Carlos Pistelli

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Historia de pìcaros criollos II

juan m de rosas

Don Juan Manuel llega de pasar revista a la tropa en Cañuelas. Sus lugartenientes le dicen: “el General Lavalle duerme en su catre”. El asesino del coronel Dorrego duerme rodeado de enemigos sin miedo a correr su misma suerte. Sírvanle unos mates cuando se despierte. Le pide a su negra una leche bien caliente con canela, como le gusta a él, pero la negra comete el error de pasarla y crear el dulce de leche. El pícaro de Juan Manuel le robará la autoría.

Nacido en 1793 como don Juan Manuel Ortíz de Rozas, para 1813 ya se va de la casa de sus padres y firma Rosas a secas. Funda con Juan Nepucemo Terrero y Luis Dorrego, hermano de Manuel, una sociedad comercial. En 1818 ya le está protestando al director Juan M de Pueyrredón por las desventajas de gobiernos adictos al librecambio. En 1820 hacen ingreso en la historia sus famosos colorados del monte del lado del coronel Dorrego. En el duro invierno de aquel fatídico 1820 los colorados y Rozas dan muestran de coraje. Rozas apoya a gobernantes que no se la juegan por el pueblo ni tienen el tino de hacerlo. Él mismo lo dirá más luego, alcanzaba con vestirse de poncho y chiripa para contar con el apoyo del pueblo, pero los hombres de frac y levita jamás lo entendieron. En medio de esas guerras conoce al mejor de sus aliados políticos: En la hacienda de Benegas, se encuentra con el caudillo santafesino Estanislao López. Serán aliados por 20 años seguidos. Los doctorcitos no se ponen de acuerdo, don Estanislao, y nosotros ya sí. Le ofrezco esas 25mil cabezas de ganado que pide como resarcimiento a modo de amistad eterna. Ambos formarán un bloque sólido y duradero. Están apoyando a los orientales en su gesta contra el Brasil y la oposición litoraleña contra el presidente Rivadavia. Apoyan al coronel Dorrego en su nuevo mandato como gobernador. Pero el viejo héroe de Tucumán y Salta sospecha de los aliados. “Ese gaucho pícaro no picará su asador en el fuerte”, suele decir. Se equivocará grandemente, para su desgracia, y será muerto. Le escribe a López, “que mi muerte no sea causa de más muertes”, pero éste, unido a Rozas, derrotará a los asesinos del mandatario legal dejándole a Rosas la oportunidad del desquite. En diciembre de 1829 tras el eclipse final de Lavalle, Felipe Arana lo llama el “Restaurador de Leyes”: Le quedará para siempre. La multitud lo lleva en andas al fuerte. Ha nacido, el “maldito de la historia nacional”.

don Juan Manuel.

Llama mucho la atención que no existan clubes con el nombre de Rozas. Todos los próceres tienen alguno que los recuerde. No es el caso de don Juan Manuel: Ha sido sindicado como el causante de todos los males de la República nativa y su nombre fue mala palabra largos ciento cuarenta años. Recién con el arribo del patilludo riojano pudo volver a Buenos Aires en 1989.

Pero para cuando el otro caudillo patilludo riojano llegó a Buenos Aires en 1830, don Juan Manuel estaba en el inicio de su liderazgo nacional. Era un gaucho pícaro y la mejor manera de demostrar su liderato entre gaucho es a carreras de caballo. Ni Estanislao López, el caudillo de las campañas militares contra la indiada, ni Facundo Quiroga, el temible terrible “tigre de los llanos”, pueden con él. Y terminan abandonando de las mismas. Su sonrisa no es pícara: Rozas es cruel en sus ademanes y si lo sabrán quienes se le atrevieron. “Si queremos Patria, Paz debe morir”, le escribe a don Estanislao por la suerte del general y manco. Divide a López y a Quiroga en su provecho, repugna de los libritos. Sus jardines en Palermo (donde hoy están los famosos bosques, bueno, todo eso era su casa) comienzan a ser el sitial obligado de la sociedad. Ya era el más grande en 1835, cuando Facundo muere asesinado por gente de don Estanislao.

López todavía buscará controlar a su viejo lugarteniente pero éste le monta una escena ridícula por medio de sus bufones. López, casi moribundo, queda afectado tremendamente y fallecerá al volver a Santa Fe. Dalmasio Vélez Sarfield, un tertuliano de Palermo que visita a Manuelita suele dormir la siesta bajo los árboles. Una víbora le despierta de improviso, y Vélez se asusta: Caray doctor Mandinga, que la víbora lo mordió y murió envenenada., Tenía ese humor pícaro y cruel, propio de su machismo cabrío.

