Carlos Pistelli

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Yrigoyen, candidato presidencial. 20 de marzo de 1916. La Reparación Nacional.

CIGARRILLOS INTRANSIGENTESCampaña publicitaria radical para juntar fondos.
(gentileza del amigo Juan C. Sequeiros)

 .

La Ley Sáenz Peña,

  Ley que debió llamarse “Yrigoyen”, al decir de Félix Luna, en sus tiempos de historiador radical, posibilitaba terminar con el fraude de antaño. El votante quedaba registrado para votar mediante un padrón confeccionado a partir del militar. Se declaraba al voto, obligatorio, universal (masculino) y secreto. Era una vieja demanda de la familia Sáenz Peña. El padre del presidente Roque (don Luís), impulsó la idea en 1871 en la Reforma de la Constitución de la pcia. de Buenos Aires. Roque Sáenz Peña provenía de una familia de tradición federal antimitrista, Por eso Eduardo Wilde no entendió cómo don Luis aceptó una presidencia que le ofrecía el propio Mitre (con Roca) en 1892: “El mitrismo le ha hecho la vida imposible a los Peña, al punto tal que ni el mobiliario han podido cambiar”.

  Idealista pero práctico, Sáenz Peña pensaba que de ese modo conseguía que la UCR Yrigoyenista depusiera su abstención revolucionaria, y se enredara en los tejes y manejes del Régimen. Don Hipólito se opuso en principio, pero terminó resignado, dando una gran lección política a los radicales santafesinos:

   El movimiento de reparación nacional al que ha consagrado sus esfuerzos la UCR, fue concebido para imponerlo y realizarlo por una fuerza selecta y auténticamente argentina. Por eso hemos vivido predicando ese ideal entre grupos escogidos de correligionarios, a los que podríamos haber denominado más bien amigos; cualquier finalidad práctica, cualquier deseo de medro personal, no tenía hasta ayer cabida entre nosotros.
    Ahora que ustedes han obtenido autorización para concurrir a comicios, transformando la abstención y la conspiración en militancia política, sepan que la manera de actuar es totalmente distinta. La necesidad de triunfar requiere desde luego el número, y no podemos elegir los hombres como lo hemos hecho hasta aquí. Ya no podremos reposar nuestro pensamiento en el regazo de comunes sueños, porque en las reuniones que van a realizarse en adelante, encontraremos hombres movidos por finalidades prácticas, por recónditas ambiciones personales y tendremos que marchas por las calles llevando de un lado al hombre de intención más pura y del otro a algún pillo simulador y despreciable. Esto lo impone, lo exige, la lucha electoral en la que van a mezclarse. Pero no dejen que en las apasionadas luchas de interés, se consuma del todo la idealidad que nos ha mantenido hasta hoy: Trancen lo menos que puedan con la realidad.

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     Pero Sáenz Peña falleció en agosto de 1914, y se pensó que con Victorino De La Plaza, se podría parar el maremoto yrigoyenista. Los conservadores se dieron a la tarea de conformar un partido moderno y bien dispuesto. Fue un radical amigo de Alem, don Mariano De María quien les tiró la idea del candidato propicio para contener a Yrigoyen:

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De La Torre.

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     Nació el 6 de diciembre de 1868 en Rosario, en lo que hoy es la peatonal Córdoba frente a la vieja tienda La Favorita. Don Lisandro cursó sus estudios en el Colegio Nacional de calle Necochea, donde fue compañero de aulas de Marcelo de Alvear. Su padre, Lisandro Latorre, estuvo a punto de ser fusilado por Urquiza en las vísperas de Pavón por indicarle al campamento mitrista la ubicación de las tropas federales mediantes faroles. De la Torre

Se recibe de abogado en Buenos Aires presentando como tesis “la autonomía municipal”, régimen que recién se incorporó a la Constitución Nacional en 1994, cien años después. Se vuelca al Radicalismo. Admiraba a don Leandro, pero él pertenecía al grupo doctrinario que rodeaba a don Aristóbulo Del Valle. Confronta con Yrigoyen. Las disidencias personales y privadas entre aquellos viejos amigos, se exteriorizan en sus dos discípulos mejores, quienes se baten en un duelo de filo, contrafilo y punta en setiembre de 1897. De la Torre abandona la UCR para siempre.

