Carlos Pistelli

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Asesinato de Urquiza, III

 La defección de Urquiza del credo federalista, de la Causa Nacional, se extiende por diez años, cuando tuvo todo para lograr vencer a Buenos Aires sacando la capital del puerto. Aquí se lo contamos.

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Pavón.

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 Urquiza muestra pocas ganas de combatir y con esa actitud marcha a batalla. Contaba ya sesenta años y tal vez su edad fuera estorbo para emprender campaña. Pero eso es excusa. Como las muchas que dio justificando su abandono del campo. Ni su pretextada enfermedad. Ni que debía levantar partido en Entre Ríos cuando la suerte estaba jugándose en Pavón. Ni su cansancio físico. Ni la intolerancia moral porque el Presidente Derqui le era hostil o por la insubordinación de un lugarteniente. Pretextos para acallar su conciencia. La de él no tanto. La del Partido Federal al cual entregaba a las garras enemigas. Mitre se encontró con un general enemigo dispuesto a cederle todo el poder. Desconfiado, no lo creyó hasta la defección final cuando Pavón. Los historiadores revisionistas hablan de un encuentro, o un arreglo, de los dos Caudillos en el campo de batalla por intermedio del diplomático estadounidense, Yates.

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 En cuanto a la batalla en sí, ésta no se decidía todavía y los federales llevaban ventaja cuando la reserva urquicista tocó retirada. Tras ella se fueron los escuadrones entrerrianos. La noche cubrió la realidad. En la mañana del 18 de septiembre Mitre averiguaba haber vencido en Pavón.

 Era una batalla que bien valía un país. Así lo entendió Juan Bautista Alberdi. “Urquiza realizó tres batallas: Caseros para ocupar el poder; Cepeda para hacer una fortuna; Pavón, para conservarla”. Cuanta verdad en estas palabras.

La “cuarta” República Mesopotámica,

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Francisco Ramírez, general de Artigas, formó la Suprema República Entrerriana en 1820 para formarse un poder interno mientras se aseguraba en el Litoral e iba contra los paraguayos independistas, esperando un segundo round contra Buenos Aires. Era una base política e institucional para hacerse con las veces de líder nacional.

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 Urquiza y varios antirrosistas le “copian” la idea. En 1842 el general Paz andaba tras los pasos de una “Federación Oriental”, escindiendo a las provincias del litoral para ligarlas al Uruguay y a Río Grande, con la venia inglesa. Rosas lo puso en su sitio meses después.

El “castellano de San José” reitera la idea en 1846 (por medio del tratado de Alcaraz) y en 1852, cuando vio que se caía a pedazos la Confederación Nacional forjada por el Restaurador. Hubieran quedado formado tres estados: La “Mesopotamia”, Buenos Aires, y el resto. Por suerte, los entrerrianos se sentían demasiado argentinos para seguirle el mal paso. Pero insistirá tras Pavón. Lo que me lleva a preguntar, ¿de qué patriotismo nativo estaba hecho el sentimiento nacional de Urquiza? Ustedes, en el interior de sus conciencias, se lo sabrán responder.

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Otra vez los tres estados “argentinos”.

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   La victoria de Pavón nubló la buena estrella de Mitre. Todos en Buenos Aires esperaban que en una campaña a lo Napoleón, como dice José Ma. Rosa, entrara en los trece ranchos y los sableara a todos. Pero Mitre, duda.

 Sabe que sin Urquiza no se puede hacer nada. Sarmiento exulta: “Southampton o la horca”. Nada de arreglos con el castellano. Como dice un cronista de la época, Mitre mantuvo la cabeza fría en medio de tantos botarates: Desgraciados que se ganan la lotería y no saben qué hacer con tanto dinero.

             José Mármol, Norberto de la Riestra, Valentín Alsina se pronuncian por escindir el país. Que Urquiza se encierre en la Mesopotamia, nosotros en Buenos Aires y que los “once ranchos” restantes se pudran tomando mate de ayer y fumando puros paraguayos. Mitre no las tenía todas consigo.

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 Mitre se la jugó por la argentinidad, acompañado por militares orientales, Sarmiento y el tucumano Marcos Paz. Al primero le dice, su amigo Vélez me tiene por un idiota en lo político y en lo militar, hágalo callar. El país se nos sirve en bandeja y no es tiempos de recular. Y se la jugó por la “argentinidad”, imponiendo al país los lineamientos liberales.

