Carlos Pistelli

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Mitre, 192 años de su nacimiento.

Presupuestos de la Nación y la Provincia.

 

Año

Estado Nacional

Provincia de Buenos Aires.

1855

$2.680.445

$59.479.915

1860

$4.312.227

$90.584.236

1865

$8.595.037

$40.415.123

1870

$14.486.995

$57.918.897

1875

$21.426.890

$159.918.897

1880

$18.479.514

$131.907.904

1885

$43.080.761

$13.395.811

Obra presidencial.

             No hubo un día de paz en los siete años de gobierno Mitre (uno como ‘dictador’ y seis como Presidente), pero se las arregló para formar al Estado Nacional, deformando a la Nación.

   La política ferroviaria, el inicio de la deuda externa como elemento de ‘crecimiento nacional’ y las obras educativas son de su época. Un grave proceso de dominación extranjerizante en el país que los sacara a patadas quince años antes, apenas. El déficit se incrementa año tras año, y todo se resuelve con más deuda y que se arregle el que viene luego. Se destruyeron regiones prósperas y se acentuó el centralismo porteño y de su oligarquía libre-cambiante. A su vez, todo gaucho desocupado por la destrucción económica, si no es asesinado, es entendido como “un vago”, y derivado o a la policía, o a la frontera a matarse con sus paisanos, los indios. Como las leyes de 1815 y 1826 que denunciara Manuel Dorrego allá lejos y hace tiempo cuarenta años ya.

   Mitre se la jugó por lo que tenía a mano, y tal vez no haya sido tan culpable, después de todo. Pero estaba convencido que había que justificar lo que se hacía, atrayendo a inmigrantes a reemplazar a los excluidos y exterminados del sistema, contándoles lo lindo y grande que era nuestro país:

.

 La falsificación de la Historia.

             En 1855 Mitre publica “Historia de Belgrano”. En términos coloridos, es una obra de tintes celestes, bien unitarios. Desprestigia la obra de los “anarquistas”, y pondera a los unitarios como Rivadavia y Pueyrredón. Hablando en serio, es un “librazo”. Conmueve la prosa del historiador, cargado de adjetivos denigrantes hacia los adversarios del Puerto, y contagioso de entusiasmo con los encumbrados mercaderes portuarios. Mitre es el gran historiador argentino. Al menos de los que sienten que Buenos Aires es la Argentina. Por suerte, muchos no pensamos así.

   Vélez Sarsfield se burla del libro: “Es la historia de un sonso escrita por otro sonso”. Belgrano es encumbrado a la categoría de prócer nacional. Pero es un dato anecdótico. La verdad de la mandarina es que tenemos próceres en la República gracias a la pluma de don Bartolomé, y a la de Sarmiento, que se hizo propaganda propia y quedó tercero en reconocimiento detrás de Belgrano y de San Martín. Menos mal que don Bartolo escribió la de dos grandes que no necesitaban de él para ser grandes, pero igual vale la pena recordar… (¿Esto querrá decir que Juan Pirulín tenía chances de ser el Padre de la Patria? Y, mire, cerca anduvo)

   Como otrora dijera, el carisma del “Padre de la Patria”, sin quererlo ni buscarlo, fue extendiendo su renombre por el interior mientras Buenos Aires guardaba profunda irreverencia a su grandeza. Sin buscarlo ni quererlo, su nombre se convirtió en bandera de los caudillos, que lo querían Jefe de su partido. Bustos, cuando San Martín pidió apoyo desde Perú, se puso a su disposición, deponiendo ambiciones personales. Lo mismo López, que en las guerras civiles robaba correspondencia excepto las del Libertador, la cual devolvía sin ultrajar. Artigas confiaba solo en él. López lo invitó a su provincia denunciando que Rivadavia quería matarlo. Quiroga solo admitía a San Martín como ser superior. Dorrego armó campaña para que fuera él y no otro, el general en jefe de la guerra del Brasil. Rosas recibió el sable de la Independencia. Era al único que los caudillos respetaban como a héroe absoluto. Aun después de la hecatombe federal, el paisanaje lo recordaba junto al caudillo representativo. Unía a los federales peleados entre sí muchas veces. Lo convirtieron en el primer federal y, si hubiera aceptado, lo hubieran llevado en andas de provincia en provincia. Pero no aceptó.

   Cuando Mitre busca héroes para atraer a los inmigrantes, encuentra el amor a San Martín en sus enemigos. En cambio, el murmullo que producía el nombre del Libertador entre sus compinches lo llamó a reflexionar. San Martín era el ídolo de las provincias, del gentío federal, el  auxiliar de don Juan Manuel. Mitre buscó algún patriota que le hiciera sombra y fuera hombre de Buenos Aires.

