Carlos Pistelli

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El Hombre y el comunista don Carlos Sebastián.

Hace sesenta años, un hombre, El Hombre pronunció esta reflexión sobre su país:

El problema de la tierra, el problema de la industrialización, el problema de la vivienda, el problema del desempleo, el problema de la educación y el problema de la salud del pueblo; he ahí concretados los seis puntos a cuya solución se hubieran encaminado resueltamente nuestros esfuerzos, junto con la conquista de las libertades públicas y la democracia política.

Quizás luzca fría y teórica esta exposición, si no se conoce la espantosa tragedia que está viviendo el país en estos seis órdenes, sumada a la más humillante opresión política.

El ochenta y cinco por ciento de los pequeños agricultores cubanos está pagando renta y vive bajo la perenne amenaza del desalojo de sus parcelas. Más de la mitad de las mejores tierras de producción cultivadas está en manos extranjeras. En Oriente, que es la provincia más ancha, las tierras de la United Fruit Company y la West Indies unen la costa norte con la costa sur. Hay doscientas mil familias campesinas que no tienen una vara de tierra donde sembrar unas viandas para sus hambrientos hijos y, en cambio, permanecen sin cultivar, en manos de poderosos intereses, cerca de trescientas mil caballerías de tierras productivas. Si Cuba es un país eminentemente agrícola, si su población es en gran parte campesina, si la ciudad depende del campo, si el campo hizo la independencia, si la grandeza y prosperidad de nuestra nación depende de un campesinado saludable y vigoroso que ame y sepa cultivar la tierra, de un Estado que lo proteja y lo oriente, ¿cómo es posible que continúe este estado de cosas?

Salvo unas cuantas industrias alimenticias, madereras y textiles, Cuba sigue siendo una factoría productora de materia prima. Se exporta azúcar para importar caramelos, se exportan cueros para importar zapatos,. se exporta hierro para importar arados… Todo el mundo está de acuerdo en que la necesidad de industrializar el país es urgente, que hacen falta industrias químicas, que hay que mejorar las crías, los cultivos, la técnica y elaboración de nuestras industrias alimenticias para que puedan resistir la competencia ruinosa que hacen las industrias europeas de queso, leche condensada, licores y aceites y las de conservas norteamericanas, que necesitamos barcos mercantes, que el turismo podría ser una enorme fuente de riquezas; pero los poseedores del capital exigen que los obreros pasen bajo las horcas caudinas, el Estado se cruza de brazos y la industrialización espera por las calendas griegas.

Tan grave o peor es la tragedia de la vivienda. Hay en Cuba doscientos mil bohíos y chozas; cuatrocientas mil familias del campo y de la ciudad viven hacinadas en barracones, cuarterías y solares sin las más elementales condiciones de higiene y salud; dos millones doscientas mil personas de nuestra población urbana pagan alquileres que absorben entre un quinto y un tercio de sus ingresos; y dos millones ochocientas mil de nuestra población rural y suburbana carecen de luz eléctrica. Aquí ocurre lo mismo: si el Estado se propone rebajar los alquileres, los propietarios amenazan con paralizar todas las construcciones; si el Estado se abstiene, construyen mientras pueden percibir un tipo elevado de renta, después no colocan una piedra más aunque el resto de la población viva a la intemperie. Otro tanto hace el monopolio eléctrico: extiende las líneas hasta el punto donde pueda percibir una utilidad satisfactoria, a partir de allí no le importa que las personas vivan en las tinieblas por el resto de sus días. El Estado se cruza de brazos y el pueblo sigue sin casas y sin luz.

Nuestro sistema de enseñanza se complementa perfectamente con todo lo anterior: ¿Es un campo donde el guajiro no es dueño de la tierra para qué se quieren escuelas agrícolas? ¿En una ciudad donde no hay industrias para qué se quieren escuelas técnicas o industriales? Todo está dentro de la misma lógica absurda: no hay ni una cosa ni otra. En cualquier pequeño país de Europa existen más de doscientas escuelas técnicas y de artes industriales; en Cuba, no pasan de seis y los muchachos salen con sus títulos sin tener dónde emplearse. A las escuelitas públicas del campo asisten descalzos, semidesnudos y desnutridos, menos de la mitad de los niños en edad escolar y muchas veces el maestro quien tiene que adquirir con su propio sueldo el material necesario. ¿Es así como puede hacerse una patria grande?

De tanta miseria sólo es posible liberarse con la muerte; y a eso sí los ayuda el Estado: a morir. El noventa por ciento de los niños del campo está devorado por parásitos que se les filtran desde la tierra por las uñas de los pies descalzos. La sociedad se conmueve ante la noticia del secuestro o el asesinato de una criatura, pero permanece criminalmente indiferente ante el asesinato en masa que se comete con tantos miles y miles de niños que mueren todos los años por falta de recursos, agonizando entre los estertores del dolor, y cuyos ojos inocentes, ya en ellos el brillo de la muerte, parecen mirar hacia lo infinito como pidiendo perdón para el egoísmo humano y que no caiga sobre los hombres la maldición de Dios. Y cuando un padre de familia trabaja cuatro meses la año, ¿con qué puede comprar ropas y medicinas a sus hijos? Crecerán raquíticos, a los treinta años no tendrán una pieza sana en la boca, habrán oído diez millones de discursos, y morirán al fin de miseria y decepción. El acceso a los hospitales del Estado, siempre repletos, sólo es posible mediante la recomendación de un magnate político que le exigirá al desdichado su voto y el de toda su familia para que Cuba siga siempre igual o peor.

