Carlos Pistelli

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Aristóbulo Del Valle, Parte IV, El cívico revolucionario.

Del Valle y Alem

Del Valle y Alem

   En los primeros meses de 1889, Leandro se presenta en el estudio jurídico de Aristóbulo, casi tambaleante.

-¡Leandro, Qué te pasa!
-Hipólito… Hipólito se fue de casa.
-¿Pero qué pasó?

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  Alem se refugiará definitivamente en el estudio de Del Valle, cerrando el suyo, preso de una inexplicable depresión. Cuenta pepe Rosa que a Bernardo de Irigoyen lo han visto caminando por Buenos Aires, desafeitado, con la mirada perdida. Alem gritando peroratas en bares de mala muerte contra el gobierno. Del Valle afligido y derrotado en la contienda. Los tiempos de Roca y Juárez Celman los han lastimado en sus espíritus patrióticos. Del Valle recibe los restos de Sarmiento, que ha muerto en Asunción el 11 de setiembre. Se lo ve afligido. Ha leído las polémicas de Mitre con Vicente López, tras el monumental “San Martín”, del primero. No ha auspiciado el libro de su amigo Saldías sobre Rosas. En términos historiográficos, el lúcido Aristóbulo seguía lejos del despotismo rosista, aunque adhiera a la Causa Federal. El 50% de la población de Buenos Aires es extranjera. No hay lugar para tanta gente que viene a buscar su destino en una Argentina que le abre los brazos y los patea a morirse de hambre. Juárez Celman, presidente, no sabe como resolver la telaraña iniciada unas décadas atrás.

   Por esos días se le presenta también un joven periodista entrerriano que viene a buscar consejos: Se llama Francisco Barroetaveña. Al poco tiempo jóvenes de distinta extracción van a verle. Están cansados de esos tiempos sin moralidad que hunden al país en una expresión colonial de la Gran Bretaña. Del Valle se reúne también con su viejo maestro, Vicente Fidel López, y finalmente se encuentra con Bartolomé Mitre. Algo está por producirse.

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La Union Cívica de la Juventud.

     Al finalizar su período (1886), Roca había exteriorizado su voluntad: Quería volver a ser Presidente. Tras dejar la banda en poder de Juárez partió a Londres. Al volver escuchaba las quejas de los “roquistas” contra el Gobierno. El “zorro” observaba como las situaciones provinciales que le respondían o tenían deuda consigo, eran suplantadas por la fuerza desde la Presidencia. Sintiéndose la única garantía para con las inversiones británicas, pero demagogo al fin, mostró una faceta que no le cabía: Enojarse por el curso privatizador de su sucesor. Pero sus íntimos, más perspicaces, lo notaban enojado por la alteración al Orden Político que tanto le había costado constituir. Y que de paso dejaba en punto muerto su afán reeleccionista. En julio de 1889 se sabe ya del distanciamiento de ambos.

    El poder, después del ‘80, pertenecía al Presidencia de la República que lo ejercía a “piacere”. Y Juárez, aunque caprichoso y con escasa muñeca, no iba a perder su oportunidad. El 20 de agosto de 1889, el grupo de jóvenes adictos al Presidente formalizan el “banquete de los Incondicionales”, por el cual Juárez deja saber que el joven cordobés Director del Correo, Ramón J. Cárcano, sería el futuro Jefe de Estado. El mismo 20, la Nación, tan amable con la gestión Roca, le permite al joven Francisco Barroetaveña burlarse del banquete: “Tu quoque, Juventud. En tropel al éxito”. El anciano patriarca liberal venía siendo consultado por viejos terratenientes y nuevos ricos que veían adelgazar sus arcas producto de la crisis. La Nación empezó criticando cosas menores del Gobierno Nacional, luego pasó a denunciar hechos de corrupción, y finalmente a dejar pensar que el cordobés no sabía administrar como debía. Le permitieron a Barroetaveña convocar a una reunión cívica para próximas semanas:

