Carlos Pistelli

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6 de septiembre de 1930.

http://www.youtube.com/watch?v=vHJ98cQObKw .

  Es posible que cuando asumió el 12 de octubre de 1928 por segunda vez, don Hipólito ya supiera que la salida antes de tiempo de su gobierno iba a ser tal. Lo dice él mismo cuando saluda a la multitud desde el balcón de la Casa de Gobierno, “Estos que me vitorean hoy, me derrocan en dos años”. La vejez, el cansancio, y una crisis económica a nivel mundial que repercute en el país, lo tendrán a mal traer. El viejo no se amilanó a las circunstancias adversas. Pero fue como dijo Alvear, “Llegó con el voto popular que necesitaba para hacer su obra, pero debió tener la edad de su primer mandato”. Yrigoyen contaba 76 pirulos cuando asumió por segunda vez.

Primeros años.

https://carlospistelli.wordpress.com/2014/06/05/mosconi-el-petrolio-y-la-caida-de-yrigoyen/

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  Formó gabinete con:

  • Elpidio González en la cartera política,
  • Horacio Oyhanarte en la Cancillería,
  • Enrique Pérez Colman en Hacienda, lo que sería “economía” hoy,
  • Juan de la Campa, en Justicia e Instrucción Pública,
  • Juan Bautista Fleitas en Agricultura,
  • José Benjamín Ábalos, en Obras Públicas,
  • Tomás Zurueta en Marina,
  • y el general Luis Dellepiane, en Guerra.

Casi todos sus ministros, sino todos, le guardaban una lealtad incondicional. Lealtad que se puso a prueba con el correr de los meses.

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  ¿PoH_Yrigoyen_en_balcóm_con_escudo-2r qué aceptó ser candidato el “viejo”, sabiendo cosas casi premonitorias? Porque no había otro a su altura. El personalismo criollo sirve un tiempo largo, y luego comienzan los problemas. El viejo no acepta críticas, ‘amansa’ a sus interlocutores, que a montones se suceden en su gabinete de trabajo en la Rosada, sigue siendo el mismo desconfiado de siempre. Se ha tornado una corte de adulones y “genuflexos” alredor, lo que luego muchos llamaron “el cerco”, con respecto al General. Pero viejos y todos, los grandes caudillos populares jamás se olvidan de su Pueblo. Gobiernan para ellos, en aras del bienestar general, y establecer estatutos de Justicia Social. El ‘viejo’ tenía grandes colaborades, sigue siempre al lado Mosconi, y una embrionaria juventud partidaria le hace las veces de “aguante”. ¿Entonces por qué cayó?

  Cayó porque se la jugó por el Pueblo, por el petróleo estatal, por su política americanista. Pero también, porque su gobierno fue un tropel al desastre.

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La conspiración.

  Desde el inicio mismo de su 1er mandato la figura de Yrigoyen genera harto malestar entre las elites. Pocas figuras históricas han sido tan odiadas como Yrigoyen. Y eso que su gobierno no fue necesariamente revolucionario. En todo caso, la ética pública, y el interés nacional a la hora de administrar el Estado, tenían su costado rebelde a lo constituido. Pero hasta ahí nomás. Fue odiado porque fue popular. Fue odiado porque antepuso la Nación a los intereses de clase. Fue odiado porque antepuso una mirada americanista y pacífica en las relaciones exteriores, tan marcadas por encantamientos carnales de otros tiempos. Y porque Yrigoyen era radical, de esos radicales que confían en sus partidarios sin preguntar de donde vienen. ¿Ud es radical? ¿Y lo echaron del Ejército por participar de las Revoluciones Radicales? Se le reincorporan los grados. En una institución tan vertical y elitista como era el Ejército argentino (calco prusiano, a la nuestra), eso chocó, y mucho.

