Carlos Pistelli

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Belgrano y San Martín, Historia de una amistad III

Se encerraron en la sala pequeña del caserío de la posta. Una mesa, dos sillas, papeles del gobierno sobre aquella, planos y mapas, un mate y agua caliente en pava sobre una especie de banca en la ochava distante de ambos. Los que amamos la historia, soñamos con este momento. Belgrano se sentó primero, a una solicitud caballeresca de su Segundo. San Martín se secó la transpiración de la frente:

Sufre del calor?, le preguntó Belgrano

Acostumbrado, fue la cortante respuesta, que incomodó al vencedor de Tucumán y Salta

            Belgrano le miraba como inspeccionándolo. San Martín bebía una infusión especial que se había hecho preparar para soportar la úlcera, y desmereció el mate que su Mayor le ofrecía en gracia. Belgrano le notó europeizante y elitista. San Martín no le prestó mayor atención.

Sería interesante descender hasta el Tucumán, General, Hacernos fuerte como usted lo consiguiera en la campaña de septiembre del ’12.

            A Belgrano le incomodó el tono imperante del consejo de su Segundo, pero le pidió que prosiguiera. Entonces, su mente volvió a volar a otros aires y otros años, donde se sentía jovial e importante, donde sentía que la tierra se derrumbaba al paso de sus pies como un Dios Generoso que todo lo destruye en aras del bien

Lo necesitamos, Manuel, Trae a la gente descontenta de Álzaga consigo.

Manuel Belgrano

            Belgrano miraba de malos modos a Castelli mientras Ángela les alcanzaba un nuevo mate, Con un ademán, el primo mayor le pedía que se retirara y no los volviera a molestar. Castelli era el ímpetu, y Belgrano la sapienza. Castelli era el martillo y la mano, Belgrano la lija y el lustre. Castelli era el fuego que todo lo devora, y Belgrano el aire por donde propagarlo. Pero, cosas de la vida, necesitaban encender la mecha, encontrar el campo donde iniciar el incendio y articular esfuerzos en aras del objetivo común.

Y necesitamos a Saavedra, también.

            El nombre de Cornelio sacudió la templanza de Belgrano, cuando miraba la araña tejer en el rincón oscuro de la sala principal del caserío de los Castelli. Su rostro enrojeció, y su voz, por única vez, retomó el cariz grave que sus ademanes le perdían cuando se le aflautaba:

Son dos mercenarios al servicio de causas ajenas,

No habrá revolución sin ellos, Manuel. Saavedra trae el pueblo, Moreno los intereses de la Inglaterra, cuyos agentes desconfían de nosotros dos. ¿Acaso olvidas lo que le dijiste a Beresford, cuando te convocó a formar gabinete de guerra? El antiguo amo, o ninguno. Bella frase para los cafés donde nos juntamos y llenar las páginas de tus escritos y tus diarios. Pero la Revolución correrá ríos de sangre antes que arroyos de tinta literaria, Manuel. Vete tú con tu revolución de libros al carajo de tu contenta posición económica.

¡Siempre fuiste un irreverente!

¡Y vos siempre serás un cagón de mierda!

¡Qué?

Lo que oyes, se irguió Castelli, Siempre poniendo excusas para no hacerte cargo de lo que sientes. ¡A qué le temes! ¿Eres tan cagón para no defender con tu vida los ideales que has forjado en tu recato? Cuando te vas a coger a la Josefa Escurra, que te calienta el pito, a la que te guardas las ganas porque está casada.

            Belgrano se disponía a partir, y Castelli lo injuriaba de cara a su oído:

¡Cagón! En vez de cagarme a trompadas por lo que te digo me das la espalda, ¡Cagón! Con tipos como vos tendremos España para rato,

            Pedrito, el hijo de Juan, entró a la habitación mandado por la madre, para calmar los ánimos. Últimamente escuchaba más peleas y reproches que bromas y risas entre amigos tan entrañables. Belgrano, rojo como el tomate, observaba jadeante a su primo, quien puño cerrado se disponía derribar al hermano que le dio la vida.

Dale cagón, anímate una vez en la vida a hacer algo más que escribir artículos de prensa para difundir las ideas europeas de la civilización y el progreso. La guerra, solo con la guerra salvaremos a la Patria. Cortando cabezas y derramando sangre a torrentes. ¡Es la única manera!