Ahora les pido que reemplacen Cuba por Argentina y analicen cuánto de similitudes tenemos con esa Cuba dictorial y lacaya yanqui, en donde mandaban más los Michael Corleone que los pueblos cubanos.

Hago esta reflexión sin tapujos ni servilletas, ni para congraciarme con El Hombre, que aunque leonino como quien les escribe, ni sabe que existo.

Este hombre que les escribe hoy, en esta nota y en su blog no confía mucho en El Hombre. Lo nota demasiado autoritario, con vicios dictaroriales, un Rosas de izquierda, leña para los de afuera que nos quieren invadir, pero leña para los de adentro, para disuadir. Yo soy un perfecto demócrata, y no quiero esos regímenes.

Pero este hombre que les escribe hoy, en esta nota, y en su blog, que no quiere un Regímen de El Hombre en su país ni vivir en el país de El Hombre porque se coartan las libertades básicas, tiene algo más que decir.

Este hombre que les escribe hoy, ha sido criado en una familia de clase media que nunca le negó su derecho de ser, en Libertad y Responsabilidad. Nunca le negó el derecho básico de comer y educarse, aunque los padecimientos muchas veces nos caracterizaron como a una familia pobre, donde sus hijos muchas veces no cenaban, y muchas veces almorzaban y merendaban en el colegio donde concurrían.

Este hombre que les escribe hoy, ha sido educado en el mejor colegio público estatal de su ciudad natal, es decir que formó su intelecto por obra y gracia del Estado Nacional, que confió en formar a un joven en Libertad y Responsabilidad.

Este hombre que les escribe hoy, es hijo de su familia, que nunca le negó nada, y del Estado, que lo formó en cuanto pudo.

Este hombre que les escribe hoy rechaza el Regímen del Hombre.

Pero si este hombre que les escribe hoy hubiera nacido por destinos del Señor de los Cielos en otra familia, y en otro lugar, supongamos una villa de emergencia, no podría escribirles como actualmente les escribe, sin abusar de los horrores de ortografía que escandalizan a sus pares de clase.

Basicamente, porque el 90% de sus pares no culmina un estudio, siquiera secundario. En el país de El Hombre, el 90% de sus jóvenes, cualesquiera fuera su procedencia, se recibe de algún título universitario.

Este hombre que les escribe hoy, se da el lujo de escribir estas reflexiones porque tiene un empleo que le permite comer, dormir, coger, y vivir, casi que sin preocupaciones.

Pero si este hombre que les escribe hoy fuera villero, estaría rogando que un dealer menor o mayor le consiga empleo, porque la mayor oferta laboral existente para gente como yo, sería la venta de drogas.

Fidel_Castro

Este hombre que supongamos escribe hoy, y vive en una villa, no consigue trabajo por su procedencia social, y pot no haber terminado ni sus estudios primarios.

Este hombre que supongamos escribe hoy, tal vez ya sería abuelo, si no lo mató la policía en una falsa redada, donde disparó primero, porque le encontraron muerto con un revolver en su mano derecha. Caso extraño, porque en la villa se lo conocía como el “zurdo”.

Este hombre que supongamos escribe hoy, mandaría a su hermana dos cuadras a buscar agua de la canilla comunal, al hermano a cargar la garrafa a pagar cuando dios mande, y acompañaría a su madre a alguna salita sanitaria para que le diagnostiquen, tras diez horas de espera, que tendrá un hermano nuevo de su mamá.

En el país de El Hombre pasan cosas aberrantes para los que vivimos en ciertas calles y en ciertos barrios, y no queremos saber nada con eso.

Pero si viviéramos en ciertos barrios, y en ciertas calles, el modelo de país de El Hombre, sería el único camino a seguir.

Tal vez se muera pronto, El Hombre al que todos quisieron matar, y todavía no quiere morir.

Que no se muera, mis amigos, porque con él, nos morimos todos los que creemos, que escribiendo estas mierdas, y ubicando un poster de su amigo, el Che, en alguna pared de nuestras casas, ya somos mejores, que aquellos que ni siquiera reflexionan, parecido a lo que acabamos de reflexionar.

La Historia, no solo lo absolvió: Ya lo consagró como el más Grande Hombre, que dio la Libertad de América.

 

1 comentario

  1. Buena publicación con alguna exageración en temas relativamente menores. Todos tendemos a “santificar” una persona que lleva algunos años de difunto. Esto es un pretexto para resolver un problema que explicaré por otro medio.

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