Carlos Pistelli

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Juárez Celman, semblanza y mensaje presidencial de 1889.

Juárez Celman.Desde la asunción de Bartolomé Mitre como presidente constitucional argentino hasta el golpe de Estado de 1930, los presidentes argentinos (valga) asumían sus cargos los 12 de octubre, y duraban seis años en sus cargos. En 1886 asumía el cargo el doctor Miguel Juárez Celman, ex gobernador de Córdoba, senador nacional, y concuñado del general Roca, su antecesor en el cargo, y a quien le debía el puesto. La amistad de Juárez y Roca florecía de antaño, pero al llegar don Miguel al gobierno, las cosas se enfriaron. Roca, viejo y joven zorro de la política nacional, inició un viaje fuera del país para no ensombrecer el mandato de su amigo, y sucesor, pero visto que las cosas variaban de rumbo se pegó la vuelta antes de tiempo.

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La cuestión ‘Mendoza’.

  Era vicepresidente de la República ese avezado piloto de tormentas, como se lo llamó, dr. Carlos Pellegrini. En enero de 1889, la fórmula gobernante sufrió un contratiempo personal producto de una asonada en la provincia de Mendoza. El gdor. Tiburcio Benegas, y su ministro todopoderoso, Juan Serú, fueron depuestos, y Pellegrini, a cargo del ejecutivo, mandó rápido la intervención nacional a reponerlo. Hecho que disgustó de sobremanera a Juárez: En su mensaje del 1º de mayo, hace referencia al respecto:

 Ausente de la capital en uso de la licencia que os servisteis concederme, un movimiento revolucionario de carácter puramente local, alteró momentáneamente el orden en la provincia de Mendoza, conflicto pasajero que pudo ser resuelto por ella misma, sin dejar huella alguna ni en el gobierno ni en el pueblo, que dividido accidentalmente por cuestiones de simple preponderancia personal, se conciliaba patrióticamente algunos días después del incidente.

 Establecido por nuestro sistema institucional, que desempeña el Poder Ejecutivo de la Nación el mandatario que efectivamente ejerce las funciones del poder, en el instante en que los hechos se producen, él fue solucionado por el señor Vicepresidente de la República en la forma que conocéis y de cuyos detalles dará cuenta minuciosa la Memoria del Ministerio respectivo.

