Carlos Pistelli

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XI-Guerra del Paraguay: Comienza el desparpajo: Thorton.

  Es el 11 de julio de 1864, ciento cincuenta y luego, y a veces seguimos en la misma. El comisionado imperial, por el Brasil, José Antonio Saraiva, uno de los líderes de las fracciones “luzias”, el partido “liberal”, llega a Buenos Aires. Viene a “solucionar” de una vez por todas, la guerra entre colorados (amparados por Mitre) y blancos en el Gobierno.

 Antonio Saraiva, el "consejero" Venía de intimar al gobierno de Anastasio Aguirre para que ‘arrugue’ en su guerra con el levantisco general Flores. Y no había ido solo a ‘intimar’: Iban con él el ministro inglés Edward Thorton, el canciller argentino Rufino de Elizalde, y el comisionado de los rebeldes, Andrés Lamas. El Emperador le ha encomendado la misión, dado que en Brasil se han dado por intervenir militarmente en la cisplatina. Saraiva llega el 6 de Mayo a Montevideo, y se encuentra con el meteórico Irineo Evangelista do Souza, Barón de Mauá, quien no está de acuerdo con las bravatas brazucas:
Visconde Mauá2  “Eu não acredito em nenhum aspecto a possibilidade de interferência nos assuntos de Estado do Uruguai. Parlamento se comportou indefinição, duvidoso, impensada, de forma inconsistente, todos exigindo uma retratação do governo oriental, sob a ameaça de retaliação. E se uma guerra rompe com o Paraguai? O Lopez foram diluídas com bravata para algumas notas de mel.”  (No creo bajo ningún aspecto la posibilidad de la intromisión en los asuntos de estado del Uruguay. El Parlamento se ha comportado de manera indefinidad, dudosa, irreflexiva, inconsecuente, y todo para exigir una palinodia del gobierno oriental bajo la amenaza de represalias. ¿Y si sobreviene una guerra con Paraguay? Lo de López no son bravatas a diluirse con algunas notas almibaradas.“) –José Ma. Rosa, Historia VII, páginas 100 en adelante.

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  Saraiva reconoció las impresiones del viejo conocedor de los asuntos del Plata. Tardó seis días en llevar la reclamación a Aguirre, sorprendido, o haciéndose, con la escuadra de Tamandaré en el puerto de Montevideo: Confie a nobreza do imperador, que nunca deixa votos de paz e prosperidade da República. Não venho em retaliação, mas como um amigo, e garante a felicidade dos orientais. (Confíe en la nobleza del Emperador, que no cesa de hacer votos por la paz y la prosperidad de la República Oriental. No vengo en son de represalias, sino como amigo, y garante de la felicidad de los orientales.) Aguirre aceptó las sugerencias, con otras parecidas, y todo quedó en orden.

Sir Edward Thorton.

  SIR_EDWARD_THORNTON_PICEstaba cumpliendo años el 13 de julio (57, para ser más precisos) y quién iba a decir que su papel sería central en la próxima guerra entre hermanos. Había sido un exitoso mediador en la paz mexicana-yanqui de 1848, y como premio, sino como encargo, lo mandaron a Buenos Aires en 1852, a ver que pescaba con la caída sorprendente de Rozas. Reemplazado unos años, retornó en 1859, y cometió el primer “bluff” que habla de él:

   Acaban de firmar confederados y porteños la paz de San José de Flores por intermediación del hijo del presidente paraguayo, Francisco Solano López. La calle Florida se viste de fiesta, se engalana, y el hijo presidencial es agasajado como el artífice de todo. Urquiza le entrega el sable de Cepeda, y Mitre lo hace llamar el “Leopoldo del Plata”. Ha creído, no así su hermano Benigno, que los ha juntado por si las moscas contra el Brasil. Se siente hecho, y se vuelve pa’ sus pagos. Es el 29 de noviembre de 1859: Se sube al “Tacuarí”, fondeado en el puerto porteño. No consigue salir: Es cañoneado por los buques ingleses “Buzard” y “Glapper”. El aspirante a Wellington, sir Thorton, así lo ha ordenado, lavando afrentas viejas. Protestas enérgico Solano ante Tejedor, ministro porteño, que balbucea hasta recibir una fuerte nota: Los buque de guerra británicos impiden el paso. Con sus cañones resuelven sobre las aguas de la Confederación que la soberanía de estas repúblicas sólo se ejercerá cuando los marinos ingleses quieran dispensar el favor de reconocerla. Tejedor debió cerrar el pico, y dejar que todo pase.