Pero también era un patriota como pocos hubo en el país y en nuestra historia. Alberdi lo dirá dolido: “Ni Washington ni Bolívar se le comparan”. Historiadores europeos lo ubican a la altura de Napoleón entre los actores más importantes del siglo XIX. ¡La miércoles! Karl Marx toma de su gobierno las bases para su famoso manifiesto: Es que don Juan Manuel viste a su gente de ROJO, enfrenta al Imperialismo y es el Dictador del Proletariado!! Uníos! Pero dista mucho de ser comunista don Juan Manuel.

Pedrito observa al padre y éste le dice la verdá: Usted es hijo de Belgrano, del general Belgrano. El hijo que quería como suyo no lo era. Era de un largo affairde del viejo prócer patrio con su cuñada Josefa que Encarnación adopta como suyo.

Y estaba Mendelville, el inglés al servicio de los adversarios rosistas. Rozas le montará la mejor opereta de la historia, junto a Antonino Reyes, y a la altura de una de las de Rivera. El viejo Frutos, auxiliado por los franceses en sus guerras contra Buenos Aires, pide dinero a la sazón de soldados bien dispuestos. El vicealmirante acepta, a condición que él mismo contará esos hombres porque conoce de las trapisondas de Rivera. Éste lo lleva a un monte donde desfilan tropas con chaquetas azules, rojas, verdes y blancas. Un gran ejército de ocho mil hombres.(1) Mendeville se presenta en el despacho del Restaurador, Y al poco tiempo entra Reyes, pálido, Hable, hombre, que estamos con gente de confianza. Reyes dice que Manuel Oribe está sin armas, sin poder de fuego y sin alimento y que si Rivera se decide a atacarlo, todo se pierde. Rozas exulta de furia y empieza a patear cosas y romper vidrios. Mendeville se retira asustado. Por la noche uno de sus personeros cruza el charco y le manda la información obtenida a Rivera, en las orillas del Uruguay. Éste, apresurado, y sin decirle nada a sus lugartenientes, ataca sin miramientos a Uribe en Arroyo Grande. Es destrozado. Se saca las botas, suelta el sable y la chaqueta militar y se arroja al río a nado exclamando “que baraje otro” y se interna en el Brasil de donde no volverá por largos años.

Del Brasil, en donde ya habían encontrado quien lo parase a Rozas. En Southampton, en su retiro y olvido, podrá decir, Ya tengo quien me reemplace, parece, y recuerda a ese pequeño Justo José del que le hablaba López allá por 1830, prisionero por unitario y a quien él hizo ungir gobernador entrerriano en 1841. Mocito que llegará lejos, le gusta el dinero más que sus cuchillas. 

 

En su casita de Southampton recibe a emigrados y curiosos. Uno de ellos, el más luego famoso Ignacio Fotherinham, dice que don Juan Manuel tenía unas manías con el color rojo. “Nos recibía sentado en su sillón y nos ofrecía otro enfrente: Pero cuidado – decía- ése esta reservado para el general Urquiza si no lo matan antes los mismos que arropó tanto tiempo”. Su cuñado y su sobrino, los Lucio Mansilla, lo van a ver. Rozas los recibe elegante, como siempre:

-Se acuerda, sobrino…?

Lucio recordó cuando volvió de un viaje a Europa en 1851, Rozas lo entretuvo pidiéndole que le contara del viaje, y le corrigiera unos documentos públicos. Al sobrino le dio hambre y el tío le ofreció unos platos de arroz con leche. Unos 22 platos de arroz con leche quel sobrino deglutió sin chistas.

El padre, al enterarse de lo sucedido,

-No te digo, no te digo!! Tu hermano – dirigiéndose a Agustina, su mujer y hermana de don Juan Manuel – se ha vuelto loco!! Entreteniéndose con el muchacho cuando Urquiza está a las puertas de la ciudad.

-Se acuerda, sobrino…? Su padre le dijo que yo era un loco, pero dígame la verdá: Que ricos estaban esos platos de arroz con leche!!

(1) Mentira, las tropas desfilaban y salían corriendo a recorrer el monte donde se cambiaban de ropa y volvían a desfilar.


3 comentarios

  1. juan

    Juan tirano de rosas, el hitler argentino

    • Carlos Pistelli

      En qué nos basamos para llegar a tal conclusión?

      • ese “juan” es el boludo del entrerriano urquicista..milico frustrado llamado rafael…viva le restaurador

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