Carlos Pistelli

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A Felipe Varela, de Esteban Jaimez.

FelipeVarela

El amigo Jaimez tuvo la deferencia, errónea creo, de compartirme estas líneas hace unos años para que le dijera mi opinión. Me puso en el compromiso de confesar mi admiración por las líneas, cuando creo que pretendía un halago partiendo de su idea equivocada de que “sé de historia”. Apenas soy un comentarista menor de lo que pasó en nuestro pais. Y no soy de los desagradecidos, ni de los soberbios, pecados de los piores, según dice mi abuela. Por eso les comparto estas imprescindibles líneas que rememoran al gran “Quijote de Los Andes”.

Los Centauros

I – Avanzada

“La hora de salir se ha prolongado en demasía. Se nos hizo tarde esperándolo, y en la espera perdimos más que tiempo. Nuestra Patria se cansa de tanto escribirle con esta mano, V.E., y mueren en ese cansancio no sólo nuestros hermanos en Paraguay, sino también nuestros sueños de una América grande y libre.
Bien sabe V.E. que para lograr el gran anhelo de nuestra Unión Americana debemos aspirar al orden común, la paz y la amistad con el Paraguay, y la fraternidad con las demás repúblicas del Continente.
Como su juicio en todos los propósitos de libertad y justicia se lo indicará, esta guerra no es una guerra nacional, sino un acontecimiento calculado, premeditado por el General Mitre y su política librecambista que empobrece a las provincias.
Le exhorto en estas letras, y en su espíritu, a ponerse al frente del gran movimiento nacional, y lo invito en el campo de la lid, a recoger los laureles del triunfo, o la muerte. Sólo esperamos que V.E. se digne a impartirnos sus órdenes. Felipe Varela”

II – Retirada

¿Y el temor? ¿Y las ganas, aunque más no sea de sentir temor? No ya el deseo del amor, de saber, de comer como otra instancia del amor y del saber; sino algo, cualquier cosa que lo una consigo, cualquier sensación, o la desesperación misma. Algo que agregue a su fláccida silueta una costura, al agua de los ojos unos ojos, algo que acierte a regresarlo a este mundo de los hombres.
Todo ha quedado disuelto en el campo, allí atrás. Y ese campo a las espaldas es más atrás aún que la infancia de la que hoy no logra evocar siquiera el pan en la mano de la madre, ni el rostro en la mano del padre. Y en hora de chicharras tardías como es ahora, aún en estas épocas del año cuando es hermoso ver cómo se arrincona el sol hacia el fondo de las montañas haciendo húmedos y flexibles a los árboles y las demás cosas, prolongando la exactitud del verde en sus sombras hacia largos y puntiagudos recovecos como si esa fuera la manera de caminar de los árboles; hoy no hay siquiera chicharras, y nada es hermoso, y todo es tardío.
Las tímidas ráfagas de fe de los sobrevivientes no cosen las hilachas y no hay manto que los cubra. Arrastran únicamente su imagen, su concepto individual, hacia el lugar común, y a la vez personal e intransferible, de la muerte. Caminan como si ese manso caminar hacia el final fuese una prolongación de la batalla, como si la prolongación de la batalla fuese un encuentro con los que se quedaron en la arena y ese quedarse fuese el único camino posible.
Caminan. Y así se quedan.
Y persiste la sed de la víspera.
Esa sed sí los urde, hilvanando el desierto de las bocas, de los músculos agotados que en los sucesivos temblores de piernas y en las caídas encuentran descanso.

III – Avanzada

Jáchal.
Antes: Cordillera. Antes: comprar caballos, fusiles, dos cañones. Antes: vender la hacienda, las tierras y enseres. Antes: desoír los consejos del Padre Olegario. Antes: despertar.

“¡Federación o muerte! ¡Viva la Unión Americana! ¡Abajo los negreros traidores a la Patria!”

IV – Retirada

¡Cuánta tristeza te daría esta batalla sin vencedores, Chacho!