Seremos peores que los españoles,

Eso jamás sucederá. La primera ley, Castelli se sentó impetuoso para escribir unas líneas sobre un papel arrugado, que firmaremos como Gobierno Revolucionario le dará la libertad a los negros y a los indios y a todos aquellos que quieran habitar el suelo argentino. ¿Te acuerdas de esa palabra de la que hablábamos cuando jóvenes, correteando mujeres cualesquiera? Ar-gen-ti-nos. ¿Te la acuerdas? El primer nombre propio que tuvimos para diferenciarnos de los que nos daba España. Ar-gen-ti-na…

 castelli

 

            Belgrano tenía el corazón palpitando con fuerza cuando San Martín insistió:

General, Nos trasladaremos hasta el Tucumán, dejando la retaguardia al cuidado del coronel Dorrego,

Dorrego es un indisciplinado,

Pero es de lo mejor que tenemos disponible. Usted me lo comentó en la carta– San Martín la buscó de entre un manojo de papeles…

Sí, es verdad. Prosiga.

            San Martín se recostó sobre la silla, para tomarse un respiro. Le habían dicho sobre Belgrano. Se había informado bien al respecto, tan meticuloso como era. Nada quería librado al azar. Nunca nada debía quedar librado al azar. Belgrano es sensible a palabras como la Libertad y la Patria… Háblele de cultura y educación, de justicia social… Trátelo con pulcritud que tiene su carácter, Se hace el modesto pero es muy pegado a sí mismo… Tiene ideales imposibles, no conjugados con la realidad nativa… Es tan intolerante como terco en su andar… No sabe nada de la guerra pero todo se lo propone. San Martín recordó al Mariscal Prusiano: “los hombres los divido en cuatro: inteligentes, tontos, vagos y esforzados. No hay dudas que los prefiero inteligentes y esforzados, pero no me quejo que siendo inteligentes, sean vagos, alguna tarea les encomendaré. Los peores son esos que siendo tontos, creyéndose inteligentes, encima se esfuerzan en cometer una calamidad tras otra”. San Martín se sonrió para sí mismo, y detalló en el mapa la retirada al Tucumán. Sentía la incomodidad de Belgrano, pero no le importaba. De joven, reconocía que su manera de ser generaba un choque y una chispa. Ahora ya no le importaba un rábano. Que se acostumbren ellos a como él era.

La religión, Coronel – interrumpió Belgrano, secándose la frente, sintiendo la fiebre nuevamente subir – Que las tropas usen escapularios de santos, desmerezca al dios de la guerra y unja a la tropa al cuidado de la virgen de la Merced. Mande formar misa todas las mañanas, déles fe a estos hombres necesitados de la misma para creer en la victoria de la causa.

            San Martín se retorció en la silla. Tan anticlerical como era, conocía de las ventajas de una psicosis religiosa para solventar la violencia de las tropas en actitudes guerreras. Lo había visto en España al enfrentar a los agnósticos generales napoleónicos, quemando iglesias. Le ha-bían, se había, informado del espíritu religioso de su Superior. Tenga en cuenta que cree en más santos de los que la iglesia tiene, y sino, se los inventa… Es un santurrón que levanta polleras con la misma voluntad… Mande bendecir la bandera del regimiento con el primer patrono que encuentre y ponga a curas dando sermones diarios… San Martín asintió, y comentó al pasar lo vivido en España.

Usted enfrentó a Napoleón, verdad?

            San Martín algo escribía, se detuvo, asintió con la cabeza y prosiguió.

            Se hizo un silencio tenso, de esos a los cuales San Martín acostumbraba dejar a su interlocutor de turno, y Belgrano rememoraba cuando intentaba hablar con Saavedra de política. Solamente Castelli le sabía tratar al cornudo ese, se dijo el vocal de la Primera Junta.

Usted debe tener la edad del difunto doctor Moreno, señaló Belgrano.

            San Martín volvió a respirar profundo, como molesto de tantas interrupciones, se recostó en la silla, tomó el lápiz nuevamente, y siguió escribiendo.

Qué le molesta, Coronel?, se sonrió Belgrano, secándose la transpiración

            San Martín sonrió para la ocasión, y nada dijo por respuesta.

            Belgrano apoyó los codos sobre la mesa, respiró con profundidad, le clavó los ojos al Coronel, y finalmente, ante la  indiferencia de su interlocutor, espetó, con un coraje de esos de los cuales Castelli le solicitaba tener:

Qué razones movieron a un alto oficial español venir al Plata, Coronel?

            San Martín rompió el lápiz en dos, sorprendido de la pregunta, y entrado en pánico, o eso le pareció a Belgrano, se limitó a responder:

Qué carajos le importa…

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