Carlos Pistelli

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Artigas, el Hombre que sintió la Independencia sin condicionamientos.

artigas

 Dos grandes caudillos populares habían desaparecido de la escena nacional en cuestión de meses; Güemes y Artigas. Desde pequeño me han insistido sobre la figura del Gaucho entre gauchos pero debe ser que por las cercanías geográficas siempre presté más atención sobre Artigas. Cuestión de distancia y transmisión mística si se quiere, conocer al Patrón Oriental no me resultó difícil. Me siento parte de su herencia, de su legado histórico, de su pensamiento y acción política. Con Güemes tuve que realizar más de un trabajo informativo para llegar a conocer su historia personal. Acaso la filiación personal hacia un “borrado” de la historia como Artigas me permitió conocerlo mejor que a Güemes, uno de nuestros tantos héroes trampeados por la Historia Oficial. Si hasta el salteño me generó rechazo alguna vez. Tiene su explicación lógica.

Primera trampa: Güemes es el gran defensor de los límites territoriales argentinos hasta Tarija. Argentina no va más allá de eso. Hoy sabemos que la correspondencia política de Güemes con los gauchos altoperuano fue absoluta. Para ellos no había distinción de nacionalidad: Era la misma, Acaso, Es la misma. Segunda; Güemes es el gran lugarteniente militar de San Martín. Hoy sabemos que fue uno de los mejores ejecutores de las ideas sociales del Libertador. Pero de lo que la Historiografía Oficial se encargó muy bien de detallar fue que Güemes era uno de esos Caudillos populares “oficiales”. Es decir, Nunca rompería lazos con los Gobiernos de turno, y aunque indisciplinado, sería de sus mejores lanzas. Era un sometido a los lineamientos generales de la razón de Estado, en versión porteña. No tan cierto, pero efectivo. ¿Tengo razón?

Que pasó con aquellos líderes populares radicalmente opuestos a la política hegemónica de Buenos Aires. Que pasó con los pueblos que respondían a esos líderes populares. O mejor todavía, Qué pasó con los pueblos que eligiendo a Jefes enfrentados al poder hegemónico de Buenos Aires se tornaban “anarquistas”. No solamente desaparecían de la historia, y los escribientes posteriores le negarían papel protagónico en nuestro andar libertario. Dejaban de ser argentinos.

El pretérito imperfecto se diferencia del perfecto, me enseñaron en la primaria, en que su uso se refiere al pasado que puede volver a ser. Por eso utilizaré, dejaban de ser argentinos, por dejaron de ser.

Dos diferencias notables que marcan el porqué Artigas me identificó más que Güemes. Las cercanías geográficas y sentimentales, una. Pero especialmente el significado histórico del Jefe Oriental. Artigas jamás se sometió a Buenos Aires, en cuanto a los lineamientos económicos y sociales del Puerto. Pero no hagamos antiporteñismo barato…

He marcado alguna vez la diferencia entre Caudillo y Conductor. Lo primero se refiere a circunstancia, momento; surge en la anarquía y necesita del desorden para imperar. Lo segundo trata más sobre la ejecución de un plan más profundo, un sentimiento mucho mejor arraigado. Si los Caudillos son necesarios para convertir la anarquía (generada por desgobiernos oligárquicos) en anhelos populares, el Conductor los encausa y ejecuta en un plan para la posteridad. No hace falta ser Jefferson o John Locke para llevar adelante proyectos de gobierno. Comprenden a la primera nomenclatura Güemes, Quiroga, López, Bustos, hasta Dorrego. A Artigas le quepa el segundo, aunque en los modos y guiños pareciera un caudillo. La gran diferencia que dignifica a Artigas fue enfrentar al poder omnímodo de Buenos Aires; Con el afán de convertirnos en una Gran Nación Libertaria sin más credo ni religión que asegurar la Libertad, la Justicia Social y la confraternización de los pueblos entre sí y de los hombres hermanados. Un programa netamente humanístico como lo era el de las banderas de Mayo. Aquellos nobles federales, imposibilitados de ir más allá de sus limitaciones, fueron los grandes contendientes frente a Rivadavia a la hora de evitar el arrollamiento de las prerrogativas de la dignidad de la Nación Argentina. Pero habíamos nacido para mucho más que eso…

    Los caudillos federales, finalmente, no serían más que Caudillos “Federales y Populares” en tanto y en cuanto no rompieran lanzas con la Nación que Buenos Aires conducía. Haberlo intentado, les hubiera costado la desargentinización. El término es nuevo, y le cabe a la obra de Rivadavia.

