Carlos Pistelli

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ROCA, centenario de su fallecimiento.

Roca  A horas de cumplirse el centenario del fallecimiento del “zorro”, queríamos contar nuestra posición personal hacia figura tan controversial. Nacido en Tucumán en 1843, falleció en Buenos Airesl el 19 de octubre de 1914. Cien años sin el Zorro.

. https://carlospistelli.wordpress.com/2013/01/22/roca/ .

1.ASCENSO.

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   Políticamente hablando, el “Príncipe” del Sur, como pudo llamarlo Maquiavelo, es la máxima expresión de la historia política argentina. Era un “zorro” de veras, tan astuto como agresivo, cual puma, cuando los tiempos urgieran. Su llegada al poder es la mayor demostración de la creatividad y el genio de un dirigente político en nuestra historia. Su poder posterior radicaba en la fuerza del aparato militar, que controlaba, y su capacidad para dejar decir sin emitir una sola palabra. O mejor aún, “la media palabra”. Pero su ascenso es obra de una capacidad innata para llegar como sea, y a costa de lo que sea, sin pararse en medios.

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  Sus próximos amigos, los auspiciantes de su candidatura, ni el propio Miguel Juárez Celman, su concuñado, le entendían el juego. Era un jugador del trance a troche y moche, llevándolo a límites inimaginables. En 1875 contaba con tres provincias (las de Cuyo) que le responden, porque dueño del ejército de línea regional, hacía lo que quería. Adolfo Alsina descubre el juego de su subalterno, y comprende que ése es el adversario verdadero de su ambición personal, la de alcanzar la presidencia. Intenta moverle el suelo, pero a Roca lo salvaron dos situaciones: El Presidente de la República, tucumano como él, y que quería desprenderse de Alsina; y la oposición interna a don Adolfo, que buscaba tender líneas al interior para desestabilizarlo. Para 1877, Córdoba cae bajo su influencia. Ya era árbitro de las próximas presidenciales.

  La muerte de Alsina le habilita las posibilidades.

  No hay partido ni partidarios, ni siquiera amigos. Sólo instrumentos. Si en Mendoza se recuesta en los federales sobrevivientes − “tengo mis ribetes de federal” dirá − no tiene empacho en dar declaraciones unitarias. Juárez Celman quiere dar una asonada propia en Santiago, y Roca lo critica duramente. No. Ningún gobernante. Ningún legislador. Ningún cargo público podría ocuparse sin su venia. La lealtad al único. “Qué somos”, le pregunta un allegado, desconcertado de tales procederes.

  Para 1878 ya era número puesto dada la Conciliación. Porque los autonomistas del interior, descolocados, lo prefieren, a sentarse a reverenciar a los mitristas. La oportunidad se presentaba plausible, y no la iba a dejar pasar, ducho en un juego que conocía como ninguno. Les empieza a decir a cada uno de los actores lo que querían escuchar, sin importar que lo que le decía uno, contrariaba al siguiente.

  Todos cayeron en la red. Sarmiento, Tejedor, Del Valle, Pellegrini, Dardo Rocha, Iriondo, Bernardo de Irigoyen, Antonino Cambaceres, Eduardo Wilde, el propio presidente de 1862. No entendían como hacia ese enano de cabellera rubia para tenerlos a todos atados en una telaraña donde se los comía crudos. Sin estudios ni formación académica, ni haber pisado Buenos Aires; Apenas con un generalato a los 31 años. Pero de generales ambiciosos es pródiga la Argentina. ¿Por qué éste era tan distinto?

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  Básicamente porque era un genio. Sus cartas en los años que van del ’77 al ’80 revelan a un tipo formado en “la escuela de la calle”. Conocedor de las debilidades humanas, del Hombre en sí, conocía que tecla tocar para seducir a propios y a extraños. Era un seductor morboso que violaba a su interlocutor sin que éste se diera cuenta. Y para cuando lo adivinaran, ya era tarde. No había con que darle, al provinciano con vicios unitarios.

  Napoleón de tez blanca, le decían para burlarse. Tiene 35 años cuando pisa por primera vez Buenos Aires. Una enfermedad que lo tuvo al borde de la muerte lo aleja de la escena política seis meses. Parece que robusteció su ya de por sí fortaleza. Todos los tercos, todos los orgullosos, todos los pedantes, todos los caudillismos populacheros, chocaron contra su impresionante genio para hacer política. Nunca un exabrupto, un gesto de más, un paso en falso. La verdad que envidiable. Y si algo le fallara, una asonada militar que pusiera las cosas en su lugar. Era el prototipo de una síntesis de por sí encomiable, “el caudillo unitario”: un Urquiza con menos vanidad, un Rivadavia con habilidad política, y un Rosas sin patriotismo. Una especie de general Paz con mayor talento, indudablemente.

