Carlos Pistelli

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“Síganme, Síganme que no los voy a defraudar”.

  Creo que fue unas semanas antes, no recuerdo bien. Mis abuelos paternos, gorilas desde siempre, frondicistas politicamente, me traían de las clases de comunión, Yo les contaba alegremente mi día, hasta quel sonido de una propaladora en coche, cortaron mis palabras. Me pidieron que me callara, bastante bruscamente, porque estaba pasando una imitación del “Menemóvil”.

menmovil

  Me callaron para oir las palabras del caudillo patilludo riojano, que prometía el Salariazo y la Revolución Productiva, que nos sacaría del desastre alfonsinista. Y terminaba su propaganda, con un emotivo “No los voy a defraudar”. Nunca entendí porque personas sabias y gorilas como mis abuelos, confiaron tanto en él. Nunca.

Era el mayo de 1989. Alfonsín, presidente desde 1983, estaba metido en un berenjenal financiero y económico de imposible salida. Su candidato presidencial era del nucleo conservador del Radicalismo, su partido, y tragaba amargo para escupir sangre, porque se le habían agotado todas las ideas. En cambio, el riojano más famoso, caminaba el país con la tranquilidad segura de la victoria.

 menem pres

Nacido en julio de 1930, Carlos Saúl Menem fue un político riojano de fuste gobernador de su provincia, fundador de la JP riojana, preso político, y acomodaticio a los vaivenes de la política nacional. Un vividor de la noche porteña, en donde hacía buenas mieles con la farándula, y en donde se mostraba como un caudillo federal renovador, al estilo de Facundo Quiroga.  En 1988, para sorpresa de muchos, le ganó la interna justicialista a Antonio Cafiero, y quedó posicionado como candidato presidencial. En la Casa Rosada, los radicales brindaron con champán: ¡Para que lo habrán hecho!

  Era un político extraordinario, reñido totalmente con la ética y la moral, un amante del poder por el poder mismo, un pragmático capaz de cualquier cosa. Un peligro, pero esos aires seductores, y una prosa mágica de sus asesores, hicieron el resto. El desencanto de la sociedad con el alfonsinismo era completo, y Menem, viejo truquero, no iba a desaprovechar su oportunidad.

 Una gran amiga de mi abuela, directora de una escuela humilde, desamparada por el estado provincial santafesino, escribía cartas a todos los gobiernos para darle a los chicos un viaje de estudios a fin de año. El único que le contestó, fue Menem. Y hacia allá fueron los chicos del Colegio, maravillados con la prédica de esa caudillo dispuesto a ayudarlos en haras de vivir mejor. Nadie puede quitarle sus dotes magnéticos de líder, la chispa para las respuestas rápidas y picarescas, y el olfato político de saber donde atracar a buen puerto.

 Cuando ganó, allá por el 14 de mayo de 1989, los argentinos creo que no se daban cuenta lo que empezaba. Mi viejo, siempre alfonsinista, en cambio sí. Docente como era, machacaba con la idea que La Rioja era la provincia con menos clases dictadas al años. Y que eso era un aviso de lo que vendría. No lo escucharon. Ni en su familia, ni los casi ocho millones de argentinos que votaron Menem-Duhalde, para cambiar la historia.

 Y la historia cambió, pero ya sabemos como.

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3 comentarios

  1. cesar

    hay una anécdota que cuando peron conoció a menem, a su secretario le digo que el riojano tenia algo especial, ya el viejo militar sabia reconocer a lo de su palo y lo que vendria

    • Carlos Pistelli

      jeh, si sabrá el ‘pocho’. Pero con este la pifio, no?

  2. Norberto Briggiler

    Una foto, unos recuerdos y muchas caras de lo que pasó.

    Debo confesar que Carlos “Pipo” Pistelli tiene una característica muy especial en lo que escribe, durante la oportunidad en que lo vuelve a publicar y la errática disparidad de las reacciones que me produce: casi siempre me sorprende y me deja pagando, en ocasiones por coincidir y admirar algún análisis, y en otras ocasiones por lo contrario. Supongo que es una característica que a mí me ayuda, porque me da la oportunidad de acercarme a otra opinión que es suficientemente distinta para que me haga pensar.
    Me reconozco incapacitado para tener una visión un poquito libre de la subjetividad de todo ser humano al describir acontecimientos contemporáneos, pero de algunos hechos los santos del cielo consienten en refrescarme la memoria y aclarar mi entendimiento. Como hay una generación de diferencia me abstendré de tratar el cruce de los dos comentarios precedentes, en los que interpreto una visión de Pistelli muy distinta de la elogiable descripción que hizo hace poco, ocasión en que no mencionó al “pocho” sino que se refirió, equilibrada y acertadamente, al Teniente General Juan Domingo Perón.
    Ahora me siento un Plutarco escribiendo sobre un par de vidas paralelas: Menem y Alfonsín, en lo posible usando citas textuales.

    Promesas para el futuro

    C. Menem: “Síganme, síganme que no los voy a defraudar”

    R. Alfonsín: “ La casa está en orden y no hay sangre en la Argentina. Le pido al pueblo que ha ingresado a la Plaza de Mayo que vuelva a sus casas a besar a sus hijos y a celebrar las Pascuas en paz en la Argentina”.