 José_Félix_Uriburu_y_Agustín_Pedro_Justo Prontamente surgen dos liderazgos bien definidos en el Ejército. Un liderazgo más bien moral, ejercido por el general José Félix Benito Uriburu: Un criollazo el hombre, proveniente de las mejores familias salteñas (su tío fue Presidente de la República), y vinculado a las elites sociales, inclusive amigo de Lisandro de la Torre, asiduo del Jockey Club y el Círculo Militar, miembro del Consejo Supremo de Guerra, y un tipo carismático para la hora que se avecina. Reconocido por sus pares, como “un profesional”, liaba tras sí, un prestigio bien ganado, necesario en esos momentos para “voltear” al Peludo.

   El otro era Agustín P. Justo. El pícaro Justo, entrerriano, hijo de un político que fue efímeramente gdor. correntino, también hizo una gran carrera militar. En paralelo, se recibió de ing. civil, y en 1915 el presidente De La Plaza lo nombra al frente del Colegio Militar. Por siete años teje y desteje una telaraña que lo convertirá por espacio de 25 años, casi, en el amo y señor del Ejército Argentino. Acababa de nacer el contendiente más importante que Yrigoyen, y la Democracia, tendrían los próximos años.

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  El primer conflicto de Yrigoyen como mandatario constitucional con Uriburu y con Justo, especialmente, lo dan la reincorporación de radicales al escalafón militar. De a poco el conflicto silencioso empieza a crecer. No gustó entre los camaradas que el Presidente nombrara civiles en los ministerios (tanto en Marina como en Guerra), ni su mirada política ante los conflictos sociales, que recrudecieron al finalizar al Gran Guerra. Pero justamente, en el peor momento de su primera presidencia, la “Semana Trágica”, Yrigoyen encontró un profesional que pudiera balancear el prestigio de aquellos: el general Luis Dellepiane, que le salvó la jornada. Inclusive Yrigoyen, al recibirlo, y estrecharlo en un abrazo, tenía la renuncia en un bolsillo porque no conocía al General. En 1921 se presenta otro conflicto menor, que endurece las relaciones. Justo encabeza las celebraciones por el centenario del nacimiento del gral. Mitre, pero Yrigoyen le niega apoyo institucional. Solamente las aceitadas relaciones de Justo con figuras políticas muy cercanas al sucesor de don Hipólito, don Marcelo de Alvear, posibilitaron que fuera nombrado ministro de Guerra. Desde su nuevo e importante cargo, Justo siguió tejiendo, sin que Alvear interviniera en sus movimientos.   Su nombre fue creciendo en la opinión pública (elitista) y anduvo en alguna conspiracion (que negó) para evitar la segunda asunción de Yrigoyen. Los puentes están tendidos.

  Mientras alredor de Uriburu figuran profesionales del Ejército con una visión nacional (elitista) y una formidable guardia intelectual nacionalista, Justo se guarda y sigue rosqueando con los policastros opuestos al Presidente. Podríamos decir que la motivación conservadora de ambos para deponer a Yrigoyen encontraba conflicto en “el cómo”. Uriburu, despreciativo del voto popular que le había dado entidad a la “chusma”, proponía una Dictadura lisa y llana. Justo al menos quería guardar las formas, adecuando al presente las viejas mañas del general Roca.

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  Para cerrar este punto, hay que tener en cuenta que Uriburu era una figura que generaba simpatías, no se sí decir, un “tipo popular”, pero generaba empatía. Justo, ni eso.

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Dellepiane.

   La llave del éxito, como canta Las Pelotas, era el ministro de guerra. El Presidente está absorto de la realidad, por más que su gestión sigue siendo resolver los problemas aparejados con la crisis del ’29, ha perdido el “contacto con la calle”, que siempre lo había destacado. El partido gobernante ha perdido la friolera cifra de doscientos mil votos de la época, un 30% de su caudal electoral, y empiezan los volantazos. Las internas palaciegas entre los que ven que hay que salir de la crisis institucional, hasta prescindiendo del “Viejo”, y los que le reportan lealtad a prueba de bala, están a la orden del día. Y la oposición, que estaba muerta en el ’28, revive con un recrudecimiento inusitado. El “viejo” está en las últimas. Han intentado matarle, y uno de sus viejos hombres, ahora entregado a la oposición, ha sido muerto violentamente. La juventud universitaria, los partidos tradicionales, vuelcan su descontento por las calles, y el partido gobernante, apenas pierde tiempo en amenazar con violencia por violencia. Los matutinos agravian salvajemente al Presidente. Se diría que estaba todo dado para su caída. Pero la llave del éxito, era el ministro de guerra.

