Carlos Pistelli

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Las Revoluciones radicales de 1893.

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El 2 de octubre de 1893 Julio Argentino Roca capturaba en la ciudad de Rosario al revolucionario radical, doctor don Leandro Alem. Unas reseñas, de aquellos años gloriosos del Radicalismo.

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Los treinta y seis días de Del Valle.

 Del Valle   Del Valle se propuso reparar a la República estando en el Gobierno y utilizando todos los resortes institucionales. Experto constitucionalista, jefe de la cátedra en la Universidad de Buenos Aires, haría política dentro de la legalidad impuesta por la Carta de 1853. Pretendía culminar la obra, exitoso. Tres meses le hubieran bastado, repetía ya fracasado. Con una energía formidable volcó el Congreso en su favor y se lanzó al ataque. Desarmó las fuerzas militares provinciales de Corrientes y Buenos Aires, intervino el Banco bonaerense y se decidió a “investigar las irregularidades de los gobiernos anteriores en materia de ventas de tierras, concesiones de ferrocarriles, gestiones bancarias, con el propósito evidente de perseguir a los responsables” (en Floria y G. Belsunse) Se estaban tocando negociados que tenían como responsables apellidos tradicionales, y también Naciones extranjeras potencias. Mariano De María sabrá decirle a del Valle que al Presidente ya le estaban molestando ciertas investigaciones que involucraban a su círculo íntimo. Todavía más, De María deja cesantes a varios corruptos e inicia acciones legales contra el ex presidente Juárez y su ex ministro Pacheco. E investigaba con tino y firmeza las concesiones ferroviarias.

            El 23 de julio Alem gana las elecciones a Senador Nacional porteño, y el país sintió el sonido de clarín. El fin de semana siguiente, 29 y 30, el Radicalismo de las provincias de San Luís, Santa Fe y Buenos Aires, y el mitrismo correntino y bonaerense, se levantan en armas. Pero del Valle ya ha perdido el control de las mismas, y hasta el mismo Gabinete Nacional se le vuelve en contra.

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Las Revoluciones “desde arriba”.

             Las Revoluciones se separan en dos: Con del Valle desde el Gobierno; Contra el Gobierno ya sin Del Valle.

El país se conmueve. Como si vivieran Peñaloza o Varela, se levantan los pueblos de Cuyo contra la política portuaria y extranjerizante de Pavón y sus siguientes 30 años. Teófilo Saá levanta San Luís. Era hijo del general Juan Lanza Seca Saá, y lo acompañan en la patriada los apellidos tradicionales de la provincia: Leontes Videla, Nicolás Jofré, Víctor Lucero, Guillermo Levington, Domingo Flores.

El 30, insurreccionan Santa Fe una conjunción de fuerzas radicales, mitristas y rifleros suizos del interior santafesino, simpáticos con el movimiento y descontentos con el gobierno provincial. El lunes 1º de agosto copan el gobierno y eligen una Junta Revolucionaria donde entran Mariano Candiotti, Lisandro de la Torre, coronel Prudencio Arnold, coronel Domingo González (padre de don Elpidio), Dermidio González, Ricardo Núñez, José Chiozza, entre otros. Apellidos federales algunos, liberales los otros.

Pero la más espectacular de las revoluciones se da en la desarmada provincia de Bs. As. donde Hipólito Yrigoyen ha hecho las cosas más que bien. De los 92 poblados de la provincia, 90 caen en su poder producto de su sigilo y casi sin derramar sangre. Marcelo de Alvear, vuelto del boliche vestido de frac, toma la estación de Temperley y ya son 91 los poblados radicales. Sólo queda La Plata, custodiada por el gobernador Julio Costa y amenazada también por los levantiscos mitristas de Campos, el mismo del Parque. Pero la inmensa masa está con Yrigoyen y en el campamento radical, donde más que una Revolución, hay celebración popular. Un payaso famoso de la época, Frank Brown, divierte a los revolucionarios. El 6 de agosto, entran en La Plata, abandonada por Costa. Se elige gobernador provisorio al doctor Juan Carlos Belgrano. Alem y del Valle visitan el campamento. El éxito es total y la algarabía, inmensa. Hay celebraciones de un carnaval más que de revolución.

