Carlos Pistelli

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Belgrano, y Miguel Ángel Galván, el ‘errabundo’. Batalla de Tucumán.

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“San Miguel de Tucumán, 25 de septiembre de 1812,

Querida Milagros,

… Si no te he escrito en estos seis meses no ha sido culpa mía. Apenas he tenido tiempo para mí y casi ninguno para pensar en escribirte siquiera. Sabrás, porque esta carta llegará después, que las fuerzas de la Patria han detenido la invasión realista y les hemos derrotado ayer 24 en el Campo de las Carreras, a las afueras de esta capital. Se me han dado instrucciones precisas de no informar de más, pero como tengo en mi poder la correspondencia del enemigo e inclusive la que gentes de los nuestros le enviaban al enemigo, me he hecho con un buen material de papel y tinta, como para que clandestinamente te pueda enviar noticias mías de estos últimos meses,

Tienes que saber que he recorrido los mismos lugares y caminos que Juanjo cuando su marcha de 1810. El paisanaje se nos mostraba reacio, y farfullaban “vienen los porteños” de muy mala gana. “Estoy preocupado”, me comentará el general, pues como sabes soy su edecán, “del trato de estas pueblos dónde solo veo frialdad y si cabe decir una oposición formal”. Me comentará que deben utilizarse todos los medios que se tengan a mano para volverlos nuevamente de nuestra parte. En una marcha rápida, cruzamos Córdoba, Santiago y Tucumán.

El 25 o 26 de marzo estábamos en Yatasto, a unas cincuenta leguas al norte de esta ciudad donde Pueyrredón nos entregó el mando de las tropas. Desanimadas, desarmadas y desvestidas, eran una turba sin ton ni tino. Algunos amigos de la infancia y de correrías de chico, me contaron que en la huida del norte, los mismos pobladores se las agarraban con ellos, y desertores formaron grupos de salteadores que les disparaban buscando recuperar el erario que traían robado para que no lo tomara Goyeneche, el jefe español. Y si los españoles no siguieron la persecución fue porque los altoperuanos, hastiados del desmanejo de Castelli, tampoco querían saber nada con los chapetones, así que el camino se les trabó de luchas estériles donde nuestros guerreros del norte libraban combate sin librar, combatían sin quedarse demasiado tiempo, y aprovechando el conocimiento de sus regiones, disparaban cuando creían oportuno. El general entristeció un poco pero no mostró desánimo al saber que a su primo Castelli casi le matan sus mismos soldados. La cuestión es que para convencer a los norteños que somos parte de una misma causa, celebramos misa todos los días, y ya me encuentro harto de andar pasándome de santurrón en santurrón. Pero la patria requiere estos servicios de éste ateo desinteresado.

Las fuerzas se han engrosado en número y se parecen a ejército (Te estoy transcribiendo cartas que no podía mandarte, memorias de aquellos días para ir acumulando una gran memoria que mandarte después, cuando se me permitiera), El campamento se parece a uno de mejores valeres. El general está en todos lados, y me recuerda cuando en España nos decían que en su primera campaña en Italia, Napoleón comprendió que sería alguien importante en la historia, cuando descubrió que la tropa hablaba de él más de la cuenta: la tropa ha apodado a Belgrano, “Chico majadero” porque está en todos lados dando instrucciones y exigiendo una disciplina estricta y total, Y por su vocabulario poco propicio al de un abogado. Acepta también, como un gran capitán, los consejos de sus subordinados.

   Celebramos el 25 de mayo en Jujuy y el obispo Gorriti bendice la bandera celeste y blanca. El gentío se maravilló ese día. Y se sintió hondamente libre cuando por la tarde, escuchamos decir “¡soldados, hijos dignos de la patria, camaradas mías! El 25 de mayo será recordado para siempre memorable en los anales de nuestra historia, y vosotros tendréis un motivo más de recordarlo cuando veis en él, por primera vez, la bandera nacional en mis manos que ya nos distingue de las demás naciones del globo. Jurad conmigo sostenerla de un modo digno, y en prueba de ello, repetid: ¡Viva la Patria!”. Por primera vez en muchísimo tiempo, me comentarán pobladores afines, el hondo sentido de la Patria abrió una esperanza. Los vivas, estruendosos, y las salvas de artillería, hicieron rodar lágrimas de libertad en mis mejillas.

