Carlos Pistelli

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El “Gallego” Cullen, III. Fusilado por traidor.

  Apenas cruzado el arroyo Del Medio, en lo que se conoce como Posta de Vergara, la tropa que traía a Cullen, encontrose con el edecán del Gdor. de Buenos Aires, coronel Pedro Ramos. Estamos ubicados a 25km al sudoeste de la ciudad de San Nicolás de los Arroyos. Es el 22 de junio de 1839. “Aquí nomás”, pudo decir el Coronel Ramos: A las sombras de un Ombú, el tronar del escarmiento sonó en el cuerpo del canario. Acababa de ser muerto, y por traidor.

https://carlospistelli.wordpress.com/2014/08/05/el-gallego-cullen-ii-hombre-de-lopez-rival-de-rozas-el-drama-del-federalismo-de-1831/

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Rozas pide la vida de Cullen.

Juan Manuel de Rosas, Museo del Bicentenario  Juan Felipe Ibarra“Buenos Aires, Abril 15 de 1839.
Señor D. Felipe Ibarra,
Mi querido amigo:
(…) Es esto tan cierto y positivo que la sola permanencia de Cullen en esa Provincia, sabiendo que había sido reclamada su persona por los Gobiernos enunciados, ha sido bastante para que los Unitarios hagan creer a los suyos, a los Franceses, y a muchísimos Federales, que Vd. estaba en disidencia con este Gobierno y absolutamente engañado y comprado por ellos, que Cullen era quien dirigía la marcha y la de los Gobiernos de Catamarca, Tucumán, Salta y Jujuy; que desde ahí se promovía por Vd. y Cullen la rebelión en las provincias de Córdoba y Santa Fé, invocando al bando Unitario y la liga con sus aliados. (…)  se convencerá de quien es Cullen; ahí notará Vd. que lo conozco ha muchos años; que varias veces denuncié su perfidia a nuestro ilustre finado amigo; que el tal Cullen lo miraba a Vd. como a su siervo, que hablaba de Vd. y de su digno ministro con insolencia inmunda; y por último que todo su objeto, como esclavo comprado de las logias que agitan a Europa y tienen en convulsión la América, era incendiar la República, encubierto con la capa de Federal amante de su felicidad. Estos documentos originales y otros aún más importantes existen en mi poder.

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  Hay indicios de haber sido el autor de la enfermedad del señor López, por haberlo envenenado gradualmente, y ahora siguiéndole los pasos, voy a probarle también públicamente en los mismos periódicos que hay indicios muy vehementes de haber sido uno de los autores del asesinato de nuestro ilustre amigo el General Quiroga, y que actualmente está traicionando a Vd. del modo más pérfido y espantoso, puesto que a pesar del asilo y protección que Vd. le ha dispensado, ha transado y llevado a ejecución las rebeliones que han tenido lugar en Córdoba, Santa Fe, etc., las maniobras de Catamarca, la ida de Pedro N. Rodríguez ,allí con pasaporte de usted, la política de los nuevos gobiernos de Tucumán y Salta, y todo lo demás funesto al sosiego y crédito del país que ha tenido lugar, sin que basten a contenerlo, ni los ejemplos que se le han opuesto, ni los triunfos que se han sucedido, ni el punto de vista en que a usted lo ha colocado.
 El compañero Ibarra parece que no está dispuesto a entregar al traidor gallego facineroso Cullen; pues ha escrito al señor L6pez, actual gobernador de Santa Fe, que sin desconocer las razones en que fundamos nuestro reclamo, se ve en la necesidad de salvarlo, manteniéndolo a su lado en estado de completa nulidad. Si esto es así, y el señor Ibarra después de recibir mi correspondencia insiste en lo mismo, la permanencia del tal Cullen allí, en el estado actual de aquellos pueblos con las nuevas administraciones, los envolverá sin duda ninguna y pronto, en la anarquía más asoladora y espantosa, derramándose en porciones la sangre de sus hijos”.

