Carlos Pistelli

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El Evangelio según Satanás, episodio I.

Porque escribo, 

  No soy yo el que busca narrar los hechos que acontecieron. Son las sotanas viejas, carcasas huecas, que tras tanta infamia hacia mi persona me obligan a hablar. No soy un personaje más de la Historia. Tampoco nada común. Soy el oyente silencioso de los tiempos. El que todo lo ha visto, todo presenciado. ¿Algo se me escapa? Sí, acaso cómo termine todo esto. Soy el que Soy. Nómbrenme como queráis. Al fin de cuentas, mi nombre les pertenece. Ustedes me lo han dado, ustedes me han inventado y creado. Con un propósito. Convertirme en el chivo expiatorio de toda la Humanidad. Y heme aquí, aceptando el mote, puesto que me dio fama, poder e influencias nefandas. Todo lo malo soy. Todo lo perverso. Una omnipotencia de la oscuridad y de los inicios de los tiempos. Un final abrupto que no está escrito. Un camino que no se ha recorrido. Una invocación sin respuesta. Un nacimiento sin fecha. La historia de quien no es. De quien tampoco será. Del cual no se habla en las mesas de familia. De quien no está invitado al banquete final de los tiempos. Un viento, sin aire. Un huracán de verdades. Un manantial de deidades sin credo ni religión, sin más arte, que un buen puro en los labios de una buena mujer. Y ya saben de qué labios refiero.  

  Tantas veces se ha hablado de esta historia harto conocida, que merezco alguna vez contarla según la óptica que tengo de ver las cosas. Ésta es, en verdad, la gran historia jamás contada. De cómo yo, que tantos nombres tengo pues tantos me han dado, viví acontecimientos conocidos por todos. Y algunos otros más. Y  cómo, me propongo, ya dispuesto, a contárselas a vosotros, hijos míos de tantas generaciones. El morbo de vosotros, los hombres, la preferirá a la aburrida versión que se refieren en las Iglesias. Puesto que yo, de tantos nombres como la humanidad ha imaginado, soy la encarnación del mal, me he propuesto desmitificar todo lo que de mí se ha dicho en estos últimos milenios. Supongamos que hablo de un Dios, y de su supuesto Hijo nacido en Belén. Mezcla rara de ironía, burla y seriedad, háganse a un lado, porque vengo yo. 

  He de hablarles como se le habla a un niño, porque muchos de ustedes ni deben de conocer la de magnitudes que se han escrito sobre las “Sagradas Escrituras”, Algunos acaso hayan leído la Prensa Divina – “Biblia, entre nosotros” – en sus dos versiones: La que conforma a Hebreos, cristianos y hasta musulmanes; y la que únicamente satisface a la Cristiandad. Seguiremos su curso, más o menos, para que no pierdan el sentido de la Historia, y nadie venga a decirnos que andamos plagiando autores.  

  Entonces hijos míos, bienvenidos a mis feudos. Bienvenidos a la mentira como escritura y al plagio como descripción. 

  Sepamos algo antes de arrancar. Sepamos que los hombres no son ni buenos ni malos. Simplemente, son. Muchos intereses se han creado al respecto para evitar que sean. Muchos beneficiados al respecto. Pues figúrense, ¿quién se beneficia con que exista el bien y el mal? ¿Quién tiene la autoridad suficiente para dividir entre buenos y malos? Debo admitir que soy el primer beneficiado de esta falsedad. Puesto que, siendo un ángel de segundo orden en la creación estándar que ideó el Universo, he sido llevado a la magnitud total. El mundo me teme. El mundo me respeta. El mundo no pronuncia mis nombres porque saben que me les aparezco de improviso para asustarles. O en todo caso, ¿para qué me invocan si después no me quieren ver? Ando tan ocupado, como para que me anden haciendo perder el tiempo. ¿Cómo si administrar los destinos de la humanidad fuera fácil? ¿Por qué, acaso todavía creen que en las confinidades de la tierra manda otro que no sea yo? Y como me aburre mandar, os dejo que hagáis lo que os plazca, malvados hijos míos.  

  Esta es la historia de cómo conocí al segundo hijo de Dios. Puesto que siendo yo el primero, fui degradado por pedir la herencia antes de tiempo. Por andar ofreciendo manzanas a las mascotas predilectas del sádico que dice ser mi padre. Por andar liberando sentimientos ocultos de reprimidos seres a los cuales no les dejaban ser por completo.  

  Esta es la historia del hijo del Hombre, el terrenal hijo de Dios, Aquel, noble carpintero, hermano mío, pintoresco orador, tan vulgar en sus instintos como sencillos sus modos de llegar a las gentes. Yo estuve con él, desde el principio.

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