   Todo junio fue de preparativos y de intentar enviar auxilios a los combatientes de Santa Cruz y Cochabamba. También de convencer a pobladores ricos de los buenos dividendos del nuevo evangelio nacido en Mayo. Pero salvando a los empobrecidos, quiénes en su totalidad están de nuestro lado, y algún que otro hacendado que se las quiere hacer con las veces de gobernante lugareño (Hablo de un tal Güemes del cual ya te comentaré) los ricachones esperan la llegada de los españoles…

… He hecho buenas migas con Manuel Dorrego, coronel de la Patria y de papel preponderante en la Revolución de Santiago de Chile, cuya familia supo hacer negocios con el abuelo. El inconveniente que me acarrea su amistad es que es un boca suelta, y no pocas veces he sido llamado al orden por Tomás de Anchorena, secretario privado del general, de las inconveniencias de formar amistad con tal bando. Pero le he tomado estima, y el Doctor-General no me lo recrimina.

Dorrego

“A mediados de julio supimos que el enemigo avanzaba ya que ha puesto límites a la resistencia alto-peruana. El General dio orden de retirarnos al sur. Pero le angustian las familias que quedan. Ha dado, entonces, una orden terminante: Se conformó leva de voluntarios donde los pobladores empobrecidos se enlistaron devotamente, y a fines de julio, dio la orden de tierra arrasada. Todos los pobladores debían abandonar sus casas y llevándose las pertenencias que pudieran. Quiénes se negaran, recibirían la execración pública y se les quemarían sus pertenencias. Bando terrible, que la población cumplió maravillosamente. Ese retiro multitudinario causó honda impresión. Poblaciones enteras vaciándose dejando nada atrás. Hombres, mujeres, ancianos y niños recorriendo caminos intransitables bajo la intemperie y las inclemencias del tiempo. La tropa tomó esta decisión con una profundidad que pocas veces he visto. Es como si a sí mismo se vieran en guardianes de las propiedades escasas de sus compatriotas. Por primera vez, dejando de lado el triunfalismo de la marcha de Castelli en 1810, la región del norte se siente parte de una misma causa y sus soldados, sus ejemplares defensores. En este momento de difícil asimilación, todos colaboramos para que principie la causa.

El domingo 23 abandonamos Jujuy. Hemos avanzado ligeramente y hemos cubierto largos caminos en pocos días. No hay desánimo en la tropa en esta retirada. Presentí en el espíritu de los hombres otra sensación. Indignación y espera. Es como si quisieran que se los ponga a prueba: “Permítanos, general, quedarnos, para demostrarles a los de Buenos Aires y a los realistas de que acero estamos hechos los del Norte”. Los derrotados y humillados de meses atrás, comparten ese desafío. Yo mismo, en audiencia con el Doctor, le hice saber mis impresiones. Nos ordenan retirarnos hasta Córdoba. «Pero general, interrumpí, Ya nos ordenaron guardar la bandera, y ahora esto: Yo no sé cómo haremos para recuperar el terreno perdido si seguimos en el orden de estas ideas.» Me palmeó animadamente, y no se dijo más. Por su mente pasaban contradicciones entre quien debía cumplir un mandato gubernamental y deseaba darse una oportunidad como estratega rodeado del espíritu reinante. Dejan todo detrás, me dije en voz alta. Dejan todo detrás… quemado, se burló Dorrego. Pero de eso ya me tiene acostumbrado,

En el día 3 de septiembre, el ejército cruzaba el río Pasaje, cuando de repente, oímos aullidos de retirada de nuestra retaguardia. Volvimos grupas pensando en un ataque enemigo, y dispusimos orden de batalla. A poco se presenta una pequeña fuerza enemiga que después sabríamos era una avanzada de su vanguardia. Tomé tres prisioneros y recuperé cinco fusiles. Mi comandante me elogió públicamente y recomendó mi ascenso.

