Carlos Pistelli

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Estampas del Che I

El glorioso

 

I

Fidel lo había enviado a “recorrer” la isla para aliviar la presión de Batista sobre la Sierra, mientras Raúl extendía el frente militar al oriente. Che cumplía treinta años y le rodeaban adolescentes de entre quince y veinte años bien dispuestos al entrevero que el Comandante premiaba otorgándoles, más que ascensos y reconocimientos públicos,  las mejores armas.

 

Che cruzó la isla por los pantanares, seguido a cierta distancia por su amigo Camilo. La idea era cortar la isla en dos y permitirle a Cienfuegos llegar al norte de Cuba para acuciar al régimen por todos lados. Fue una osada marcha donde parecía que Fidel lo había mandado a la muerte. Con hambre y bombardeados permanentemente por las fuerzas aéreas cubanas, Che jamás desfalleció. Imaginen que Fidel, desde el Rosario, le pide a Che que tome la ciudad de Santa Fe. Y Che, cruza el Paraná, y moviéndose desde la zona isleña, llega a la capital provincial por donde menos se lo espera pero desde donde se le ve venir con majestuoso paso. Escondido entre los matorrales y los riachos, Che llegará hasta Coronda, la plaza fuerte antes de lograr el cometido ordenado.

 

Batista, enterado de los planes, envió el famoso tren blindado para reforzar sus tropas desmoralizadas pero los rebeldes hicieron explotar las vías y tomaron al tren. Desde entonces la guerra tornó en victoria. A Che le tocaría definir el desenlace en la ciudad de Santa Clara, donde se refugiaba el último bastión militar de la Dictadura. En la noche del 28, tras la primera noche de combates fuertes, Che dejó decir Aquí no habrá para atrás.

 

 —

 

II

El combatiente es un combatiente nocturno, y al decir esto se dice también que tiene todas las cualidades de la nocturnidad, le dice Che a sus subalternos, jóvenes duchos para el entrevero, el coraje y la temeridad. Audacia, audacia y más audacia, parecen realizar, emulando a Dalton, el Castelli de la Revolución Francesa, el orador de la revolución.

 

Che ya ha cambiado su botiquín por las balas, la bata blanca por el uniforme guerrillero, y su tonada argentina por esa mezcla de caribe latinoamericano, como solía referirse, acaso el único error intelectual de Guevara, pues América es una sola, y corre de Méjico a Chile y Argentina. Los que están debajo de ella, yanquis y canadienses, son europeos de frío comerciar;

 

Che ya ha olvidado a su fea mujer del Perú y encantado por esa mujer que le acompaña y pone el pecho, lindos pechos, a las balas. Che premia a los que no escapan el bulto. Che siempre fue osado y audaz. Che era Dalton para estimularlos, pero su temple de Robespierre, el Mariano Moreno francés, el puritano que pone la virtud de los valores morales por encima de todo y no teme derramar sangre para purificar los principios. No. Le dirán cruel y despiadado, pero Che no se permitirá cejar su empeño de ver libres a todos los pueblos latinoamericanos. Se equivoca, Che, saque el aditivo de latinos, somos americanos y enteros. En lo demás usted fue lo más grande que nos pasó.

 

La noche del 28 de diciembre de 1958 ha pasado, y amanece el 29. Che revisa las líneas de combate. Planea un boquete en el medio de las casas y caerle de sorpresa a los refugiados militares. El boquetero de la revolución, el bravucón de los desplantes, el implacable de la verdad.

 

 

III

Cuando Fidel lo ordenó, el único en animarse fue el Che. Le desencajó los sesos a un prisionero quien en juicio sumario se le había sentenciado a muerte por gestor de matanzas despiadadas.

 

Ese día, o acaso antes, Che y un lugarteniente suyo se encariñaron con un cachorrito que les siguió por la trinchera del combate en la selva. El pobre perrito ladraba y avisaba de su posición al enemigo. Lugarteniente llamó al perrito, quien fue a hacerle la típica fiesta que un animalito bello le hace a quien quiere, mientras le retorcían el pescuezo. Che narró de modos bellos es episodio. No tuvo de inconvenientes tener al contar como mataba a sicarios del régimen. Pero cuenta que al terminar la jornada, no podían verse a los ojos con lugarteniente.

 

El perrito muerto les clavaba sus ojos desde su finada postura, como preguntándoles el porqué. El Che podía matar sin que la conciencia le hiciera mella, pero la muerte del perrito inocente, recordaría con dolor el resto de esas semanas.

 

Se había tornado implacable, tenaz, inmisericordioso. La guerra torna a las gentes, en seres despiadados.

 

 

IV

– Debe ser una broma, al ponerse el brazalete del “Movimiento 26 de julio”

– Ninguna, chico, ninguna, rojo y negro como el movimiento revolucionario de Augusto Sandino, como se vistiera Frank Pais.

– Es una broma del destino que movimiento populares y revolucionarios se vistan de rojo y negro,

– Ay, chico, nos cansas con la historia de esa ciudad casual en la cual naciste y en la cual tu club es el del pueblo y el otro de la puta oligarquía

            Pero Che ya había dejado de hablar y se entrecerraba en sus pensamientos, mientras empezaba a leer libros. Libros que se hacía llevar y llevaba. La instrucción, reiterará, es el fundamento de las naciones. Sabía que reiteraba a su querido José Martí. Solo los pueblos cultos pueden ser felices.

 

Che se recordó en aquella vez. Tenía apenas diecinueve años cuando uno de sus amigos del club San Isidro lo invitó a la cancha. Che se entusiasmó. Nunca había ido a ver al Rosario Central de sus amores, el club que había elegido para diferenciarse de sus amigos de la infancia, cordobeses, que dividían sus sentimientos por Boca o River, Talleres, Instituto o Belgrano. Este amigo suyo era socio también del River Plate, y le llevó a la platea. La gente ese día colmó las gradas para ver a la famosa máquina riverplatense, Losteau, Labruna, Pedernera, Muñoz y el gran Charro Moreno. Pero esa tarde el Rosario Central, el equipo de los humildes, de los desposeídos, de los vilipendiados y explotados que desde su anarquismo exponían sus quejas al sistema, jugó el mejor partido de sus vidas. Sa-bían, debieron saberlo, que el hincha más memorable estaba alentándolos envuelto en una bufanda roja y blanca, que finalmente arrojó a las butacas. River ganaba uno a cero sin merecer, cuando el centrohalf canalla, la palabra que Che reivindicaba para sí como al emblema de su vida, cedió un pase al wing izquierdo, quien tras arroja centro depositó la pelota en la frente del 9 que cabeceó al gol.

– Gol! Gol, carajo! gritó Che, ante la mirada atónita de la multitud millonaria que le miraba con desprecio pero sin animarse a lincharlo: Vamos Central, la puta madre!

 

Aquella vez le robaron el partido a Central, pensaba el Che leyendo en Méjico antes de partir en el Grahma. Siempre le están robando al pueblo, los amigos del poder. Pero corro en brazos de alentadores de la fe redentora de la Libertad a poner algo de justicia, en este mundo de desigualdades y mentiras. Por la América Libre, y por Central, por aquellos desconocidos que se hicieron, aquel 24 de diciembre de 1889, con la idea de hacer un club argentino para ganarle a los gerentes del ferrocarril, ingleses en su totalidad;

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