V – Avanzada

Llega un momento en el que la boca es un espacio áspero donde no cabe nada, excepto la aridez. Entonces, el cansancio obliga a una nueva sed, una sed acumulada contra tantas horas de viaje en ese mar de piedra por el que navega la tropa.
Los animales también jadean la mole de tiempo y espacio, y ya no se distingue quién es hombre y quién caballo: el mismo sudor, la misma sal, idéntica y última humedad expuesta al sol por los poros de esa única bestia en que se funden.
La marcha ha continuado siempre, desde ayer, y no tiene sosiego. El Jefe dobla el paso para partir en dos la distancia. Los casi cinco mil que lo siguen sienten un furor silencioso, como de fiebre.
Ha llegado la noche y el bosque de lanzas clava sus raíces en la tierra para beber, pero el desierto se aposenta nuevamente, prolongándose, y se hace más violento. El enemigo sostiene la lluvia y la ha corrido, junto con la muerte, hacia el fondo. Cinco leguas más de piedra, polvo y sed para los centauros.
Nadie pregunta nada. El Jefe no da órdenes. Sin expresión en los rostros, cocidos en el caldero de la fe en la propia gloria, la milicia se introduce en el frío y la oscuridad. Entre el extenso paisaje de nadas superpuestas se mueven los hombres y mujeres hachados por la luna. Enseñorean lo árido y callan. No han olvidado las palabras, pero su mundo ya no es oral, sino una estructura primigenia, un impulso guerrero y bruto, una memoria rescatada del origen.

VI – Retirada

Piensa en el olor de la sangre. Ha olido otras veces la sangre que brota del cuerpo enemigo y se viene encima como brazos de mujer en el amor; ha olido la insistencia de la sangre por salir, su premura más intensa; ha olido la sangre muchas veces. Secarse al sol, secarse de noche, pudrirse. Ha sentido el calor de la sangre sobre el rostro, el sabor metálico y rojo manando del tajo de su espada. Sabe cómo silba en el aire la hoja, cómo contesta también en silbidos la carne, cómo cruje un hombro, una pierna, al romperse por la furia de un golpe, cómo se divide la cabeza de un hombre luego del instante de ceguera que provoca el reflejo del sol, el brillo en lo alto del filo cuando va cayendo sobre la humanidad del enemigo. Y lo sabe por la sangre, porque enseñar es, más que una facultad, una actitud de la sangre en la guerra. También heder, porfiar, pugnar por salir y quedarse, y entrar hasta por los ojos.
Piensa que esto será lo único que ha de pensar en adelante. No logra retener otro símbolo de la vida, de la muerte, más que el comportamiento de la sangre en batalla.
Se retira con lentitud, sin elegancia; colgando sus manos, colgando todo él de apenas un caballo exhausto. Por primera vez no le importan ni la muerte ni la vida. Por primera vez, la vida y la muerte son sólo estados de ánimo, abstracciones, lujos que se permitía en otros tiempos. Hoy, la muerte y la vida han instaurado una síntesis del vacío, una bala de aire que se le prende del pecho y se parece, en eso mismo, a lo que hubiera llamado tristeza si no fuera abulia, a lo que hubiera sabido nombrar como vida o como muerte si pudiera recordar qué cosas recordaba antes. En su costado, esa medalla junto a las otras, esa bala, sujetada, coagulada apenas por un pequeñísimo alfiler de cordura.

VII – Avanzada

“A Vuestra Señoría General Antonio Taboada:
Os invito a decidir la suerte y el derecho de ambos ejércitos fuera de la población a fin de evitar que esa sociedad infeliz sea víctima de los horrores consiguientes de la guerra, y el teatro de excesos que ni yo ni Vuestra Señoría podremos evitar. Felipe Varela”

Silencio.

Marcelo Grassmann
Centauros e Pássaros, 1955

VIII – Retirada

Lo que fuera tendón y nervio y ulcerada carne; lo que fuera carne viva, deja de serlo a cada golpe tímido y cansado de los cascos sobre las piedras. En esta huida, que ni siquiera es huida porque apunta hacia la muerte, lo muscular es mentira y temblor, a veces. Otras veces no existe. Otras veces, cuando no existe, es lo que mañana será carroña de la que comerá la Historia.
Ahora, cada chuza tiene su muerto, y cada espada y cada bala han sido bautizadas. Cada deltoides entiende su participación heroica, la razón de su contracción química y su ira metafísica.
Quedan en el campo, como vigías, todos esos cuerpos guerreros, insepultos de tierra y de gloria. Tanto los enemigos, cual si fuesen hombres, como los hombres, cual si dejaran de ser centauros, se comprometen con los pares en un pacto irreversible: pelear hasta que la muerte los separe.
Bajo lo hinchado de las barrigas se pudren, junto a las vísceras, los anhelos. Ya nadie sueña en este páramo, ni los vivos ni los muertos.
Y la sed; siempre la sed rayando la mínima expresión, lo oculto de la boca bajo la boca, esta lengua que raspa el pedregal para creer que lame.

