Carlos Pistelli

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I-Nada más noble que los perros cimarrones.

artigas            Tronó anunciando que volvía a llover. Mojándose la cara, miró al cielo, sin pedir. Sonrió, y los perros ladraron por primera vez.

−Quiera Dios, General, que pare’sta agua.

            Artigas apenas miró a Ansina, y el trueno sonó otra vez. Los perros ladraban ante cada estallido del cielo, y los caballos se asustaban. La mano del viejo blandengue tranquilizaba a su bagual, y en cada caricia, no podía ocultar la nostalgia del ya no ser.

−Hagamos pie bajo ese árbol, Ansina, para que nos cubra de la lluvia, y podamos matear y carnear algo.

            Ansina le hizo señas a la tropa, y todos desensillaron buscando refugio al tormentón.

Las luces del día aclaraban esa mañana de Septiembre de 1820. Aunque las nubes volcando agua dijeran otra cosa. Con las pocas ramitas secas Ansina prendió el fuego, y, Artigas, cansado, fatigado de tanto andar, se recostó en el tronco. Entrecerró los ojos, y el terco semblante del hombre se apagó como despacio, susurrando cosas que nosotros no sabemos.

−¡Cuando se me acaben los hombres…!

−¡Despierte, General!

            Artigas estaba sobresaltado. Luego se sonrió ante el mate extendido, “Me he quedado dormido, Ansina”, pudo pensar. Observó al negro fiel, arrojándoles restos de vaca a los perros, que peleaban por un bocado. “Negro que fuiste fiel”, susurró.

−Mande, General.

−Nada, Ansina, Nada.

            Se abrió la chaqueta, respiró hondo.

−Cuando se escriba nuestra historia, General, los perros no podrán faltar. ¡Son fieles, Más que muchos que se llamaron así mismo sus hombres!

            Artigas asintió con un ronco ruido suave de su garganta. El sombrero negro le hacía vicera, entonces se lo sacó. Los rodeaba un pantanal fangoso, en esa tierra de esteros y llanura. Donde el horizonte podría esconderse, todo era verde y algún arbusto que mandaba sin saber a quién. Parecía que en el mundo no habitaban más naides que Artigas, Ansina, y los perros cimarrones.

−Dormitaré un rato, Ansina, mientras se cuece la carne.

−Como mande, mi General.

.

            Se apeó de su caballo, mientras le sostenían las riendas. Miró con desdén el cuadro, como quien no quiere la cosa. La muchachada rodeaba un pequeño fuego al que agregaban, cada tanto, alguna que otra rama de alrededor. Podían ser miles, pero no contó sino unos pocos cientos. Gauchos mal vestidos, apenas alimentados, con cuchillo en la cintura, poncho al viento, caballada a montones, perros cimarrones por donde viera. Eso era Purificación. Le indicaron por dónde ir, y le acompañaron haciendo guardia. Su sobretodo Napoleón destacaba entre tanta tropa harapienta. Las patillas le cubrían el rostro, y un bigote fino excusaba lo carnoso de sus labios. Caminó unos cuantos pasos, y un rancho de barro se plantó frente suyo.

−Espere acá.

            Aguardó unos minutos, hasta que lo llamaron por su nombre.

−Su Excelencia el Protector, lo atenderá.

            Ingresó sin decir, y allí lo vio. Imponente mate en mano, clavándole los ojos con enjundia de años de guerra, el Protector le esperaba.

−Me dicen que viene con una propuesta, doctor.

            Le ofrecieron un banco para sentarse, que aceptó con gusto. El suelo de barro apenas escondía la precariedad del rancho. Unos cuantos se encontraban allí, algunos fumando, otros hablando, otros sin hacer. Le miraron sin prestarle atención. Respiró hondo, esperando su momento para hablar.

Artigas devolvió el mate, y cruzó sus brazos.

−Diga, pues, lo escucho con atención.

            Buscó entre sus ropas unos papeles, que, cuando quiso extender, un subalterno se los arrancó de las manos para dárselos al Jefe. Con solemne desdén, Artigas los apartó de su vista y se los entregó a un segundo hombre, que justamente se paró del cráneo de la vaca que usaba de sentadero. Les echó un vistazo.

−Honores, tierras, grados militares, una plaza en el Ejército Real, lo de siempre, Excelencia, y le devolvió los papeles, para seguir con lo que estaba haciendo, volviéndose a sentar.

            Artigas quedó con los papeles en sus manos, todavía con los brazos cruzados, echándole una larga mirada, sin decir una palabra. Largos segundos que parecieron eternos. Luego extendió los papeles, que un subalterno le devolvió.

−Dígale a su amo…

.

            Artigas se despertó sobresaltado, por segunda vez. Monten baguales, sintió oír. A correr otra vez, para no ser capturado. Ni el fuego de las brasas llegó a apagarse, ni poder Ansina coger los trozos de carne asados. Otra vez a pasar hambre, apenas matizados por ese par de mates, y perseguidos para no ser muertos.

−¡Entrégate, Artigas!, alcanzó a escuchar, de una voz que le pudo sonar familiar. De una voz que un tiempo ha, pudo gritar, “¡Viva, Artigas!”.

            Vadearon un riacho, ante los ladridos y chillidos de los perros que luchaban a coraje contra los perseguidores. Un ladrido de agonía lo hizo parar riendas.

−¡Parate Ansina, que nos matan los cimarrones!.

            Volvieron grupas, para enfrentar la muerte, arriesgar la vida por esos fieles naturales, los últimos artiguistas hasta el final. Aullaron como indios, y un lanzazo les pasó cerca: Un sonoro trabucazo dio por tierra con un perseguidor. Algunos escaparon, algunos pasaron de su parte, los más quedaron comiendo atrás, buscando entre las pertenencias dejadas rastros de algún valor. Ganaron tiempo, y pudieron escaparse unas leguas más. La lluvia arreciaba y los caballos chapoteaban entre campos teñidos de sangre brotada. Los perros ladraban victoriosos, y, Artigas, apenas una vez, recuperó aquella sonrisa que lo había convertido en invencible en otros tiempos.

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