Carlos Pistelli

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IV-DE LA TORRE, Cien años del PDP.

“Tenía razón Hipólito, era un régimen falaz y descreído”.

  Llamado por sus correligionarios, don Lisandro llega a Buenos Aires esos días finales de Agosto de 1930. El olor a golpe es materia de debate y charla en toda la ciudad. Pero Lisandro se mantiene como equidistante. Si aborrece a Yrigoyen, tampoco quiere un golpe que termine con el camino constitucional del país. En una reunión partidaria se expresa de ese modo, y hay alguna que otra rechifla a sus palabras. En el Círculo de Armas y en el Jockey Club, lugares que De La Torre frecuentaba, se conspiraba abiertamente, y no pudo escapársele quiénes detrás del Golpe: Su viejo amigo, Félix Uriburu. José_Félix_Uriburu

  Con Uriburu se conocían de los años del Parque (1890) y Uriburu adhirió al PDP en sus inicios para terminar retirado de la vida política con el aluvión yrigoyenista, propenso a cuestionar las metodologías demagogas del “Peludo de Calle Brasil”. Cuando el golpe se produjo en aquel esquivo 6 de septiembre, Uriburu puede que tuviera dos planes políticos a nivel general: Establecer cambios estructurales de fondo en la organización del Estado y la cultura política del país; Y constituir una fuerza electoral que depositara en la Presidencia a De La Torre.

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Se inicia la “Década Infame”.

   Fue el periodista nacionalista José Luis Torres, vinculado al partido Bandera Blanca de los tucumanos Nougués quien definió a los años que van del 1930 al 1943, es decir, más de diez años, como posteriormente se la conoció.

 Los hombres claves de ese Golpe Revolucionario fueron Uriburu, figura querida, si se quiere, y el gral. Agustín P. Justo, figura no querida, y hasta odiada. El ministro de gobierno del primer momento fue don Matías Sánchez Sorondo, uno de los más brillantes opositores al Yrigoyenismo. Uriburu estableció su plan de gobierno desde un primer momento, no dando lugar a dudas, y tuvo una popularidad que hizo que Borges y Bioy Casares se burlaran de los afectos populares: Ha visto como cambian de Y-ri-go-yen a U-ri-bu-ru. La popularidad del General se consagró en la ciudad de Rosario, más precisamente en la cancha de Ñuls, en donde De La Torre le tendió la mano como viejo amigo.

Cancha de Ñuls

Cancha de Ñuls

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Cuenta José Ma. Rosa en un magistral libro entrevistado por Pablo Hernández:

“(…) Sólo puedo decirle que Uriburu con su ministro (Matías) Sánchez Sorondo había desmontado la Federación Nacional Democrática de conservadores, antipersonalistas y socialistas independientes para beneficiar, ingenuamente tal vez, la candidatura presidencial de de la Torre que sería sostenida por los demócratas progresistas; en Santa Fe y la Capital, y un nuevo partido nacional depurado de políticos del tipo Rodolfo Moreno, (Antonio) de Tomaso, (Federico) Pinedo. Así se planeó la elección piloto de gobernador en Buenos Aires el 5 de Abril: los candidatos serían dos estancieros, Antonio Santamarina y Celedonio Pereda. (…) Uriburu tenía fe que los gobiernos así elegidos le responderían, para su proyecto de suprimir el sufragio popular y establecer el sistema corporativo, y Lisandro de la Torre sería presidente constitucional en 1932. Visitó Rosario en el mes de marzo y acompañado por de la Torre asistió a todas las demostraciones. Hizo en Rosario la pública proclamación de de la Torre. No digo que le gustaba mucho a los conservadores pero tenían que resignarse. El presidente ordenaba, y a ellos les tocaba obedecer. (…) Claro, nosotros los demócratas progresistas estábamos en la gloria. ¡Don Lisandro, presidente! Nuestro sueño dorado. Las cosas llegaron a tanto que allá por febrero Mario Antelo y Enzo Bordabehere se fueron a quejar que el interventor Rothe era contrario a llamar a elecciones en Santa Fe, porque este viejo zorro político tenía olfato, y se daba cuenta que los demoprogresistas eran una minoría en Santa Fe y ni aun con el fraude mejor preparado podrían ganar. Uriburu les dijo que la elección en Santa Fe estaba asegurada, y cuando llegase el momento yo saldré a este balcón -señaló el de la Casa de Gobierno- para decir que Lisandro de la Torre es mi candidato, y al que no le guste que se vaya a su casa. Y verán ustedes como ningún conservador chistará, y todas las provincias votarán a de la Torre. Esta es la versión que oí a Antelo y Bordabehere.”

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   Uriburu montó desde el Gobierno una estructura para depositar a Lisandro en la Presidencia, aún contra las dudas de éste, que no quería terminar pegado a su viejo amigo. Pero la increíble victoria radical del 5 de abril volteó todos los planes, Sánchez Sorondo renunció, y la muñeca de Justo empezó a tallar.

  Uriburu llamó a su encuentro a De La Torre en esos días de derrota para ofrecerle, según Pepe Rosa, el ministerio de gobierno, y la segura marcha del proceso electoral hacia su Presidencia, pero Lisandro se negó. Desde ese momento, pasó a formar parte de la oposición a la Revolución.    “No obstante nuestra vieja amistad; no obstante mi confianza en la honradez de sus propósitos, y no obstante mi inconfundible situación de opositor al gobierno (el de Yrigoyen), decliné el ofrecimiento de colaboración porque su aceptacion, aparte de contraria a mis ideas democráticas, me habría distanciado de mis amigos políticos demócratas progresistas, enemigos de los pronunciamientos y de las dictaduras (Pigna, Mitos 3, páginas 225 en adelante). Es un gran enunciado, que en los tiempos que corren, valen oro. Pero en su momento, amén que Lisandro era bicho y alguna cosa supo que se jugaba para él, De La Torre debió aceptar el apoyo de Uriburu. Corre por mi cuenta.