IX – Avanzada

El sol cae como un halcón sobre los lomos de Los Centauros, y en línea vertical los atraviesa y se hunde bajo las patas y vuelve a subir, sin dejar de quemar. Las piedras abrasan el terreno rudimentario; más allá, los primeros avisos del rancherío: La Rioja sabe que no encontrará sombra por más que la busque. Al frente, rodeando el jagüel, los santiagueños en sus caras de guerra.
La tropa entiende, por última vez en lo que puede entender, qué es ser caballo u hombre, caballo o mujer, qué es ser caballo y hombre y mujer; entiende la tropa que no da lo mismo ser lo que Dios quiera en esta hora, y que ese ardor en los tímpanos al rugir del Jefe es querer morir por no morir jamás.
– ¡Fuego! – Los dos pequeños cañones escupen al unísono por sus bocotas bolas de metal encendido que se esparce abriendo una grieta en el silencio de la tarde.
– ¡Fuego! – En el cielo y en la tierra santísima de ese campo de batalla, fuego.
– ¡Fuego! – Fuego en el aire y en los deltas de las venas que se inflaman al empuñar la lanza.
– ¡Fuego! – Fuego en lo que miran los ojos de fuego de esa montonera ardiente.
Entonces, la zamba suena, encendida. Y a su compás bailan Los Centauros la danza del tiempo. Pañuelo de acero y tacuara revoleado bajo el cielo riojano. Lanzas contra fusiles.
Estanislao Medina va muriendo, y muriendo lastima el cuero herrumbrado de la posición enemiga. Regresa al reino de los vivos y se reúne con su tropa y el honor en un segundo embate imposible, pero absolutamente real. Carga con furia araucana, sembrando con la punta de su sable en cada pecho enemigo una semilla de la que nace y estalla y refulge la América por la que él se apaga.
– ¡Elizondo! ¡De dos en fondo a la carga! – es la orden de Varela. Es la orden que se cumple sin pensar porque se sabe que vendrá, porque se espera con ansia; y entre tanto horror, lo que se sabe y lo que se espera es lo único que se escucha. ¡A la carga!
Elizondo, el gaucho. Elizondo y sus Centauros gauchos. Rugen en el ataque, desordenan con potencia las filas unitarias de Taboada. Chucean, aúllan, se mueven como pumas en la polvareda, y en el choque y el barullo obtienen el trofeo de los caballos enemigos. Con ellos se lanzan a Los Llanos a esperar la victoria.
La zamba suena, encendida. Severo Chumbita la baila. Y Francisco Clavero que con su renguera de Olta gira y gira en el aire bravo de la tarde brava. Y Ángel. También Guayama, con Medina, Salazar y Videla. Y en el baile que quiere anochecer va anocheciendo el sueño, y la tarde no tiene más remedio que convencerse de su vejez. Felipe Varela baila la zamba, encendido aún, mientras el sol pierde el fervor. Dolores Díaz, “la Tigra”, baila con él,.Gruñe “la Tigra”, chuza en mano. Suda y palpita golpes, amorosos golpes, sintiendo el giro endiablado del sable de Varela. Grita y patea, mata “la Tigra” cebada con la carne santiagueña. Al viento volando su lanza, mirando al Jefe que la guía.
Ebrio, fundido en el ritual de la zamba y cegado de sed, danza el Jefe con “la Tigra”. Templa en el baile su espada besadora. Arroja sus ojos al frente para sorprenderla en un abrazo.
Una boleadora o una bala, no sabe, le quita su mitad caballo y cae Varela entre las patas de otros Centauros. La garra de Dolores Díaz, “la Tigra”, lo alza y lo salva en medio de la furia y la sequía.

X – Retirada

La primera gota atraviesa al sesgo el cerco de mugre que apuntala la mano extenuada del jefe. El espasmo le hace apretar las riendas, resquebrajando la costra mugrienta. Levanta la mirada; acaba de comprender la lluvia, acaba de entender que esa lluvia lo lava.
Llueve sin final en La Rioja y el suelo ansioso también bebe. Se llenan los sombreros boca arriba, se llena la sangre sin fin del sueño americano boca arriba.
Mientras contempla inmóvil la avidez con que la hilacha de lo que era su tropa traga la salvación, el Coronel Felipe Varela vuelve a meter su pensamiento en el silencio hasta las campanas de Jáchal.

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