Carlos Pistelli

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160 años de la Constitución Nacional Argentina: Hotham, Urquiza y Mitre. Adeodato de Gondra.

Aquel 4 de junio de 1846, el almirante sir Charles Hotham supo que el Reino Unido de Su Majestad acababa de sufrir una derrota “naval” histórica. Ni la “Armada Invencible”, ni la holandesa en el Siglo XVII ni la que organizó Napoleón en Trafalgar (1805) pudieron con ellos. Era la primera, y única, derrota de la Armada Británica. Fue un suceso impresionante, y pensó que su carrera estaba terminada. Pero al volver a Londres, supo que le perdonarían el desastre de “Punta Quebracho”. Don Juan Manuel de Rosas, el gaucho que despótico vestía de rojo a sus huestes, acababa de caer en los campos de Morón, se retiraba del escenario del Plata, y quedaba la posibilidad de aprovecharse de su ausencia regional. Hotham volvió a Sudamérica a imponer la libertad de los ríos.

La Secesión.

Al regresar al escenario que por años lo había tenido impotente observando desde sus radas como esos sudacas despreciables se burlaban de sus modos, pensó en esos países de mierda. El gaucho Rosas nos sacó a patadas y es un patriota. Pero a su vez su Pueblo lo sacó a patadas a él: ¿Qué patriotismo tienen esos pueblos que se unen contra nosotros pero no reconocen a quienes los unió? 

La Nación que los había vencido, no existía más. La gran Confederación Rioplatense estaba partida en pedazos, el Imperio Brasileño sembraba la discordia entre los viejos aliados, y preparaba el terreno para convertirse en potencia mundial, sentando su plataforma en América. Había que ponerle límites a los “macacos”, como les decían los emancipados de España.

Al llegar al Plata, no podía creer lo que sucedía. Emisarios de Bartolomé Mitre, el hombre fuerte de Buenos Aires, y un hijo de Urquiza, el castellano que sitiaba la gran ciudad, le pedían apoyo londinense a sus ideas de emanciparse del país. La República del Río de la Plata, le proponen los porteños; La República Mesopotámica, los entrerrianos. Encerrados en los altos de la alfajorería Marengo de Santa Fe, comían dulces los congresales constituyentes del país.

El Paraguay de los López.

A mediados de agosto de 1852, como ya se ha visto, había hecho su aparición en el Plata la flota anglofrancesa integrada por los comisionados Charles Hotham y Michel Saint-Georges a fin de imponer la navegación de sus buques, y junto con ellos la del Imperio, encabezada por el diplomático Felipe Pereira Leal. Ante la magnitud del hecho, el presidente Carlos Antonio López propuso en septiembre a Urquiza a través de Derqui una alianza entre Paraguay y la Confederación para resistir la imposición extranjera, la cual podía extenderse a la República Oriental.

    A cambio de la propuesta de López, Urquiza ensayó la de una alianza defensiva de Paraguay con la República de la Mesopotamia que Urquiza pensaba formar con Entre Ríos y Corrientes independizadas del resto de la Confederación. El presidente paraguayo aceptó la proposición de Urquiza, porque el 2 de octubre Derqui escribió a Pujol: “No dude por un momento que podemos contar con este país, enteramente para defendernos, si establecemos una nacionalidad entre Corrientes y Entre Ríos”. Pero, como ya se ha dicho, el veto británico a la idea urquicista de la República de la Mesopotamia -expresado a través del almirante Hotham- impidió concretar la alianza defensiva mesopotámico-paraguaya (1).

Inglaterra, Madre Patria.

Por esas cosas del destino, estaba en el Río de la Plata el viejo almirante Hothan, el vencedor de Obligado, derrotado en Quebracho. Venía a asegurar los principios del Librecambio, y a poner reparos a la supremacía brasileña en la región. Diógenes Urquiza le informa la idea de separar Entre Ríos del resto del país y conformar un nuevo Estado Independiente, como lo planificaron juntos en 1846. Al mismo tiempo, tenía los papeles de don Valentín Alsina jugándose por exportar los lineamientos liberales o quedarse pancho tras Arroyo del Medio. Su misión diplomática era la de llegar al Paraguay de una buena vez. Logrará su cometido: el paraguayo López romperá estruendosamente con el Imperio sintiéndose apoyado en nuestra buena amiga Inglaterra.