    Estas palabras del Sr. Presidente de la Nación Argentina fueron irradiadas el 19 de abril de 1987, a su regreso de la negociación con Aldo Rico en Campo de Mayo. Había partido con el apoyo explícito de una abrumadora mayoría de dirigentes de un amplio espectro de nuestro paisaje político, sindical, etc. Más importante fue que, si bien el Sr. Presidente se dirigió a la Plaza de Mayo, era escuchado por una mayoría de expectantes argentinos que lo apoyaban con fervor. Sus palabras trascendieron las fronteras. Yo estaba en Punta Arenas, escuchando con ansiedad junto a mis compañeros de trabajo, antes de la última operación en la parte chilena de Tierra del Fuego, cuando la nieve impidiera seguir trabajando. Escuchadas las palabras presidenciales estalló una algarabía generalizada, con abrazos que desconocían diferencias jerárquicas e incluían a compañeros chilenos. Corrieron muchas lágrimas de alegría.
    Comprendo la desazón de Carlos Pistelli frente al riojano patilludo: “Nunca entendí porque personas sabias y gorilas como mis abuelos, confiaron tanto en él. Nunca.” Pero no olvido mi desazón, porque… poco tiempo después por fin comencé a ver lo que no quería ver.
    En junio el Congreso aprobó, a propuesta del Poder Ejecutivo, la Ley de Obediencia Debida, que exculpaba a los oficiales de rango medio y bajo. La movida de los genocidas ya acumulaba un triunfo. La Ley 23.492 de Punto Final ya había sentado un precedente nefasto: el 24 de diciembre de 1986 se había promulgado por iniciativa del alfonsinismo. Eran tiempos cuando no se deberían haber olvidado aspectos elementales de la protección de la democracia.
    Una de mis propias predicciones certeras fue que, si Alfonsín continuaba apareciendo como inclaudicable impulsor de los derechos humanos, aun después de haber cedido dos leyes a la milicada, con la misma habilidad iba a dejar la tarea sucia a su sucesor, quien no tendría más remedio que indultar a los condenados por dos leyes que muestran la creciente debilidad de ejecutivo civil, a pesar del abrumador apoyo popular.
    Alfonsín diría años después que con su iniciativa estaba persuadido de que dotaría a una democracia fresca de la estabilidad que necesitaba. O sea que se olvidaba que negoció a oscuras del resto del país, engañó con la casa en des-orden, pero confiaba en que le iría mejor. Los organismos de derechos humanos sostuvieron en 1987 que la Ley de Obediencia Debida no sólo era injusta e inconstitucional, sino también innecesaria e inconveniente para la propia estabilidad democrática. ¿Qué quedó para ser empleado en una patética aspiración a la santidad laica?
    En este tema, mi punto de vista fue premonitorio: las dos leyes que afectaban los derechos humanos recomendaban comentarios claros y cifras públicas y VERIFICABLES. A espaldas del espectro político y del pueblo todo no hay otra posibilidad que el retroceso.

    Quedaron promesas y acciones sobre economía.

    Hubo promesas hechas para el crédulo oyente argentino o para una minoría de agentes nocturnos que fijan la agenda de noticias diarias de acuerdo a oscuros intereses de poder.

    C. Menem: “Salariazo” y “Revolución Productiva”

    R. Alfonsín: “Con la democracia se cura, se come y se educa”

    Ante la crisis que inauguró dos episodios de hiperinflación, Menem sacó a relucir sus dos eslóganes de batalla: la promesa de un “Salariazo” y de una “Revolución Productiva”. Con esas propuestas no inventó el agujero del mate; al contrario, aplicó la teoría económica más fiscalizada del siglo XX: el keynesianismo, que facilitó que el RU saliera rápidamente, en términos comparativos, de la crisis mundial de los 30. Cuando tuve que estudiar economía lo hice en el libro clásico de Paul Samuelson. Dentro de las enormes limitaciones que tiene lo desarrollado hasta el presente, me considero un neokeynesiano de primera generación.

    En cambio, hay que aceptar que ese eslogan de R. Alfonsín para su campaña electoral es de corte muy engañoso. Confunde la democracia con un sistema en el que el análisis no basta para tomar lecciones prácticas sino que debe ganarse la participación de sus competidores usando sus dotes de convicción. No recuerdo lo suficiente de francés como para corregir con solidez en ese idioma, pero el tema tratado sobrevive en el ejercicio, en un nivel superior.

    Ambos presidentes engañaron, ambos presidentes mintieron. No digo que fueran iguales, pero tampoco evalúo los daños por la cercanía histórica

    De todas maneras, hay una diferencia profunda en el significado ético de las medidas.

    El Punto Final y la Obediencia Debida implican que centenares de lacras sociales que vejaron, torturaron, violaron, asesinaron y también encarcelaron sin oportunidad de defensa, no son responsables de los crímenes cometidos; los responsables se limitaban a las Juntas, extremo superior de la cadena de mando.

    El indulto de Menem, cuanto menos implicaba que centenares de indultados habían cometido crímenes.

    Podría citar más ejemplos que hacen “paralelas” estas “vidas”, pero no vale la pena. Mi objetivo es rescatar que lo que importa son los hechos, no la retórica que “olvida” muchas cosas

    Norberto Briggiler

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