  Por otro lado, De La Torre se rasga las vestidudas para no ser candidato presidencial de la Dictadura, acto honorable. Pero no pone el mismo énfasis demócrata, sino hasta después de abril de 1931, y tampoco reclama por la liberación de los presos radicales (el presidente constitucional mismo), ni para que no se los proscriba, ni le da un ataque democrático para no ser candidato presidencial de una elección que convalida a una Dictadura, como él la llama, a una Dictadura que va a reglar las normas de juego de la Republica. Hay liberales, como Lisandro, honestísimo a más no poder, que se atragantan en sus propios principios vacuos.

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El candidato de la Alianza Civil.

   Proscriptos los radicales, aún contra la opinión del propio Yrigoyen de levantar la candidatura Vicente Gallo, uno de sus más enconados adversarios internos, los partidos cercanos al Pueblo, si vale la pena llamarlos así, debieron armar un rejuntado. Nicolás Repetto había quedado como jefe del viejo Socialismo, a la muerte de Juan B. Justo. A don Alfredo Palacios se le había levantado la expulsión de 15 años atrás y vuelto al redil. Y entre Repetto y Palacios pergeñaron lo que vendrá:

  Los partidos representativos no conservadores estaban divididos en tres:

  • Había radicales enconados antipersonalistas como Nicolás Matienzo, Leopoldo Melo y Roberto Ortíz, que formarían en la Concordancia, nucleada alredor de Agustín P. Justo, junto a los socialistas independientes (ganadores de la elección porteña del ’29) como De Tomasso, Pinedo y Noble (sí, el fundador de Clarín) y Julito Roca, demócrata progresista en sus mocedades.
  • Radicales alvearistas que reconocían en Marcelo a su jefe, socialistas del tronco histórico y latorristas confesos, dispuesto a armar un Frente Común, desbaratado cuando la proscripción a la UCR.
  • Y radicales yrigoyenistas sin Jefe, socialistas opuestos al “contubernio” como Joaquín Cocca, o jóvenes latorristas vinculados al nacionalismo católico, como el propio pepe Rosa, que luego juntarán en el Peronismo del ’45.

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Repetto, Lisandro, y Palacios.

Repetto, Lisandro, y Palacios.

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   Repetto sentó las bases de una Alianza política contraria al Gobierno, y convenció a De La Torre. La fórmula De La Torre-Repetto, salió en campaña por el páis: Aunque hubo un fraude descarado que sentaba las bases del sistema de esos años. “Votaron” un millón y medio de votos, Justo sacó la friolera cifra de 43% y 237 electores; De La Torre 31% y 122 electores; y hasta el viejo alemnista Francisco Barroetaveña, con un desprendimiento del Radicalismo Entrerriano, que sacó el 11% con los 12 electores de la pcia. de Urquiza.

 Dijo Lisandro conociendo trapisondas que se venían: “La elección dirá la última palabra. Con el triunfo de la legalidad podría comenzarse la obra reparadora que exigen los inmensos intereses afectados por la desconfianza actual. Con el triunfo del fraude se abrirá una época de inquietudes capaz de llevar la Republica a la anarquía. El gobierno provisional no lo ignora, y suya será la culpa de las tremendas desgracias que pueden sobrevenir”. Creía sinceramente en que su candidatura era “la legalidad” y la de Justo “el fraude”: Hipólito Yrigoyen, preso en Martín García, le tiene miedo a las ratas.

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  Nougués se impuso en Tucumán; los radicales entrerrianos, con Luis Etchevehere, uno de los dueños de El Diario de Paraná; y Luciano Molinas, en Santa Fe. Los socialistas se hicieron con 42 diputados nacionales, cifra jamás vuelta a alcanzar, y el PDP 13, con una banca reservada para el Senado Nacional para su jefe máximo: Lisandro De La Torre vuelve al Congreso Nacional: Los años que se le vienen, marcará su historia para siempre.

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Continuará…

https://carlospistelli.wordpress.com/2014/11/09/iii-de-la-torre-hacia-los-cien-anos-del-pdp/ . NOTA AL PIE:

   Como estoy escribiendo las notas en el trabajo y no me puedo traer parte del Archivo, muchas veces para escribir las notas recurro a libros a manos que hablaron de la época. Félix Luna, pepe Rosa, y el gran Felipe: En el arranque de su capítulo sobre la figura de Lisandro, Pifia se manda una de las de él: Que fue Lisandro el que retó a duelo a Hipólito, y que éste no sufrió heridas de consideración en el duelo, cuando sabemos que el fino bigote de Yrigoyen ocultaba un “sablecito”. Siempre me ha llamado la atención el título de sus libros “Mitos”. Porque otra cosa, no son. Tocan la Historia Argentina, es cierto, pero para ensayar una visión del autor, que debe consultar muchas fuentes para publicar sus libros. Pero que pierde seriedad, ya no en sus errores, sino en ese discursito enllenado de moralina con la cual nos quiere vender una claridad política que le es esquiva.

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