Carlos Pistelli

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Waterloo, 18 de junio de 1815.

    Napoleon en Arcole

  “Este Bonaparte sí que nos las hizo”, dicen que escribió Gervasio Antonio de Posadas cuando supo que la estrella de Napoleón se había terminado en Europa. La suerte, en la cual Napoleón creía, y mucho, había cambiado de lado desde su desastrosa campaña a Rusia en 1812.

El “Corso”.

 Nacido el 15 de agosto (mi mesmo día!) de 1769 en la isla de Córcega, hijo de una familia noble venida a menos, la Revolución Francesa lo exaltó al primer orden. Salva a Robespierre en Toulón, y a los termidorianos en una represión al pueblo de París. Se casa con la veterana Josefina, de la cual estaba perdidamente enamorado, y partió a Italia. En la foto que precede estas líneas, el artista lo retrató en el puente de Arcole, donde Napoleón lideró a las tropas a la victoria, y en donde casi pierde la vida. En esa extraordinaria campaña militar Napoleón comprendió que la Historia lo convocaba. Lo sintió cuando sus hombres hablaban sobre él: “El cabito”, por su baja estatura y sus aires de mandón.

Napoleon en Marengo

  Tras una incursión a Egipto, y las regiones históricas, y divulgarle el truhán del almirante Nelson los sentires bajos del corso: “Te lo digo, de una, soy un cornudo”, le decía, en unas cartas interceptadas, Napoleón a su hermano José. Fueron la comidilla de la sociedad inglesa. Tras Egipto, les decía, dio un golpe de manos, abandonó el oriente y súbitamente apareció en París: Depuso a las autoridades en lo que se conoció como “18 Brumario”. Meses después consiguió su gran triunfo en Marengo. Al enterarse, su gran contendiente, Willian Pitt, el inglés, expresó: “Enrollen los mapas quince años”.

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  Es que por doce años la gloria francesa de la mano napoleónica brilló en Europa. Y luego tres años donde el empecinado Emperador, ¡a lo qué se habíamos llegado!, no se terminaba de rendir. Llegamos, entonces, a Waterloo.

Cien días.

   La suerte de Napoleón, y de Europa, y el mundo conocido, se decidió en los campos belgas, en la primavera de 1815. En cien días, sus gloriosos cien días finales, Napoleón se había escapado de Elba y venía por el desquite. Todo Europa, alarmada, se plegó a la Coalición antinapoleónica. Así lo trató la prensa:

  • “El Monstruo se escapó de su destierro”.
  • “El Tigre se ha mostrado en el terreno. Las tropas avanzan para detener por todos lados su progreso”.
  • “El Tirano está ahora en Lyon. Cunde el temor en las calles por su aparición”.
  • “El Usurpador está a 60 horas de marcha de la capital”.
  • “Bonaparte avanza con marcha forzada”.
  • “Napoleón llegará a los muros de París mañana”.
  • “El Emperador está en Fontainebleau”
  • “Su Majestad El Emperador hizo su entrada pública y llegó a las Tullerias. Nada puede exceder la alegría universal ¡Viva el Imperio!”

(del blog, http://www.erroreshistoricos.com/index.php )

 Un piquete lo mandó apresar en nombre del rey borbón, conducidos por Delessart y Rendon: Una hilera de hombres separaba a Napoleón de su destino, y el pequeño gran corso se adelantó a sus acompañantes, que intentaron detenerlo: Pero se los sacó de encima, ordenó a su pequeña tropa guardar armas, y se presentó a la tropa adversaria, se abrió su histórica chaqueta gris, y los impulsó: ¡Si entre vosotros hay algún soldado que quiere matar a su Emperador, puede matarlo!, Instantáneamente,  el batallón del 5° de línea se amotinó en un delirio de alegría. Los hombres, rompiendo filas, rodearon a Napoleón, se arrodillaron a sus pies, le tocaron la ropa y lo adoraron como a un dios. Rendon se alejó al galope. Delessart le entregó su espada.  (Hillaire Belloc, Napoleón) Fue llevado en delirios hasta las Tullerías.

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Waterloo.

   Pero todo se decidió en Waterloo, un campo a 10 millas de Bruselas. Napoleón ya no era el glorioso general del pasado, y le faltaba energía para enderezar a sus hombres. En Ligny, el viernes 16, se vio exactamente eso. Su plan era enfrentar a los aliados por separado. Mientras Wellington esperaba, chocaron franceses y prusianos, conducidos por Blucher. En el fragor de la batalla, Napoleón llamó a sus reservas para ganar la acción. Pero el Comandante de las mismas, no “le entendió la letra”, y acató la orden de un jefe de las alas napoleónicas, el Mariscal Ney, de venir en su auxilio en Quatre Bras. Con su energía de años ha, hubiera enmendado el error. Pero permaneció pasivo mientras Bluscher abandonaba el campo, “derrotado”, pero intacto. El Domingo 18 de junio, todo se decidiría en los campos ignotos del poblado de Waterloo.