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    Del Valle se presenta en el Congreso y repite palabras pasadas: “El mayor problema de nuestro país es que el gobierno va para un lado, y el pueblo por otro, es hora de aunar criterios”. Convenció a los congresales, crudos oligarcas, que sus palabras y su política sacarían adelante a la Nación. Y por las dudas se manda una de las de Moreno (Mariano, no Guillermo): una barra populachera y amenazante, chifla a los opositores y exalta a don Aristóbulo cuando se presenta a dar debate. Roca, en medio de semejante berenjenal, se esconde tras su banca de senador y termina renunciando el 2 de agosto, yéndose al recato de su casa.

Pide la intervención militar para sostener a los revolucionarios, pero pierde la votación. Igualmente, una multitud lo saluda y premia su elocuencia, acompañándolo hasta la casa de Gobierno, donde les libera una arenga patriótica que queda para la historia: “Basta de gobiernos que quieran oprimir a los pueblos”.

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   Sáenz Peña se queja entre sus íntimos. El viejo aristócrata se siente molesto de tener en Casa de Gobierno a esos pobretones que lo visitaban asiduamente para saludarlo. Y, sobre todo, con Del Valle: que permitía todo con esa política plebeya y lo dejaba a él, como a un títere de intereses ajenos a su pensamiento.

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Pellegrini y la caída,

   El mismo 6 de agosto que Belgrano asume el gobierno bonaerense, llega desde el norte con premura, el “gorila de los radicales”: Carlos Pellegrini; Quien tras permanecer un tiempo en termas que le mejoren la salud, vuelve a imponer el orden perdido, para derrocar al “tonto de Aristóbulo”. Los revolucionarios radicales lo interceptan en la estación Haedo. Yrigoyen ordena liberarlo, produciéndose un fuerte entredicho con Marcelo de Alvear. ¿Sabe lo qué hace? Porque días después el “Gringo” vuelca la situación, y el 12 del Valle se ve obligado a renunciar desautorizado por el Presidente[1].

               Estos hombres del Régimen criticaban a los radicales por anarquistas contrarios al orden constitucional, pero cuando las papas quemaban, no dudaban en ‘cagarse en todo’. La gran victoria moral de don Aristóbulo fue lograr que ese Congreso del antipueblo debatiera las intervenciones militares que daban el gobierno al pueblo. Pero en su ausencia, y con la presencia de Pellegrini, reconsideraron las intervenciones, pasando por alto el hecho que una ley desechada pueda volver a tratarse en el mismo año. Del Valle, desautorizado, pidió al Presidente apoyo, pero éste, recordando que gobernaba la República, le contestó lacónicamente, “lo pensaré”, y lo dejó flotando en el aire.

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Era el final de su ministerio de 36 días. Y el de su carrera política de casi veinticinco años. Porque no quiso terminar lo que había empezado:

  Alem, De María, don Bernardo lo incitan a resistir. Tiene toda la baraja favorable: La multitud, el ejército, Roca desahuciado, Pellegrini muy enfermo, Mitre apagado, un presidente que no sabe donde caerse muerto. Pero del Valle no quiere dar el golpe de Estado que le piden sus amigos, pues se dice hombre de Estado. Tiempo después, le preguntaron lo mismo en la Facultad cuando profesor. “Pude hacerlo —contesta— pero, ¿Les daría con autoridad moral la cátedra de Derecho Constitucional?”. Tuvo al Ejército, y al Pueblo en su totalidad a su lado. Su espíritu legalista primó sobre la Revolución gestada por él mismo. Un Alfonsín de pura cepa, que tampoco se la jugó contra los carapintadas en 1987, y así terminó.

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Todavía quedaba Yrigoyen. Y Buenos Aires consigo, de pie.

 yrigoyen

Alem lo llama a reunirse en su casa y el sobrino acude. Le repite lo mismo que a del Valle. “No estamos en Venezuela —responde don Hipólito— en donde las revoluciones son hechas por el ministro de guerra”. “¡Canalla!”, le termina gritando el tío, señalándole la puerta de calle, entre amigos comunes que se interponen porque piensan en una pelea de a golpes de puño. Yrigoyen se retira para no volver a dirigirle la palabra jamás.

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La Revolución “desde abajo”.

   El presidente, actor secundario de la vida política de su país, entrega el armado de gabinete nuevamente a Manuel Quintana, otro “gorila” antirradical. Quintana desarma a los insurrectos pero a mediados del mes de Septiembre, los radicales vuelven a las andadas en Catamarca, Tucumán y Santa Fe.

