illía (1963-1966), y los tres años dorados y oscuros (1973-1976), defienden el rol del Estado como hacedor de la felicidad nativa. El famoso “Estado de Bienestar”. Los distintos gobiernos de facto, que deben llamarse dictaduras, procuran el desguace del mismo Estado del cual se beneficiaban esas mismas elites, que Illía llamaba, “las doscientas familias que rodean la Casa Rosada”, o que el lenguaje peronista popular, definía como “oligarcas y cipayos”. Y levantan esa idea, por la cual ellos son los honestos, y la política, en su totalidad, es corrupta. Idea que tuvo asidero social, también.

 La política, entonces, era una expresión épica de nuestra sociedad. Militar en política, aunque más no sea para pedir el reestablecimiento de las Instituciones, o el regreso de Perón, daba chapa de ‘rebelde’. Ser perseguido, encarcelado, torturado, silenciado, obligado a buscar en el exilio las libertades que faltaban, forjaban un temple emotivo y conmovedor, Formulador de debate, de pensamiento, de instinto de no sometimiento, de inconformismo permanente a los que los ojos divisaban. Ese carácter épico de aquellos años, dan muestras vivas, del deseo, no material, de creer en algo más que los bolsillos llenos. Y vaya si había bolsillos llenos en aquellas sociedades transcurriendo cincuenta años. Pero eso no era, lo que gran parte de la argentinidad quería. Era lo inalcanzable, a ciencia cierta, de lo que podría ser, si las libertades llegasen a ser plenas. Ese ideal semiutopico, en buena medida movilizó a gran parte de nuestros ciudadanos. 

 En ese ambiente cultural y político, esencialmente, político, en ese caldo de cultivo extraordinario, surgen los dos grandes escritores argentinos del siglo XX, que no hubieran podido ser, lo que fueron, si no formaban parte, de esta etapa, maravillosa. Borges, y Cortázar. Cabría mencionar, como el tercer elemento de ese dueto mágico, a Rodolfo Walsh. Un periodista comprometido con las investigaciones, con eso que comúnmente, se llama, ‘la verdad que dan los hechos’. Y que escribía genialmente, y que impuso, en la Argentina, y en el mundo castellano, un novedoso estilo de escritura, que en los Estados Unidos, imponía Truman Capote. De Capote se hacen películas, en Joligud; En la Argentina, apenas unos cuantos hemos leído a Rodolfo Walsh.

 El proceso domesticador, como lo llama el periodista Carlos del Frade, al Proceso Dictatorial que irrumpe en 1976, quebró ese ambiente histórico. La derrota en Malvinas, destruyó esas ansias nacionales de creer que éramos invencibles, y un país único, e irrepetible. 

 

  • La Democracia.

 Entonces llega la Democracia. Entonces llega Alfonsín. La primavera alfonsinista dura tres años. Una correcta formación política de añares, del viejo dirigente radical, establecieron tres parámetros base, para ese momento, que él siempre supuso de transición. Recuperación económica, juicio a los jerarcas del Proceso, tutoría popular. El Alfonsín de 1983, era un ferviente creyente de ese artículo perdido de la Constitución alberdiana de 1853, por el cual se dice “que el pueblo no gobierna ni delibera sino a través de sus representantes”. El mayor error del viejo Raulo, fue en no creer en la sola acción del Pueblo, como decían, Castelli en 1810, y el propio Leandro Alem, allá en el lejano Radicalismo Revolucionario de 1891. Cuando las contradicciones empiezan a minar al gobierno, dos hechos no menores le auxilian. Maradona y México ’86; La ruptura peronista que va en listas separadas en 1985. Pero en diciembre de 1986, Alfonsín manda la ley que lo condicionó el resto de su vida, y en principio, de su gobierno: Las leyes de punto final. Desde entonces, el desastre.

