Carlos Pistelli

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El primer pícaro entre pícaros.

  Orden General: Compañeros del exercito de los Andes: La guerra se la tenemos de hacer del modo que podamos: sino tenemos dinero, carne y un pedazo de tabaco no nos tiene de faltar: cuando se acaben los vestuarios, nos vestiremos con la bayetilla que nos trabajen nuestras mugeres, y sino andaremos en pelota como nuestros paisanos los indios: seamos libres, y lo demás no importa nada… Compañeros, juremos no dejar las armas de la mano, hasta ver el país enteramente libre, o morir con ellas como hombres de corage.

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 San Martín nace en Yapeyú en 1778 pero posiblemente, buen pícaro, se sacó años para poder casarse con Remeditos. Es posible que haya nacido en 1776, con lo cual da justo para su ingreso al Ejército Español en 1789, a la edad de 13 años, como era el requisito. Cuando volvió al Plata creó el Regimiento de Granaderos con los cuáles empiezan sus andanzas. A la victoria militar en el combate de San Lorenzo el 3 de febrero de 1813, le precedió su golpe de estado al Partido Rivadaviano en octubre de 1812. Ese día sacó sus tropas y disolvió el gobierno imponiendo gente de su valía. Realizó esa prodigiosa tarea de dar gobiernos mediante la fuerza de su impronta varias veces más. Con Alvear, su adversario interno, con Pueyrredón y con O’Higgins en Chile. Hasta inclusive en Bélgica sindicó a un patriota para que los condujera a la Independencia.

   Para 1815 ya está en Cuyo dispuesto a pasar a Chile. Belgrano le conoció sus dotes de picardía en el Norte de 1814. San Martín, jefe del Ejército allá, asediado por los realistas, no tenía fuerzas suficientes para enfrentarles. Promovió las guerrillas para complicarles el paso poniendo al coronel Dorrego, primero, y luego a Martín M de Güemes al mando. Belgrano quedó contrariado. ¿Qué es eso de sacar tropas por las noches para hacerlas entrar a la semana frescas como lechugüitas? Es un modo de levantar la moral de la población y de despìtar al enemigo en cuanto a la cantidad de nuestras tropas. Mire ud, astuto como los zorros tucumanos, parece que le dijo el creador de la Bandera. Otra de sus famosas picardías fue la de incautar los fondos del Ejército destinados a pagar deudas del estado para pagar sueldos de la tropa. Posadas, director supremo en Buenos Aires, Pase ud por obedecer que he quedado como cochino con su jugada, le mandó por chasque.

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  En Cuyo se dice que los cuyanos le dieron una mano bárbara para crear el Ejército de Los Andes. Más allá del fervor patriótico, San Martín (SM) les imponía gravámenes a todo y los sacudía con su famoso “al que no le guste lo recluto”. Empieza la guerra de zapa. A los indios, les pide permiso para cruzar por sus tierras sabiendo que estos iban a vender la info a los chapetones.  Divide el cruce por seis caminos para despistar a los realistas de Chile mandados por Marcó de Pont. Al producirse la declaración del 9 de julio, lo manda a Álvarez Condarco con copia de la misma por el camino largo y le dan un tochi en el to-or por el más corto. Condarco, con memoria fotográfica, detalló los pasos de Uspallata y Los Patos, por donde se mandó SM en enero de 1817. Allá lo espera Marcó, quien le manda una comunicación, “Mariscal del Ejército Blanco”. Le responde, “General del Ejército Negro”, y le reclama su mano blanca tras haberlo vencido en Chacabuco. Un cura realista llamado Zapata lo injuria desde el púlpito. “No puede llamarse San Martín, gran santo católico, tamaño traidor, desde ahora, le llamarán Martín a secas”. Enterado, SM lo visita en Santiago y le dice, “Ud ahora es el padre Pata o lo hago fusilar”, provocando una sonora risa entre sus allegados.

  Navega el Pacífico, libera el Perú, lo mandan Gobernante. No se siente cómodo, pero sus dos años en Perú son los más extraordinarios de su vida pública. Bolívar viene a su encuentro por el Norte, Y mientras le mete la mano por debajo de la falda a Rosa Campuzano, empieza a pronosticar su salida del Perú.

  Guachupines, Maturrangos, godos o moros, llamaba a los realistas. Tenía humor ácido pero nobleza como ninguno.

Smartin

 

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  Pícaro entres las mujeres, el baile y el zurracapote, el pícaro se hace el desatendido cuando le reclaman de Buenos Aires a combatir anarquistas del litoral. Se reúne con los británicos. Les promete el el oro y el moro para sacarles réditos en la guerra emancipadora. Nunca les cumplió. Era un viejo pícaro, de esos que siempre roban una sonrisa cómplice: Como cuando lo quiso trompear a Alvear, y separaron; Como cuando retó a pelear arafue a Rivadavia. Como cuando retó a duelo a Manuel Moreno, por hablar de más sobre su figura, O como cuando le ofreció sus servicios a don Juan Manuel en las guerras contra la Francia.