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   El 1º de septiembre de 1889 se logran juntar cinco mil personas dispuestas a escuchar algo distinto. Se juntan, puesto que la corrupción los cansa, la prepotencia ya no los asusta. Muchos van, porque porteños al fin y al cabo, no lo quieren al cordobés provinciano. Otros porque el viejo patriarca liberal lo recomienda, y el viejo es el viejo. Están los que ya no creen en Juárez, pues ya no les asegura ganancias. Se está, y es lo que vale. Adhieren Mitre y don Bernardo de Irigoyen. Dan presente Del Valle, Pedro y Miguel Goyena, Delfín Gallo, Juan M Estrada, Vicente y Lucio López, los Gainza, Torcuato y su hijo Marcelo de Alvear, Mariano De María, Adolfo Saldías, Juan B. Justo, Barroetaveña y sus jóvenes: Manuel Montes de Oca, Damián Torino, Joaquín Castellanos y Lisandro de la Torre, entre ellos. Tocó a Leandro Alem cerrar el acto, tras corearse su nombre casi olvidado. .

  Alem se hace con la idolatría de la agrupación. Recorre los barrios porteños, en tanto el país quiere ver para creer a porteños peleando por el país. Su figura se agiganta en fogones, con rumores, en chismes de mujer. Viste de levita y galera negra, como si guardara luto por la Nación; Barbas blancas, puño apretado al hablar con voz llorosa, que lo hacen quedar como un profeta; Es poeta, bohemio, borracho, Es como yo. No elude los entreveros como macho que es; Las mujeres le arrojan sus pañuelos, y algunas alocadas algo más; Le incomodan la riqueza mala habida, el poder, los que no van de frente; “Escucha, Pueblo, ha osado decir que la Pobreza es una virtud que nos llena de dignidad”. Éste es, finalmente, el Caudillo Popular que tanto necesitábamos. Ha dejado de pertenecer a sí mismo y el Pueblo lo adopta para el combate que se avecina.  Don Aristóbulo Del Valle, hermano de vida de Alem, más sereno, más realista, más complaciente, si se quiere, será la 2da pata del Movimiento Nuevo. El mitrismo, con sus restos, y su líder que valía más que sus seguidores por sí solo, la tercera. Los dirigentes restantes conformaban una cuarta pata de compromiso. Aunque el rival es Juárez, y Roca, la competencia por el cariz del Movimiento había empezado.

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       Alem, y con él mucho mejor su sobrino Hipólito Yrigoyen, plantea la Revolución Popular. Derrocar al gobierno y devolverlo al Pueblo, sí, pero mediante un Caudillo que utilizara las instituciones en beneficio popular. No tranzar con los corruptos ni con nadie. El plan era “el a realizar” pero cabía la inmadurez del gentío y la falta de personal necesario para “consumar la obra reparadora”. Pronto se abre una brecha estratégica: Alem irá en busca de aquella Revolución una y otra vez, haciéndola imposible; Irigoyen armará fuerzas para hacerla posible.

  Del Valle está con Alem pero difiere en un punto sustancial: La Intransigencia absoluta de su amigo en su creencia en el Poder Popular. Don Aristóbulo confiesa que ceder un poco para ganar mucho no está mal, y que las cosas se cambian sólo estando “arriba”. La vieja troupe republicana que lo tenía como a su líder, le acompaña: Pedro y Miguel Goyena, Delfín Gallo, Juan José Romero, Mariano De María, el historiador Adolfo Saldías. El católico Estrada, antes de fallecer tempranamente, también.
Mitre seguía siendo el de Pavón, No cabía esperar otra cosa de él, eso lo entendía mejor Yrigoyen. Decían los artículos de La Nación, “Solución nacional para suprimir la lucha”.
La cuarta pata, heterogénea, como toda la Unión Cívica, tenía en don Bernardo y en Vicente López sus referentes. Era la vieja política porteña no mitrista, desengañada de Roca y Juárez, alejada de Alem y lo nuevo. Los dirigentes porteños de Alsina confiando en Irigoyen la conducción política, y en la capacidad de López, como un garante para la Baring.

