Carlos Pistelli

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ROCA, centenario de su fallecimiento, Bolilla II.

Roca-Alem

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   Se nos ha llamado radicales intransigentes, y aceptamos el mote con orgullo, Porque no vamos a transar con la ambición de los impacientes, ¡Y no hay quien pueda romper el espíritu de ser radical!. Roca se agarra la cabeza, se arranca los pocos pelos que le quedan, y debió echarle alguna que otra puteada a su concuñado. El Radicalismo ha irrumpido en la vida de la República. Ese partido, y ese líder, al cual Roca le profesaba odio visceral (que en don Leandro era recíproco).

3.Tensiones.

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La sucesión de la compañía.

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  Roca quería volver a ser Presidente y dejó en el cargo a su concuñado. Para que se lo cuide, no vaya a ser cosa…
   El candidato obligado a suceder a Roca era Dardo Rocha, el promotor en Buenos Aires de su candidatura presidencial en los albores del ‘80. Gobernador de Buenos Aires a partir de 1881, funda la ciudad de La Plata en 1882. Pero Rocha no comprendió lo que había pasado en 1880. Era ganándose a Roca que se llegaba a sucederlo, no auspiciando revoluciones, subsidiando diarios, y realizando banquetes extraordinarios. “No tenía el don del conocimiento de las gentes”, dice su sucesor, Carlos D’Amico, un gran dirigente político de la época que dejó unas memorias que describen muy bien el ambiente roquista. “Quiso hacer el papel de Roca quien no tenía sus talentos ni ponía esfuerzo para hacerlo”, y cayó en la telaraña devorado sin más.
  Miguel Juárez Celman, concuñado del General, venía de realizar una progresista gobernación en Córdoba, y a sus 42 años revestía en el Senado Nacional. Fue un tremendo error de Roca, que no pensó que su familiar y amigo de toda la vida, caería rendido a las sensualidades que tiene el poder.
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   Todo Buenos Aires se unirá contra la decisión. Bueno, no todos. La maquinaria del PAN no, pues la dominaba Pellegrini. Y hasta el Patriarca liberal, como ya vimos, se ha convencido de las buenas nuevas del Unicato. Es que el “burrito cordobés”, como se lo llamó a Juárez, era un despropósito para el porteño medio. Mitristas de fuste lo visitan en su casa cordobesa para una reunión con el Patriarca, pero Juárez, en un impulso pedante, le ofrece recibirlo en su casa, porque no era cuestión de un futuro presidente visitarlo. Hirió el orgullo del jefe liberal, quien se pasó, tibiamente, a la oposición.
   Don Bernardo de Irigoyen, canciller roquista, creyó en ciertas palabras del Presidente y se lanzó a la arena electoral. Alem levanta su candidatura. Irigoyen recorre el país, recibiendo cierto reconocimiento popular. Pero ya Alem lo abandona porque el candidato “recula”. “Un candidato debe ser popular, nunca presidencial”, le espeta. Don Bernardo creyó en las medias palabras de Roca, pero dolido con él, abandonó el PAN.

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  Una constelación de despechados, entonces, decidió pelearle la presidencia al provinciano general y a su concuñado: Sarmiento; don Bernardo; clericales dolidos con la Ley 1420; el diario La Nación y su dueño; D’Amico, gobernador de la provincia de Buenos Aires desde 1884; y algunos pocos más. Fueron barridos a votos y cocidos a tiros.
  El nuevo binomio presidencial lo completa el “gringo” Pellegrini, el único porteño que calzaba los mismos zapatos que el ‘zorro’. El primer gabinete lo componen Eduardo Wilde en el ministerio del interior; el mitrista Norberto Quirno Costa en relaciones Exteriores; Wenselao Pacheco en hacienda; Filemón Posse en justicia e instrucción pública; y el general entrerriano Eduardo Racedo en guerra y marina.

