Carlos Pistelli

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7 de febrero de 1826: Don Bernardino Presidente.

Bernardino_Rivadavia_2Don Bernardino, no te toques el “izquierdo”.

Misión Rivadavia.

             Dos casas bancarias inglesas quieren invertir en las Provincias Unidas con objeto claro de imponer una colonia sin necesidad de invadir territorios. Unas invasiones de 1806 y 1807, pero sin Beresford ni Whitelocke. Sin botas ni cañones, sí con libras y bancos. Una, la conocida Baring. La otra la Hullet Hermanos, quien quería asegurarse los negocios mineros.

 Contaban con aliados que sino malhechores, por no decir otra cosa, ingenuos o demasiados adelantados a la realidad nacional. El más de todos era Rivadavia. La Hullet lo encuentra como el indicado para practicar sus políticas imperialistas. Don Bernardino es recibido como el sabio de América y se reúne con los accionistas de las dos casas. Entre ellos dos argentinos: Castro y Lezica. Se forma la “Río del Plata Agricultura Asociación” para colonizar las minas argentinas sin el consentimiento de las provincias ni el Congreso; El enviado argentino firma, revestido del cargo de “representante de las Provincias Unidas para firmar convenios económicos”, firma bajo esa inspiración. Las damas inglesas oyen al Adam Smith de Buenos Aires, y por él escuchan de los malos patriotas, severos militares, autoritarios, ávidos de gloria, conquistadores personalistas, etc.

    Sin pudor ni vergüenza, Rivadavia actúa en Londres. No hay quien lo ponga en su lugar.

 Hay. Lo llaman Padre de la Patria. Extrañado de que semejante botarate ande haciendo negocios a título de la Argentina, se encuentra con él en una cena. Se alteraron los nervios, y volaron las trompadas. Fue una escena a los capazos. A San Martín se le calentó la chaveta y terminó pidiéndole duelo, incitándolo desde la calle con el típico “Afuera, te espero afuera”, que cualquier argentino medio supo expresar alguna vez en su vida. Rivadavia logró escabullirse. Las damas de honor inglesas menearon las cabezas dándole la razón a don Bernardino, con respecto a que incultos son nuestros próceres.

 Una trompada, nomás, padrecito, le hubieras permitido que le diera,

 Rivadavia en Buenos Aires.

             En octubre de 1825 ya está de regreso de su misión diplomática. Por obra suya el Congreso empieza a desvirtuar sus promisorios comienzos. A comienzos de año ya el Congreso se había enfrentado a Bustos por su reelección de gobernador. Eso generó que el cordobés renegara de los congresistas y a poco se alejara de él. Las Heras protestó en silencio. Invitadas por el Congreso, las provincias se expiden por la forma de gobierno que prefieren. Notablemente se pronuncian por el federalismo pese a algunos chasques de Bustos, el correntino Ferré y Facundo Quiroga, pronunciados por la unidad de régimen.

            El 25 de noviembre se produce un gravísimo hecho que culmina con el respeto de los caudillos a los doctores del Congreso. Aráoz de La Madrid depone a Javier López y ocupa la gobernación de Tucumán, con tropas que debieron pelear en Brasil. Rivadavia, ya presidente, le envía refuerzos por valores superiores a toda la guerra del Brasil[1].

            Seis días antes se duplica la representación al Congreso en una especie de golpe legislativo de estado. Buenos Aires alcanza los 18 representantes a los cuales debemos sumar los porteños en quienes los caudillos delegaban funciones por no  poder solventar los gastos. Sumado eso a la falta de un frente común de los federales en la legislatura, todo quedaba para los rivadavianos. 

 Rivadavia Presidente.

     Sin esperar la incorporación del resto de los congresales, funcionando por ende sin quórum, Elías Bedoya, cordobés pero enemistado con Bustos, proyecta una ley de presidencia aprobada el 6 de febrero de 1826. Un día después eligen Presidente a Bernardino Rivadavia. Su gabinete lo integran viejos conocidos: Agüero, Cruz, el joven del Carril, Alvear. El interior, sacudido de la modorra, se apresta a resistir al centralismo disgregador y a enfrentar bajo las lanzas de Facundo, Ibarra y Bustos las tropelías de La Madrid y el salteño Arenales.