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    Alem impone sus tantos en la calle, y en momentos sin calma, los calmos y serenos no eran otra cosa que moderados. Los Radicalmos se llamarán en lo venidero. Su error, gravísimo, fue confiar la Revolución en los mismos que no la querían profundizar, desoyendo el reclamo de la multitud que estaba dispuesta a jugársela por entero. Muchas cosas nos hubiéramos ahorrado…

   Pero si el Caudillo es Alem, el jefe es Del Valle. Su realismo y sus años de formación política lo han preparado para estas jornadas donde será la figura fundamental del Movimiento. La alianza con el Mitrismo no les ha sido provechosa. Por eso el fracaso de la Revolución del Parque. Porque se han juntado con gente que no cree en el Pueblo Argentino. Para eso era necesario sacárselos de encima. Juárez renuncia, despechado hacia Roca, quien parece haberlo organizado todo en su provecho: Le sucede Carlos Pellegrini. Alem cuelga crespones negros en son de protesta cívica. El presidente asume en medio de júbilo popular.

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La Unión Cívica Radical.

   Del Valle organiza los restos de la derrota. Y en la figura de Bartolomé Mitre, ve la solución de los problemas argentinos. Yrigoyen se opone: Como quiere que me haga mitrista, Aristóbulo, es como si me hiciera brasilero. Se pone en práctica la primera organización de un partido orgánico, tarea para lo que no estaban dado los viejos referentes de la política de antaño.

  Mientras Aristóbulo se encarga de la organización partidaria, Alem sigue con su concierto de peleas. Pellegrini, para quien la doblez de procedimientos producto de una interpretación personal de los hechos será la norma de su trayectoria, ha exonerado a militares que participan de la vida partidaria. Sin eso quitarles la posibilidad que lo hagan en favor del gobierno. Uno de los expulsados, es el cadete del Colegio Militar llamado Leandrito Alem.

  El presidente está reunido con allegados cuando irrumpe en su despacho presidencial un alterado y viejo amigo:

-¡Qué te pasa con mi hijo, guampudo!
-Pero quién te creés, atorrante, esto no es un comité de Balvanera. Los allegados tuvieron que separar porque casi se van a las manos.

  Vicente Fidel López, quien tributaba como cívico, acepta formar parte con uno de sus discípulos dilectos en el Gabinete. Alem se lo reprocha agriamente, López lo manda a plantar rabanitos.

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    Se podría decir que el binomio Del Valle-Alem funcionaba de perillas. Aristóbulo conducía las peleas de Leandro. Los impulsos de compadrón, que acompañarán a Leandro toda su vida, tenían sofreno en los consejos de su amigo del alma y su sobrino. Pero en lo que está por venir, Alem tendría la razón.

  La Unión Cívica se organiza con una Convención donde delegados de todo el país dirimirán en debate asambleístico lo “a realizar”, y un Comité Ejecutivo llevará a cabo las plataformas dictaminadas, eligiendo presidente a Alem. La misma se reúne en Rosario, en enero de 1891, y en episodios no exentos de bastonazos y sillazos al aire, se concreta la fórmula Mitre-Bernardo de Irigoyen para la contienda presidencial.

   Alem y Del Valle son elegidos senadores nacionales por la capital en un triunfo apoteótico.

  En marzo arriba Mitre de un viaje europeo, y es recibido en triunfo. Pero al llegar a su casa, lo espera una sorpresa: El general Roca.

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 Es el acuerdo electoral. Mitre suplanta a Irigoyen por un hombre del interior en la fórmula, el joven José Evaristo Uriburu. Alem brama desde el diario radical, “El Argentino”. Mitre expresa Solución nacional para suprimir la lucha. Del Valle, quien ve a Roca regodéandose con las peleas, convoca a la Convención partidaria a reunión. Pero los mitristas se le adelantan, y rompen con el partido, formalizando los primeros días de Junio la UC Nacional.