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    Pero Juárez Celman, al que no le faltaban talentos, pecó de ingrato hacia su familiar y amigo, y se dejó arrastrar hacia un final abrupto, producto de un desorden absoluto en la conducción del barco que Roca le dejó. No resistió las tentaciones del poder. Una corte de jóvenes lo aduló hasta el paroxismo. Era la oportunidad para hacerse un lugar en la sociedad porteña y no querían desaprovecharla. Figuras luego señeras que podríamos recordar: el rosarino Estanislao Zeballos, el cordobés Ramón Cárcano (su niño mimado), Lucas Ayarragaray, Benito Villanueva, José Nicolás Matienzo, Juan Balestra, el francés Paul Groussac, gran historiador; otro coterráneo, José Figueroa Alcorta, el catamarqueño Ramón Castillo, Osvaldo Magnasco, Roque Sáenz Peña, el riojano Joaquín V. González, y entre los jóvenes mitristas, Norberto Quirno Costa, José Antonio Terry, Luis Drago, etc. Sus reuniones las presidía Lucio Mansilla y el propio general López Jordán, vuelto de su largo exilio, participó de algunas de ellas. Se llamaron incondicionales del Presidente y portaban “faroles” en sus manifestaciones políticas, encabezadas con su retrato.
  Los hijos de la oligarquía vacuna que estudiaban en las Universidades creyeron que podían deshacerse de Roca llenando cargos públicos y despreciando al resto de las agrupaciones partidarias, ficciones como tales. Funcionaron como el grupo Sushi que rodeó al malogrado De la Rúa, y sin el tino de “la Cámpora”: Tal vez porque los lideraba alguien que no los podía conducir. Si Juárez hubiera sido Cristina, otra hubiera sido la historia. Pero don Miguel era un “chupete bárbaro”.

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   Así los tanto, se fue a una Revolución, donde el alma porteña, de la mano de Alem, pareció renacer. Roca, duchísimo para los enjuagues, acordó con el jefe militar de la Revolución, gral Campos, mitrista, alguna cosa, y volcó las cosas contra Juárez de la mano de Pellegrini y el gral. Levalle, jefes de la represión. Ha sido una providencia y fortuna grande para la República que no haya triunfado la revolución, ni quedado victorioso Juárez. Yo vi claro esta solución desde el primer instante del movimiento y me puse a trabajar en ese sentido. El éxito más completo coronó mis esfuerzos y todo el país aplaudió el resultado, aunque no todo el mundo haya reconocido y visto al autor principal de la obra”, escribió Roca en aquella oportunidad.

https://carlospistelli.wordpress.com/2014/06/26/se-rompe-la-union-civica/

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Pellegrini, Presidente.

  Con Pellegrini en la presidencia, y él mismo en el ministerio del interior, Retrato de Carlos PellegriniRoca creyó que seguía conduciendo el barco, aparentando que nada había pasado. Desde ese crucial Año 90, Roca comprendió que faltaba un jugador en el partido, y que apenas volviera de Europa debería dialogar con él, dándole la entidad necesaria, sin mansillarle el orgullo, y observando hasta donde podía domesticarlo. Mientras Pellegrini gobernaba el zafarrancho, y Alem alucinaba con deponerlo(s), el ministro de la cartera política esperó la venida del Hombre. Nada más ni nada menos, que él: Roca-MitreBartolomé Mitre.

   Aunque los cívicos habían levantado el gran binomio presidencial Mitre-Irigoyen (Bernardo) en su Convención de enero de 1891 en mi ciudad, el “Zorro” conoce las debilidades del viejo Bartolus, próximo a cumplir 70 años. No tenía dudas quel Patriarca Liberal quería volver a ser Presidente, y él, con sus barajas en la mano, podía convencerlo de una Unión “Patriótica” en aras de solucionar la crisis política del páis. Cuando Mitre bajó del barco, un aluvión popular lo recibió como nunca. No cabía, en esos momentos, un fraude como los de antaño para suplantar la voluntad popular (porteña), y Roca lo visitó en su casa, para concordar puntos en común. Era el acuerdo…

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… pero también la ruptura.

