Carlos Pistelli

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“Eran otros hombres más hombres los nuestros”. Parte 1. ALEM.

     La política es una pasión convocante, amén de ser la actividad más importante en una sociedad democrática, amén que su accionar puede ayudar a mejorar la vida diaria de nosotros, como cualquiera, y no en el mal sentido. Y aunque se termine votando a un Binner, Macri, Scioli, Massa, De la Sota, etc., etc., la misma sigue apasionando. El tema que ya no con el fervor de otros años, tal vez porque los dirigentes ya no ‘eramoran’ como aquellos que sindicamos como próceres. Cuando la violenta historia argentina se tomó un respiro, apenas un respiro, que tampoco podemos llegar a llamar como tal, entre 1880 y 1930, surgió una generación de dirigentes políticos, que, compartiendo, aún, espacio con las viejas eminencias, fueron convirtiéndose en los referentes nuevos de esa cambiante sociedad argenta. Y es en el mismo momento, en donde dos pasiones argentinas, como el tango, y el fúbol, nacen en nuestro suelo, lo que le da ribetes de épica a una etapa que siempre fue contada, la mejor contada de nuestra rica Historia, tal vez porque los contendientes de la época, fueron de los primeros historiadores profesionales del páis, y porque cada vertiente política, tuvo a un campeón, y a un letrado capaz de contar de la mejor manera lo que pasaba. Desde Roca y Pellegrini, como Gobierno, a Del Valle, Alem, en el llano, con Mitre y Sarmiento, a un lado, don Bernardo de Irigoyen y Vicente Fidel López, esperando ese momento que nunca les llegó, y tantos más que la memoria me pierde, la política evolucionaba, en el marco de la Ley, o de la Revolución, pero siempre existió un sentimiento patriótico, corajudo, de hombría de bien, de caballerosidad, entre aquellos dirigentes. Y encima, lo hacían, cuando el viejo y crudo ‘criollismo’ argento, daba paso a las oleadas inmigratorias de fin de siglo XIX, que cambió el escenario social de nuestro país, obligándolos a readaptarse a las nuevas reglas de juego. Desde eminentes populistas, a semiternos oficialistas, todos tuvieron alguna anécdota que los pinta de cuerpo entero, y que refleja la época que les estoy contando:

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Leandro Alem,

ALEM   Nacido en 1842, hijo de una familia rosista, y tío de Hipólito Yrigoyen, a quien quería como a un hijo, hasta que terminaron como la miércoles, don Leandro encarnó el espíritu romántico del placer de militar en política. Fue un sostenido federal, el último caudillo popular del federalismo, aunque la historia nos lo trae como al fundador del Radicalismo. Era un compadrito, que entremezclaba en su briosa personalidad, ribetes de poeta, de profeta, y de intelectual. Combatió en la guerra del Paraguay, y la fiebre amarilla casi se lo lleva. Fue un intransigente mal llevado con las elites, que nunca le descuidaron algún lugarcito, aunque Alem prefería la periferia, ser el Señor de Balvanera, donde nada se movía sin consultársele a él. Se recibió de abogado en la maravillosa generación universitaria de 1869, y utilizó el título para defender pobres. Su tesina final habla de las ‘obligaciones naturales’, El deber, la impronta del cumplir más allá de lo que se pide, estaba entre sus ideas. Fue un humanista, maravillado con Benito Juárez. Y un político liberal en su concepción filosófica, aunque siempre se manejó como un caudillo popular. Fue un excelente orador parlamentario, pero prefirió distinguirse como “tribuno popular”. Fundó la Unión Cívica, y tras romperse la alianza con el mitrismo, se le aditó, si se dice así, el ‘Radical’. “Se nos ha llamado radicales intransigentes, y aceptamos el mote con orgullo, porque no vamos a tranzar como los impacientes, y no hay quien pueda matar el orgullo de ser radical”, y las gradas se venían abajo,

-Un Juez le falló en contra, en una causa tal, y pidió leer la sentencia: Se la rompio en pedacitos, en desacuerdo. Se lo volvió a cruzar una vez subiendo una escalera en Tribunales, “Hola, doctor Alem”, “Ud es el Juez tal”, “Sí”, y lo sentó de una trompada, por defender los intereses de la elite. Cuando trabajó en la legación de Río de Janeiro, ofendido con el trato que le dispendía un Señor a su esclavo, le arrebató el esclavo y se lo llevó a la Embajada Argentina, en donde le gritó, de atrás de las rejas, “Este hombre es libre, porque en Argentina no hay esclavos!”. Tenía esas salidas, que le provocarían problemas en el futuro. Pero, claro, que lo hacen admirable.

-No le temía a los entreveros, y no fueron pocas las veces, en que un chamuscazo no se lo lleva antes de tiempo. Fiel a Alsina, hasta que lo vio tranzar con Mitre, formó un partido, el Republicano, apañado por Sarmiento, y con Del Valle, su sobrino, Dardo Rocha, entre sus filas. Encolerizado con el Roca que asciende en 1880 al Gobierno, se fue a su casa, desde donde permanecería largos años alejado de la actividad. Don Bernardo lo convocó a su candidatura presidencial del ’86, pero Alem, no conforme con el tono de la campaña, se volvió a un rincón de su casa.