  Es el 25 de junio de 1891. Del Valle brega por mantener la candidatura Mitre sin ruptura, convocando a todos los integrantes del Partido. Son 56 delegados del Comité Nacional que le rechazan la postura, doce de ellos ya reunidos como ‘cívicos nacionales’. El 26 hace un postrero intento, para que se reúna la Convención Nacional manteniendo los preceptos de la reunión rosarina. Entiende que a Mitre no le quedará otra que aceptar los términos jurados, y deberá continuar con los cívicos todos juntos, desoyendo el acuerdo. Pero se equivocaba Aristóbulo en intentar un arreglo imposible. Y menos con ese Bartolito que sigue siendo el tránsfuga de siempre. Habla con todos, inclusive Hipólito, quien parece darle la razón.

   Alem preside los debates. El coronel Mariano Espina, héroe del Parque, lanza diatribas contra Mitre, y hacia los que quieran seguir con él. Del Valle pide la palabra, y le refuta cada término. Pide la palabra Joaquín Castellanos, y exagera la “intransigencia” hacia los acuerdos impúdicos que rompen con los lineamientos partidarios que vienen a romper no con candidatos, ni candidaturas. Alem se exaspera: “Nuestra visión no es una visión electoral, transitoria, Hemos lanzado un desafío a un sistema, a toda una época”. La voz de Aristóbulo se apaga. Se llama a votación: Empate la primera vez, 22 votos por la postura de Castellanos y Espina, 22 por la Del Valle. Cuarto intermedio. Ajetreos, diálogos. Del Valle al lado de Hipólito. Alem con los más jovenes y Espina. Se vuelve a votar: 22 a 22. “Debe desempatar el presidente!”.

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    Alem se pone de pie. “Voto por la intransigencia”. Es la ruptura, el nacimiento de un nuevo partido, “que tiene que ir hacia las corriente histórica de la nacionalidad expresada por el federalismo, porque no es coincidencia que los antiguos federales se uniesen a la unión cívica, que era una reacción al mitrismo y al roquismo”. El movimiento reaccionario y regenerador se saca de encima a los mitristas, tal vez sin posibilidades de ganar la contienda.

  Vencido en la misma, Aristóbulo Del Valle renuncia a la Unión Cívica. Y a su banca de Senador Nacional, alejándose de la política, por casi dos años. Su salud estaba quebrada. Su gesto es intachable, acorde a su pensamiento político. El Radicalismo perdía al más importante de sus dirigentes políticos. A partir de entonces, el liderazgo de Alem será indiscutible.

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   Una gira por el país habla de la popularidad del Radicalismo. Mitre renuncia a su candidatura. Pellegrini convoca a una reunión de notables en su domicilio particular. Se produce una borrascosa escena con Hipólito Yrigoyen, al punto tal que parece que se van a las manos. Manuel Quintana habla pestes del sobrino del mazorquero. Mitre, que lo escucha, prende el cigarro, se pone las manos en su bolsillo, y le responde “Ese mocito llegará lejos”.

   Pero sin Del Valle, los radicales pierden “teimin“, entre que se organizan de manera desordenada, apasionada, y revolucionaria. En marzo de 1892 Pellegrini les gana las elecciones nacionales de la Capital, tiroteándose la casa de Leandro. Alem arma a su partido para las elecciones nacionales. Nunca sabremos qué hubiera pasado: El Presidente los denunció por conspiradores y los metió a todos presos. 

– A todos, no, falta su sobrino, le dice Castellanos en el barco.
-¿Cómo, Hipólito no está?, reflexiona Alem.

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    Con todo el poder de la presidencia, y sin oposición, manejándose con Estado de Sitio, en una clara demostración dictatorial, Pellegrini hace elegir al nuevo binomio presidencial: Luis Saénz Peña-José Evaristo Uriburu. El día que les entrega las atribuciones de mando, una turba viene a esperarlo para cagarlo a piñas, por lo menos. El “gringo” se arremanga, cuando un viejo lo agarra del brazo y lo acompaña a su casa. Es Mitre, quien le ha salvado la vida. Habrá sido un hijo de puta, pero le quedaba algo de honor.

continuará…

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