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      En 1908 forma la “Liga del Sur” con la que reivindica los anhelos ciudadanos de su pago chico. Diputado nacional en 1912, los “progresistas” del régimen lo ven como al niño mimado y necesario. Nunca tan errados. Don Lisandro, tenaz y empecinado, terco, mal llevado de miércoles, agnóstico, gran espada parlamentaria y orador del carajo, era lo menos cercano al conservadurismo roquista, siquiera modernista. Era un reformista político que, como él mismo dijera, conjugaba lo mejor del Radicalismo y del Socialismo. Aún así lo convocaron al Hotel Savoy de Buenos Aires el 14 de diciembre, conformando el Partido Demócrata Progresista: De la Torre será el presidente, y lo acompañan en las vocalías el mismo De María, Indalecio López, Norberto Quirno Costa, el riojano Joaquín V. González, el entrerriano Alejandro Carbó, el general José Félix Uriburu, Carlos Rodríguez Larreta, José Ma. Rosa[1], Julito Roca, Benito Villanueva, Carlos Ibarguren y el correntino Juan R. Vidal. Era un gran partido para realizar grandes cosas. Pero cosa extraña, aunque entendible, ni el Presidente ni el gobernador Ugarte le dieron su ok. Los valores laicos de don Lisandro chocaban profundamente con el catolicismo reaccionario de los que debieron ser sus partidarios. Y Plaza, con Ugarte, le movieron el suelo a su candidatura.

[1] Abuelo del Historiador.

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Las candidaturas presidenciales de 1916.

             El partido Demócrata Progresista levanta la concebida candidatura De la Torre, a quien hacen acompañar con Benito Villanueva, viejo mañero de mejores años. Pero don Lisandro, conocedor de los vicios incitados desde la Presidencia, renuncia altivamente, acompañado por Villanueva. No se la aceptaron. No era cuestión. Con su nombre como bandera esperaban meter diputados en el Congreso y ganar posiciones. De la Torre retiró su renuncia; No así Villanueva, que despechado se llevó con él a la mayoría de los conservadores. Completa la fórmula su amigo personal, el entrerriano Alejandro Carbó.

      Los socialistas, sin chances serias, levantan a Juan B. Justo-Nicolás Repetto. Palacios se presenta con su partido. Ugarte, con Buenos Aires, San Luis, La Rioja, Corrientes, Mendoza, Tucumán, Catamarca y Santiago, representa a un Conservadurismo sin candidaturas, esperando la reunión de los Colegios Electorales. Quedaban los radicales…

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 Convención Nacional de la UCR, 

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Teatro Victoria.

El 20 de marzo de 1916 se reúne la Convención Nacional. Por aclamación nominan a don Hipólito. Para vicepresidente, Pelagio Luna le gana por 81 convencionales a 59 al dirigente del grupo azul, Vicente Gallo. Despechado quedó don Marcelito de Alvear, quien pensó que la candidatura sería para él. Tras cartón, abandonó el país. No entendió que sin Yrigoyen no había chances de triunfo.

Pero Yrigoyen no acepta. Inexplicablemente, no acepta[1].

Mi pensamiento no fue jamás gobernar el país, sino el de la concepción de un plan reparatorio y fundamental al que, según mi juicio, debía inmolar el desempeño de todos los poderes oficiales. Mi credo ha sido el de un desagravio al honor de la Nación, y la restauración de su vida moral y política. Tengo la convicción que haría un gobierno ejemplar, pero un gobierno no es más que una realidad tangible, mientras que un apostolado es un fundamento único, una espiritualidad que perdurará a través de los tiempos cerrando un ciclo histórico de proyecciones infinitas.

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Los convencionales la rechazan entre griteríos e improperios. Una comisión se presenta en su casa de calle Brasil y le impone la candidatura. Vuelve a rechazar. Entonces le dicen que se irán a sus casas y terminarán con la lucha partidaria. Algunos, si quieren quedarse, votarán a Miguel Ortiz como presidente, con la venia de Laurencena y Ugarte. Medita unas horas, y finalmente les dice resignado: “Hagan de mi lo que quieran”. Así se lanzaba al ruedo electoral, el futuro presidente.

No sabemos por qué; Pero Yrigoyen tampoco aceptaba a su compañero de fórmula. Y eso que don Pelagio era un radical de la primera hora.

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Los Colegios Electorales, Junio de 1916.