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  Un dato no menor del temple zorrino, es que era un gran lector. Los que lo visitaban en sus tiendas de campaña, siempre se lo encontraban con buena lectura a mano. Roca se revelaría, ante esos arrogantes que entendían verse con un militarucho más, con una educación intelectual de quilates, en ese ambiente de destacados pensadores

            Batalló para llegar donde llegó. Todos lo detestaban en el Puerto: Tejedor y su provincia; El presidente de 1862 y los liberales; Del Valle y los republicanos; Alem y su gente. Pensó en no capitalizar Buenos Aires para calmar los ánimos y hacerlo mejor en Rosario. Pero para el régimen y su suerte, era ahora o nunca. Y fue ahora, y contra todo aquel que se interpusiera. Contó para ellos con Dardo Rocha, Carlos Pellegrini y Miguel Juárez Celman (los tres corriendo el tiempo se indispondrían con él). Y con unos cuantos más. Entre ellos, un tal Hipólito Yrigoyen.

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2.El “timonel”.

Roca viejo

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Gabinete de Gobierno:

  • Interior:   Antonio Del Viso, ex gobernador cordobés, uno de sus puntales.
  • Cancillería: don Bernardo de Irigoyen, el “estadista” de esa época.
  • Guerra:   General Benjamín Victorica, de papel deslucido, reemplazado por Pellegrini.
  • Hacienda:    Santiago Cortínez, reemplazado por dos “proteccionistas”, Primero Juan José Romero, y más luego Victorino De La Plaza.
  • Justicia:     Manuel D. Pizarro,  suplantado con el genial Eduardo Wilde. e instrucción Pública,

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Las bases del Roquismo.

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            “Les traigo paz, les traigo amor”, decía el señor Berns en Los Simpsons. Roca, más político, traerá “Paz y administración”. Y mejor seductor, sabrá decirles a sus ministros haber armado un gabinete con “cinco presidentes y un timonel”, por él mismo. La situación política le pertenece y será el jefe único, aunque de Unicato se hablará después. Como en Buenos Aires el encono a los díscolos se les pasó rápido, ya no tuvo que temer. Sentó las bases del Régimen y su época. Complementó la planificación de Alberdi, Urquiza, y Sarmiento. A tal punto que el último de ellos empieza a preguntarse si su lucha política no hubiese sido errónea.

   El presidente Roca abusó de una ética licenciosa y una política de entreguismo insana. El Imperio Británico y otras potencias administran, y regulan, los recursos naturales y energéticos como los elementos mecánicos que harán el progreso nacional. Era la lógica mundial propuesta por la segunda revolución industrial y la nueva división internacional del trabajo. “Somos lo que se llama una economía subsidiaria”, comenta Fermín Chávez: “la provincia granja de un imperio”. Argentina debía reinsertarse en el mundo nuevo y ésa era la única manera, comulgaban erróneamente Roca y sus gentes. “Al sistema económico de nueva colonia en marcha”, expresa Gabriel del Mazo en su primer tomo de “Historia del Radicalismo”, “el régimen añadió la permanente simulación representativa y el Unicato central y centralizante, así como en el ámbito moral infundió el desorden propio de su in-autenticidad y de su filosofía material y escéptica”.

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   “Creo yo también que, por fin tenemos gobierno dotado de todos los instrumentos necesarios para conservar el orden y la paz”, se defiende Roca en sus escritos. Pero eran falsos esos “instrumentos necesarios” pues “la tranquilidad, el orden y la paz” no la dan el aparato burocrático político, administrativo y militar. Ni las dádivas ni la corrupción ni la ficción de comicios fraudulentos. Ni tampoco los ferrocarriles, el petróleo, los bienes nacionales manejados por capitales foráneos. Como dijera el filósofo Saddam Hussein, “Los pueblos con la panza llena no realizan revoluciones”. Y los argentinos nos hemos cansado de derramar sangre para que se cumplan nuestros derechos vulnerados. “Donde haya una necesidad haya un derecho”, dijo Eva con razón y pasión. Una y otra vez volvimos a revolucionar para reconquistar lo perdido. Así que, señor Roca, usted y los muchos como usted, están errados. Y comprados, que es peor.

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Política y obra gubernamental.

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      Conocedor de la importancia del poder militar, el Presidente disciplinó las FF. AA. con el clásico “subordinación y valor” para con el orden constituido. “El ejército es como un león encerrado en una jaula que debe ser liberado sólo para librar batalla”, sostiene Pellegrini parafraseando a San Martín. Con eso se opone al típico gesto de los de su clase de golpear la puerta de los cuarteles. Los militares servirían a los intereses de la Nación y no a la de unos cuantos particulares corrompidos. ¿Sucedería eso, realmente?