 Si alguna enseñanza pudiera ofrecer al observador, en medio de la tranquilidad que caracteriza la época actual, la aparición de este ligero trastorno tan injustificable como efímero, será la de robustecer aun más en la conciencia pública, el convencimiento tan arraigado ya, de que, si bien la pasión política de los círculos, puede llegar en los momentos de agitación electoral hasta producir estallidos como el de Mendoza, en que se apela a la fuerza para solucionar cuestiones que caben en el juego regular de las instituciones, basta una simple palabra pronunciada por el representante de la autoridad nacional, cada día más acatada y respetada, para sofocar todo disturbio, para restablecer el imperio de las leyes olvidadas en un momento de extravío y que vuelva la calma y con ella la confianza y la tranquilidad más completa a los espíritus, dejando a la vez establecido, que, desde un extremo a otro de la República, el principio de autoridad es ya una conquista definitivamente incorporada a sus progresos y reputada como un dogma que nadie debe permitirse discutir.
   Pellegrini no ocultó su despecho hacia la movida de Juárez, pero fue el viejo ‘zorro’ Roca el que mostró las uñas, profundamente disgustado con los modos de su ‘amigo’ de manifestarse, deshaciendo su paciente tela de araña para ganarle la Autoridad Nacional al Mitrismo, desde 1877. Era la ruptura.
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Los “incondicionales”.
     Juárez, al que no le faltaban talentos, se había dejado atrapar por una generación de jóvenes promesas de la política, la mayoría de ellos del mal llamado interior argentino, que lo llenaban de elogios serviles, que le hicieron perder el sentido de la realidad. (No quisiera que el lector automáticamente asimile a la Juventud que rodeó a Juárez con el afamado ‘grupo sushi’ que rodeó a De la Rúa, o ‘La Cámpora’ actual: No es deber de historiador asemejar épocas para aclarar pensamientos que no sabe explicar) Pero fundamentalmente, a Juárez se lo consumió su carrera política fuera de Buenos Aires: Nunca el porteñaje odió tanto a un presidente como con Juárez, prescindiendo de sus horrores de conducción política. Y encima don Miguel se los enrostraba (a los mitristas) de la siguiente manera:
A pesar de haberos reflejado en este informe y con entera exactitud, la situación general de la República, nada os he hablado de la política interna argentina.
Habría faltado a la lealtad que os debo y a la verdad que es la norma de todos mis actos, si, dentro de la actualidad, hubiese trazada un cuadro de política nacional que no fuese el que se observa en todos los Estados que forman la Nación, progresando a la sombra del orden, del trabajo y de la libertad, sin partidos políticos que amenacen la paz de que todos disfrutan.
No he podido, pues, hablaros de las agitaciones de otros tiempos, en que bandos electorales o grupos armados se disputaban el gobierno en los comicios o en los campos de batalla, demostrando que la estabilidad nacional no estaba aún asegurada y consagrando como verdad histórica la tradición que nos hacía aparecer ante el mundo como una demagogia, en que, el mando supremo de la República, era más que una evolución constitucional periódica, el premio pactado de antemano con la victoria.
En nuestra actualidad conservadora, los viejos partidos sin ideas ni bandera, han tenido que disolverse desalojados de su antiguo campo de acción por la necesidad de paz estable y de gobierno administrativo que impone al pueblo el prodigioso engrandecimiento de la patria. De ahí la falta de una situación política de lucha, porque no existiendo partidos que se disputen el poder, la situación nacional de la República y la de cada una de sus provincias aisladamente, responde a las mismas ideas, a los mismos propósitos del único partido organizado que hoy existe y que ha llevado a sus hombres a ejercer el gobierno en todas las administraciones.
Sé bien que los grandes pensadores opinan, con razón, que la existencia de los partidos políticos organizados es de útil provecho en las democracias, pero sé también, que para que esos partidos existan, es indispensable que tengan como origen principios fundamentales que dividan la opinión, sobre formas de gobierno o instituciones trascendentales, que, en los países ya organizados, los partidos aspiren realizar, llegando así al poder por los caminos trazados en la Constitución.
Los partidos así formados, no luchan para satisfacer ambiciones personales de sus caudillos, ni voluptuosidades colectivas de sus multitudes: su anhelo patriótico es hacer prácticos los principios que consagran su credo tradicional.
Son esos partidos los elementos con que la opinión gobierna dentro de la Constitución, y su influencia se siente siempre en las decisiones del poder porque ellos acompañan o combaten a los gobernantes haciendo obra de patriotismo, tanto cuando prestan su concurso, como cuando critican controlando el proceder de los mandatarios.
 En esos partidos, un hombre llevado al poder no es una personalidad aislada, es la encarnación transitoria del programa político de una colectividad que lo elige para que realice sus grandes aspiraciones. Desaparecerá ese hombre, pero el partido a quien él representaba quedará siempre de pie, porque los individuos no pertenecen a un partido en razón de sus ideas personales, sino que, están dentro de ese partido, precisamente porque sus ideas son las mismas que forman el programa de aquél.
 Estos son, en fin, los partidos políticos cuya existencia aplauden y reclaman los pensadores, partidos que operan y evolucionan dentro de la ley, de la Constitución y que no cifran su éxito, ni en la audacia de una minoría turbulenta, ni en el triunfo de una revolución armada.
  Entre nosotros a diferencia de casi todos los países organizados, no existen partidos ni oposiciones, con propósitos políticos definidos, que sostengan principios en debate o que aspiren el imperio de nuevas instituciones no establecidas en la Constitución del Estado.
Nuestra historia es breve al respecto. La organización de nuestros partidos es siempre transitoria y su generación sólo obedece a accidentes de actualidad, o a prestigios personales, que los acontecimientos o lo imprevisto levantan.
El único incentivo que los mantiene en actividad, es la lucha electoral: pasada ésta la indiferencia se apodera de los más y la oposición, erigida en sistema, sólo forma el medio de vida de los menos.
Nuestros viejos partidos jamás permanecieron dentro de la Constitución; una vez fuera del poder, lejos de mejorar lo existente, su propaganda fue siempre de destrucción, atacando con igual vehemencia lo mejor y lo peor, labrando así su propio desprestigio, porque ellos nunca tuvieron tendencias precisas que les señalasen rumbos fijos en el gobierno y fuera de él.