   Escudo UCRLos “alemnistas” rompen filas, y se abren del acuerdo, dejándolo en orsai. Alem sale de gira por la República, y los pueblos sintieron su momento. Era el último caudillesco federal, y de prevalecer mediante viejas patriadas. Mitre renunció a su candidatura, pues ya no era solución de nada, y Roca abandonó, temporalmente, la vida pública. La baraja cambiaba de manos, y caía en las de ese bigotón querible llamado Carlos Pellegrini.

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  El “gringo” tenía candidato: Su flor de amigo, don Roque Sáenz Peña. Con su muñeca política, y el firme respaldo del gdor bonaerense Julio Costa, el Presidente decidió jugar su juego. Conocía las debilidades de ese partido naciente, y en especial las de sus tres Grandes: Alem, romántico incurable, desordenado alucinador; Del Valle, romántico constitucional, un “sonso”; y el medroso Hipólito Yrigoyen, a quien cubrió de atenciones para hacerlo caer en la red. Pero creo que se olvidó de algo.

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   Se olvidó de Roca. El tucumano veraneaba en Mar del Plata, y cuando sintió que su colega político se la quería jugar, volvió de apuradas. Reuniose con Mitre, y dio en la desconcertante tecla para acabar con Roque (y Pellegrini), y los radicales (con Don Bernardo presidenciable): el padre del primero, el mejor amigo del segundo: don Luís. El hijo no quiso ir contra el padre, Irigoyen rompió la amistad de sesenta años, y por si las dudas Pellegrini condujo el proceso electoral como en el ’80: Con los radicales todos presos. Cánonicamente, Sáenz Peña-Jose Evaristo Uriburu se impusieron para el período 1892-1898.

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4.El regreso.

   https://carlospistelli.wordpress.com/2013/10/02/las-revoluciones-radicales-de-1893/

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    Duro atravesar fueron esos seis años donde Roca se la jugó por entero por un candidato que no reunía méritos mínimos para ocupar el cargo. Pero los radicales, desordenados, no atinaron a dar la puntada, y Roca volvió. Volvió para no irse más: 1898-1904

   El país vivía un momento crucial en su beligerante relación con Chile, y se necesitaba al frente al militar más importante al frente. Ése no era otro sino él. Otra sociedad, de la cual él templó, se avecinaba a finales del siglo XIX, principios del siglo XX. ¿Estaba Roca a la altura de ese nuevo momento? Roca ya no era el general provinciano que, heredero del urquicismo, se enfrentaba al Puerto, para compartir riquezas. Tampoco la Argentina era el país que lo llevó a su primera presidencia. 

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El censo de 1895.

             Cuatro millones de habitantes, cuenta ya el país. Dos millones trescientos mil viven en zonas rurales. Los extranjeros alcanzan ya la friolera cifra del 30% del total, que en la ciudad capital es más de la mitad de los seiscientos mil vecinos. El analfabetismo alcanzaba a la mitad de los mayores de seis años, lo que derivará en un debate educativo.

   Las principales ciudades:
Buenos Aires . . . . 660.000;
Rosario . . . . 90.000;
La Plata . . .  . 45.000;
Córdoba . . . . 40.000;
San Miguel de Tuc . 34.000.
Las provincias más pobladas:
Buenos Aires . . . . 900.000;
Santa Fe. . . . 400.000;
Córdoba . . . . 350.000;
Entre Ríos . . . . 300.000.
   Queda claro quel aluvión inmigratorio fue hacia las provincias del litoral (Corrientes les sigue con doscientos cuarenta mil) Las provincias mediterráneas, sacando Córdoba, han quedado postradas del “avance y progreso” que el Régimen nos consiguió.