 Hothan, ¡justo él!, ¡el almirante británico que Rosas sacara a patadas por meterse de “prepo” en nuestros ríos!, desestimará las ideas de Urquiza y de Alsina. Inglaterra prestará todo su concurso moral para sostener la unidad de la Confederación, les enrostrará. Se debe haber preguntado en los fueros de su intimidad: “Esta andrajosa nación del sur conducida por ese tirano mal nacido que nos provocó una humillación histórica (“descarada insolencia”, se oyó en la Cámara de Lores), ahora se rompe en mil pedazos sin él”. No queriendo la desmembración porque veía al Brasil regodeándose en la misma, o en honor a los intereses británicos en la región, o por admiración patriótica con quienes lo habían corrido a escobazos, no sé cuáles habrán sido sus móviles, jugó la carta ARGENTINA cuando sus dirigencias no la tomaban en cuenta. Y prevaleció, para suerte del destino nacional.

El significado de las palabras del enviado de Su Majestad Británica, deben haber tenido el mismo tenor que tenían las del Secretario de Estado Norteamericano para con los distintos dictadores que nos tocaron en suerte: Porque todos volvieron grupas a la idea de la Unión Nacional.

            ¡Salve Hothan!, padre de la unión nacional! ¡¡¡Pavada de patriotas teníamos haciendo el país tras la desaparición de Rosas!!

Gondra.

El viejo díscolo de años anteriores volvía a tener preponderancia. Había conseguido convencer a don Felipe Ibarra de ligarse contra Rosas, para luego vivar al Restaurador. El 4 de febrero, abrazaba al “Liberador”, Justo José de Urquiza. En diciembre de 1852, proclama en la Convención Constituyente, “Somos el Pueblo Soberano”, y seguramente, conjeturo, se reunió con Hotham. Gondra buscó el apoyo inglés, encumbrando a algún caudillo federal, y nacionalista, para liberarse del ‘urquicismo’. Pero Urquiza, enterado de la movida, se presentó en Santa Fe, le dio un voleo a don Adeodato, y ordenó el dictado de la Constitución. El debate de la misma, los dejo para la próxima.

(1) Archivo de la Cancillería de la República Argentina, http://www.argentina-rree.com/5/5-072.htm

La misión Hotham-Saint Georges (agosto de 1852)

Cuando en Londres se percibió como inminente la caída de Rosas, sir Charles Hotham -jefe británico de la batalla de Obligado, en ese momento knight de la Orden del Baño y almirante de la Real Armada- escribió al conde de Malmesbury, reemplazante de Palmerston en relaciones exteriores, que había llegado el momento de romper con el tratado Arana-Southern y conseguir que los vencedores de Rosas “abrieran el sistema Plata-Paraná a la libre navegación de las naciones marítimas” (1).
A su vez, luego de la victoria de Urquiza en Caseros, éste mantuvo dos entrevistas con el representante británico Robert Gore. En la segunda de ellas, el general entrerriano explicitó para alegría del diplomático británico “planes para el desarrollo de los recursos de este magnífico y rico país; la apertura de los ríos a todas las naciones, pudiendo los navíos navegar libremente por los ríos y descargar y cargar sin tener que hacer escala previamente en Buenos Aires (…)” (2).
No obstante, el Reino Unido prefirió enfocar sus gestiones diplomáticas para obtener la apertura de los ríos como una consecuencia de la guerra de 1845. Para ello, el Foreign Office se puso en contacto con el ministerio de relaciones exteriores francés. De este modo, a principios de mayo de 1852 una misión anglofrancesa integrada por Charles Hotham y el caballero Michel de Saint-Georges (secretario de Deffaudis durante el bloqueo anglofrancés de 1845) partió hacia Buenos Aires con el objetivo de borrar los acuerdos Arana-Southern y Arana-Lepredour. A mediados de agosto los comisionados anglofranceses llegaron a Montevideo. En la entrevista de Hotham con Urquiza y su ministro Luis J. de la Peña se habló de la libre navegación, que a juicio del almirante inglés debía completarse promoviendo la inmigración. “Traiga inmigrantes de todas las clases y países, pero dando preferencia a los de raza sajona; neutralizará el espíritu combativo de sus paisanos y así usted habrá hecho lo mejor: se interesarán en el comercio y olvidarán las ambiciones”, aconsejó Hotham. Urquiza, influido por las Bases de Alberdi, apoyó en forma entusiasta las afirmaciones de Hotham: “Lo haremos señor; lo haremos así. Yo lo entiendo igualmente; éste deberá ser un país comercial y con libre navegación (3).

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