El plan dilecto que Rivadavia se propuso llevar adelante en los hechos aunque otra pueda ser la versión histórica, la llevaron adelante sus mejores discípulos. Aquellos que le llamaban el “más grande hombre civil argentino”: Sí. Los Valentín Alsina y los Mitre, los Vélez Sarfield y los Sarmientos torpes, cuando escindieron el país en 1853. La Nación del Plata se terminaba en el Arroyo del Medio y en la frontera con el indio. Ganarían fronteras tras Pavón exterminando negros y gauchos. Continuaría con tipos como Roca, desapareciendo a aquellos que se le opusieran, para expropiarles la tierra y la historia. Seguiría con los Justos, cuando la Década Infame. Los treinta mil desaparecidos son prueba de que todavía hay quiénes creemos en las viejas banderas de Castelli y Moreno. Ellos son nuestro pasado reciente, Son nuestra historia a reivindicar. Sí, chicos, sí. Reclamar el medio boleto, aunque más no sea eso, nos acerca mucho más a San Martín y a Belgrano que tantos próceres con calles y plazas importantes. No tengamos la conciencia equívoca de creer que para ser argentinos tenemos que someternos. A Rivadavia le faltaron huevos y audacia para practicar su plan. Pero puesto en vigencia, obligó a sus adversarios dejar el seno argentino, Porque argentino significaba entonces, sometimiento a las fauces extranjeras. Y mejor dejar de ser argentino, que someterse. Domesticación, dirán otras voces.

Para ser argentino, según Rivadavia, según Mitre, según Roca, y los escribientes de nuestra Historia Oficial, había que someterse a la política imperiosa del Puerto de Buenos Aires, el Régimen mismo. Y eso nunca. Al menos para los Artigas, los Solano López, los Azurduy y Padilla, el mismo San Martín, los Che Guevara y los tantos argentinos desaparecidos de nuestra rica historia. Recuérdenlo al encontrarse con algún nombre raro puesto de calle o plaza. Ése, ese seguro que es un patriota… patriota de los comprados, agregaría yo.

La Nación destruida,

             A contrapelo de lo que sentían y por lo cual luchaban las grandes mayorías, los congresales de Tucumán (1816) quieren salvar a la Nación ligándola a la suerte de los monarcas europeos. De los que supuestamente habíamos empezado a desvincularnos. Por eso se repetirán misiones diplomáticas al viejo continente buscándonos un buen rey que nos saque adelante.

 La idea la trajo Belgrano y la fundamentó en sesión secreta ante el Congreso de Tucumán. A la mayoría de los congresales les pareció lo mejor para evitar que Fernando VII recuperara las colonias americanas. Si pudiéramos constituir una monarquía respaldada por alguna de las coronas de Europa acaso pudiéramos contener a don Fernando. Con la paz, dejaríamos de combatir por la emancipación, evitando tanta sangre derramada necesaria para construir la Nación.

 Pero si el análisis pudiera llegar a ser sincero, útil y recomendable, los modos fallaron. La receta económica consistente en la supremacía de Buenos Aires chocaba con los intereses manufactureros del interior. Para sostener aquello, debían desaparecer los actores sociales que las representaban. Pero estos actores no querían desaparecer y terminarán imponiéndose al central poder entreguista en la batalla de Cepeda de febrero de 1820. Sin gobierno nacional, el país se “anarquizó” como dicen los literatos porteños, pero más bien desapareció. Sólo la férrea voluntad de los caudillos por mantenerse argentinos salvó a la Patria de su virtual desaparición, como le pasó a la Gran Colombia Bolivariana. Pero necesariamente se perderían Bolivia, Paraguay, la Banda Oriental y las Misiones Orientales.

 El único con la capacidad y la fortaleza de unir a la Nación era José de San Martín. Pero en vez de obrar como Bolívar, es decir como Jefe político y militar, abandonó al país, cruzó la cordillera y salvó su honor y su gloria en las campañas libertadoras. Pero es lícito recordar que quien mejor se beneficiaba con tantísimas repúblicas desunidas entre sí era la Gran Bretaña. Acaso San Martín no pudo saberlo nunca. Acaso sí, y tendríamos a un farsante entre nosotros…

Destruida la Nación, desunida y bastardeada, fueron los caudillos federales, vulgares, auténticos demócratas del país, los que se hicieron con las veces de constituir la República. Eso se conseguiría tras una década de esfuerzo, a través de un Pacto igualitario y nacional, en 1831. Los años siguientes a ese 1831, la Argentina se decidió a defender lo conseguido con la firma de ese pacto, donde entraba gratamente el ideario de Mayo.

2 comentarios

  1. Reblogueó esto en bibliotecadealejandriaargentina.

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  1. Feliz doscientos cincuenta años, PATRÓN DE LA INDEPENDENCIA!! | ¿VALE LA PENA SER ARGENTINO?

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