  Usted funda su recomendación en que Cullen fue compañero y colaborador del gran López, y depositario de sus confianzas, en lo que padece mucha equivocación, por no estar en ciertas interioridades reservadas que no se trascendían en el público. Usted sabe que el señor López no era hombre de papeles, y que no tenía en Santa Fe, fuera del señor Echagüe, hombre de bufete de quien pudiese confiarse para el despacho de su ministerio. Esto le obligó a llamar a Cullen, porque sin embargo, de que le conocía, y de que sabía que era mirado en Montevideo y aquí por un cachafaz, sin crédito ni reputación que le diese alguna respetabilidad, confiaba en qué su vigilancia y la mía, y sobre todo, el temor que nuestros respetos le infundirían, serían un freno que lo contuviese de cometer cualquier felonía. Apercibido yo de todas estas razones, procuraba darle toda la importancia posible, haciendo figurar en esto los justos respetos a que de mi parte era acreedor el señor López; pero nunca perdía de vista sus pasos, y cuando no eran en la dirección que debía llevar, le salía al encuentro.

  Entretanto, este hombre funesto no cesaba de hacernos la guerra, y traicionar al señor López, al señor Echagüe y a mí, en cuanto podía. Para calmar las disensiones ocurridas en el Entre Ríos el año 31, le propuso un plan de asesinato al señor Rojas, enviado de este gobierno cerca del de Santa Fe, cuyo plan fue repulsado con asco y una seria increpación por dicho señor.

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Y finaliza:

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  Cuando se estaba tramando el espantoso asesinato del señor Quiroga, el señor Pancho Reinafé bajaba a cada paso a Santa Fe, y se le hacía creer al señor López que venía a hablar sobre una tropa de ganado que el gobierno de Santa Fe le había encargado comprase a una señora de Córdoba, y a la sombra de estos viajes los Reinafé hacían correr después por todas partes en las provincias, que aquel asesinato había de quedar callado, porque había sido hecho por inteligencia con el señor López. Así fue que, avisado este señor por mí de la voz que se procuraba hacer correr por todas partes, y que también corría en esta capital, dando por fundamento los expresados viajes de Francisco Reinafé, me contestó que los viajes habían sido ciertos, que él los extrañaba por inútiles y sin objeto que los reclamase, y que por mi aviso venía a conocer el fin maligno, con que se había hecho.

  Yo, al momento me apercibí de que en esta parte nuestro compañero el señor López había sido traicionado por Cullen; pero me callé porque así convenía en aquella ocasión, y afiancé mi juicio, primero, cuando vi que habiéndose usted entonces expedido tan dignamente en términos que le harán a usted, y el señor Gondra eterno honor, Cullen le hizo firmar al señor López la carta de reprobación que a usted escribió, llamándole al mismo tiempo a la unión con los Reinafé, carta sobre la, que llamé la atención del señor López, tan luego como llegó a mis manos.

  Cuando estuvo el mismo inmundo Cullen la última vez en esta ciudad, su conducta fue la más insolente, atrevida y anárquica. Se puso en relaciones por escrito con los agentes franceses, (…) No me extiendo más porque ya va demasiado larga esta carta, y creo haber dicho a usted lo bastante para que. se penetre de la delicadeza y, grave trascendencia de este negocio; pues no puedo ni por un solo instante creer que usted quiera comprometer su honor y buen nombre tan justamente merecido, ni menos exponer el crédito de la causa federal, y la unión y tranquilidad de las provincias, por salvar a un malvado, desde que sepa lo que es y se penetre, como debe penetrarse, de los gravísimos males que causar a la República si no le remite inmediatamente bien asegurado con dos barras de grillos, y con la suficiente custodia, al gobierno encargado de las relaciones exteriores, o al de Santa Fe.

