Carlos Pistelli

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19 y 20 de Diciembre II. La política y yo.

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Fernando De La Rúa asumió como presidente de la República el 10 de diciembre de 1999. Era un estadista, un tipo forjado y formado para gobernar.

Federico Storani fue su primer ministro del interior. Radical de toda la vida, era la eterna esperanza progresista del Partido.

No terminaron de asumir que en una represión a una protesta social en el puente que liga a Corrientes con Resistencia, se cobraron las primeras muertes de su gobierno.

No terminaba el año que el ministro de economía, José Luis Machinea, decretó el quite del 13% a los empleados estatales y a los jubilados nacionales.

Lo mejor del gobierno de De la Rúa en sus dos años y diez días de gobierno fue el programa ‘Medios locos’ por la pantalla del 7, con Castello, Mex y Gillespie. También estaba la locutora ronca que mi memoria pierde el nombre, y Gisela Marsiotta.

En el otoño del año 2000, el periodista del diario La Nación, Joaquín Morales Solá lanzó la bomba: El gobierno que venía a acabar con la fiesta menemista sobornó senadores para sacar una ley de flexibilización laboral.

“Tengo la banelco”, dijo el ministro del trabajo. Moyano, el bueno, quedó estupefacto.

El ministro de educación era un economista liberal de la escuela ortodoxa.

El ministro de salud dijo quel Presidente tenía artereocleorosis.

El ex presidente Méndez fue detenido en una quinta de su gran amigo Antonio Gostanián.

En agosto asumió Aníbal Ibarra la jefatura de gobierno porteño. Otro escándalo en puerta. El ministro del interior le preguntó en voz baja, “Qué le pasa a Chacho?”

Chacho, es Carlos Álvarez, fundador de la fuerza FREPASO, y vicepresidente de la República.

El jefe de la SIDE, Fernando de Santibañez, mano derecha del Presidente (algunos dicen que fue al revés) vigilaba los pasos de “Chacho”.

Con los datos del espionaje, le pasó información a Daniel Hadad, quien sacó en tapa de una de sus revistas los escándalos de alcoba de Álvarez, quien casado con una diputada nacional, pasaba sus noches en la cama de Vilma Ibarra, hermana de Aníbal.

Álvarez no soportó que se metieran con su intimidad, y renunció.

Dio un discurso heroico, y su gente pensó en un segundo 17 de octubre. No era para tanto muchachos.

En diciembre de 2000, el doctor Novaresio, periodista de radio 2 Rosario, increpó a Luis Brandoni por llevar adelante una Ley de Medios Audiovisuales. El lobby del grupo Clarín tiró abajo con la última bandera progresista que le quedaba al Gobierno.

Machinea hundió plan tras plan económico, y se fue.

El ex vicepresidente ideó un plan, para desarticular el ingreso de López Murphi a la cartera económica. Convocar a Domingo Felipe Cavallo al gobierno, ubicándose él mismo como jefe de gabinete. Cavallo entró, Álvarez, no.

Cavallo fue el ejecutor del plan de Convertilidad de los ’90 que sumió al país en la peor crisis social de su historia.

En plena campaña electoral por una interna política, visité afliados en ese álgido momento. En una misma cuadra, me sucedió lo siguiente:

  1. Un afiliado de toda la vida me pidió que lo desafiliara, Cavallo era traicionar los principios partidarios.
  2. A media cuadra, una señora se convenció, Cavallo nos metió, él nos va a sacar.
  3. Al finalizar la misma, un afiliado que no era de los nuestros, dijo que era lo mejor que nos podía pasar.

Con semejantes desbarajustes, el gobierno perdió las legislativas del 2001. Ya se palpitaba el fin de un ciclo.

Para sostenerse en algo más que en el aire, el Presidente se entrevistó con su antecesor. Fue la gota que rebasó el vaso.

El derrotado en las elecciones generales de 1999, pero senador electo por la provincia de Buenos Aires, recorrió los EEUU afirmando que antes de fin de año gobernaría el país.

En los primeros días de diciembre, Domingo Felipe Cavallo estableció el corralito bancario. En todo ese año hubo fuga de capitales por la suma de 60mil millones de dólares, pero el Gobierno se las agarró con la inmensa mayoría de la sociedad.

El señor Santibañes lo explicaría mejor meses antes: “Hay dos posturas en el gobierno, Los que quieren gobernar para el electorado, Y nosotros, con el Presidente, que gobernamos para los Organismos Internacionales de Crédito”. Cipayo, es poco.

Domingo Felipe Cavallo renunció a su cargo.

En la noche del miércoles 19 de diciembre de 2001, el Presidente habló en cadena nacional llamando a la concordia. Convocó al Justicialismo a armar gobierno de unión nacional. Y decretó el estado de sitio.

Una multitud salió a las calles a protestar con sus cacerolas. Hartos de ya estar hartos.

El Presidente y sus acólitos dejaron un tendal de 36 muertos en la protesta siguiente a sus palabras. La policía montada cargó contra la habitual ronda de las Madres de Plaza de Mayo de los jueves.

La jueza Servini de Cubría se presentó en la Plaza, y trajo algo de sosiego.

El Presidente, autista, con el perdón de la palabra, no atinaba ni a irse.

El presidente del partido oficial, doctor Raúl Alfonsín, estaba abatido en su banca de Senador Nacional. “El radicalismo no gobierna nunca más”, balbuceaba con la mirada perdida. El país se estaba yendo al caño, pero el Raulo solo pensaba en los comités que iban a cerrar.

El Presidente emitió su renuncia, y huyó en helicóptero de la Casa de Gobierno.

Pero el viernes 21 volvió a la misma, y se entrevistó con Felipe González, líder político español, quien venía a hacer lobby por las empresas de su país, como si nada hubiera pasado.

En enero de 2002, un compañero de militancia, solicitó que hagamos un mea culpa de nuestro paso como gobierno de la República. Se le contestó que no teníamos que hacernos ninguna autocrítica, sino seguir militando.

En abril de 2004, abandoné la política, asqueado de los manejos que en el grupo se realizaban. Les dije el mayor insulto que un radical puede decirle a otro, “Personeros del Régimen”. El grupo ya no hacía la revista, ni los talleres, ni nada parecido por lo que me había unido al mismo. No es que quise irme, quise hacerlos reaccionar.

Quise hacerlos reaccionar, pero estaban tan absortos como lo estuvo el Presidente que se fue en Helicoptero, dejando un tendal de 36 argentinos muertos.

Era un estadista, el político mejor preparado para gobernar la Argentina.

Yo me llamo Carlos Pistelli, apenas sé algo de historia nacional.

Y les puedo asegurar que jamás mandaría a matar a un semejante por antojos del poder, para quedar bien con los Organismos de Crédito Internacional.

1 comentario

  1. La locutora ronca era Marcela Pacheco, que hace un par de meses, desesperada por su situación laboral y personal hizo una huelga de hambre.

    Algunos posts sobre ella y su lucha se pueden leer en la página de la agrupación Naranja de Prensa:
    http://www.lanaranjadeprensa.com.ar/temas/marcela-pacheco

    Un abrazo.

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