Carlos Pistelli

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Asesinato de Urquiza, II.

urquiza

 Vencido Rosas en Morón (Caseros la llaman los brasileños), la gran Coalición liderada por Urquiza se descojona. Esos diez años que van desde Febrero de 1852 hasta setiembre de 1861 muestran al mejor Urquiza de la historia. Y vale la pena recordarlo.

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Plan de Urquiza.

             Urquiza se instala en la casa del Dictador al día siguiente de Morón. Manda fusilar a cientos prisioneros, algunos reconocidos como Chilavert y Santa Coloma (el héroe de Quebracho), sucesos no aclarados para la posteridad. Haciendo atributo de sus poderes, hace nombrar a don Vicente López y Planes, autor del himno y ex presidente en 1827, gobernador porteño. Entran en el gabinete de López figuras federales y el hombre de las logias unitarias, don Valentín Alsina.

   ¿Cuál era el plan de Urquiza tras la rápida desaparición del Restaurador? La conciliación de los partidos, incluida dentro del “ni vencedores ni vencidos”, era tal vez su mayor ambición. Entre difícil e improbable, el entrerriano debió navegar sobre estas tres aguas: la conciliación, la supremacía federal o la imposición liberal.

   Los caudillos del interior, puntales de la Confederación, se amoldaron a la nueva situación. Si rosistas hasta Caseros[1], no dudaron en unirse al ideal urquicista en un santiamén. Para ello contó Urquiza con el aporte invalorable del joven abogado Bernardo de Irigoyen, hecho que disgustó a Domingo F. Sarmiento, en gira por el país de adentro. El posterior restablecimiento del distintivo punzó le enajenó las simpatías del viejo partido unitario renacido en las barbas de un joven periodista: Bartolomé Mitre.

   La organización constitucional, materia pendiente dejada por Rosas, era el punto final de lo iniciado con la firma del Pacto Federal en 1831. Si el mismo unió a la Nación en la figura de Rosas, el dictado de una Constitución lo haría en el marco de un orden legal. A ello se sumergió el caudillo con denuedo mientras Alberdi escribía sus Bases y puntos de partida para la organización de la República Argentina.

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 Pero no pasaron ni diez días quel conflicto Causa-Régimen vuelve a encarnarse en la Argentina.

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 La vuelta de los partidos.

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  Con la desaparición de Rosas vuelven a entrar en escena las diferencias anteriores al Restaurador. Federales y unitarios, porteños y provincianos, constitucionales y liberales, etc. La oscilación entre uno u otro fue la catarsis de la década posterior a Caseros.

    El partido federal existió en Buenos Aires como órgano popular pero marginal y fue mayoritario en las provincias. Urquiza quedó como su jefe supremo. Tras él una constelación de caudillos menores (el sanjuanino Nazario Benavides, el santafesino  Juan Pablo López, el riojano Chacho Peñaloza), varios militares del rosismo (Hilario Lagos, Jerónimo Costa, Francisco Clavero, José María Flores) varios intelectuales y doctores de suma importancia (Alberdi, Juan María Gutiérrez, Vicente Fidel López, el general Tomás Guido, Salustiano Zavalía, Facundo Zuviría, Juan del Campillo, Benrjamín Gorostiaga, don Baldomero García, Elías Bedoya, Salvador del Carril, Manuel Leiva, Santiago Derqui, Marcos Sastre, Pedro Ferré, Nicolás Calvo, Francisco Seguí, Mariano Fragueiro, Irigoyen, Pujol, Mateo Luque) unitarios confesos pero antiporteñistas, siempre (Guillermo Rawson, Iriarte, Pedernera, Puch, Rudecindo Alvarado) y los más jóvenes (Vicente G. Quesada, Julio y Benjamín Victorica, Carlos Guido y Spano, Lucio V. Mansilla, Saturnino Laspiur, Marcos Paz, Lucas González, Juan F. Monguillot, José y Rafael Hernández)

   El viejo partido unitario se denominó liberal. Fuerte en Buenos Aires, se sostenía en figuras tales como Alsina, su hijo Adolfo, Sarmiento, los generales Paz, Lamadrid, Hornos y Madariaga, y reconocidos rosistas que habían saltado el charco: Vélez, Rufino de Elizalde, Pacheco. Si hasta los jefes mazorqueros se convirtieron al liberalismo. En el interior gozaron de simpatías en la Santiago de los Taboada, sucesores de Ibarra, en los cordobeses como Fragueiro o el tucumano Paz, pero nada más. Buenos Aires importó jóvenes figuras del inte-rior en su seno como las de Nicolás Avellaneda o Victorino de la Plaza (futuros presidentes) y el país evidenció un quiebre espiritual de entender a la Nación.