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   Roca trató con indiferencia, rechazo y enfrentamiento a la Iglesia en Argentina. Tanto, que rompió con Roma. El problema se desató por la cuestión educativa, “cuestión de dominación”, según un diputado roquista. La Iglesia sintió que le mojaban la oreja, y pasó al contraataque para impedir la sanción de la ley 1420. Nombró como generales a José María Estrada y Pedro Goyena, que eran antiguos republicanos, y a Nicolás Avellaneda. Si hasta el propio ministro de instrucción pública de Roca, Manuel Dídimo Pizarro, se ve obligado a renunciar. Sarmiento, en tanto, tan anti-roquista, defiende la ley.

La ley 1420 de enseñanza laica sanciona la opción de enseñar religión en las escuelas públicas. (Los curas querían la obligatoriedad) Y la obligatoriedad de los niños de 6 a 14 años a que se eduquen, y de manera gratuita. Que venía a coincidir con el planteo eterno de don Domingo.

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    Fue la gran (y única) ley popular del gobierno Roca. De la cual muchos le están agradecidos. Del 85% de analfabetos a principios de su gobierno, se llega al 14% ya en tiempos de Yrigoyen. En cuanto a la Iglesia, actuó con prontitud y delicadeza. Expulsó del país a algunos vicarios díscolos de Córdoba, y a Estrada de su cátedra de Derecho Constitucional, y rompió con el Vaticano. Esos lujos, sólo podía dárselos él. El ambiente positivista y la crisis de conciencia cívica le habían jugado a favor.

   A diferencia de sus antecesores, qua ya vestían ropaje de próceres, tenía cierto sentido de la realidad y no se dejaba ilusionar con ficciones. Cuando lo critican porque las elecciones son una fábula, les contestará desde algún mensaje presidencial, “Las elecciones en mi mandato se han realizado con no menos libertad ni garantías que en las administraciones de los ilustres argentinos que me han precedido”. Pero en sus tiempos las cosas llegaron al colmo.

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    Bernardo de Irigoyen, de campaña política, es agredido por órdenes del comandante Daza, gobernador catamarqueño. Roca exulta: “Ni los beduinos tratan así a sus enemigos, a quiénes suelen tratar con hospitalidad”. ¡¡He ahí la media palabra que les decía!! No hace falta explicar que Daza comprendió. En las elecciones presidenciales de 1886, el gobernador se jacta: “Hubo 30 muertos y 80 heridos, pero los corrimos de los atrios y la elección es nuestra”. Así se votaba en Argentina.

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Situación económica.

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    El Roca que asume en 1880 es despreciado por la oligarquía porteña que se reúne en el club Progreso. Los intereses británicos no confían en el provinciano. Hubieran preferido un mitrista de pura cepa. Con esos datos empieza a gobernar.

   Roca consigue el sueño provinciano: Municipaliza Buenos Aires y nacionaliza la aduana. Por primera en décadas de historia, el presupuesto nacional supera el de la Provincia. Aunque la guerra del ’80 ha dejado endeudado el país, todavía el superávit de la balanza comercial le da un changüí para manejarse. Para suplir a los ingleses, corrige la dependencia, permitiendo inversiones francesas, alemanas y belgas. Si intentó una tenue propuesta industrializadora, no pudo ir más allá de la propuesta. Los frentes de batalla abiertos eran demasiados, y en algunos tenía que tranzar. Para 1883 las importaciones superan las exportaciones, y para ganarse la buena voluntad del mitrismo, debió transar con el Patriarca Liberal. A partir de allí, la decadencia del proyecto roquista, y la sumisión.

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Gobierno Nacional/ Deuda Externa al finalizar su período

 

1862-1868/25 millones de pesos.

Sarmiento 1868-1874/70 millones de pesos.

Avellaneda 1874-1880/57 millones de pesos[1]

Roca 1884/122 millones de pesos

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    ¿Pudo Roca romper con el colonialismo económico iniciado desde Pavón? Norberto Galasso, enconado antimitrista, refiere que al menos lo intentó. Y trae el recuerdo de historiadores medidos que celebran al ‘zorro’. Pero la gran parte de la historiografía no comparte. Poniéndonos en el fiel de la balanza, tenemos que decir que a Roca le tocó constituir el Estado Nacional como a ninguno de los presidentes anteriores. Difícil tarea, pues. Debe crear la burocracia estatal y dotar de armamento e institucionalidad a los territorios nacionales robados a la indiada, para consolidar la República. Y no le queda otra que endeudarse con la amiga de siempre, para paliar las penurias que se amontonan.