 Y en el medio, el punto que empieza a cambiar la historia desde 1916. Setenta años de discurso radical se van al caño. De consignas demócratas, se van al caño. Es cuando Rodolfo Terragno, un intelectual exilado en Inglaterra, se incorpora al gobierno del doctor Alfonsín. Terragno en Londres, había visto de primera mano las políticas neoliberales y privatizadoras de Margareth Teacher, y se propuso llevarlas adelante, con matices, en la Argentina del Alfonsín en desgracia. Pero el Senado Nacional, hechura justicialista, cuyo jefe de bancada se llamaba Eduardo, le hizo la vida imposible a sus intentos de reforma. El hermano Eduardo, dijo aquella vez “Nunca el Justicialismo, le pondrá banderas de remate a las Empresas Estatales”. Su hermano se pasó 10 años y medio sin ponerle, ni banderas.

 Y todo va a estallar en diciembre de 2001, cuando el inoperante, corrupto y represor que gobernaba entonces, se rajó en helicóptero.

 ¿Dónde había quedado la política?, Donde esas ideas donde la militancia significaba la movilización cívica, la realizadora del sentido de la identidad nacional, y la articuladora de la conformación del Estado. Evidentemente, no en el grupo Sushi. 

 

  • La reacción desde 2003.

 Pese a que historiadores amigos, y no tantos, me dicen que me dedique a la historia y deje mi costado de analista político, porque hago agua, insistiré. Cuando Leandro Alem conformó aquella lejana y vieja UCR, dijo que estaban creando un “movimiento de reacción”. De reacción a los órdenes establecidos. De reacción a un Régimen imperante, “oprobioso y funesto”, que languidecía a nuestro país en un Estado colonial de las apetencias extranjeras, y de esa elite social que acompañaba al zorro Roca, al gringo Pellegrini, al ‘Divinus Bartolus’ Mitre.

 Estamos viviendo, a partir del 2003, un movimiento de reacción que tiene similitudes con aquellas palabras del viejo Leandro. Estoy convencido que es así. La política vuelve a tener síntomas de que levanta aquellas viejas banderas castellistas. Fueron Belgrano, y don Hipólito Yrigoyen, descontando desde ya lo que hacía Eva, que hablaban de la política, como hacedora de la felicidad de los pueblos. Yo no sé si es tan así, hoy. Pero creo que vamos encaminados. Hay debate en el país. Yo no sé el Gobierno Nacional, que conduce este proceso de reacción, se lo ha propuesto tan así. Pero se debate en nuestro país. Y sí. Hay diferencias, hay intolerancias hacia el que piensa distinto a uno. Hay intereses creados que se conjugan para detener los avances sociales y políticos, del Gobierno Nacional. Hay una idea de totalidad abarcativa del gobierno, que impide pensar un cachito distinto a su concepción de poder. Pero es lo lógico de años de abandono político. No soy ingenuo. Sé que mientras este proceso avanza, hay mucho que hacer, que resolver. Me preocupa, tanto como a cualquiera, la inseguridad creciente, el flagelo de la droga, y del crimen organizado maniatando el manejo de la misma, la falta de políticas claras en salud, vivienda, y educación. Y sé también, que muchas veces se me escapan soluciones de derecha, a estas problemáticas.  Pero hay avances. No se puede negar eso. Hay una inversión incesante desde el Conicet para los investigadores, pero no alcanza. Claro que no alcanza. Hay sospechas de corrupción en todos los órdenes. No es aceptable, pero entra en las lógicas de una sociedad, cualquiera sea ella.

 En estos años se ha discutido, y se discute, los roles de los actores sociales del país. El campo, la prensa, los grandes medios, las empresas extranjeras, los partidos políticos, los gremios, la representatividad, la honestidad de los que opinan. Uno no llega a fin de mes, se mira mucho Tinelli, tiene miedo del futuro económico, se queja del transporte público. Déjenme con esta realidad, inconformista, pero con la plena conciencia de que podemos mejorar. De que se puede opinar, libremente. De pensar, libremente. Cualquiera, opina cualquier cosa. Con todo lo bueno, y todo lo malo, que pueda significar esta última oración. Las redes sociales, exacerban, más que ayudan, estos debates. Lo sé. La posibilidad del anonimato y el no dar la cara, ayuda a que uno, cualquiera, agrede, más que opine, sobre tal, o cual, tema. Pero son también las leyes lógicas de estas nuevas formas de comunicación mundial.