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La cuestión social.

             De los cuatro millones de habitantes, poco más de un millón son inmigrantes. Del resto, la mitad no sabe leer ni escribir. Un millón setecientos mil reside en ciudades. No se vive bien. Se reside en sucios conventillos de pequeñas habitaciones con demasiada gente dentro. Roca encarga una investigación profunda de la situación. Los resultados son desalentadores: Las luchas por las reivindicaciones sociales se tenían que dar de una buena vez. Los obreros se organizan y los peones de campo, aunque más tarde, también. Los primeros sindicatos y la búsqueda de una Central obrera dividen los ánimos.

   Repercute en Argentina la división de la II Internacional Socialista. Anarquistas como Bakunin, liderados en la Argentina por el célebre Pietro Gori, se aglutinan en la Federación Obrera Argentina (FOA), luego FORA. Los “socialistas científicos”, moderados, forman filas en el Partido Socialista, escriben en La Vanguardia, y se afilian a la Unión Obrera Argentina (en 1903) Entran en ella Juan B Justo, Nicolás Repetto, José Ingenieros, Alfredo Palacios. Las ocho horas y una adecuada remuneración, son las banderas. Si aquellos se fortalecieron en las Huelgas, estos lo harán entrando al sistema que el régimen les proponía.  La violencia, como método defensivo de las sindicales anarquistas, provoca escozor en los hombres de pro. En 1899, el “modernista” Miguel Cané había propuesto una ley que Roca firma como tal en 1902: “de Residencia”. El extranjero que comprometiese la seguridad nacional o se rebelase al orden público sería expulsado del país. Se los invitaba a venir, se los empobrecía, y se los echaba si se quejaban.

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No por ello se amilanarían. Eran los tiempos del despertar del fútbol, de los bailongos milongueros y tangueros. El país se volvía Nación y, vaya cosa, fuera del sistema de Roca y los suyos.

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Roca, segundo turno.

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            La posibilidad de guerra unió al régimen y sus personeros, tras los agrios despertares ocasionados por los radicales. La situación política calmaba, y se tornaba posible una elección tranquila en 1898. ¿Pero quién sería el candidato oficial? Uriburu oficiaba de títere de turno. Una enfermedad, encima, ha obligado al salteño a delegar funciones en el presidente provisional del Senado el hacerse cargo del Gobierno: Era nada menos que el mismo “Zorro”. Y Roca quería volver a ser Presidente: Haciendo lo que se puede cuando lo que se quiere.

   Frase que recibirá una tremenda contestación de Alem: Nunca he participado de la idea que en política se hace lo que se quiere cuando no lo que se puede. Para mí hay una tercera fórmula, que es la verdadera: En política, como en todos los aspectos de la vida, se hace lo que se debe. Y cuando lo que se puede hacer es malo, no se hace nada. Tremenda reflexión de un Caudillo apostólico más que de un líder político que necesita enjuagues y tejes y manejes para hacerse valer. Pero Alem había marcado un camino del cual ya no tenía fuerzas para seguir.

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   Roca iba a volver a ser Presidente. La vejez de Mitre, la enfermedad de Pellegrini, la disolución de la oposición, todos jugaron a su favor. Y él, gran jugador si los hubo, no desaprovecharía la ocasión. Roca iba a convertirse en el primer presidente reelecto en Argentina. Aunque les doliera el orgullo a algunas eminentes leyendas, con vida, de la República.

