Carlos Pistelli

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Tratado de Alcaraz, 15 de agosto de 1846.

mapa satelital alcaraz

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  En el medio del conflicto de la Confederación Argentina contra las potencias extranjeras, en los años que van desde 1845 en adelante, se produce un curioso episodio que tendrá alta importancia en el futuro inmediato de la época. La Confederación era un pacto interprovincial, en donde la provincia de Buenos Aires, hacía las veces de encargada de las Relaciones Exteriores; Y también una especie de Tribunal Supremo de Justicia, para dirimir conflictos “judiciales”. Manda en Buenos Aires, don Juan Manuel de Rozas, el “Restaurador”. Gobierna con mano dura, pero con formalismo institucional a prueba de bala. Es reelecto cada cinco años por la Legislatura Bonaerense, cuyos miembros son elegidos en elecciones populares. La Soberanía Popular, como sostén de la Soberanía Nacional, y garantia del poder de los Caudillos. Rozas, no descuidó jamás esta cuestión esencial. 

  Rival del modo hegemónico con que gobierna desde siempre Buenos Aires, estaba la pcia. de Corrientes. Fruto del pacto de la Confederación, los gobiernos correntinos constantemente se ‘separaban’ de participar de la misma, como quien se va de una reunión mientras juega al truco, y le retiraba a Bs. As. la administración de las RR.EE. Era la guerra, y aunque miembros de las elites correntinas, pudieran jugar a romper con la Nación Argentina, el sentimiento patriótico de los correntinos, entendía que el conflicto con los ‘porteños’, no debía culminar con una “Independencia Nacional”. Eso, a grandes rasgos, y sentado frente a la computadora y tomamos mate.

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Las “volteretas” de Urquiza.

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urquiza

    Nacido en 1801, fue creciendo en la opinión pública mediante un talento digno de reconocer. Conocía a Estanislao López desde 1821, y es legislador provincial de Mansilla en 1824. Fracasada la intentona unitaria de 1830, termina preso del mismo López. Consiguió la libertad convenciendo a don Estanislao de su conversión “federal” y volvió a sus cuchillas, donde empezaba a sentirse su impronta, aunque sus actitudes le generan más sospecha y envidia que lealtades duraderas: Será así, pero el pueblo entrerriano le amó hasta el delirio. Gobernador desde 1841, y Jefe del mejor ejército nacional, a su vez que su mejor general, el castellano de San José era el centro neurálgico de todas las guerras del Litoral. La suerte de Rosas, y de la Nación tras él, y de los anglo/franceses con los traidores a la Patria, esperaban demasiado de él.

    El general de los ejércitos nacionales tendrá vacilantes actitudes en la guerra de la Soberanía. “Volteretas”, las llama el historiador Fermín Chávez, reconocido lópezjordanista. Urquiza se creía el papel de puntal de la Confederación o ariete troyano de los invasores. Y jugaba a dos puntas, navegando en un negocio para el cual era ducho y tenía cintura enorme.

    Creyó, con la noticia de Obligado, que las cotizaciones de Rosas bajaban y jugó la carta del “pronunciamiento” o de la Independencia territorial de la Mesopotamia[1]. El correntino Madariaga, el paraguayo López, los brasileños, los unitarios y otros emigrados, y Fructuoso Rivera, abrieron comunicaciones, y emisarios de don Justo fundamentan: En el negocio entramos Urquiza, Garzón (opositor interno de Oribe) y el propio general Pacheco, Comandante en Jefe de las tropas rosistas, casi que un ministro de guerra. Oribe y Mansilla, enterados de los planes urquicistas, piden autorización de Rozas para acabarlo. Pero don Juan Manuel hizo el papel del padre fraternal con el hijo pródigo, y le dejó hacer.

   Cuando la invasión entró en severa crisis, Urquiza pegó una de sus acostumbradas volteretas. Aniquiló a las tropas de vanguardia de Madariaga y a las unidas de Rivera y de Garibaldi. Se recuerdan sus batallas por la saña con los vencidos. Unos centenares de fusilados inocentes pagaban las sospechas sobre su patriotismo. Hizo el papel que Rosas le ofreciera, y el cintillo punzó colgó de sus galones de militar.

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 Aunque caudillo federal y amante y amado en las cuchillas entrerrianas, Urquiza nunca dejó de ser un unitario de poncho y chiripa, asociado a las diferentes logias infestadas de espíritu antipatriótico. Amaba a su pueblo como a ninguno, pero más amaba que lo adularan (era vanidoso) y le gustaba las ostentaciones que dan el poder y el dinero[2]. Los brasileños, vivísimos, lo entenderían mejor: Si la voluntad de Urquiza era tan volátil, ésa voluntad se compraba. Que los cantos de sirena a la soberana vanidad del General vengan después. Rozas, para desgracia nacional, no lo entendió jamás.