   Para 1829 estaba en Europa retirado ya de todos menesteres pero la tierra tira más y regresa al Río de la Plata. Nos estábamos matando unos con otros, y no quiere atracar en Buenos Aires. Su olfato le dice el resto: Hace falta un verdugo en mi país y yo no quiero serlo. Y al asomarse desde el barco que lo trajo, huele a su sucesor: Juan M de Rozas; Le entrega el bastón de la picardía y se va del país. Todavía allá tendrá una ocurrencia. Un español pesado de esos que los hay dice que los vinos españoles son mejores que los argentinos. En una velada cambia las etiquetas de los vinos y deja al descubierto al paparulo.

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   Es la tormenta llegando al Puerto, susurra el 15 de agosto de 1850. Dos días después, el más grande entre los grandes se iba a la tierra de Saint Tèrriéns a seguir sus hazañas y parrandas con Pâisanito y compañía.

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DE MI PRIMER LIBRO:

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  Desde su gobierno en Cuyo, San Martín viene gestando el ejército que recorrerá el continente liberando países. A través de imposiciones impositivas obliga a los cuyanos a “solidarizarse” con la causa. Pueyrredón cumple su parte con creces. De los chilenos exilados, O´Higgins se pone a su disposición, José Miguel Carrera no. Este último vagará por la Argentina en levantamientos y aventuras teniendo muerte violenta años después.

vale la pena

El anecdotario de la preparación de la campaña es harto conocido:

    Se presenta en el despacho del General el tesorero del ejército, quien ha usado parte del erario para pagar deudas de juego. Pide hablar con el señor San Martín. Éste, animado por la solicitud, lo recibe. Y acepta prestarle el dinero al jugador, a cambio de que lo vaya devolviendo con su propio sueldo. Pero le amenaza, “Si llegase a saberse que el señor San Martín le ha ayudado en esta situación, sepa que el general San Martín le hará pegar cuatro balazos”.

    La estricta disciplina debe cumplirse a rajatabla. La tienda de pólvora es jodida, puesto que cualquier resquicio de chispa, producida por metal o cuero, puede prender una mecha, y volar todo por los aires. San Martín, despistado o no, decide ingresar a una de ellas vestido con botas y sable envainado. El soldado de guardia, pensando acaso que vienen a ponerlo a prueba, le cierra el paso. San Martín se exaspera, “¿Sabe quien soy qué me impide el paso?”. El soldado lo sabía, todos lo sabían, pero le veda el paso cumpliendo los mandatos del Ejército. Abrumado, el General declina el ingreso. A los días, envía una felicitación al soldado.

    “Mano negra”, se hace llamar para diferenciarse del jefe realista y racista en Chile, Marcó del Pont, “Mano Blanca”. Se burla de sus adversarios. En Santiago, un tal cura Zapata se burla del apellido del argentino, porque los traidores no pueden llevar nombre de santo. Entonces, desde el púlpito, para desacreditarlo, le llama General Martín. Éste lo visita, triunfante ya, y le ordena llamarse “Pata”, a partir de entonces, o le hará fusilar. El pobre curita recorrerá Santiago para que sus amigos le llamen como se le ordenase, para salvar la vida.

    Quema las cartas de los traidores y vacilantes cuando la hora de “Cancha Rayada”, procura hacer saber que no quiere convertirse en Jefe de nada, se abraza con los “Crotos” chilenos, ganándose el cariño de ellos. Viste mal, despreocupado, enferma en cada paso que da.

    ¿Pero podíamos confiar en San Martín? Al menos en el San Martín de 1816, en la Argentina de 1816: Dividida entre bastas regiones y diversos líderes: Güemes, Pueyrredón y Artigas. San Martín supo congeniar a todos. Típica porte del sargento militar, malhablado, inteligente, audaz, corajudo, misterioso. ¿Era éste el encargado de llevarnos a la libertad plena? El país le desconfía, pero esa desconfianza cede al verlo triunfal e incapaz de traicionar a la idea de ver a su Pueblo libre. Se convertía en héroe nacional. Aunque también le escatimarán aclamada fama sus famosos biógrafos después.