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  “Póngase un par de medias gruesas, amigo”, le dijo Ibarra a Cullen. Fusiló a un ahijado, dándole el pésame a su señora madre, y envió sin más al Canario con destino a Buenos Aires, y a su muerte.

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El Plan de Sangre y Escándalo.

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  Enfermo de Tuberculosis en 1835, don Estanislao López delegó el mando en Cullen, ya desde 1833. Unas campañas a las tolderías rebeldes del norte, donde casi muere, lo habían dejado postrado. Y todo lo manejaba su todopoderoso ministro con sus maquiaveladas. A nadie escapó que intentó salvar a los Reinafé, y a nadie escapaba su nombre en la denuncia de Manuel Moreno, “Un plan de sangre y escándalo”.

 Manuel Moreno El plan que Moreno denuncia desde Londres, donde era delegado Argentino ante Su Majestad, consistía en: Ligar en un frente anti-argentino a Rivera, presidente oriental; a Santa Cruz, presidente de la Confederación Peruano-Boliviana; a los opositores internos de Diego Portales, en Chile; a los unitarios, a los dorreguistas, a Ferré, o algún satélite, en Corrientes, y finalmente a don Estanislao López; y todos juntos, contra don Juan Manuel y Facundo. El plan era de 1834, y se lo tenía a Rivadavia, como su Alma Mater. Justamente en esos días don Bernardino llegó a las radas porteñas, y no se le permitió bajar.

  La denuncia es posible, tomando en cuenta el cariz de los acontecimientos posteriores. Estaba la Logia de Montevideo, en donde presidía el inefable Carlos Alvear, regalando territorios argentinos a las naciones aliadas que se ligaran al antirrosismo. Y Cullen era un pilar si conseguía hacer comer de su mano a López.

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   Calixto Vera, primo político de Rivadavia, hermano de Mariano, viejo artiguista de Santa Fe, denunció las intrigas; y López, que era ajeno a las mismas, entregó a Paz, otro involucrado, que guardaba cárcel en su ciudad, directamente a Rozas. Como excusándose con que no tenía nada que ver en el asunto.

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  Desconozco cuáles fueron las fuentes de Moreno, otro cachafaz del tenor de Cullen, quien fue sacado de Londres ese mismo año, retado a duelo por el Libertador San Martín, al involucrarlo en el plan de un modo tangencial. Pero que el plan se intentó llevar a cabo, se intentó llevar a cabo.

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La muerte de López.

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   López estaba postrado, y don Juan Manuel le mandó su médico personal. Y luego lo invitó a Buenos Aires en 1837, donde lo recibió en triunfo, según constan las crónicas de Juan Bautista Alberdi. Es que era el último de los grandes caudillos del federalismo. Un inaudito unitario de tiempos posteriores (Ramos Mexía), dio otras anécdotas, pero que son fruto de su imaginación, porque no encontré asideros de las mismas.

  Algunos reclamos traía, López, y su viejo orgullo pueblerino. Un secuaz de Rosas le hizo notar que no llevaba cinta punzó; “La perdí en Puente de Márquez, ¡Vaya a buscarla!”. Hubo algún reclamo también sobre la figura de Urquiza. Pascual Echagüe lo había nombrado Comandante de Concepción del Uruguay, con el consentimiento de Rozas, y recomendación de López. Pero don Estanislao reaccionó con violencia. Estaba en malas relaciones con don Pascual, que de hechura lopecista, se había volcado paulatinamente al Rosismo. López denunció el nombramiento de Urquiza, al que defendió años atrás, “como a un pícaro unitario”, al que no le faltará ocasión para traicionarnos. La pegó de punta a punta, aunque el tema entraba en los ribetes de conventillo provinciano.