  Francisco Ratto, ministro del gdor. Valentín Vergara, de Buenos Aires, critica con acritud el desgobierno presidencial. Vergara, ducho, le responde, “Puede ser, pero ni Ud. ni yo, podríamos gobernar el Estado más importante del país si no fuera por ese viejo que Ud. me critica tanto”. Es decir, la lealtad partidaria se mantiene, pero se esperan medidas. Medidas que no llegan.

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   A principios de Septiembre de 1930 la cosa está indomable. Dellepiane pide audiencia con el Presidente. Se le otorga. El ministro traza un oscuro panorama, pero que tiene sencilla solución si le permiten actuar. “¡Ud. sólo me trae el barro de la calle!”, exclama el Presidente, profundamente descontento. El ministro insiste, Llega a denunciar una conjura para sacarlo del gobierno, en la que entran Oyhanarte y Elpidio (nada menos!) y que el vicepresidente Martínez es parte. Yrigoyen se niega a creerlo. Dellepiane echa la renuncia. El Yrigoyenismo, se está terminando.

  Encima, en ese momento crucial, el viejo enferma. Una gripe mal tratada lo postra, y debe delegar el mando en, justamente, uno de los denunciados por su ex ministro.

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El final.

   Una movilización popular termina con un estudiante asesinado. Alfredo Palacios arenga a la juventud a terminar con el desgobierno. De La Torre, que llega a Buenos Aires, aún con su enconado antiyrigoyenismo, se manifiesta contrario a hacerle el caldo gordo a los “milicos”, inclusive si anda entreverado su amigazo Uriburu. Para éste, ha llegado el momento. Es la noche del 5 para el 6 de septiembre de 1930.

   Mientras la ciudad anochese exaltada, y se organiza un funeral popular por el fallecimiento del estudiante, Uriburu se presenta en la Escuela de Cadetes en la ESMA, y saca a la muchachada a la calle. Es un desfile triunfal por los barrios porteños hacia la Rosada, con unos tiroteos dispersos en la zona del Congreso. Su ingreso en la Rosada es apoteótico. Allí lo espera Martínez quien tiene una actitud teatral para no renunciar ni entregar el mando. Uriburu le amenaza, y Martínez teatraliza su resistencia. Entonces surge Justo, que había estado alejado de la pelea, llama aparte a Martínez, y lo convence. Ha renunciado el vicepresidente en ejercicio de la Magistratura. Quedaba en pie, el Viejo.

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   Yrigoyen ha vuelto en sí, tarde, pero ha vuelto: “Hay que ganar la calle”, le dice a sus acólitos, e inicia la resistencia. Manda a Elpidio González al Arsenal de artillería para asegurar la lealtad y parte hacia La Plata, en donde espera encabezar la represión a la sublevación, con tropas leales, y la presencia del gdor. Vergara. Pero todo se ha desmoronado. González no encuentra ambiente para lo que pide, la casa del viejo, la mítica casa de calle Brasi es desvalijada y destruída. Todo terminó. Pasa sus últimas horas como Presidente en el Regimiento de Caballería de La Plata, donde apenas puede mantenerse en pie, y se sienta, cansado por la fiebre altísima. Le piden la renuncia, y la dicta. Se queda allí un tiempo mientras la llevan a Buenos Aires. Cumplido el propósito, le dicen que se puede ir.

Ytigoyen de pie

“Me quedo aquí, si me lo permiten, Estoy enfermo, y no tengo adonde ir”.

   Se había terminado, el Yrigoyenismo. Nacía, la Leyenda.

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