   No pudo, no podía ser Rivadavia, al que algunos llaman “verdadero fundador de la República Argentina”, a quien el mismo Mitre consideró “el más grande hombre civil de la tierra de los argentinos”, odiado en las provincias y en las propia Buenos Aires. Tampoco corren el Almirante Brown ni Juan M de Pueyrredón. Siquiera Mariano Moreno. Entonces decide escribir a Belgrano. Se oculta la debilidad por las polleras que tiene Belgrano pues el entorno impide hablar de ello. Pero también fallará Mitre en esto. Belgrano es recordado en el Noroeste con grande pasión. En el Pago de los Arroyos, en reiteradas ocasiones quisimos traer sus restos al Monumento. Belgrano, menos que San Martín, es hombre de las provincias también. Él mismo, que consideraba bestias a los hombres del interior, admite que sin las provincias no podía haber ocurrido la Independencia. Sarmiento busca que Belgrano sea más que el Libertador. En un acto lo llama “Padre de la Patria”. No corre. San Martín es el Padre, Belgrano es un mero creador de la bandera, ejemplo del patriota. Igual, ambos hubieran rechazado tales rangos, conociéndolos como son[1].

 La Historia como instrumento político para justificarse en el presente. La vieja deformación de nuestro pasado para masacrar pobres argentinos embanderados de ideas opuestas al liberalismo portuario. Los escribientes de nuestra historia no escaparon a la Ley Mitrista: Mentirosa, falaz, y descrita desde el Puerto de Buenos Aires. Había nacido, “La Historia Oficial”. La detestamos, aunque escriban muy bien.

.

 Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano y Peri no necesita de Mitre para ser el máximo prócer nacional. Pero le debemos a la pluma de don Bartolo que así haya sido. Casualidades e imponderables que suelen sucederse en la vida. Y nada más.

.

La Colonia.

             El plan político del general Bartolomé Mitre es convertirnos en una factoría inglesa. No me quedan mayores adjetivos. Nos adentramos en el mundo, en la llamada división internacional del trabajo, como proveedor agropecuario del Imperio Metrópoli. ¿Qué necesita Inglaterra? Materias primas. ¿Qué nos ofrece? Productos manufacturados. ¿Cómo lo hacemos? Nosotros, ingleses, les ofrecemos créditos para que ustedes puedan generar una estructura acorde a nuestras necesidades. ¿Y cuáles son esas ‘necesidades’? Miren, nosotros les daremos los vagones de tren, para constituir vías ferroviales que unan la pampa con el Puerto. Ustedes dennos una legua a la redonda de por donde pasen tales vías. Ustedes garanticen que el servicio funcione porque al principio será deficitario con créditos blandos a los gerentes del Ferrocarril. Liberen el comercio, nada de trabas a las mercaderías que les venderemos. Y si al principio no les cierran las cuentas, les volveremos a dar empréstitos a pagar ‘cuando puedan’. Ayúdennos, de paso, a erradicar ese mal ejemplo que es el Paraguay. Entendemos que no tienen técnicos a la altura de la hora, Hemos formado en nuestras aulas al mejor economista que pueda entender la situación: Norberto de la Riestra[1]. Y además, necesitaremos abogados que velen para que a nuestras empresas no las toque algún desquiciado con arranques de Rosas. Déjennos distribuir bancos privados que tengan el control monetario de la divisa argentina: permítanles la emisión de billetes de distintas índole, que sirvan para ganar algo de todo lo que estamos haciendo para desarrollarlos. Libre importación de productos nuestros, que no se genere una industria competidora, solamente produzcan granos, lanas y cueros. Es lo que nos hace falta, hoy por hoy. Ya les diremos, en el futuro, que más necesitamos. Ah, y olvídense de reclamar la soberanía de las Islas Malvinas. De este tema no se habla más.

            La Argentina “liberal” mitrista, no pasa de ser, una colonia británica.

 .

La economía mitrista.

             Entre 1864 y 1868, este es el balance comercial argentino: ingresan 172 millones de pesos de la época, exportamos 138. Déficit crónico total: 34 millones. Se saldan con nuevos empréstitos tomados a un 69%. Es decir, nos endeudamos por cien, para recibir 69. Ruinosa manera de tener tesoro nacional. Si agregamos que el Gobierno se arruina financieramente con las guerras civiles y del Paraguay, y debe nuevamente salir a buscar préstamos, la nota de la época es una dependencia total de la buena voluntad británica para tener un mango propio. La deuda externa al terminar el mandato presidencial alcanza los 25 millones de pesos: Se ha triplicado desde 1861. Además, todo el país se hace cargo de las deudas del Estado de Buenos Aires. La Aduana, único ingreso posible del país, es puesta en garantía de los innumerables préstamos internacionales, así como también la tierra pública. Se realiza una nueva ley de enfiteusis donde el Estado arrenda suelo fiscal para hacerse con un pequeño capital. Que terminó siendo otro negoción favorable a los apellidos tradicionales portuarios, aliados imprescindibles del Mitrismo.

    Todo es inglés. Desde los ferrocarriles a la marina mercante que trasladan el producto de nuestro suelo; Desde los bancos que regulan la emisión de moneda, hasta el todopoderoso ministro de hacienda, que parece salido del riñón de la reina Victoria. De los frigoríficos que empiezan a hacerse camino, y de todo lo habido y por haber.


[1] Hay unas palabras majestuosas del general Perón refiriéndose a la asunción de Adalberto Krieger Vassena como ministro en el ‘Onganiato’, que merecen publicarse, por la similitud con lo que les acabo de decir: “

 


[1] Extraído del libro “Vale la pena ser argentino?”, del autor.

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    1. Lecciones políticas: ‘la gran Mitre’. | ¿VALE LA PENA SER ARGENTINO?

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