Carlos Pistelli

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NAVARRO II: Asesinan a Manuel Dorrego.

Finalización de la guerra con el Brasil.

 Dorrego insiste con la idea que la Banda Oriental forme parte de las Provincias Unidas o la Confederación Argentina, como se la llama ya. Incluso dos diputados orientales la representan en la Convención de Santa Fe. Pero Lord Ponsoby ha sembrado la discordia y el viejo “divide y reinarás” entre los patriotas orientales. Convencido Lavalleja, los orientales acarician la idea de la Independencia.

No por eso se quedará tranquilo el gobernador de Buenos Aires. Brega por una alianza con Bolívar y envía a Estanislao López por las Misiones para una campaña contra la estática línea brasileña. Con tanta mala suerte que López encuentra a Fructuoso Rivera en el camino y para evitar la confrontación civil que ya se vislumbra abandona la empresa. Jugando al filo de la navaja, Dorrego busca capturar al emperador Pedro o sublevar Río Grande. Nada puede hacer teniendo a Ponsoby jugando en su contra. Cuando éste le informa que un tal Palacios (hombre de Bolívar) ha firmado la paz con Brasil, se encoleriza de este modo: me cago en Palacios, en usted y en el Emperador. Eran demasiadas ofensas que Ponsoby no dejaría pasar. Si hasta el mismo ministro, y brazo derecho suyo, Manuel Moreno, se entiende con el lord Inglés para deponerlo y reemplazarlo por Rozas. Enterado, Dorrego le obliga a dimitir. Se estaba quedando solo, el héroe de Tucumán y Salta.

Y el 4 de noviembre la Convención aprueba los convenios de paz con la Banda Oriental ya independiente. Dorrego ha perdido su apuesta. Pronto perderá la vida.

Dorrego

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Revolución decembrista.

     Buscar a los instigadores del golpe a Dorrego no en el ingenuo Juan Lavalle. Busquémoslos en los logistas que perdieron el gobierno con la renuncia de Rivadavia: Del Carril, Agüero, Gallardo, los Varela, Valentín Gómez. Sumamos a sus deliberaciones el descontento de la oficialidad del ejército más la actitud Ponsoby quien vería “su caída con placer”. Dorrego ha sido anoticiado de rumores de golpe mediante su comandante de campaña el “gaucho pícaro” Rosas. Pero a todo se negó a escuchar y a ver. Armaba la celebración de la llegada de los “héroes de la guerra” cuando le informaron que estaba depuesto en la madrugada del 1º de Diciembre. Se retiró a la campaña a reunirse con Rosas y a encabezar la resistencia mientras un escasísimo público elegía a Lavalle gobernador. El altanero héroe de Riobamba, Bacacay e Ituzaingó pensaba golpear a los caudillos entre sus zapatos.

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 Navarro.

     Rozas ha logrado juntar hombres de sus estancias y de las tolderías donde tiene inmenso prestigio. El gobernador legal le arrima unas pocas tropas leales. Contra ellos van los veteranos héroes de la gesta continental y las guerras de Bacacay e Ituzaingó. La suerte en el campo de batalla estaba echada hacía rato.

     El 9 de diciembre Lavalle da alcance de los federales en Navarro. Rozas, no ha querido librar combate, prefiriendo una retirada estratégica. Dorrego buscaría el concurso de Estanislao López y los caudillos, Rozas el apoyo de las tolderías. El gobernador, quien veía caer su prestigio, se aferra con fe terca a la posibilidad de un triunfo y rechaza el plan rosista. Aun era el jefe de los federales y una retirada le significaría perder el mando sobre los demás caudillos. ¡Hay que tener cuidado con la intransigencia cuando se vuelve obtusa terquedad! No queriendo ver “al gaucho pícaro (por Rozas) clavando su asador en el Fuerte” se la juega entero por sí.

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 La batalla fue para los oficiales de la guerra. Dorrego y Rozas consiguieron retirarse. Nuevamente disienten los jefes del federalismo bonaerense. Rozas, irá en busca de López; el gobernador en procura de las tropas leales de Acha y Escribano. Con tanta mala suerte que estos lo entregan a Lavalle.

      La suerte de Dorrego estaba resuelta de antes del golpe, era parte del plan. Pero los logistas como Agüero, Carril, Juan Cruz Varela, Gallardo, Valentín Gómez, seguramente Rivadavia[1], temen que el General reunido con el Coronel se eche atrás. Le escriben para que proceda al cumplimiento del ruin plan. Agüero le envía un documento para que proceda el fusilamiento. Su fiel amigo Carril y Varela le dicen sin decir que lo fusile como “escarmiento… la revolución es un juego de azar donde se toma la vida del vencido” y pidiendo que “cartas como estas se rompen”. O sea, mándelo matar y queme las cartas para que la posteridad no crea lo que estamos haciendo.

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   Consumado el fusilamiento, Lavalle firmó un manifiesto que Carril reprobará: “La historia juzgará imparcialmente si el coronel Dorrego debiera o no morir”. Los logistas querían justificar la muerte y disfrazarla para que con el tiempo nadie tenga nada por decir. O que el fusilamiento figurara en el anecdotario nacional sin dar a conocer los verdaderos móviles de su ejecución[2].