   El primer gabinete de Roca, lo integraron Felipe Yofré, amigo suyo, en interior; Amancio Alcorta que siguió en la Cancillería; José María Rosa, fundador y presidente del Banco Nación, en Hacienda; Osvaldo Magnasco[1], quien criticara años atrás la concesión ferroviaria, en instrucción pública; Emilio Fres, mitrista, en agricultura; Emilio Civit, ingeniero y gobernador de Mendoza en los años ’90, en Obras Públicas; Luís M. Campos, mitrista, en guerra; y el comodoro Martín Rivadavia en marina. Con la reforma constitucional del ’98, en adelante, ocho ministros ocuparían el gobierno.
  El primer paso fue ocuparse de la relación con Chile: Con los Pactos de Mayo, con la venia británica y la oposición “progresista” porteña, logró la paz. Y faltaba solucionar el eterno zafarrancho de la Deuda Externa. Pellegrini, como “su agente financiero”, y Ernesto Tornsquist, en su gabinete. La economía se había equilibrado tras años de crisis. Con la Ley de Conversión, se asimiló el peso a 0,44oro. La Argentina entró en una curva de crecimiento hasta 1929. La ley establecía la creación de una Caja de Conversión que emitiría moneda nacional, asegurando el equilibrio monetario tras varias décadas de despilfarro. Rosa y Ernesto Tornsquist fueron los líderes de la idea. Este último, vinculado a la Baring estrechamente, nos demuestra que la mencionada prosperidad era para unos pocos.
  Roca salió airoso los primeros tres años de Gobierno, cuando un imprevisto sacudió la modorra del “régimen”: Pellegrini armó rancho aparte, rompiendo con el Zorro. Veintiún años juntos, se fueron a pique.
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La salida.

     Sin Pellegrini, Roca se dio a la difícil tarea de encontrar un socio a su altura para seguir “rosqueando”. Encima, ese mismo año, Mitre dio las hurras y se fue a la casa, y su hijo y heredero (Emilio) se definió como enconado antirroquista. La energía de los buenos tiempos, con Pellegrini siempre al lado, y Mitre para asociarse, parecía agotada. Encima, caudillescos provinciales le presentaban objeciones, y el viejo zorro las vio negras. Marcelino Ugarte, gobernador bonaerense, voceó su candidatura presidencial, cuando todavía ni se había acomodado en el cargo. Todo 1903 se discutió quién lo sucedería. Roca tenía candidato, el hermano de su viejo impulsor, Marco Avellaneda. Pero no lo pudo imponer como en viejas épocas. Le quedaba Felipe Yofre, su amigo personal, o el general Riccieri, ministro de guerra, reformulador de las FF.AA. Pero Ugarte, Pellegrini y Emilio Mitre, le movieron el suelo, y lo obligaron a elegir a un viejo que siempre le despreció: Manuel Quintana. Con el viejo liberal en la presidencia, y la certeza que haría un desastre, pensaba que volvería en 1910, para presidir el Centenario. A Quintana, porteño, lo hizo acompañar por un referente del interior, como era norma de la época: José Figueroa Alcorta. Creo que nunca pensó, nadie creería, de los quilates del vicepresidente que acababa de elegir:
Quintana-Figueroa
Quintana-Figueroa (1904-1910)
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   Roca, como siempre, se fue al recato un tiempo. Veraneaba en Córdoba en febrero de 1905, cuando una sublevación revolucionaria casi lo pesca a él, como sí lo consiguió con su hijo (Julito) y el propio vicepresidente. Estaba surgiendo, el Yrigoyenismo.

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JA Roca

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[1] Reiterando al Alberdi de las Bases, Magnasco creía que nuestro país necesitaba más egresados de las escuelas de Ciencias Exactas que de las Ciencias Sociales. Criticado duramente por el mitrismo desde las páginas de La Nación, el ministro devolvió dardos punzantes. Era el año del “jubileo” del patriarca liberal, y Magnasco se olvidó de dar declaraciones favorables. Entonces se expresó irónicamente, como era su estilo, honrando al Divus Bartolus. Roca le soltó la mano cuando arreciaron las críticas, y el joven y promisorio político, se retiró al recato de la vida privada.

 

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    1. III- ROCA, finalización de mi “tesis”. | ¿VALE LA PENA SER ARGENTINO?

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