Carlos Pistelli

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CABILDO ABIERTO DEL 22 DE MAYO DE 1810.

 “La larga noche del 21, al menos lo sintió así, Castelli repensaba, y lo expresaba en voz alta, en que diría en el congreso vecinal. Sus compañeros de causa lo habían elegido como el orador representante de la exposición patriota, pero los nervios le alteraban la compostura. El Domingo 20 Saavedra y García le habían marcado los puntos a Cisneros, y el sordo virrey debió aceptar las demandas: Cabildo Abierto.

https://carlospistelli.wordpress.com/2013/05/21/revolucion-mayo-resultados-del-cabildo-abierto-del-22-de-mayo/

El asedio

Castelli.

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   El Lunes 21 fue de ebullición popular, y los cabildantes se vieron en la obligación de pedirles a Saavedra y compañía que los salve. Aunque jóvenes que respondían a su jefatura personal, anduvieron en el bullicio, Castelli sabía que el campeón de las jornadas hasta ahora era Saavedra. En la reunión de la noche del 21, se acordó que Castelli llevara la representación patriótica en el Congreso del día siguiente.

    Se levantó temprano. Apenas escuchó a Ángela, que le dijo que se abrigue, Salió raudo a la plaza Mayor. Pensaba en lo que decir, el “hijo del boticario”; Se pensó más: Se soñó un Dalton exaltando al pueblo, y a la asamblea, para ganar la partida. En qué quedaría en los libros de Historia, y en los anales de la oratoria. Pensó en ‘anales’, y rió con fuerza. “Qué irán a decir de mí en el futuro, pensando en estas cosas“. Cuando llegó a la Plaza, miró el Cabildo Histórico, y avanzó a paso imponente, entre vitoreos a su persona, y palmadas en sus hombros para hacer bien las cosas. Se sintió Pueblo, de veras. Entendió que era la oportunidad de su vida para sobresalir.

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Cisneros.

        Amanecía en Buenos Aires aquel 22 de Mayo, y observó desde el Fuerte la Plaza Mayor. La Recova le impedía ver el Cabildo, pero hasta ahí nomás. Tenía las mangas arremangadas, el cuerpo a medio vestir. Quería estar presente en el cabildeo donde se jugaba su futuro. Quería arengar a los suyos, convencer a los indecisos, controlar a los temerosos, y azotar a los contrarios. Leyva iba a preguntar dos cosas, “Si sigue el Virrey”, y “Sobre nuestra relación con la Metrópoli”. Desde que había llegado al Plata, un año atrás, los quiso tener a todos alredor suyo, para controlarlos, y convencerlos: y ahora, sentía que Cisneros y Castelli, entre los americanos, y Ruíz Huidobro, especialmente éste, europeo, le jugaban totalmente en contra.

       Estaba sordo, pero firme en sus ideas, No tenia fuerzas leales suficientes para controlar la Plaza, y temía que eso amedrentara pastenacas. En el fondo estaba desahuciado. Sentíase con las manos atadas. Sentía que el andamiaje español, estaba terminado, Y encima, los ingleses haciendo ya de sus avivadas, cuando él creía en ellos.

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Saavedra.

          Caminaba rodeado de su gente: García, Rodríguez, Viamonte, Balcarce, Bustos. Por intermedio de Rodríguez, habían pedido asesoramiento con el dr. Mariano Moreno. No confiaba en los abogaduchos con los cuáles se juntaba para ver qué pasaba, Y aunque no se sentía, tampoco, cómodo con el bullicio emergente, también sabía que los ases de la baraja los tenía él. Sus hombres le confiaban ciegamente, y creían que los lideraría, sin temor ni concesiones, Pero sabía, en su fuero íntimo, que algunas deberían hacerse. Saavedra no era un montón de dudas, Es que estaban jugando en un campo que no se sentía cómodo. Recordaba su papel en el año anterior: A favor de Liniérs, y para calmar las aguas en procura de Cisneros. Sentía que ahora era tiempo, y no había que perder una sola hora. No creía en el derramiento de sangre, como venturaban de “palabra”, Castelli y los suyos. No le temblaría el pulso, pero tampoco jodamos con eso de andar matando paisanos nuestros: 

“Es verdad que Peña, Vieytes y otros querían de antemano hacer la revolución, esto es, desde el 1ro de enero de 1809, y que yo me opuse porque no consideraba tiempo oportuno. Es verdad que ellos y otros, incluso Castelli, hablaron de esto antes que yo, pero también lo es que a dar la cara en lo público, aún cuando yo les decía que lo hiciesen, y que yo aseguraba no hacer oposición a nada. En sus tertulias trataban, trazaban planes y disponían; mas personarse para realizar lo mismo que aconsejaban o querían, ¿quién lo hizo? ¿Se acuerda Ud. que mis respuestas fueron siempre: No es tiempo, y lo que se hace fuera de él no sale bien?”.

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     Sentía que el suelo se movía a su paso, Al llegar a la Plaza, su nombre fue enormemente vitoreado, como el de ningún otro. Era, debió ser, el “Caudillo de la Revolución”. Le faltaba temple y ardor patriótico para tamaña aspiración. La tenía, la tuvo, cometió el tremendo error de dejar que otros actuaran por él.

 

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