A pesar del triunfo, la retirada se aceleró y diez días después arribábamos a esta ciudad. Las primeras órdenes eran auxiliar a los pobladores para continuar el éxodo esta vez hacia Córdoba. Órdenes del mismo tenor se libraban a Santiago del Estero, Catamarca y La Rioja. Las familias de estas últimas ciudades debían retirarse hacia la región de Cuyo, a cuyos intendentes se les envió las recomendaciones del caso. Pero seguramente, las manifestaciones públicas, cambiaron el parecer del General.

En el anochecer de ese día 13, las instrucciones habían cambiado, y en donde decía prestar socorros a las poblaciones para retirarlas del avance enemigo, se suprimía con para auxiliar al Ejército a la espera del enemigo.

Nos multiplicamos en auxiliar y aprestar las defensas. Me ha tocado ser instructor de artillería, cavar zanjas y hacer de escribiente de capitanes y jefes de regimientos. En el anochecer del 23, ya sabíamos que el capitán Tristán se encontraba a las puertas de la ciudad. Nos dispusimos, entonces, a combatir. Al cruzarme con el General, supe preguntarle, ¿Qué pasa, si además de desobedecer, somos derrotados en combate? El adusto ademán de Belgrano siguió de largo, sin responder…

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“… la batalla del 24 fue demasiado confusa. Esperábamos a Tristán por el norte y se nos apareció por el oeste. Mediante una conversión quedamos frente a frente. La batalla se tornó de un mano a mano y se perdió el orden y la disciplina. Una humareda y una invasión de langostas vino a complicar todo un poco más: pues parecía que te pegaban como disparos. Fui herido en el estómago de un sablazo y al caer de mi caballo me fracturé la nariz. Entre la polvareda, los humos de los campos incendiados, los gritos, nos retiramos al sur: Todo se había perdido. La batalla estaba irremediablemente a favor de los realistas, y encima estábamos perdidos en el campo, desconociendo quien era nuestro, quien enemigo. Belgrano, apenas rodeado del coronel Montes, intentaba arrastrar a parte de las tropas bajo su mando. Éramos apenas doscientos cuando emprendíamos regreso a San Miguel. A las pocas leguas divisamos la columna de Tristán, frente nuestro, y huimos con destino incierto. Belgrano se paseaba ensimismado en sus pensamientos, sin soltar palabra, hasta que el capitán Saravia se presentó: General, el día es nuestro. Se sobresaltó. Y efectivamente. Al amanecer de 25, Tristán, creído vencedor, se observaba rodeado de tropas patriotas dentro de San Miguel y las del sur que había reunido Belgrano, que llegaban ya a seiscientos. No terminaba el día sin escabullirse al norte.

Ya no tendré que contestarle su pregunta de anoche. Hemos prevalecido, y Dios vuelve a estar con nosotros. Al darme vuelta, observé al general. Entonces recordé a los que le llamaban cobarde. Dichas esas palabras siguió su periplo en aras de reordenar las tropas triunfantes que desconocían el tenor de la victoria. Pude verlo marcharse, entremezclado en el humo, los griteríos y las langostas muertas. Envainé mi sable, cargué la pistola que el abuelo me diera, e intenté volver en sí. Entonces debí caerme, pues ya no recuerdo más de ese sagrado día. Un soldado se burló de mí, según me cuentan: ¿De rodillas, sargento? No, de panza, desplomándome al suelo. Sobre el sagrado y glorioso suelo tucumano, Cuna de la Patria…

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    1. BELGRANO, TU GRATO NOMBRE. | ¿VALE LA PENA SER ARGENTINO?

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