Carlos Pistelli

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19 y 20 D I. POCHO y yo.

Conocí a Pocho Lepratti.

Pocho tenía la calma de un pibe de barrio que no tiene mayores ambiciones que pasarla bien.

Del arzobispado le dieron a elegir: El barrio, el pueblo, el rebaño del Señor, o La Iglesia, las insignias clericales, los fariseos de la ley.

Eligió el barrio, el pueblo, el rebaño del Señor. Y eligió bien, aunque vivió un riguroso celibato.

Lo conocí allá por el invierno de 2001. Militaba entonces en la juventud Moisés Lebensohn de la Unión Cívica Radical. Éramos el Radicalismo que, acaso, Alem hubiera dedicado sus palabras finales en aquel acto fundacional del Radicalismo en el Jardín Florida,

Yo saludo este movimiento iniciado por la juventud, que así demuestra tener la mayor virtud del hombre: el carácter. Conservadlo siempre puro, moral, justiciero. No desfallescáis nunca en esta cruzada ética que han lanzado. Y si alguna vez necesitáis la ayuda de un hombre todavía joven, de largas barbas blancas, pronunciad mi nombre y acudiré con arrojo a ocupar mi puesto, con ardor, fe, y santo patriotismo.

Pero el Radicalismo que gobernaba al país poco tenía que ver con el fundado por Alem allá por 1890. Nosotros creíamos que existía la posibilidad de “oxigenar las viejas banderas”. Teníamos una revista juvenil para adolescentes, comités desplegados por la ciudad de Rosario, una concejalía, perdimos una interna política cuando el país se caía (¡Éramos radicales, qué queréis!) y conducíamos un taller para los chicos marginados del sistema.

El taller “de la Libertad”, nos llevó a Pocho.

La idea era armar un campamento en ‘invierno’ con los chicos de nuestro taller, y con su revista ‘Ángel de Lata’.

Nos recibió en la sede de la revista, Zeballos casi tocando Corrientes. Fui con una compañera militante de entonces.

Tomamos mates amargos.

No puedo quitarme de mis retinas la bondad que desplegaba su rostro.

Yo no sabía quién era él. Para mí era un muchacho que hacía las cosas como nosotros, y había que ver de que manera lo sumábamos a nuestro grupo.

Venían las elecciones primaverales de ese año, y teníamos que revalidar la concejalía.

Nos abocamos de lleno a la elección, y nos olvidamos del campamento.

Por esas cosas de la política electoral santafesina de entonces, no la revalidamos. Y el grupo quedó en punto muerto, y casi cuasi liquidado económicamente.

El miércoles 19 de diciembre de 2001 me encontraba en la casa materna de mi amigo y correligionario Carlos Grinblat. Todos los miércoles yo me iba a la casa de mi tía, que tenía guardia en el Sáenz Peña. Allí pensaba, leía y reflexionaba. Recuerdo que escuchaba mucho tango. Con Carlos íbamos a preparar un documento político para presentar en el lanzamiento de la ‘Alianza Chica’, que lideradían desde Buenos Aires, Federico Storani y Aníbal Ibarra.

Nunca se produjo el lanzamiento.

Carlos tenía cable, y entonces me enteré por televisión quel país se caía.

Ese miércoles 19 de diciembre de 2001, un herido de bala entró en la Guardia del Sáenz Peña.

Mi tía, lo recibió, con otros médicos.

‘Me quema’, repetía, ‘Me quema’. Traía un tiro de bala en la garganta, y no le pudieron salvar la vida.

Horas después, la policía montada se hizo presente en el Hospital, preguntando por la situación del que ‘habían traído’.

Ellos, sabían quien era.

Yo, todavía, no.

Caminé esa tarde por las peatonales vacías de gente. Buscando respuesta en mi juventud sobre lo que estábamos viviendo.

Cuando supe, meses después, quien era el muerto en el Hospital, y que yo lo había conocido, entré en una tristeza enorme.

Aquellos días negros de diciembre de 2001, yo pensé que nuestro país, se había muerto también con el Pocho Lepratti.

Entonces me puse a escribir, de un tirón, y sin saber muy bien qué hacía, la Historia de mi país.

La Historia de la Argentina.

A mano, porque en casa no había computadora, ni cable, y apenas nos alcanzaba con lo justo para sobrevivir.

La Historia de un país capaz de entregarse en vida, y a muerte, por los sagrados dogmas de la Libertad.

Libertad, como se llamó aquel taller que nos permitía creer que otro país era posible.

Pero también la Historia de un país capaz de asesinar a sus mejores hijos, en nombre de vaya uno a saber que ideal.

En ese dueto de ángeles y demonios que somos los argentinos.

Entre tipos como Lepratti y los médicos que lo intentaron salvar.

Entre tipos que lo mataron y andan libres porque la Justicia Corrupta los protege desde hace once años.

Sería una obviedad, una verdad de perogrullo, decir que quiero un país con más Leprattis, y menos Reutemenemanns, menos DelaRúas.

Mas que pensar al respecto?

Si este tema dice muchas más verdades que las que escribió Immanuel Kant:

Por Pocho, por justicia, y porque sigo creyendo aquellas palabras que Alem hizo ley:

Ya no hay jóvenes en la República, le decía en una carta a un viejo amigo, los que se titulan jóvenes no lo son sino en la edad, porque cuando se les habla de la patria, de los sacrificios patrióticos o del cumplimiento de los derechos cívicos, reciben esas palabras con un solemne desprecio, considerando que tales asuntos sólo pueden preocupar la mente de los ilusos, de los líricos, cuando no dicen de los tontos; y agregan que en nuestros días la política ha cambiado de giro y que hay que ser más prácticos, adoptando otra política basada en el positivismo,y titulándose, los que de tal manera piensan y proceden, hombres prácticos, grandes políticos, sabios y de talento.

Alem pidió disculpas luego de esa intervención, y saludó a la juventud reunida.

Porque, como dijo Alem, yo sigo y seguiré, siendo un iluso, un lírico, y cuando no un tonto. Como tantos otros que creen en esas mismas palabras y siguen intentando hacer de la Argentina, un país mejor para todos.

Yo no sé dónde estará Pocho en este preciso instante que usted termina de leer esta carta para él y para todos nosotros.

Dicen quel alma de un hombre bueno reencarna en miles que quieren pelear por lo mismo que cayó él.

Yo soy de creer en esas superticiones.

Yo soy de creer que Pocho sigue con nosotros.

Yo soy de los que siguen gritando, ‘Paren, hijos de puta, que aquí solo hay chicos comiendo’.

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