   El presupuesto nacional de 1882 cierra en 27 millones de pesos para ser llevado a 44 en 1885. Pero los recursos no alcanzan a 24 ni a 37, respectivamente. El problema de las divisas es preocupante, y Juan José Romero aplica una reforma monetaria sin éxito.

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    Obligado por la tremenda crisis monetaria (que no le importa a la elite gobernante) y la emisión sin control de los gastos fiscales, Roca se ve obligado a renovar el gabinete. Sale Romero e ingresa Victorino De la Plaza, el proteccionista de 1876. De La Plaza era su amigo personal desde el Colegio de la Concepción y uno de los más conspicuos agentes británicos en el Plata. Con la venia presidencial, el ministro envía a Carlos Pellegrini a la metrópoli por excelencia, y el gringo consigue el llamado “arreglo” con su nombre. Endeudose el país por 42 millones para recibir 31; el enviado se hizo una fortuna personal con las comisiones recibidas, y al regresar a Buenos Aires, recibido en triunfo, asumió la cartera de guerra. Roca premiaba al puntal más importante de su carrera política[2].

  Sintetizando, su gobierno creó los territorios nacionales, el Banco Hipotecario, el Registro Civil, donó tierras patagónicas a quien quiera poblarla, Se depreda la región con la crianza de ovejas, dañinas de la flora, y se empiezan las obras del puerto porteño por el cual se irán cereales y ganados a la metrópoli: El flete del barco valía poco menos que la exportación mandada, como bien lo dice Vicente Fidel López…

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     Del Roca de 1880 que había llegado al gobierno enfrentando al Puerto, ni rastros. Hasta el Patriarca Liberal saludará su gobierno en 1885. “Hay dos hechos en mi vida pública que he consumado contra el voto y la voluntad de mi partido: la idea de la nacionalidad argentina y la guerra del Paraguay. Mi adhesión a la política presidencial en estos momentos será el tercer acto que lleve a cabo contra el voto de los disidentes”[3]. ¡Pavada de declaración se ha mandado el patriarca, comparando las dragonadas tras Pavón y la guerra de exterminio, con su apoyo a Roca! O, siempre exagerado por las mieles de su retórica, de la cual casi siempre terminaba ebrio, pedía un lugarcito en la compañía.

   Con la venia del patriarca, ídolo de la oligarquía colonial portuaria, y el “arreglo Pellegrini” con la metrópoli, Roca acabó con todas las esperanzas del ’80. El ‘provinciano nacionalista’, si le cabía la expresión, había terminado de defeccionar.

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            Era todo un virrey, y así lo entendieron los banqueros ingleses cuando lo recibieron en Londres al finalizar su primer gobierno. No lo nombraron Sir por su juventud. Había pegado en el palo, pobre don July.

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JA Roca

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[1] Sin contar la provincia de Buenos Aires, cuya deuda deberá hacerse cargo el país. [2] Tras ser fundamental en el arribo de Roca a la presidencia, Pellegrini fue dejado de lado. Rocha, gobernador desde 1881, lo hace elegir senador nacional, pensando atraer al Gringo a su estructura. “Fue un error –comenta Carlos D’Amico– porque Pellegrini abandonó a Rocha, y se fue con Roca”. [3] Rosa, José Ma. Historia Argentina, tomo VIII.   Editorial Oriente, Buenos Aires, 1979. Pág. 218.

3 comentarios

  1. Carlos Pistelli

    Juan Carlos Serqueiros:
    Lo voy a decir en el lenguaje del rioba: si yo hubiera sido contemporáneo y amigo del Zorro; hubiéramos durado en esa última condición dos días contando anteayer. Sin embargo, estoy convencido de que está entre los tres mandatarios trascendentales de nuestro país: Rosas, Roca y Perón. Roca fue un extraordinario presidente, figura principalísima durante un cuarto de siglo de la política argentina y el constructor del Estado moderno.

  2. Marcelo La Rosa

    Creo que Roca fue uno de los políticos más hábiles que ha dado el país. Y su obra no es de menospreciar. Tenía gran criterio geopolítico, al firmar el acuerdo con Chile de considerar las altas cumbres como límite natural, Hizo fundar Usuahia y colocó las primeras bases militares en la antártida para poner freno a los avances de los Chilenos. El enfrentamiento con la iglesia no solo por la educación sino también por los registros civiles que le quitaban a la iglesia la potestad de controlar por medio de los libros de nacimiento casamiento y defunción. Fue un típico exponente de la masonería positivista de la época. Tal vez el primer presidente verdaderamente progresista.

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