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  Francisco Barroetaveña, cuando escribe su famoso “Tu quoque, juventud, en tropel al éxito”, nunca pensó que se le abriría una posibilidad a él, provinciano, en la misma Buenos Aires: Ser parte de una generación de jóvenes confluyendo en la formación del partido moderno más antiguo de nuestro presente. Y encontró en Alem, cuando su formación lo acercaba a Del Valle, el ídolo inmaculado a quien seguir: Poeta, protege una incipiente tuberculosis en el alcohol, ha cerrado su bufete para refugiarse en el de Aristóbulo, enamorado de la mujer de su mejor amigo, y padre separadoo. Alem se había dejado larga la barba, blanca, encima, y gritó aquella vez:

Confieso que no hace muchos meses, en una carta que dirigía a un antiguo y valeroso compañero, le expresaba la profunda decepción que me inspiraba la actitud de la juventud tratándose de la cosa pública. Ya no hay jóvenes en la República –le decía—, los ideales generosos, las iniciativas patrióticas no cuentan con su apoyo ni con su entusiasmo; los que se titulan jóvenes no lo son sino en la edad, porque cuando se les habla de la patria, de los sacrificios patrióticos o del cumplimiento de los derechos cívicos, reciben esas palabras con solemne desprecio, considerando que esos asuntos sólo pueden preocupar la mente de los ilusos, de los líricos, y cuando no de los tontos…

Leandro_N._Alem

   … Ahora, en presencia de este movimiento iniciado por la juventud, he comprendido mi error, y al comprenderlo, me complazco en exhortar a esta misma juventud valiente y decidida, a continuar con orgullo la senda que señalaron con su sangre y con su ejemplo todos nuestros gloriosos antepasados…

   ¡Ah, señores! Nada satisface más íntimamente y retempla mejor el espíritu que recordar con acentuada veneración los esfuerzos desinteresados y patrióticos de aquella juventud que, abandonando la cuna de sus más caras afecciones, cortando algunos el curso de sus carreras universitarias y despreciando todos sus intereses particulares, corría, llena de bríos y santo patriotismo, a formar filas del ejército que se coronaba de gloria en las batallas libradas por la libertad y el honor nacional…

   Os confieso que mi corazón se llena de alegría en presencia de este movimiento varonil, noble y levantado de la juventud, que así demuestra que posee la más grande cualidad del hombre: El carácter. Conservadlo siempre puro, moral, justiciero; no desfallezcáis en esta grande obra que iniciáis llena de fe y de entusiasmo, y si alguna vez necesitáis la ayuda de un hombre joven de largas barbas blancas, pronunciad mi nombre, y correré presuroso a ocupar mi puesto con el ardor, la fe y la esperanza de los primeros años”.

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          Fue, por cinco años, el líder popular que los labios voceaban con esperanza, Cuando se mató, el 1º de julio, ¡Parece que en Julio mueren los jefes del Pueblo!, “parecía que Buenos Aires se quedó sin Alma”, dice Álvaro Yunque, su biógrafo. Era inflexible hasta la terquedad, valiente hasta la temeridad; Le faltaba, tal vez, la picardía que todo Jefe necesita para hacer triunfar sus planes, porque Alem era puro nervio, incapaza de agachadas propias de quien quiere gobernar. En esos últimos días, corroído por la melancolía, y la depresión, cuando había encontrado la calma apasionada del amor, en la viuda de su mejor amigo, su hijo viviendo con él, la pobreza y la vida disoluta de años anteriores le estaban cobrando viejas deudas. “Hay días que no tengo para el tranvía”, le dijo a un amigo; La muerte de Del Valle, y sus peleas con Hipólito lo tienen mal. Adolfo Saldías, amigo suyo, le presenta a Antonino Reyes, viejo edecán de Rozas, amigo de su padre, asesinado allá por 1853:

ALEM

-¿Cómo murió mi padre?

-Como un valiente, doctor Alem,

          Y ya no quiso saber más. Como si toda su vida hubiera sido honrar ese apellido, que se cambió, apenado en la creencia que su padre murió mendigando piedad. Un día convoca a todos sus amigos a su casa, y les pide un instante, que le van a pasar una data fundamental.

          Truqueaba, acaso, con amigos, Roque Sáenz Peña, miren que nombre, en el Club El Progreso, cuando el cochero de una berlina, les dio la mala noticia: Lo acostaron en una mesa que todavía hoy se puede ir a visitar. “Perdonen el mal trago, quise terminar entre manos amigas”.

“Para vivir inútil, estéril, y deprimido, es preferible morir.” “Quise enfrentar la montaña, y la montaña me aplastó”. Que se rompa, pero no se doble, y Adelante los que quedan”.

 

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