Batalla de waterloo 3

   El plan de Napoleón necesitaba piernas, y su vieja máxima militar: “Velocidad, Sincronización, Sorpresa”. Aunque sus enemigos, y en especial Wellington, algo habían aprendido, todavía las famélicas reservas morales de los galos podían hacer maravillas en el campo de las batallas. Con Blucher lejos del campo, Napoleón acometió al inglés, buscando ganar la batalla, y retroarse para confrontar al prusiano. Exactamente lo que salió mal en Ligny. Él, con las tropas principales confrontará a Wellignton, les dice en una chacra, la famosa chacra de Caillou, a las afueras del poblado, y Ud., Grouchy, me lo acomete a Blucher para evitar que se presente aquí. Su hermano Jerónimo, Ney y Soult son los úlitmos grandes oficiales que Francia pone a su disposición. Pero ninguno, y él mismo ya, tiene la fuerza vivaz que conquistó Europa. Grouchy se equivoca, deserta, o lo traiciona. Porque luego que la mañana parecía enderezarse para los franceses si el propio Emperador enmenda los errores de sus subalternos, desde el oriente, empiezan a llegar las primeras tropas prusianas. Un mensajero, capturado, interrogado por el propio Emperador, certifica la noticia. “Me queda la Guardia”. Los mandará en cuadro y balloneta a tomar a Wellington. Y luego torcerá contra Blucher, llegue Grouchy, o no.

  Los acompañó hasta el fragor de la batalla, y luego se retiró a observar los movimientos. Marcharon con toda la fanfarria, al grito de “Viva el Emperador”, valientes, incólumes, vencedores de mil entreveros, invencibles. A los primeros tiroteos de unas chaquetas rojas escondidas entre el pastoral… rajaron. Eran unos chicos sin experiencia, valientes, sí, pero mal mandadosy sin temple. Marchó a ordenar las cosas, Los arengó uno por uno, ‘aquí debo morir, con ellos’.  Pero su Estado Mayor lo sacó a la rastra de la batalla, ya perdida. Es famosa la anécdota, que los últimos reductos de resistencia francesa, fueron rodeados por la caballería inglesa encabezada por el propio Wellington, que les intimó rendición: “MERD!”, le contestaron. Entonces los jinetes se abrieron, dando paso a la artilerría, que los despedazó.
“Mi destino, se ha cumplido”.

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  Se retiró cabisbajo, y la locura que tiene todo genio lo desbordaba desde sentirse vencido, a tener una revancha más. Pero, conociendo lo que sucedió el año anterior, abandona al Ejército y vuelve a París, temiendo una nueva traición. Es el 21 de junio. El Pueblo agitado, y las elites, que nunca confiaron en su regreso, se regodean en verlo caer. Su llegada a París produce más desilusión que esperanza. Está perdido. Sabe que el Pueblo y el Ejército están con él: Frente suyo, los aliados invaden el territorio desguarnecido. Son los hombres a los que más ha dado los que ya no creen seguir la fatiga. “Mire, le dice al escritor Benjamín Constant, en medio de griteríos vociferantes a favor de su figura, ya regordeta, Ya los ve, no es precisamente a ellos a quienes he colmado de honores y de riquezas. ¿Qué me deben? Los encontré pobres y pobres los he dejado. Pero el instinto de nacionalidad los inspira, la voz del país habla por sus bocas y, si yo quisiera, si lo permitiera, en una hora la Cámara rebelde dejaría de existir. No obstante, la vida de un hombre no vale ese precio; no he vuelto de Elba para inundar de sangre París”, Constant, que lo aborrecía, nunca pudo separar de su memoria las palabras de ese hombre gigante que llegaba al final de su camino. Los únicos que le comprenden en esa hora dramática son los patriotas, los que nunca fueron parte de su séquito: Carnot, al que le debe tanto, le dice: “No vaya a Inglaterra, los ‘boxeadores’, lo maltratarán: Váyase a América. Los borbones gobernarán mal aquí, y su nombre, en un país libre, siempre les pesará como espada de Dámocles”. Lo siento, Carnot, creo que le he conocido demasiado tarde. 

 “Mi vida política ha terminado y proclamo a mi hijo, Napoleón II, emperador de los franceses”.

 Pero nadie le lleva el apunte. Tiene unos últimos arrestros patrióticos, ¡Él, justo él, que en 1795 amenaba irse a servir de mercenario a las cortes turcas!, “Yo ya estoy perdido, pero déjenme conducir los ejércitos antes que los aliados destruyan Francia. Denme el mando de tropas, así pueden negociar con las potencias desde otra posición. Sino, serán una colonia ocupada y sumisa. Sepan que todavía tengo honor para cumplir este compromiso”.

 Dos navíos en Rochefort, esperan zarpar para llevarlo a Estados Unidos. Una fuerte presencia britana, pretende impedirlo. José, a quien tanto ha destratado en el pasado, se propone como cebo para que él pueda escapar. Lo abraza, “Nunca he tenido amigo más leal”, y escribe, ya cansado y agotado, pensando, mientras lee “Vidas de hombres ilustres”, de Plutarco, que se ha hecho llevar, al príncipe de los ingleses:

 Alteza Real: Expuesto a las facciones que dividen a mi país y a la enemistad de la mayoría de las potencias de Europa, he terminado mi carrera política y vengo, como Temístocles, a resguardarme entre el pueblo británico. Reclamo de su alteza real la protección de sus leyes, pues reconozco en él al más poderoso, al más constante y al más generoso de mis enemigos”.

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Painting : Napoleon at Fontainbleau

  Había terminado, la carrera de Napoleón.

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