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             Sobre un total de población de casi ocho millones de habitantes, estaban habilitados para votar menos del 15%. Pocos, eh? Concurrió el 63% de los habilitados. Se necesitaban 151 electores para elegir presidente, y los resultados de abril dan: Yrigoyen 370mil votos[2], el resto menos de 340mil. Las urnas habían hablado. Pero los electores, como les decía antes, pensaban otra cosa. Los radicales juntan 141 electores si se toman en cuenta a la minoría de Santa Fe, pero una ley impedía que un partido fuera desdoblado en un mismo distrito. Quedan en 133. Los demócratas 65 y los conservadores 69. Los radicales de Santa Fe 19 y los socialistas 14 de la minoría porteña. No había mayoría propia para proclamar Presidente y Vice. Ugarte reúne en su atrio a los electores propios y a varios demócratas, que vencido De la Torre, le abandonan indignamente. Levanta una candidatura para la ocasión (Rojas-Serú), esperando el porvenir. Se necesitaban 151 electores para elegir presidente.

    Entonces, quedan:

 Para Presidente:

 Yrigoyen……………………….133votos,
 Ángel Rojas, conservador,…….104,
 De la Torre…………………………20,
 Radicales de Santa Fe…….…… 19,
 Juan B. Justo………………….…. 14,
 Alejandro Carbó…………………  8, (demócratas progresistas de Santa Fe que votaron así por indicación de don Lisandro, que da su elección perdida)

 No había vencedor. Si no decidían los Colegios, resolvería el Congreso Nacional.

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 Troche y moche.

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             Los radicales de Santa Fe se saben árbitros de la situación, y le piden a Yrigoyen que los “indulte” a cambio de sus votos. Pero don Hipólito rechaza altivamente. Algunos amigos lo van a ver a su casa y le dicen que se perdería el gobierno de mantenerse en sus cuarenta: “Que se pierdan mil gobiernos antes de vulnerar la conducta de inflexible austeridad que ha sido la norma de trayectoria”, les contesta. Con esa terca negatividad, todos se dan por perdido. Encima, Yrigoyen se encierra en una de sus estancias y se niega a recibir a nadie.

          Ugarte afina el lápiz y les ofrece una desconcertante alianza a los radicales de Santa Fe. Un candidato propio y un vice de su hechura, que aunque no gane en los Colegios, deje en manos del Congreso, como dice la Constitución, la elección del sucesor de Plaza. Se proyecta entonces el binomio Lehmann-Joaquín V. González. Pero los disidentes saben que son componendas imposibles. Todavía se buscó un presidenciable equidistante: se lo encuentra en el mitrista Guillermo Udaondo. Pero don Guillermo les da una lección de moral: En mi opinión los disidentes deben votar a su partido, dando un alto ejemplo al dejar de lado, en bien del interés general, sus muy justos agravios.

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             Un dato se les había escapado a los disidentes santafesinos y a los conservadores: la figura de don Ricardo Caballero. Flamante Senador Nacional, líder disidente y viejo amigo personal de don Hipólito. Vislumbrando la posibilidad de estos escamoteos, había hecho elegir electores de su hechura personal: ¡19 delegados que le juraban lealtad personal por sobre todo! Y cuando hubo que votar a Presidente y Vice, les ordenó sin más, desobedeciendo a los gobernantes santafesinos[3], votaran Yrigoyen-Luna. Y adiós a los ensueños antipeludistas.

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 Quedaba De la Plaza…

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             Todavía intentarán una última jugada los conservadores tomando en cuenta que el Presidente no se decidía a dejarle la banda y el sillón al “Peludo”.

             Que hubo fraude en varias provincias a nadie se le escapó. El tema es que algunos conservadores le piden al Presidente que en algunos distritos claves -como Santiago- haga votar de vuelta para volcar la situación contra Yrigoyen. Julio Costa, lo dirá muy bien en la Cámara de Diputados:

«“El jefe de los radicales (por Yrigoyen) es una aparente contradicción y es la lógica misma; Es un tribuno mudo, un apóstol sin doctrina, una elocuencia sin palabra. Si la tribuna, la doctrina, la palabra, sirven para congregar voluntades, él las congrega sin los medios. Una vez más el fantasma del gobernante apóstol resurge del fondo de la historia, como surgiera en 1830 un tal Juan Manuel de Rosas, campeón de la llanura, que salta al potro del mando porque sabe domar y quien empieza con las renuncias y concluye con la facultad extraordinaria. Ahí está en las manifestaciones populares donde figuran a caballo los hombres de los Corrales pintados de rojo en el Facundo y que hacen pregustar como un aperitivo de la Sociedad Popular Restauradora: Es la política de la concordia, la política del acuerdo: la única capaz de afrontar la violencia de una democracia embrionaria y de salvar la encrucijada de su camino. La política del acuerdo es la que hay que hacer en estos momentos. El único que puede hacerla es el Presidente de la República, y es la única política que puede hacer el Presidente de la República. ¡Hágala pues! ¡Salga al balcón!”. Pero Plaza no salió al balcón», dice José Ma. Rosa en su libro noveno de Historia Argentina.

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 De la Plaza no se atrevió a tanto. El Pueblo había hablado y no era cuestión generar un clima revolucionario, que era lo que Yrigoyen evidentemente estaba buscando. Déjenlos gobernar (a los radicales), no tienen temperamento para hacerlo. Cometerán error tras error, y volveremos en el ’22, sino antes, debió decirles. Él no lo vería: falleció en 1919. Cuando le entregó la banda presidencial el 12 de octubre, el ciclo conservador había terminado. “Ni la dignidad de su caída tuvieron”, expresó Horacio Oyhanarte entonces.

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 “Ensanchen las calles porque va a salir el pueblo”

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Hipolito Yrigoyen  Con una displicencia total en el acto de asunción frente a la Asamblea Legislativa, y hasta con resignación, jura como Presidente. El día de su proclamación fallece su hermano Martín, su viejo compañero. El mismo 12 de octubre, Gabino Ezeiza, el payador del Pueblo y uno de sus grandes amigos. “Pobre Gabino, él sí que era leal”, se le escapó acongojado. Cuando salió camino a la Rosada, quedó sorprendido. El Pueblo en masa le aclamaba hasta el delirio. Y él, tan ermitaño, se sentía extraño entre tanto vítores, entre tantos griterío, entre tanto amor espontáneo y popular. Como el Rosas de 1829 y el de 1835. Bien lo dijo Costa meses antes: “una vez más el fantasma…”. Desconociendo que reiteraban a las masas que llevaran a pulso el carruaje del Restaurador, tras verlo jurar en el Congreso y desfilar por la reluciente avenida de Mayo, la multitud desenganchó los caballos del carruaje y llevaron a pulso al mito viviente de la Democracia Argentina.

 Hipólito Yrigoyen, sobrino de Leandro Alem, caudillo de veras, líder indiscutido de la Unión Cívica Radical, llegaba a Balcarce 50, Llegaba a la Presidencia de la República. Dios bendito que el país lo amó hasta el delirio y el Pueblo lo proclamó Padre de los Pobres. A Dios gracias el verlo allí y maldita mi suerte de no haber vivido esos días para sostenerlo a capa y a espada.

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(asunción de 1928)


[1] Le he robado esta frase descaradamente al historiador José Ma. Rosa. Básicamente, porque me encanta.

[2] Tomando estos datos, a Yrigoyen lo votó el 4,6% de la población (49.7 de los votos escrutados) Tomen en cuenta que a Cristina en 2011, la votaron 12 millones de personas sobre una población de 40millones, el 30% (55% de los votos escrutados), Todavía no se votaba como se debiera, pese a todo.

Aunque Yrigoyen “arrasó” y gobernó sintiéndose plebiscitado, la elección por electores le complicó la existencia. Por ejemplo, en Santiago del Estero su lista ganó por apenas 14 votos, y eso porque una lista conservadora se presentó por fuera de la oficial. Aprendió la lección y montó desde el poder una estructura nacional imbatible electoralmente. Sólo un golpe de estado podría desalojarlo del gobierno. En enero de 1919 estuvieron a punto, y finalmente en setiembre de 1930.

[3] Los radicales de Santa Fe quedaron extintos. Elizalde renunció a la vice-gobernación y abandonó la política. Lehmann arrastró hasta 1919, y también se fue. Terminó el mandato el presidente de la Cámara, Juan Cepeda. Cepeda era un compadrito de aquellos y manejaría los hilos políticos provinciales por mucho tiempo.

1 comentario

  1. Carlos Pistelli

    Reblogueó esto en ¿VALE LA PENA SER ARGENTINO?y comentado:
    YRIGOYEN CANDIDATO. 1916.

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