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 Urquiza significaría, con sus pros y contras, la Causa Nacional. En el liberalismo habitaría la vieja política aislante y pro europea de Rivadavia: el Régimen mismo.

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La Secesión.

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  No le han durado ni doce meses los ensueños de trascendencia nacional al Libertador. No hay país. Se dice que en 1820 reinó la anarquía porque López y Ramírez hundieron en el fango de los pantanales de Cepeda el plan de coronar al Duque de Lucca. Pero a finales de 1852, estábamos peor que entonces. La vanidad lo ha hundido en la miseria política, y los ternos que profiere, lo catalogan como al gran puteador argentino.

 Pero algo de grandeza le queda al hombre que ha dado a Entre Ríos una política educativa sin parangón en el país. Don Juan Bautista le hace llegar sus famosas “Bases”, y con ellas les apura el trámite a los congresales reunidos en los altos de la alfajorería Marengo. En el eje Santa Fe-Paraná florece la cultura nacional de la Confederación Argentina, a despecho de esos porteños buenos para nada, que se hacen con las arcas de la Aduana, cuando todos sabemos que la grandeza del Alma Nacional, no se construye con dineros mal habidos. Se hace camino al andar en esos caudillos que hacen bendecir la “Ley Federal Jurada” como mandato supremo de sus ensueños colectivos. Se mendiga el pan de cada día, y pasamos a horrores cada fin de mes, pero se siente la Patria. Ya tenemos el medio para constituir popularmente los sueños iniciados en Mayo de 1810.

 Las provincias se llamaron a elegir Presidente siguiendo lo estipulado por la flamante Ley Federal. El elegido no podía salir de la figura del general Urquiza porque en él estaban puestas todas las esperanzas. El 20 de noviembre por amplia mayoría subía a la Presidencia para el período 1854-1860. El vicepresidente electo fue una figura del partido rivadaviano dentro de la estructura de la Confederación: Salvador del Carril. Derrotó por escaso margen al ex ‘mayo’ Facundo Zuviría y al cordobés Mariano Fragueiro. El ‘mayo’ de la Coalición del Norte tuvo un desliz (o un período reflexivo según donde se lo mire) cuando objetó el proyecto de la Constitución. Zuviría suponía que el texto perfecto se volvería irrealizable en la práctica. Acallando sus opiniones y reservas, terminó militando en el urquicismo, aunque en un primer momento rechaza el ministro de relaciones exteriores ofrecido por el señor de San José. Fragueiro, en tanto, pasó al ministerio de hacienda y luego a la gobernación de Córdoba. Se lo tenía como hombre de la Confederación (Hipólito Yrigoyen lo tenía como una eminencia económica de la Causa) pero simpatizaba en lo íntimo con sus camaradas porteñas.

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    Urquiza juró el primer día de Mayo de 1854 haciendo votos por la reintegración de Buenos Aires a la Confederación. Juan M Gutiérrez le escribiría su primer mensaje presidencial, de clara tendencia norteamericana: “Amo a Buenos Aires, Me disgusta la secesión: A nuestro país le falta una de sus estrellas en la bandera”. Como si la bandera rosarina tuviera barras y estrellas como la otra. El gabinete se completaba con Benjamín Gorostiaga en interior (antiguo rosista), el mismo Gutiérrez en Justicia, Culto e Instrucción Pública y el general Alvarado, unitario de Salta, en Guerra y Marina. Habiendo declinado el doctor  Zuviría, fastidiado con Carril, Urquiza realizó un enroque convocando a Santiago Derqui en lugar de Gutiérrez, ubicando a éste en la cancillería[1].

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Y la defección.

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 Y otra vez la guerra contra esos impúdicos que residen del otro lado del arroyo del Medio. Los mercachifles de las rentas aduaneras, los mercantilistas colonialistas han creado a su ídolo-mito que por cincuenta años encandilará a las generaciones argentinas. Tal vez sea hora de ponerlos en su lugar. ¿Y qué mejor, sino en los campos de Cepeda, donde mi antecesor los enterró alguna vez? Si el Supremo Entrerriano pudo cuarenta años antes, Yo también podré.