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La parada en Alcaraz.

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   Mientras los barquitos anglo/franceses (y Mitre desde sus popas escribe cómo cañonean argentinos) circulan el Paraná, y Giusseppe Garibaldi hace las veces de “Chacal de los Tigres extranjeros” por el Uruguay, en una franca guerra patriótica, el gobernador delegado de Entre Ríos (Antonio Crespo), por ausencia del titular, recibe a los Jefes invasores con sendos brindis. “What That Fuck!!”. Rozas explotó de furia, lanzando sus famosos ternos, pero guardó calma política. Urquiza no se encontraba ejerciendo su cargo, porque estaba en plena guerra con la ‘levantisca’ Corrientes. Comandaba en Jefe el glorioso y manco general José Ma. Paz, donde gobernaban los ‘hermanos’ Madariaga. Las órdenes que tenía Urquiza, era de tomar la provincia, antes que lleguen los invasores, una de las razones principales de la agresión naval. Pero Urquiza, se entretuvo en campaña, producto, más que nada, de internarse en territorio hóstil. Paz, nuevamente, demostraba su superioridad táctica militar con fuerzas menores, replegándose y alejando a don Justo de sus bases naturales. Pero los Madariaga, desconfiados del liderazgo de ese unitario enorme, gauchos desconfiados y porfiados, empezaron a retacearle ayuda. Y, encima, Juan Madariaga, jefe de la vanguardia correntina, desoyendo a Paz y su plan de atraerlo a los esteros para deshacerlo, enfrentó a Urquiza en Laguna Limpia (4 de febrero de 1846) y fue deshecho; No solamente, sino que su caballo rodó por un tronco, y cayó prisionero de Urquiza. 

  Desde ese momento, Urquiza comprendió que tenía todas las barajas importantes en juego. Y como buen jugador, a su juego lo llamaron. 

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   No actuaría más como General de las tropas de la Confederación Argentina, gobernador de un agente de la Nación. No, actuaría como Gobernador de su Pueblo, y, conforme a lo que él interpretara como sus necesidades, hará en consecuencia. Mientras Rozas bramaba desde Buenos Aires para que en una “campaña a lo Napoleón” acabara con Paz, él abrió comunicaciones con el gdor. Joaquín Madariaga, por medio de Juan, su prisionero. Mientras Rosas le pide que recupere Corrientes para la Confederación, él se retira lentamente hasta la frontera norte, permaneciendo en Entre Ríos. Y mientras Oribe y Mansilla denuncian a Urquiza frente a Rosas, éste permanece impávido. Como el gato y el ratón, o una pieza de ajedrez que queda en una posición incómoda, porque de moverla quedás expuesto a jaque, Rosas ha parado a Urquiza. O, al revés, el castellano se le ha parado, dejándolo impotente. 

El hecho de no haberse constituido la Argentina como Estado Nacional, le dejaba a Urquiza un amplio margen de maniobra. Y ducho para los enjuagues como ninguno, lo aprovecharía al máximo. Sus palabras, “Deseo sinceramente la paz. Creo que Ud. y yo podemos darla a la República”, escritas a Madariaga, entran en lo que vendrá:

continuará…

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[1] El “negocio” político de la Independencia de la Mesopotamia y los pronunciamientos de Urquiza son de una quimera y reiteración que me llaman a preguntarme, ¿de qué sentimiento estaba hecho el patriotismo del General? A su vez que de cada jugada sacaba unas enormes tajadas que generaron su enorme fortuna personal.
[2] Los secretarios y custodias de Perón en su largo exilio, comentan una característica similar con Urquiza. Se interesaban en conocer las necesidades de sus interlocutores, y en el ínterin de un segundo encuentro ya articulaban los mecanismos para resolvérselas. Al volverse a ver las caras, le preguntaban directamente “qué precisaban”. En el ínterin el asunto estaba solucionado. Al tercer encuentro, los agradecidos interlocutores le juraban lealtad eterna. Así forjaron un liderazgo de confianza personal con distintos actores políticos de su época, que les permitía conducir cualquier proceso vigente de manera directa y discrecional. Como buenos caudillos personalistas…

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    1. II-Tratado de Alcaraz, 15 de agosto de 1846. | ¿VALE LA PENA SER ARGENTINO?
    2. Urquiza a Rosas: El reconocimiento, y aquel lejano Alcaraz. | ¿VALE LA PENA SER ARGENTINO?

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