Carlos Pistelli

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Segunda Batalla de Cepeda

Asesinato de Benavides.

 .

            El 23 de octubre de 1858 cae asesinado el caudillo de San Juan, don Nazario Benavides. El oriental Gómez y Sarmiento saludaron su muerte desde las páginas de La Tribuna y El Nacional. Urquiza bramó de furia.

¿Qué había pasado? Las reformas constitucionales provinciales amoldadas a la nacional prohibían la reelección de los mandatarios. Benavides dejó en el gobierno a Manuel Gómez quien se dejó manejar por su ministro liberal Saturnino Laspiur. El viejo caudillo sanjuanino había confiado en los mismos a los cuáles les había perdonado varias veces la vida. Gauchismos que los civilizados no perdonaban, y los caudillos no entendieron nunca, sacando a Artigas y a Rosas.

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En esos momentos se discutía la sucesión de Urquiza. Su círculo familiar, Brasil y Alberdi alentaban una reelección reformando la Constitución. Carril, en tanto, levantaba su nombre entre los liberales. Por si las dudas, los federales tenían el nombre de Santiago Derqui, ministro del interior. La situación Carril parece vencedora. Los sucesos de San Juan la tiraron abajo porque a los incitadores de la prisión y muerte del caudillo sanjuanino se los tenía como hombres suyos. Quedaron dos nombres: Urquiza, y  Derqui.

Derqui movilizó a sus hombres, depuso a los sicarios encargados de la muerte de Benavides y eligió al correntino Virasoro, gobernador sanjuanino. Fue una acción política magnífica, y así lo entendió Urquiza y el cuerpo de electores cuando lo eligieron Presidente año después.

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Cepeda.

             El asesinato de uno de los pocos grandes caudillos que le quedaban a la Confederación reabrió heridas que parecían cerradas. Y la guerra fue cuestión de días. Alsina nombró jefe de las fuerzas armadas porteñas a Bartolomé Mitre mientras Urquiza convocaba a las tropas de la Confederación para ir a la guerra. Lo habían convencido sus parientes y asesores de lo conveniente de ganar el conflicto. Brasil sostenía a don Justo. Inglaterra a los secesionistas.

Todo 1859 se arman los contendientes para luchar mientras la diplomacia extranjera se regodea con la crisis. Si en algún momento Mitre tuvo la iniciativa, la perdió al recuperar Urquiza el control de los ríos. Entonces ambos contendientes aceleraron sus marchas para encontrarse en las inmediaciones del Arroyo del Medio como en las guerras de Estanislao López contra los porteños. La batalla se produjo en la cañada de Cepeda, justamente donde cuarenta años antes López y Ramírez derrotaran a las fuerzas del Directorio.

 urquiza.

Mitre exclamó una de sus tantas frases históricas: “¡Aquí fue la cuna del caudillaje, aquí será su tumba!”.

Las tropas porteñas alcanzaban los diez mil hombres, las confederadas 14 mil. Si aquellas tenían mejor artillería, éstas compensaban con una buena caballada.

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            Urquiza dio alcance por casualidad de la caballería secesionista al mediodía del 23 de octubre. Persiguiendo a quienes creía la vanguardia enemiga (suponía que el encuentro se postergaría algunos días más), se encontró rodeado de adversarios y sin parque de artillería. El coronel de las jornadas de Junio no supo como atacarlo. Así que pasaron la hora de la siesta mirándose unos a otros sin tirotearse más que con gritos de degüello y esas cosas. Cuando los cañones confederados llegaron al atardecer, Urquiza flanqueó a Mitre, batiéndolo fácilmente. El coronel de los libros de la guerra y conocedor del orden oblicuo napoleónico debió ceder su arrogancia a la prepotencia de las montoneras gauchas. Mitre, muy criticado por sus lugartenientes, se creyó vencedor. Las pericias del coronel Conesa y de Adolfo Alsina salvaron un desastre mayor. Inexplicablemente, Urquiza no escarmentó a los derrotados ni siquiera los persiguió como pudo hacerlo, aun en la oscuridad de la noche. Debieron mediar motivos para no hacerlo: Ganado por sus sinceros ideales conciliatorios, entregaría la gran victoria conseguida, avatares de la diplomacia.

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Pacto de San José de Flores.

 

            Urquiza publicó un bando de conciliación, continuidad de sus proclamas anteriores. Debió renunciar el gobernador Alsina. El general paraguayo don Francisco Solano López medió entre las partes. Buenos Aires se sumó a la Confederación mediante un tratado dictado en efecto y con la posibilidad de reformar la Constitución de 1853. Dicho sea de paso, muy elogiada resultó la acción de Solano por la prensa porteñista y liberal. El Leopoldo de América, se lo llamó, honrándolo por un famoso monarca belga pacifista de entonces. Urquiza le legó su espada de Cepeda. Eso de andar repartiendo sables de importancia es una lógica de nuestros próceres que se repite más que la prepotencia portuaria al país.

Urquiza cometió una imprudencia que después conoceríamos que no era imprudencia ni mucho menos. Era la entrega de la Confederación a las autoridades porteñas. Debió actuar como hiciera el “Pancho” Ramírez en 1820: pidiendo que caducara la legislatura, llamando así a elecciones limpias que ganarían los chupandinos. Muy en cambio, dejó a los liberales en el gobierno y en la figura de Bartolomé Mitre. Tal vez creyó que con don Bartolo un arreglo entre bueyes era de fácil factura, descartando incumbencias que le quitaran prestigio absoluto. El arreglo terminó siendo de fácil factura. El prestigio absoluto quedaría en poder de Mitre. Pavón lo demuestra.

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Quien se equivocó para su desgracia fue Solano López. Detuvo algunos arrebatos del señor de San José, quien tuvo intenciones de acabar con los liberales. Tal vez pensara que una Argentina unida se plegaría a su Nación en la diferida guerra al Brasil. Hubo guerra entre el Imperio y Paraguay, sí. Pero justamente no pelearíamos del lado guaraní. Por salvarlo de las iras de Urquiza, Mitre le devolvió gentilezas uniéndose al Brasil.

Alguna vez Domingo Faustino Sarmiento se refirió a las conciliaciones en la Argentina. “Las ideas no se concilian. Las conciliaciones alrededor del poder público no tienen más resultado que suprimir la voluntad del pueblo para sustituirla por la voluntad de los que mandan”. Sin comentarios.

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