 Rivadavia, segunda parte.

             Por segunda vez iba a fracasar don Bernardino. Igualmente, como lo adivinara Rozas en su carta desde la hacienda de Figueroa, no hubiera sido descabellado su tercer retorno a la política. La carencia de talento y hombres de estado en esos años supone que el obstinado Bernardino buscaría su tercera oportunidad, le daba la edad. Que la buscara, no significa éxito asegurado. Los que se van antes, se van desprestigiados y con poca chance de volver. La población suele ser rencorosa y no debiera olvidar. Juárez Celman y De La Rúa son ejemplos de Rivadavias.

            Rivadavia era un republicano sincero. Estaba más allá de federales y unitarios, estaba más allá… de la realidad. Estaba en las nubes de su omnipotencia. Dictaba ley tras ley creyendo que eso le bastaba para gobernar, creyendo que la masa obedecería toda su legislación sacada de la jurisprudencia británica. Repitió error tras error y los cometió todos en menos de año y medio. O no comprendió la realidad, o no quiso comprenderla, tan atado estaba a sus promesas a las compañías británicas. No podía, a la vista de un país rebelado a sus decisiones todas, ser tan iluso. Su sinceridad era ilusoria. Su honestidad está en la mira luego de su año en Londres, y sus cuentas bancarias llenas de una mensualidad que le abonaban las Empresas Mineras de capitales extranjeros.

            Permitió en su gobierno la corrupción extrema, se salpicó de ella y llenó de impunidad los actos de sus corruptos subordinados. Soñó un país, lo imaginó perfecto, no despertó, o cuando lo hacía volvía a la cama para soñarse aplaudido en el mundo por sacar la Nación adelante. En su presidencia se robó (no tanto como hoy, es cierto), se intentó vender patrimonio nacional, se centralizó todo en sí, se legalizó una especie de monarquía presidenciable (como se usaba en esa época: Bolívar la abusó), se buscó el despegue de la educación oligarca, Régimen puro.

            Sus manos se mancharon de tinta de tanto firmar decretos y leyes. No conocían las pistolas y los fusiles de campañas o el rebenque del patrón de estancia. Tampoco heridas de peón de campo. No era vago ni croto, no era intelectual de café, no era un tirado en las calles bebiendo alcohol, a los cuales combatió de manera equivocada. No andaba a caballo, usaba carruajes o tílburis. No era chanta ni tenía la viveza criolla, no citaba frases célebres. Su paladar no degustaba el mate. Gustaba en cambio del té. Vestía elegante, fiel estilo europeo, no era malhablado, se la daba de caballero. Nunca un poncho, nunca una bombacha gaucha. Rencoroso a lo ajeno, a lo enemigo, vivió de la eterna venganza con escaso patriotismo… Esto me lleva a preguntar. ¿Fue argentino? Por ende, a su caída, lo saludaremos:

Good-bye, English man. Thank God.

 Comienza el desparpajo.

             Una semana después de su asunción, el Congreso proyecta la ley de consolidación de la deuda pública e hipoteca fiscal. Que significaba que el empréstito contraído por Buenos Aires debe ser pagado por toda la Nación, siendo hipotecadas las tierras de propiedad fiscal como garantía del pago. Era una usurpación al derecho provincial natural y a la Ley Fundamental de 1824. Manuel Moreno defendió ese derecho pero fue retrucado por Agüero y los 26 votos a 5. La ley fue aprobada. “Las minas ya están bajo mi poder”, escribirá Rivadavia a la Hullet días después.

            No termina ahí el desparpajo rivadaviano. Agüero abrió el juego admitiendo que la proximidad de una guerra internacional (y la civil por ellos empezada) hacía la necesidad que las tropas provinciales se pusieran bajo el mando directo del Presidente. ¡Vaya ilusoria ley: los dragones santafesinos a las órdenes de Rivadavia!

 “Supresión” de la Provincia de Buenos Aires.

