Carlos Pistelli

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6 de diciembre de 1842: Arroyo Grande, Prolegómenos.

   La batalla de Arroyo Grande debió ser el fin de una larga guerra conocida en el ‘paisito’ como la Guerra Grande. Y sin embargo, fue el comienzo de una nueva fase donde la cola inglesa metiose de lleno. Aquí, un recordatorio previo a la gran Batalla:

Rivera y Oribe

Rivera y Oribe

. Inglaterra mete la cola.

    Alrededor del 1840, Inglaterra vive cambios políticos. En el gobierno manda el ‘whig’ Melbourne, en donde Palmerston es su canciller. La juventud de los antiguos torys pasa a llamarse conservadora. Los ‘conservadores’ han encontrado un líder de valía, Robert Peel, en donde se encuadra Jorge Hamilton, conde de Aberdeen. Y en junio de 1841 le ganan al gobierno las elecciones, formando gabinete: Peel es primer ministro, Hamilton-Aberdeen, canciller. Han cambiado los tantos ingleses.

Aberdeen.

Aberdeen.

                A la política de Palmerston, de imperialismo económico, le suplanta una política más agresiva y beligerante: En 1840-41 se produce la ‘guerra del opio’ en China, en donde el Emperador se ve obligado a rendirse a las exigencias británicas. El mar pertenece a los ingleses, y la navegación moderna a los buques de vapor fabricados por ellos mismos. Ha sonado la hora de “la libre navegación”. ¿Y si le ganamos a China, qué nos puede oponer el gringo andrajoso del Sud?

 .

    Hay que imponer en el mundo, quien manda. Y que en todos los ríos deben navegar vapores ingleses. Nosotros, británicos, somos garantes de «la independencia oriental», y ‘mediaremos’ en el conflicto por el bien de todos. Si alguien supone afectar al gobierno soberano colorado de Montevideo, se las verá con nosotros.

                Era una velada amenaza a Rosas, creyendo que don Juan Manuel se agacharía, como se agacharon todos. El tema es porqué no se agachó.

 .

Mandeville.

                Era cónsul de Buenos Aires Juan Enrique Mandeville[1], de cordiales relaciones con el Restaurador. Mandeville, a su vez tenía relaciones particulares con la gente de Montevideo, y negociaba, aún en las barbas de Rosas, el apoyo inglés contra las justas reclamaciones de Oribe. Un inglés hecho y derecho.

      En el mes de junio de ese 1842 llegan las nuevas instrucciones al cónsul. Por las mismas Aberdeen le informa a Mandeville que han cambiado los tantos, y que hay que respetar al gobierno de Montevideo (Rivera) o podría imponer al gobierno de Su Majestad el deber de recurrir al empleo de otras medidas[2]. Los franceses se acoplaron a la idea, enviando a otro “mediador”, el barón de Lurde.

 .

Teatralidad de Rosas.

             “Como amigo y diplomático”, Mandeville intenta disuadir a Rosas de sus molestias a Londres, por su doble juego en el Plata.  “Medite bien la propuesta que se le presenta, podría ser fatal para su gobierno y ud. mismo”. Rosas, pensativo ante las palabras del ‘amigo’, contestó:

    Mi partido se compone de gentes capaces de llevar armas; una guerrera y poderosa raza. No hay aristocracia en este país donde pueda apoyarse un gobierno: la opinión pública y las masas gobiernan. Ellas quieren la guerra contra la Banda Oriental, y si yo no la hiciera, estaría perdido (…) Cualquier cosa que me pasara a mí, no se podría responder por la vida de un solo extranjero en esta tierra. Sé perfectamente mi posición, y debe aconserjarle a lord Aberdeen que es él quien debe meditar bien las consecuencias de una política de intervención. Sé perfectamente que Gran Bretaña sola, y más Gran Bretaña unida a Francia podrán apoderarse de Buenos Aires con sus buques y tropas. ¿Y entonces, qué? Las guerrillas circundarían la ciudad y bien pronto los obligaríamos a ustedes a rendirse por hambre. Lo repito: ningún extranjero, pese a mis deseos, tendría asegurada la vida en esta provincia.”

 .

               Mudo quedó Mandeville de las palabras del Gobernador de la Provincia de Buenos Aires. Estamos en junio de 1841.

   Setenta mil almas contaba Buenos Aires según el padrón actualizado en 1840. 23mil de ellos eran extranjeros, predominantes los ingleses (16mil) De ahí que la amenaza surtiera efecto en el atribulado ánimo del diplomático.

 .

Óscar al mejor actor.

  

Don Juan Manuel

Don Juan Manuel

          Mandeville cruza el charco y recibe a Lurde en Montevideo en los primeros días de agosto. El ‘canciller’ riverista, Vidal, les pidió “ayuda por favor”. Enterado de sus movimientos por su extraordinaria red de espías, Rosas le concedió una nueva audiencia el 12 de agosto, por la tarde.

    ¡Mueran los ingleses!, oyó Mandeville en el fuerte de Buenos Aires, atragantándose con el te. ¿Qué es esto, yo no lo he ordenado?, expresó Rosas acercándose a la ventana de su despacho. “La plaza estaba decorada con banderas. Mandeville preguntó la causa, que al parecer Rosas y él ignoraban, y un edecán les informó que era por el aniversario de la Reconquista, (resaltado personal) “hasta entonces jamás festejado. “Yo no lo he ordenado”, repitió Rosas, agregando “es un acto espontáneo del pueblo” (resaltado mío) volviéndose a Mandeville le previno: “Hay una grande agitación en el pueblo, proveniente de su ida a Montevideo y haber concertado un tratado que significa a Rivera mucho más que una victoria. En el pensamiento del pueblo, Gran Bretaña se ha aliado con nuestros odiados enemigos, y todos los extranjeros, los ingleses tanto como los otros, se encontrarán en grande peligro se algo me pasara a mí[3].

 .

            Al retirarse el cónsul, Rosas pudo decirle a su edecán, “Dígale a los muchachos que ya se pueden ir… No, mejor no. Que se queden un rato más, pero sin hacer tanto bullicio’. Era un genio, contra esos gringos prepotentes.

.

[1] No confundir a Mandeville, con Juan Bautista Washington de Mendeville, cónsul francés en Buenos Aires hasta 1835, casado con Mariquita Sánchez en 1819. ¡Qué apellidos complicados vienen a tener estos tipos al final!

[2] Rosa, José Ma.  Historia Argentina, tomo V, Ediciones Oriente, Buenos Aires, páginas 24 y subsiguientes.

[3] Ídem, página 25. Pepe Rosa reconstruye la entrevista en virtud del informe que Mandeville hizo al Forreig Office, traducido por el historiador inglés Henry Ferns.

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