 Por eso siempre me presentaré como saludable ante ideas contrarias a las mías, que son pocas, porque me ayudan a pensar. Pensar, esa virtud humana de la cual nunca debiéramos prescindir. Y la política es la esencia del pensamiento, y su discusión. El discernimiento perpetuo, que es la Ley de la Democracia. Yo saludo la militancia juvenil, desde siempre. Sea la Cámpora, como el Movimiento Evita, Sea los jóvenes del GEN, donde encuentro amigos de aquí y de allá, y en casa también, Sean Socialistas, Sean de los distintos estrados de la Izquierda Argenta, De los jóvenes radicales que no se resignan en ver convertido a su partido en un satélite bobo del duhaldismo, Inclusive los jóvenes del PRO (que me producen asco vomitivo), saludo su militancia, aunque estén a las antípodas de mis creencias. Es la política, estúpido.

 Es el regreso, a creer que la política moviliza cívicamente, realiza el sentido de la identidad nacional, y articula la conformación del Estado. No es sencillo encontrar coincidencias plenas, y absolutas, un absurdo, sobre estas bases de las que les hablo. No es lo mismo el rol que tienen los distintos partidarios mencionados en el párrafo anterior sobre el rol del Estado. Pero se debate. Y eso, es hermoso. Aunque el debate no tenga la altura de años culturales pasado, se debate.

 Sin ir más lejos, hace unos pocos años atrás, la Argentina estableció un hito casi a la altura de la Revolución de Mayo. El matrimonio civil. Ustedes saben que en tiempos coloniales, la ‘sodomía’, era un delito de lesa majestad, un pecado nefando, que justificaba la pena capital. Años, décadas, centurias, y parecía que no habíamos evolucionado un poquito de aquellas ideas de otros tiempos. Y hace poquito, lo logramos. Pese a algunas palabras arcaicas del arzobispado porteño (“Es la mano del diablo para destruir la obra de Dios”), avanzamos centurias culturalmente. Y si conseguimos eso, podemos conseguir más.

 Porque amo la política, algún día volveré a ella. Como se merece que vuelva. Tengo miedo del futuro laboral que me pueda deparar el destino, porque, como buen vago alberdiano, no me recibí de un carajo de nada. Y dependo de las exigencias de los empleadores de la hora. Bueno, así son las cosas. Es una mezcla acuciante, mientras uno ama a Dana, se divierte, sufre su realidad financiera, se emociona con sus sobrinas, se retrotrae en sí para seguir aprendiendo un cacho de Historia. Y para pensar, para creer, y para crear.

 Porque la política, pese a todo lo que se le pueda decir en contra, es justamente eso: Brega, corrupta, mediocre, y descangayada, para dotar de felicidad a los pueblos. Y si puedo seguir leyendo lo que quiera, sin censura ni prohibiciones, y publicar lo que pueda, mientras el bolsillo ayude, Entonces seguiré creyendo en ella. Y cuando ella, por esas vicisitudes por las cuáles suelen pasar las cosas, quiera engañarme, entraré a ella, y como dijera Arturo Frondizi, “¿No le gusta?, Entre y cámbiela”. 

*Para saber de Moisés Lebensohn, http://www.futuro-digital.com.ar/editorial-mainmenu-70/49-editorial/5657–las-lecciones-de-lebensohn.html, o en el libro “Los Caudillos, Editorial Dunken, 2012”.

**El primer gabinete post yrigoyenista lo conforman abogados y lobbystas de las Empresas Petroleras trasnacionales.

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