             No terminaba allí la cosa.

    La presencia de Las Heras en Buenos Aires hacía de “sombra funesta” a la obra presidencial y significaba todavía una figura de respeto para los caudillos y bandera para los autonomistas federativos porteños (Dorrego, Manuel Moreno, hermano del secretario de la Primera Junta, Ugarteche, Vidal, los hacendados) El 7 de marzo tras agitado debate se suprimela Gobernación de Buenos Aires mediante la “ley de capitalización” establecida el 4 del mismo.

 Tocó nuevamente a Agüero sostener la posición oficialista junto a Valentín Gómez, Gallardo. Moreno, el viejo Paso, Gorriti, Vidal, el rivadaviano Castro entre quienes le retrucaron. Aquellos sostenían “que la cabeza de la República debe estar en su lugar”. Éstos acusaron al proyecto de “impolítico, mal pensado, vago e ilusorio, usurpador, anarquista” etc. Terminaron a los capazos. “Habrá organización a palos”, termina diciendo Agüero; Ugarteche le contesta “que Dios se la depare buena”. Ganan aquellos 25 a 14.

   El 7 de marzo Juan Gregorio y Las Heras, General de la Patria, el Salvador de Cancha Rayada, el héroe de Chile y Perú, figura de primer orden militar aunque otra haya sido la versión que nos quisieran contar, abandonó el gobierno, la política y el país. Y no volverá jamás.

 La Sociedad Rural.

             En julio de 1826 Rivadavia impulsa como accionista la creación de la Sociedad Rural. Entidad novel, se queda con las mejores tierras de la ley de enfiteusis de mayo. Los beneficiados son los mismos de siempre: los hombres del círculo presidencial. Su primer presidente se apellida Martínez de Hoz. Sí, desde esas épocas robándole al país.

Al mismo tiempo se expulsa a los arrendatarios que están viviendo en sus pobres fincas, considerándolos usurpadores. Era contraproducente y así lo hizo saber el diputado Juan José Paso. Es contraproducente “crear grandes latifundios para grandes propietarios al lado de un montón de pobres. Empobrecidos Paso, empobrecidos.

[1] Uno de los datos más significativos de la obra del Puerto de Buenos Aires hacia el país son esas guerras civiles provocadas en medio de guerras internacionales. En 1817-1819, con Pueyrredón a la cabeza en medio de la guerra de la Independencia; en 1826-28, con Rivadavia y en medio de la guerra al Brasil; y en 1864-1870 con Mitre y Sarmiento en medio de la guerra contra el Paraguay, las eminencias portuarias gastan más dinero en reprimir los conatos reivindicatorios de la Patria que en las guerras internacionales. Guerras civiles, provocadas, y desde arriba, para eliminarnos de la faz.

5 comentarios

  1. esteban.jaimez

    varios acentos bien puestos, buen bosquejo de una construcción política hegemónica

  2. Carlos Pistelli

    Juan Carlos Serqueiros
    El peor personaje de nuestra historia, por lejos.

    • Carlos Pistelli

      Peor que Mitre?

      • Carlos Pistelli

        Juan Carlos Serqueiros
        Y… digamos que van medio de la mano; pero para mí este es un cachito peor que el otro todavía (lo cual no es poco decir)

  3. Carlos Pistelli

    Javier Garin
    Muy bueno!!! Rivadavia fue el mejor representante de la burguesía mercantil porteña: egoísta, europeizante, sólo preocupado por el progreso pero del puerto y nada mas, desdeñoso de las provincias, servil a los ingleses, enemigo de San Martín y de Bolívar, localista, anticontinentalista, responsable de la pérdida de la Banda Oriental y el Alto Perú. Cuando murió Güemes, gran defensor de la patria y parte esencial del plan sanmartiniano de liberación continental, después de haberse negado a recibir auxilios médicos de los realistas, los acólitos de Rivadavia sólo atinaron a escribir en La Gazeta: “Un caudillo menos”. Algunas virtudes, tenía, era un político hábil y creía en sus ideas, pero fue nefasto para el país.

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