            No pasaba de diciembre de 1861 con el general Pedernera, vicepresidente en ejercicio del Poder Ejecutivo, hipotecando la Casa de Gobierno de Paraná. Consciente de la duplicidad de Urquiza, le mandó las llaves de la misma: Así terminó la Confederación Nacional y Popular iniciada con el Pacto Federal de enero de 1831.

La voz de los que no tienen voz.

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  Frente a la traición de Urquiza, y el genocidio mitrista, salen a la palestra los intelectuales jugados con la Causa Grande y con la vida de sus semejantes, sin importar credo ni religión que los separe. Surgen dos pensadores del carajo que confrontan y le enrostran a Mitre su espíritu sanguinario y dictatorial: Olegario Víctor Andrade, y José Hernández.

    Olegario V. Andrade se formó en el famoso Colegio del Uruguay, creado por Urquiza en 1849. Lo comenta Norberto Galasso en sus páginas 389 en adelante, de su “Historia de la Argentina, Tomo I”, “En dos años (de guerra) cincuenta combates, cinco mil muertos (Felipe Varela en sus manifiestos de 1866 eleva a cincuenta mil, y damos asidero al “Quijote de Los Andes”, estuvo ahí)… el sanguinario Sandes se regocija de pasar a cuchillo a centenares de argentinos y se goza en su suplicio y en su muerte… Hubo una carnicería enorme. ¡Se celebraba la victoria sacrificando generosas víctimas! ¡Horror! … la República Argentina no ha tenido un gobierno más funesto, que le haya costado más lágrimas, ni haya vertido más sangre para saciar su fiebre satánica de dominación”. “Los que han vendido al oro extranjero las antiguas virtudes y las antiguas glorias de la patria: Esos impostores del liberalismo, esas repugnantes secreciones de la prostitución política”.

   José Hernández no se queda atrás: “Mitre ha sido un cometa de sangre, un flagelo devastador, un elemento de corrupción, de desquicio, y dan testimonio de su existencia los huérfanos, las viudas y los inválidos.” “Cada uno de sus Agentes armados, fue un verdugo cruel, cada uno dio libre vuelo a sus instintos feroces, fomentó los odios más brutales, autorizó las venganzas más crueles y consumó las tropelías y los crímenes más inauditos… Su preponderancia (la de Mitre) ha sido objeto de desgracias, de lágrimas, de incendio y de devastación”.

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  Un terremoto ha destruido Mendoza años antes, pero sinceramente no se compara con la devastación generada por las ‘dragonadas’ del mitrismo. Algún día el altar de la Patria deberá hacer sonar su verdadero escarmiento histórico a la política genocida perpetrada por el general y Presidente de la República, don Bartolomé Mitre, responsable directo, de todo lo realizado hasta entonces, y por venir:

https://carlospistelli.wordpress.com/2012/12/01/la-guerra-del-paraguay-1865-1870-mitre-y-urquiza/#comments

   La joven se sobresalta, y el viejo estanciero deja de escucharla para ver él mismo lo que le está por suceder. Frunce el seño. Son sus mismos hombres de ayer los que ingresan por la fuerza a su Palacio. Toma el rifle que le alcanza un criado. Abre fuego, y se lo devuelven. Gritos de mueras para su persona. Manda a su familia a los fondos. De pronto, un soldado se le presenta enronquecido. Ríndase, le piden, pero un movimiento en falso le cuesta la vida. Le han matado. Toca la pared con la mano ensangrentada. El General Urquiza ha sido muerto. Justicia, dejan decir las cuchillas entrerrianas. Y se abrirá el debate eterno. Urquicistas y ramiristas, Urquicistas (los radicales) y jordanistas (los peronistas) quien es quien en Entre Ríos. La Sala de la provincia, en tanto, elige al general López Jordán, sobrino de Ramírez, jefe provincial. Treinta años de Urquiza han terminado. ¿Qué llevó al General Urquiza a abandonar a los suyos, dejar exterminar a sus seguidores y finalmente morir trágicamente? El hombre de los tantos hijos, había dejado huérfano al Federalismo Argentino hacía tiempo. Y la fecha era Pavón.

El “muy tirano general” dice el diario revolucionario, “fue el primero que mató y lo matan a él”. No creyendo en la revolución, menos en los apellidos que la encabezan, toda gente suya, y negándose a abandonar la provincia como era el plan inicial, cayó quien otrora fuera amado hasta el delirio.

Ha sido muerto, justicia braman los federales. Con Urquiza se cumplían aquellas palabras de Rosas en el exilio: “Lo van a terminar matando, los mismos que ha apañado”.

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