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  Y en esas andaba López, esperando la muerte, cuando la Confederación entró en conflicto con Santa Cruz, presidente boliviano/peruano. Alejandro Heredia, gdor. de Tucumán, comandó las tropas. Rozas practicó una paciencia al límite con Heredia, por sus errores de mando, y por proteger unitarios en su gobierno, y en su mismo gabinete: “Lo van a terminar matando”, insistía entre los suyos, sulfurado. Y encima, se encontró al litógrafo Bacle, espiando como agente de Santa Cruz. Fue a parar a las mazmorras, Y allí murió, de enfermedad. El cónsul francés, un botarate petulante y atropellador, sintió que era una afrenta a la Francia, e inició un conflicto, bloqueo incluido, inaudito. Argentina, y no Buenos Aires, estaba en guerra con la potencia europea.

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  López, envió a Domingo Cullen (o éste se hizo enviar) ante Rosas, para que le informe los pormenores del conflicto, porque “entendía que entre amigos se podría arreglar”. Rosas le mandó una respuesta de antología, y López, aplaudió sin reservas la actitud del Encargado de las Relaciones Exteriores. Pero en Buenos Aires, había quedado Cullen.

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   Y Cullen cometió la tremenda decisión de saltar el charco descaradamente. Se reunió con el cónsul francés, como un mediador de una guerra que le era ajena, Y todo desconociendo que las pesquizas del Restaurador le olían hasta sus heces. En esas andaba, cuando le llegó una bomba: López acababa por morir.

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La traición de Cullen.

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  Inmediatamente se volvió a Santa Fe, y se hizo nombrar Gobernador. Rozas le desconoció el cargo, y apoyó la tentativa revolucionaria de Juan Pablo mascarilla López. Cullen huyó a Santiago, donde encontró refugio en casa de Ibarra, patriarcal criollazo, y tendió los cables a todos los implicados en el famoso plan: De resultas? Alejandro Heredia fue muerto unas semanas después, y el país colapsó. 

  De Santiago se movían todos los hilos de las intrigas antirrosistas. Cullen, y Adeodato de Gronda, ministro santiagueño, manejaban todo. Un francés se dio la vuelta por esos lares, y el dr. Marco Avellaneda, les hacía las veces de aliado en Tucumán. Genaro Berón de Astrada levantó Corrientes en su procura, y el propio general La Madrid, mandado por Rozas a someter la rebelión, se plegó a la misma. El país entero estaba sublevado a Rosas.

  Pero como toda rebelion de ribetes antipatrióticos, manejada por doctorcitos alejados de la realidad, que no comprendían su papel de segundones de los Caudillos Populares, terminó mal. Bastó que Rozas pusiera un poco de orden en casa (en donde había muerto doña Encarnación) y Echagüe descalabrara a los correntinos, para que todo se compusiera. Ibarra, presionado por don Juan Manuel, y traicionado en su buena fe, actuó como un político de la época. Y entregó al jefe de los traidores.

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  Muerto Cullen, fusilado por traidor, todavía la Confederación seguirá zarandeada un tiempo más, con las campañas de Lavalle. Rozas se recompuso de años muy complicados. Ibarra se mantuvo fiel a la Confederación, fidelidad que él nunca puso en duda, y en el patio trasero de la Nación, surgía un Caudillo llamado a grandes cosas en el futuro: Justo José de Urquiza. Pero para sus trastadas, y volteretas, faltaban muchos años más.

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Epílogo.

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  La familia Cullen siguió marcando los tiempos de la política santafesina años posteriores al Rosismo. El rival que les había surgido, era don Juan Pablo López, hermano de Estanislao. Patricio, José María, los hijos del Gallego, y Nicasio Oroño, su yerno post mortem, hicieron carrera en la Provincia, como intachables gobernantes, amparados por el propio Urquiza. El dato curioso es el de Patricio, muerto en una asonada posterior. Se cree que sus restos, estaban enterrado en el mismo lugar que los del general Juan Bautista Bustos. Y que era un poco difícil, dilucidar quién era quién entre tantos despojos sacros.

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