   Los radicales tucumanos copan su provincia e invaden Catamarca y Santiago del Estero. Contra ellos envía Quintana, al general Bosch y al “gringo” Pellegrini, porque no había confianza en la fidelidad de la tropa. El país colapsa y Alem asume la Jefatura Revolucionaria en Rosario. Cuatro ejércitos convergen sobre la ciudad de la bandera. Se combate en Tortugas, Santa Fe, y en la Estación de calle Gallo de Rosario. Pero sin la formidable estructura partidaria de la Provincia de Buenos Aires —donde Yrigoyen es detenido, o se deja detener—, Alem debe rendirse el 2 de Octubre, y nada menos que a Roca[2], vuelto a la política con el espíritu de sus mocedades. Fue una revolución espontánea que carecía de la necesaria organización para hacerla triunfar. “Ni marcar el paso”, se quejaba Alem de sus combatientes, “He sido pérfidamente traicionado, todos quieren esquivar la responsabilidad y echarle el perro muerto al jefe irreflexivo y precipitado”.

  El viejo tribuno arenga a sus muchachos, pero ya nada puede hacerse. Escapando de techo en techo, se entregará en la vieja casa de los Tiscornia, al lado del Correo de la ciudad: “Acá nadie se ha rendido ni nada se ha perdido, cada uno a su casa, guardando bien las armas, Que pueblo este Rosario, que noble pueblo”, rimará en su despedida. Era el fin de su ciclo político,

 

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  Sáenz Peña salvó el Gobierno y el Régimen su estructura. Pero quedó al descubierto su debilidad, y que además los radicales, con el correr del tiempo, barrerían con sus prerrogativas.

  Noventa y tres es el año Radical: Revolucionarios, Populares, Emprendedores del camino patrio; Sumidos en sus vacilaciones, el miedo al poder y en sus rencillas internas. El noventa y tres también significó el eclipse final de don Aristóbulo, y de Alem, y una postergación nacional hasta 1916.

   Desde ese momento el Radicalismo quedó eclipsado. Con todas las barajas en la mano, no supieron jugar. Alem y Del Valle eran dos patriotas del carajo, y nadie lo pone en duda. Pero no supieron resolver los intríngulis de la hora. La masa los siguió idolatrando, como a ninguno. Mas se apaciguaron los calores y nuevamente, con desazón resignada, el gentío comprendió que a la Argentina la podían gobernar sólo los mandones entreguistas de siempre. Tremendo error quel Radicalismo arrastró el resto de su existencia.

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[1] Don Aristóbulo cometió un pecado propio de su incapacidad, que llama la atención dado sus años de militancia. Hirió el orgullo del presidente dejándolo como a un pobre tipo, cuando debió manejarse con la muñeca de un político. El mismo error de Mariano Moreno con Cornelio Saavedra.

Lucio V. López, amigo personal de Del Valle, también le jugó en contra. El presidente, molesto con esos compadritos que entraban y salían de la Casa Rosada, saludándolo como a “un viejito bueno”, hiriendo su investidura, se quejó a viva voz, y López llamó a Pellegrini a su lado. Fue un tremendo error de López. El escritor de la Gran Aldea, donde describió magistralmente el ambiente moral de la época, no comprendió su propio libro. Los mismos que volvía a apañar se le volvieron en contra, y en menos de un año, el bravo criollo que era, se batió a duelo contra un “pellegrinista”, perdiendo la vida. Don Vicente, su padre, Pellegrini, Del Valle y Alem le lloraron desconsoladamente en su entierro.

[2] ¡¿Qué has hecho?!, le pregunta un antirroquista al ministro de la guerra cuando pone en Roca la represión del Radicalismo. Es que Pellegrini estaba en Tucumán, y el único con la capacidad de mantener la disciplina militar, era el mismísimo y odiado Zorro. Le servían la situación en bandeja, a quien parecía ya muerto, para volver a sus andanadas de siempre.

4 comentarios

  1. Carlos Pistelli

    Reblogueó esto en ¿VALE LA PENA SER ARGENTINO?y comentado:

    ANIVERSARIO DEL FALLECIMIENTO DE DON ARISTÓBULO. SU PAPEL EN LA REVOLUCIÓN DE 1893.

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  1. Aguad y su visión del Radicalismo. | ¿VALE LA PENA SER ARGENTINO?
  2. ROCA, centenario de su fallecimiento, Bolilla II. | ¿VALE LA PENA SER ARGENTINO?
  3. III- Joaquín Castellanos, el discípulo de Alem. | ¿VALE LA PENA SER ARGENTINO?

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