Carlos Pistelli

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DE LA TORRE, hacia los cien años del PDP.-

delatorre  Don Lisandro De La Torre, nunca pensó que formaría un partido democrático de cien años de existencia en la República, con los vaivenes propios de nuestra vida política. Rabioso rosarino perteneciente a una elite social con la cual rompe en la década del ’30, en su vejez se convirtió en “El Fiscal de la Patria”; La muchachada llenaba las gradas del Senado para oírle hablar, como si fuera una cancha. De viejo le llegó su encuentro popular, pero las desiluciones vividas lo transportaron a un sitial depresivo, hasta acabar con su vida un 5 de enero de 1939.

 

Niñez y juventud de don Lisandro.

   De La Torre fue hijo de Lisandro Latorre, un oficial que Urquiza estuvo a punto de fusilar por marcar con faroles la posición del ejército confederal frente al enemigo. Nacido en la actual calle Córdoba de Rosario, en la altura del 1100, (una placa recuerda el episodio), el 6 de diciembre de 1868. Cursa sus primeros estudios en el famoso Colegio Nacional que manda fundar Sarmiento, y comparte aulas con otro condottierri de la política, don Marcelo Alvear. Se recibe de abogado en Buenos Aires, cuya tesis final es “Autonomía Municipal”. Desde jovencito jodiendo con el tema. Reviste en la naciente Juventud Cívica que sigue a Leandro Alem, aunque él reconocía como maestro a don Aristóbulo Del Valle, otro tribuno popular del carajo. Participa de los distintos movimientos armados organizados por el Radicalismo, forja amistad duradera con un militar también llamado a grandes cosas en el futuro, y empiezan sus conflictos personales con el sobrino de Alem. En el levantamiento radical de 1893, De La Torre tiene activa participación en Rosario, pero la derrota del movimiento lo llama a sosiego. Se habían terminado los tiempos de empuñar armas revolucionarias para el joven rosarino.

  En 1894, Del Valle le encarga la dirección, o su auxilio, del diario radical. Desde las páginas del periódico, De la Torre inicia una carrera que pone a prueba su talento. Con Alem preso, muchos radicales se llaman a silencio, menos “el compadrito” de Buenos Aires. Los yrigoyenistas ganan la elección a Gobernador, pero como Yrigoyen no quiere acordar en los colegios electorales, las componendas mitristas-pellegrinistas pusieron en el cargo a don Guillermo Udaondo, que realizó una brillante gestión.

  A nivel nacional, el desgobierno de Luis Sáenz Peña produce el regreso a la presidencia de Roca por intermedio de un ‘personero’, y la trinidad gobernante (el ‘zorro’, Pellegrini, Mitre), manda en el país. Del Valle, Alem detrás, propone llevar acabo una política acuerdista con sectores cívicos (liberales no mitristas) para la próxima elección presidencial. Pero la misma sostiene una oposición encendida del grupo bonaerense que acaudillaba Hipólito. De La Torre no entiende el conflicto: Se lo transmite a Del Valle, quien elude olímpicamente el tema, “Son cosas de familia, Yo estoy retirado de la política activa”: Entonces va directo al grano. Le pide permiso a Alem, quien se la concede con una sonrisa socarrona, y marcha a entrevistar a Yrigoyen. Quien aunque da largas al asunto, finalmente accede a una entrevista cumbre con su tío.

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  La misma fracasó por todos los impedimentos habidos y por haber dispuestos por el sobrino. De La Torre rompió estruendosamente su intento, acusando a Yrigoyen de cosas, que con el tiempo dará a publicidad.

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Filo, contrafilo, y punta.

  Yrigoyen.Delatorre   La posible guerra con Chile, la enfermedad crónica de Pellegrini, y con el as bajo la manga, ponen nuevamente a Roca camino a una futura presidencia. Para colmo, en enero de 1896 muere súbitamente el candidato que podía hacerle sombra a su candidatura: Un síncope se lleva a don Aristóbulo: Lo llora todo Buenos Aires, Pellegrini y Alem inclusive. En marzo del mismo año, los radicales pierden en elecciones limpias sus baluartes de Capital y Provincia. El 1º de Julio, Leandro Alem pone punto final a su vida. Sus dos maestros se han ido en poco tiempo, y quien hereda el liderazgo partidario es don Bernardo de Irigoyen. El estadista de la República, pero ya sin sus viejos bríos para conducir un partido, partido en dos.

  Del Valle vuelve a levantar la idea de Alem, y Del Valle, contando con la colaboración de los jóvenes que acompañaron a sus maestros. Don Bernado da la venia, y hasta Vicente Fidel López y Mitre se ligan en “la patriada”, junto a Roque Sáenz Peña. Pellegrini se burla del plan lanzado. Paralelas es intención de juntarse para nunca hacerlo. La decisión es llevada al Comité Nacional, y entonces, lo inadmisible: La cerrada negativa del Comité Provincia en acordar con el mitrismo. De La Torre exulta de furia, pero el acuerdo triunfa en el seno partidario, por amplio margen. Inmutable, el Comité Provincia se disuelve para no participar de la componenda. De La Torre se exalta hasta el paroxismo:

El Partido Radical ha tenido en su seno una actitud hostil y perturbadora, la del señor Yrigoyen, influencia oculta y perseverante que ha operado por lo mismo antes y después de la muerte del Doctor Alem, que destruye en estos instantes la gran política de la coalición, anteponiendo a los intereses del país y los intereses del partido, sentimientos pequeños e inconfesables. Describe con maestría todos los episodios en donde Hipólito confluyó contra el Partido, y termina renunciando a la UCR: Merecemos a Roca.

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  Con su renuncia al Radicalismo, De La Torre se vuelve a Rosario. Pero antes de volverse, le llega una carta que lo sorprende: Yrigoyen lo reta a duelo. No debe dejarle pasar esas palabras al voleo, en donde lo culpa del suicidio del tío.

  Yrigoyen le da a elegir las armas, y De La Torre, esmerado esgrimista, elige a sus anchas. Alvear, el viejo condiscípulo, le da unas lecciones a su rival,  que en poco menos que nada se prepara. Y le da una paliza histórica, cortándole la cara, haciendo abuso de su porte física. De La Torre usará barba el resto de su vida para ocultar la vergüenza, Yrigoyen un fino bigote, porque algún ‘sablazo’ se comió también.

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 Despechado, herido en su orgullo y honor, De La Torre se retira a Rosario. Guardará hacia Hipólito un hondo rencor que ni en los años más necesarios para la Democracia, sabrá paliar.

Doctor-Lisandro-de-la-Torre-en-1890

continuará…

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