 Ahí lo tenemos enfrente, en el campo de batalla, al pensador por antonomasia de la oligarquía portuaria. Con sus libritos de tácticas militares, nos quiere correr. ¡A Mí!, el General de mil batallas que ha ganado cada ascenso en el escalafón militar. Cuando me lleguen los cañones al atardecer, lo correré con mi caballería invencible. Todavía están corriendo, los miserables.

  Los tengo que liquidar, pero entonces viene el delegado de mi amigazo, don Carlos Antonio López, ese mozuelo de jóvenes tratos, y formación europea, a decirme que “todos juntos triunfaremos”. Llego a ese poblado, donde en el futuro pulularán mayoristas de ropa, y firmo el fin de la secesión. Los caudillos y los federalistas bonaerenses se disgustan de mi paso. Pero sin conciliación, no es posible realizar la grande obra argentina.

 No puedo ir a la reelección. Dejo en el cargo a ese doctorcillo que me ha resuelto muy bien los trámites gubernativos, y yo me quedo con el poder verdadero. Allá en San José, donde me siento feliz de volver a ser, “el Hacedor de la Organización Nacional”. Allá me visitan, me adulan, los señoreo, pero los noto distantes: No importa. Ajetreos de la política que debo entender. Ya no soy el que más manda, Con que me deban respeto, estaría bien.

 ¿Qué? ¿Cómo? Ese pastenaca que puse de Presidente se me retoba y planifica gobernar sin mí, y hasta contra mí. Hay que darle a entender quien Soy, carajo, mierda, y la puta que los parió a todos. Ya me hinché las pelotas de este país, y de este pueblo de ingratos. ¿La horca? ¡La horca para mí se atreve a decir ese botarate que tuve de boletinero en mi Ejército diez años atrás! Que se vayan a la mismísima mierda: He acumulado una fortuna formidable para que me tenga que hacer cargo de estos desplantes que se acumulan. ¿Dónde está Rosas? El viejo tenía razón en todo, y hasta en eso que me reserva una silla roja punzó a su lado. No, no, no: ¡Jamás! Justo José de Urquiza no vivirá pobre en el exilio como él y San Martín. He llegado hasta Pavón para demostrarles quien sigo y seguiré siendo. Hagan lo que quieran del Paraná a Los Andes. Pero no crucen el charco, porque en las cuchillas y en los esteros, mandaré eternamente Yo.

 Me duele el estómago, me han desobedecido, debo organizar las tropas en Entre Ríos, he sido víctima de la mayor conjura que un Hombre pueda sufrir, el amigo Yates me ha hecho una sugerente propuesta: ¡Manden fusilar a ese Lisandrito Latorre por farolearle al enemigo mis posiciones! Bueno, está bien, le perdonaré la vida porque será el padre de un brillante tribuno. Y me voy. Porque ya no los aguanto más. Hagan sonar la retirada. Que el doctorcillo o el literato se hagan cargo del país. Yo ya estoy cansado y viejo, carajo, che, Déjenme vivir el resto de mis días en paz.


[1] Urquiza estaba ligado de pies, manos, bolsillo y corazón al Brasil. Ha aceptado la usurpación de las Misiones Orientales, la independencia del Paraguay y la libre navegación de los ríos: “Éste (Argentina) deberá ser el país comercial y con libre navegación”. Alberdi exulta de entusiasmo desde Chile, y el Presidente le devuelve el gesto, nombrándolo plenipotenciario de la Confederación ante Europa. Buenos Aires, en tanto, escoge al yerno del Libertador San Martín, como su representante. Napoleón III, a la sazón emperador de los franceses, no entendía “un joraca” porque un mismo país tenía dos legaciones. E invitó a Rosas a vivir en su Palacio. El Restaurador desechó la invitación.


[1] Caído Rosas, la batalla sucedida en Morón el 3 de febrero de 1852 con victoria de los brasileños, y por estos llamada “de Caseros”, queda fuerte como nombre de la misma, y explicación de los sucesos de los años subsiguientes.

3 comentarios

  1. mariano

    Nunca lei una nota de alguien tan ignorante..

    • Carlos Pistelli

      le agradezco el comentario, teniente primero.

  2. Carlos Pistelli

    Reblogueó esto en Carlos Pistelliy comentado:

    Vencido Rosas en Morón (Caseros la llaman los brasileños), la gran Coalición liderada por Urquiza se descojona. Esos diez años que van desde Febrero de 1852 hasta setiembre de 1861 muestran al mejor Urquiza de la historia. Y vale la pena recordarlo.

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