 La muerte de Dorrego privó a los federales de su cabeza más lúcida. “La cabeza de la hidra de la anarquía” debía morir para atemorizar a los caudillos. Les salió el tiro por la culata. Los incultos y bárbaros federales no tendrían mejor excusa para realizar sus tropelías: vengar la muerte injusta del gobernador legal.

“Bustos y López,

Solá y Quiroga,

Oliendo a soga,

Desde hoy están,

Juan Cruz Varela”

 Política del genocidio.

             Las minorías no pueden sustentarse en la Democracia. Para mandar deben sujetarse a métodos y procedimientos que no son justamente honorables. A medida que estos se van ejerciendo se van denigrando y corrompiendo, consumiendo todas las naves. Entonces se llega a la degradación del sentido de lo humano.

     El grupo rivadaviano, ya unitario, no podía sujetarse a las reglas básicas de la Democracia que en la Argentina es sinónimo de federalismo. Estando en el gobierno de la provincia realizaron la obra reformadora enfrentando tradiciones hispánicas sin contentar a las mayorías ni entenderlas. No se quería entenderlas. Ese es el motivo. No se pone en tela de juicio las reformas, si estuvieron bien o mal. No era lo que buscaban, en todo caso era un mero anecdotario de la historia. Posiblemente Bernardino Rivadavia creyera con fe ciega en crear una Patria ilustrada y liberal. ¿Pero a qué precio? Elementos como Agüero en lo civil, el manco Paz en lo militar y los desconocidos de siempre en lo mercantil y financiero lo dieron a entender enseguida. La organización a los palos en lo interno y alianzas a todo trance con las potencias extranjeras, con diarios que sustenten la política y disfracen la verdad. La denuncia de Dorrego en el Congreso fue el análisis más acertado de toda nuestra historia. Advirtió el iniciador lo que vendría después de Pavón.

    Continuando. Llamaron a reunir un congreso donde hicieron todo lo posible para desvirtuar sus fines, calumniar a sus adversarios y acallar a las mayorías. La acción de La Madrid en Tucumán demuestra que el tiempo se les terminaba y era hora de los palazos. No resultó porque enfrente estaban un Facundo Quiroga o un Manuel Dorrego. Permitieron la vuelta de éste con humoradas. “Que vuelvan, será mejor, porque surgirán las cabezas para más fácil cortarlas” era el pensamiento de la logia unitaria. Y el destinado a cortarlas sería un valiente militar del cual se valieron para practicar sus políticas. Tampoco nos traguemos el hecho de la ingenuidad de Lavalle. Pero hombre de cortas miras pensó cumplir su deber cuando otros manejaban los verdaderos hilos. Terminó siendo un mero medio de malvados fines.

    No pudiendo ganar la lucha en los términos constitucionales ni en las glorias que significaba una guerra continental victoriosa ni en el debate público ni en los litigios civiles, apenas les quedaba un margen magro. Practicar el terror de antaño. Moreno lo había practicado entre las dirigencias de los regalistas pero los verdugos de sus máximas (Belgrano y Castelli) menguaron sus efectos. Los unitarios impulsaron el terror a las clases bajas. Ya les habían negado la ciudadanía en las leyes de 1815 y 1826. Ahora era tiempo de acciones más efectivas. El exterminio sano y puro.

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  Sólo en Buenos Aires, y en un año, fallecen más de 3000 gauchos seguidores del depuesto gobernador. Por primera y única vez, y sólo en el Registro del  Archivo Público, se inscriben más muertes que nacimientos. En las batallas de ese 1829 entre los ejércitos apenas mueren unos centenares. El resto ha sido obra de gobierno. Los fusilamientos a prisioneros por parte de Paz en Córdoba son su continuación. La obra de Mitre, Sarmiento y Roca la consumación del Régimen. Los problemas del hoy, el corolario de la política del genocidio. Genocidio como todos lo entienden y genocidio cultural, económico, de hambre y marginación, de pensamiento, en la corrupción y degradación de lo humano, en el individualismo egoísta.

          Lo explicaría Estanislao López, año después, estupefacto de las atrocidades de Lavalle, al invadir Buenos Aires. ¡¡Él, justo él!! ¡¡El terrible gaucho que le había cortado la cabeza a Ramírez y la guardaba entre sus pertenencias, para amedrentar a sus enemigos!! dirá: “Los unitarios se han arrogado exclusivamente la calidad de hombres decentes e ilustrados y han proclamado en su rabioso despecho que sus rivales, es decir la inmensa mayoría de los ciudadanos argentinos, son hordas de salvajes y una chusma y una canalla vil y despreciable que es preciso exterminar para constituir la república”. José María Rosa trae las palabras de Roberto de Laferrere, “los filósofos de las luces decretaron que el argentino no podía ser la base de la argentinidad”.

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    Es por eso que la figura de Juan Manuel de Rosas posterior no se ennoblece por su pensamiento y acción política. Se agiganta porque significó un muro contenedor al des-humanismo del Régimen. El Dictador fue una bandera de lucha para la Nación. San Martín lo entendería bien.

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[1] Rivadavia es nombrado por Carril asesorándolo sobre cómo debe proceder Lavalle tras fusilar a Dorrego.

[2] Como una novia despechada, Lavalle le mostrará a Rozas en Cañuelas todas estas cartas y hasta el borrador de un acta de fusilamiento de puño y letra de Agüero, contando con el consentimiento de Rivadavia. Hizo el papel de iluso engañado, quien había ordenado reventar a culatazos el cráneo del extinto caudillo federal.

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