  Pero en 1863, Solano, que recuerda el incidente, y ha tratado como hijo al comisionado, sabe por inteligencia, que Thorton ha regresado al Plata, tras una estadía mensual en Londre: ¿A qué ha vuelto el diplomático menos a propósito para serlo? El 31 de mayo agasaja a Elizalde en Buenos Aires. Traía, evidentemente, porque no se han encontrado papeles al respecto, o los britanos nos las han ocultado, instrucciones verbales. Pudo decirle:  “Attend, good friend, and talk with the common partner Saraiva, that together we will move forward.” (Concurra, buen amigo, y hable con el común compañero Saraiva, que juntos saldremos adelante) Todos los historiadores de las distintas corrientes (no mitristas) coinciden en decir que Thorton llevó de sus narices a Elizalde, y a Mitre, claro está, a la concordia y alianza con Brasil, por intermedio de Saraiva, que le desconfiaba, contra las pretensiones americanistas de Solano. En cinco días lo convence, y por las dudas, lo anota en su bagaje al viejo y querido Andrés Lamas: Los tres cruzan el charco y entrevistan a Saraiva. El ministro francés en el Plata, Maillefer, informa a París que extrañamente Mr. Thornton se maneja como un titiritero de Naciones, y todos responden a sus directivas. El ministro oriental al mando del Gobierno, Juan José de Herrera, hijo del también consagrado don Luis, y padre del no menos gran Luis Alberto, está al frente de la cancillería: Ha formado su temple como embajador ante Paraguay, en donde Carlos Antonio López le enseñó algunas cosillas. Aunque desconfía de los Comisionados que se le presentan, y sus propósitos de paz, debe admitirlos: Sino, es la guerra. Concuerdan todos en algo, y van en busca de Flores, todavía en guerra.

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  El 18 de junio dan alcance del general Flores en las puntas del arroyo Rosario. Las exigencias de Flores son las mismas de siempre, pero no se trataba de andar exigiendo nada, sino que, como todos observan, hacer una actuación teatral para entrecerrar a Aguirre-Herrera y al partido Blanco, en las posibilidades de una rendición total. Se firma un convenio en donde todos están de acuerdo: Colorados, blancos, argentinos, ingleses, e imperiales, donde aquellos depondrán las armas bajo la mediación de los últimos. Pero Aguirre-Herrera, sorprendentemente, aceptan todas las demandas, y dejan en orsai la intentona. Algunos intransigentes del partido Blanco (“los amapolas”) muestran su rechazo, pero Herrera vuelve a convencerlos: “Es la guerra contra el Brasil y la Argentina, y… Todo bien con que Solano saldrá de nuestro lado, pero la que quedará destruída será la república Oriental”. Elizalde y Thorton vuelven al campamento de Flores (Saraiva sorprendentemente amaneció enfermo y no concurrió) y Flores, como estaba claramente acordado, reduebla la apuesta, y siempre con la “mediación” como parte. Aguirre tolera todo: La guerra internacional es lo que debe evitarse. Pero Flores, que avanza a paso decisivo, vuelve a redoblar la apuesta, y Aguirre, entrecerrado entre el deshonor y el patriotismo, convoca a las huestes blancas, que rugen de artiguismo proceder: contra el Imperio, Buenos Aires e Inglaterra. Está presente el diplomático florista, Andrés Lamas, más mitrista que otra cosa, que le ofrece, ¿será a título personal?, “el concurso del ejército imperial si Flores no accede a sus justas proposiciones”. Pero Aguirre todo lo rechaza, y los mediadores, indignados, (Ja!, actuación yespiriana!) retiran la mediación: Es la guerra.

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La guerra.

   Saraiva no cree con lo que se encuentra. Llega a Buenos Airesel 10 de julio de 1864 a concertar la alianza con Argentina, y pide audiencia: El día siguiente se encuentra, en plena Casa de Gobierno, a Mitre sentado con Elizalde, y el resto de su gabinete: Pero, presidiendo la mesa, al centro de los dos: A Thortnon! Es demasiado, pero le parece inoportuno llamar aparte a Mitre y confesarle sus reservas para con el inglés. No eran tiempos de guardar las formas, y Thortnon preside la reunión como si el sillón de “Rivadavia” fuera suyo. Saraiva, hace las veces del formalismo y consulta, la respuesta que ya sabe, “Si Brasil podrá contar con Argentina para salvaguardar su honor y presentar sus reclamaciones a Montevideo. Mitre, se alza de su silla, como si hablara para el pintor de la obra, y pronuncia sus célebres palabras: “La Argentina, garante con Brasil de la Independencia uruguaya, cumpliría con su deber aceptando y aún ayudando a una intervención brasileña que pusiera orden en la República Oriental”. Era el fin de las actuaciones en pos de la paz.

  Era la guerra, que Solano, en Asunción, sospechaba que terminarían con él, más temprano que tarde, como antes con Artigas y don Juan Manuel.

(toda la información, y aún los encomillados, y casi el 90% de la nota, fueron sacados de los libros de José Ma. Rosa, me tomé el atrevimiento, para traer del recuerdo esos días de tristeza verdadera de hermandad americana)

También le puede interesar:

https://carlospistelli.wordpress.com/2012/12/14/la-guerra-del-paraguay-1865-1870-vii-jose-ma-rosa/

 

 

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