 Organiza todo desde el cuartel del Plumerillo. El cuartel del Plumerillo del que tanto se hablará en la historia. Todo soldado común a oficial de rango superior quería unirse al ejército de Cuyo: Los aventureros, los patriotas, todos veían en él la esperanza de cumplir sus sueños. ¿Qué aventura había en el echado paisanaje de Tucumán conducido por Manuel Belgrano? ¿Qué patriotismo había en enfrentar y matar artiguistas? San Martín llenaba todas las expectativas de las tropas pero ¿Se podía confiar, repito, en el correntino/misionero? Había mostrado, sí, talento organizativo en Tucumán pero por poco no cuenta su historia después del arrojo de San Lorenzo. Reacio a la politiquería porteña, reacio al federalismo artiguista, solo pide la Declaración de la Independencia a gritos, un poco más. ¿Qué se propone este masón que quiere una logia al servicio de los pueblos y no de los integrantes de la logia? Es honesto, desinteresado, ajeno al lujo y la gloria. Pide, pide y pide: Todo para la causa, nada para él. Exige disciplina, goza de buen humor, perdona las traiciones de los panqueques como todos los genios de la Independencia. La esperanza emancipadora juega todas sus fichas al Ejército de Cuyo. “Va el mundo. Va el demonio. Va la carne”, le escribe Pueyrredón.

 El arrogante Bolívar, el pedante Rivadavia, el humilde Belgrano y el heroico Artigas pondrán sus fichas en el granadero de Yapeyú. El sable corvo, la nariz aguileña, la mirada penetrante, el grado afable al hablar, aun cuando reta a algún subalterno, lo hacían querible y respetado. No humillaba, escuchaba atento cualquier opinión seria, se había convertido en el padre de los soldados, en el Padre de la Patria.

 Para Enero de 1817 están listas las tropas que inician el cruce por seis pasos despistando a los españoles, con una gran guerra de zapa. El 12 de febrero se produce el choque entre patriotas y maturrangos en la cuesta de Chacabuco.

 San Martín dividió sus fuerzas en tres, que atacando sincronizadamente le darían la victoria. Una bajo su mando, las otras con Soler y O´Higgins de jefes. Pero éste apresuró la marcha y comprometió su situación y la de Soler. Salvó la situación una arremetida de los granaderos dirigida en persona por el General correntino. Y ganó la batalla.

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 Días después entraron en Santiago victoriosos. No aceptó el mando político que quedó en manos de O´Higgins. Y se vino para Buenos Aires a buscar refuerzos.

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Cancha Rayada y Maipú.

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  Pese a Chacabuco y a la declaración de Independencia chilena del 12 de febrero de 1818, los chapetones están de vuelta. Atrincherados en el sur de Chile se vienen para Santiago. San Martín les saldrá al paso. Sorprendido en Cancha Rayada, “les da pa’ que tengan” en Maipú el 5 de abril.

 La situación se tornó desesperante tras Cancha Rayada. La paciencia y el talento corajudo del Libertador solucionaron los problemas. “La victoria es nuestra, el sol de testigo”, dirá en la víspera de Maipú. Una maniobra de contención enemiga, culminó con el avance recio de Hilarión de la Quintana que desbarató los planes realistas. Ya no habrá más España en Chile.

A poco, los americanos vamos por más. Mientras Bolívar se consolida en Venezuela, Buchardo y el Capitán “Bruno” enloquecen el Pacífico hasta teñirlo de azul y blanco. En 1818, el marino irlandés ocupa Guayaquil. Los piratas con vicios de patriotas, enderezaban el camino de la causa desde el mar.

 Triunfante San Martín, se vuelve al Plata para buscar auxilios en la guerra al Perú. No los encuentra. Preocupados están en Buenos Aires por acabar con Artigas. Y tras Maipú, las tropas deben volverse para unirse a Belgrano contra López, Ramírez y Artigas. Que era lo mismo que ponerse a disposición portuguesa y del rey francés que está por llegar gracias a la acción diplomática del inactivo y malicioso Pueyrredón y de Valentín Gómez. San Martín, se llama a silencio y pasa a Mendoza haciéndose el distraído. Un buen día pega la vuelta con sus tropas y se desentiende de la lucha civil, sin con ello, escribir para conseguir la paz.

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  No se lo perdonarán jamás al Libertador. La venganza vendría en forma de reposo e historia. No podrá retirarse en las tierras que libertó y deberá pasar a Europa. Y los escribientes de la historia falsearán su vida. Suerte que su carrera daba para mucho más. Y que su recuerdo inmortal quedará patente en la memoria de los que sufrimos la realidad argentina.

(De Vale la pena ser argentino, Volumen I)

 

3 comentarios

  1. Carlos Pistelli

    Reblogueó esto en ¿VALE LA PENA SER ARGENTINO?y comentado:

    SAN MARTÍN, el primer gran pícaro criollo.

  2. Hugo

    Reconforta leer la vida de San Martín.
    ¡Muy bueno Pipo!
    Sería lindo hablar del encuentro con Bolivar, a quien San Martín no lo define muy bien.

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