Cuando no alcanzaban el poder por medio de la elección, lo buscaban por medio de la revuelta, viciando así desde su origen ese poder que no les dio la voluntad popular, pero que obtuvieron acaso por las violencias de la fuerza; y advierto que no me refiero exclusivamente a lo que pasa en nuestros días, sino a lo que siempre ha acontecido en la República.
No hay época de nuestra historia en que un partido vencido, no se haya creído en el deber de organizar la oposición sistemática; la oposición que no reconoce nada como bueno, si parte del gobierno que ejercen sus adversarios; la oposición que cree que tiene forzosamente que encontrar malo, sino detestable; todo acto que no emane de sus amigos.
La oposición así organizada, nunca puede tener influencia en bien de la patria, porque fundada en la injusticia, en la intransigencia que todo lo avasalla, ella no será oída ni por los mandatarios ni por el pueblo que la observa.
Por malo que sea un gobernante, por perversos que fuesen sus propósitos, por más nulas que se reconociesen sus facultades, alguna vez siquiera, siguiendo ajenas indicaciones, o las de sus consejeros constitucionales, habría de hacer algo que mereciese el aplauso general, lo que entre nosotros es absolutamente desconocido. La oposición será siempre implacable aun contra las virtudes privadas, si lo creyese necesario, de los que ejercen accidentalmente el poder en contra de sus afecciones de círculo.
Criticar lo malo, aceptar, ya que no aplaudir lo bueno, es hacerse oír. Oposiciones que sólo buscan demoler, sin más criterio que el que inspiran los odios políticos contra los que hicieron el trabajo; oposiciones cuya consigna perpetua y permanente es ensañarse contra todas las medidas de los poderes públicos; que maldicen de cada uno de ellos; que combaten indistintamente todo pensamiento o acción que se inicie en el partido político dominante y que en cambio de tanta crítica Y de tanta demolición, nada proponen, nada proyectan, nada indican superior a lo mismo que atacan, esas no son oposiciones que nacen y vienen de la opinión, sino inhábiles manejos de grupos más o menos reducidos, ligados por intereses del momento, que aspiran sin resultado y se impacientan de su propia esterilidad.
Es menester, pues, no confundir los partidos políticos elevados, con propósitos siempre patrióticos y los bandos que sólo buscan satisfacer lascivias de mando; aquéllos son elementos del gobierno representativo, en que hasta las minorías deben tener su parte de poder; éstos son sólo aspirantes a puestos públicos.
En la actualidad argentina no existe otro partido que aquel al que pertenecen las mayorías parlamentarias y todos los gobiernos de la Nación y sus Estados. La política de ese partido encerrada dentro de los límites de la Constitución, se reduce a afianzar la paz, a garantir la libertad, a fomentar el progreso, a hacer recta justicia y a administrar honradamente los intereses que le están confiados.
Si alguna vez surgen pequeñas disidencias domésticas, en que jamás se comprometen los principios, la solución se halla inmediatamente dentro del seno mismo del partido y sin que ellos afecten en lo mínimo la política general de la República.
No tengo, pues, para que hablaros de política interna y os pido que al haceros esta declaración, creáis que es sincero el pesar con que lamento que en la República no figuren partidos fuertemente organizados, que luchen y se agiten por principios o ideales políticos de la Constitución; a no ser que el bienestar que la actualidad produce, haya convencido a la gran mayoría de los argentinos de que no existen por el momento necesidades premiosas que les obliguen a organizarse.
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 Lburritoos ‘incondicionales’, como se los llamó corriendo el tiempo, constituían una pleyade jóvenes que se querían abrir a los codazos en Buenos Aires, y contra el porteñaje, aprovechando las debilidades de vanidad del Presidente. Ramón Cárcano, el mejor de ellos, Paul Groussac, Osvaldo Magñasco, Fray Mocho, Lucas Ayarragaray, Marco Avellaneda, Osvaldo Piñero, el veterano de Perú, Roque Sáenz Peña, revestían en sus filas. Y para hacerse con un caudillo popular para “afrentar” a Roca, repatriaron, o le permitieron repatriar, al general Ricardo López Jordán, meses antes de su asesinato. Se daban banquetes donde se brindaba a la salud del “único”, y de allí la expresión, “El unicato”. Les confieso algo entre nos, aunque Juárez fue un desastre como gobernante, los porteños la tenían bien adentro con su gobierno. Hasta se tuvieron que comer el sapo gigante cuando Mitre les dijo en 1886, “que contra la voluntad de su partido realicé dos actos en mi vida, la “nacionalidad”, y ahora será apoyar la candidatura de Juárez”. ¡¡Pavada de comparaciones!! Pero el nabo de Juárez ofendió la dignidad del anciano Patriarca liberal, y Mitre le hizo la vida imposible desde La Nación, como no se la había hecho a Roca.
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125 años del desastre.
   En este 2014 se cumplirán 125 años del nacimiento de la Unión Cívica, germen del Radicalismo, partido histórico del país, y el lanzamiento popular hacia la multitud de don Leandro Alem.  Pero todo empezó con los desaguizados del Presidente. No tanto por la corruptela que empapó su gobierno, sus caprichos, y la centralización de la economía como eslabón granja de la Metrópoli -nuestra buena amiga-Inglaterra, sino por algo más. En esos años de “progreso y administración”, no hubo administración. Y encima, no le paraba de entrar gente a la Argentina, producto de las corrientes inmigratorias de la época. Sólo en 1889, entraron en total unas 300mil personas. No habia Estado que aguante, y menos un Estado en formación como el Roquista, que, hago una inútil aclaración, no se caracterizó justamente por sus sentimientos de solidaridad cristiana hacia los arribados. Ese desorden social, en medio del desquicio administrativo gubernamental, presagiaban el desastre. Así lo entendieron Pellegrini y Roca, cuando soltaron la mano, que les querían cortar, al gobierno. Juárez, en el mejor de los mundos, todavía pudo decir en aquel 1º de mayo de 1889:
(…)
 El pabellón argentino en la Exposición Universal de París se concluye en estos momentos, y se coloca en él los numerosos productos de la República entera, que ha contribuido como nunca lo había hecho hasta ahora, a este torneo del trabajo (…)El pabellón argentino será entre las construcciones sudamericanas, una de las más bellas y elegantes de la exposición.
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  Se estaba en el mejor de los mundos, y sólo los entendidos, pudieron comprender el caos que se avecinaba, de lo que fue el paupérrimo final, de su Presidencia.

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