Carlos Pistelli

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Curupayti, la mancha negra que pesa sobre Bartolomé Mitre.

  En sí, todo conflicto bélico preanuncia la dejación del humanismo. La guerra del Paraguay no fue la excepción. La heroica resistencia del pueblo paraguayo tras los pasos de su duro Presidente, acaso haga que nos pongamos de su lado. Pero la locura, igualmente debe ser denunciada. Si a Solano le corresponden las de la “Ley”, qué nos queda sobre Bartolomé Mitre.

Batalhacurupaiti

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Curupaytí.

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La conferencia de paz fracasa. Y la guerra continuará. El 22 de septiembre chocan los aliados en Curupayti contra la defensa paraguaya. Mueren nueve mil aliados y apenas 92 paraguayos.

La conferencia de paz sucede el 12 de setiembre. Solano propone sinceros anhelos de paz mientras el Comandante en jefe de las tropas aliadas aprovecha el impass para caerle por sorpresa. Dan largas al asunto sus interlocutores. Pero no se irá del Gobierno y del Paraguay para convertir su tierra en la desmedrada Argentina posterior a Morón. Y debe quedarse, vendiendo caro su estadía. No me convertiré en otro Rosas, llega a decir. Paraguay libre y soberano, aunque perezca, sí. Viéndolo desde Europa entregado a las fauces imperiales, JAMÁS. Firmaron un armisticio, que M**** romperá para atacarlo a traición. Estaban en juego sus últimas cartas de militar y debía apresurar una victoria en el campo de batalla.

Los aliados avanzan el 17. La lluvia difiere el combate hasta el 22. “Hoy a las siete de la mañana, como usted habrá oído desde ahí, comenzó el bombardeo de Curupaity, y a las 9 nos movimos de nuestro campamento”, le escribe el Comandante en jefe a su segundo inmediato, Juan Andrés Gelly y Obes. “A las doce del día, llenas de entusiasmo y valor, hicieron nuestras tropas el ataque más ardoroso, pero ante un foso anchísimo y más de media cuadra de abatíes de árboles, les fue absolutamente imposible avanzar, y a las 5 de la tarde ordené la retirada”. Aunque en sus memorias, Flores dice haberle impuesto el toque de retirada.

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   Nueve mil aliados conocerán una horrenda muerte, de pocas glorias y tremenda disciplina, descollante valor y patriotismo. Lo recuerda Leandro Alem en su discurso en el “mitín” de 1889:

“Ah! señores. Nada satisface más íntimamente y retempla mejor el espíritu, que recordar con acentuada veneración los esfuerzos desinteresados y patrióticos de aquella juventud, que abandonando la cuna de sus más caras afecciones, cortando algunos el curso de sus carreras universitarias, y despreciando todos sus intereses personales, corría, llena de bríos y de santo patriotismo, a formar en las filas del ejército, que se coronaba de gloria en las batallas libradas por la libertad y el honor nacional!Yo nunca olvidaré la noble y altiva conducta de la juventud argentina, cuando corrió presurosa hasta los campos sangrientos del Paraguay; y allí, entre los fulgores rojizos del combate exterminador, cada joven luchaba heroicamente y moría con sonrisa plácida, saludando con su última mirada las fajas gloriosas de nuestra bandera con su última mirada las fajas gloriosas de nuestra bandera!

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  Ha sido una masacre inmensa, y nadie quiere hacerse cargo de las viudas y los huérfanos. Tampoco de las madres que ven caer la flor y nata de la juventud porteña. Sarmiento, candidato presidencial y “opositor” al gobierno, recibe la noticia de la muerte de su hijo Dominguito en EEUU. No han podido despedirse tras una fuerte discusión. Será el dolor más fuerte de la vida del escritor, y no se lo perdonará jamás a M****, a quien responsabiliza del desastre. Al regresar a Buenos Aires en 1868, recibido en triunfo en las radas del Puerto, se la espeta: “Le traigo a su hijo (Bartolito, su secretario) sano y salvo como Ud. no supo cuidar al mío”. Las relaciones quedan terminadas. El vice Paz también pierde a uno de sus hijos. Alberdi recibe una carta de tremendas connotaciones: “No se pregunta (en la calle) quien murió sino quién vive. Sólo M**** ha podido hacer perecer a tanto argentino”.

El general en jefe debe reconocer en carta privada a Gelly: “Le decía ayer que nuestras pérdidas son considerables. Se computan los muertos y heridos, nuestros solamente, en mil quinientos a mil seiscientos y otros tantos brasileños. Hay varios batallones casi aniquilados y hay hasta tres que han quedado mandado por simples tenientes. De algunos tendré que hacer reforma profunda, pues no sólo no tienen fuerza bastante sino que no tienen jefes ni oficiales (…) A Rivas le hice General en el mismo campo (…) Roseti, Lucio, Salvadores, Alejandro Díaz, muertos; lo mismo que Sarmiento, Darragueira, Nabor, Córdoba, el hijo de don Marcos Paz, los Fraga, etc (…) Dígale a Lanús (el proveedor del ejército que se hizo inmensamente rico con la contienda) que si le es imposible mandarnos otras cien reces, siquiera en retribución de tantas consideraciones como tenemos con los proveedores. Le hemos proporcionado peones, remolques, balsas, caballos, nos hemos resignado aquí a una carne salada, flaca y manchada, y la que recibimos hoy, aunque no del todo mala, además de que tenemos que emplear todo el día el ejército en buscar las raciones a orillas del río, pues no tiene aquí ni una mula, ni un caballo, ni un carro, ni siquiera una carretilla de mano que mucho podrá aliviarnos. Me parece que esto es algo. Los brasileros comen carne fresca todo el día”.

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Curupayti fue un desastre, y estas cartas donde se lo reconoce como tal, fueron publicadas por la Biblioteca del diario La Nación en 1911, casi cincuenta años después.

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Atake_barcos_brasilero

   Todo lo conseguido hasta entonces se ha perdido. Los oficiales brasileños o son removidos o los más avispados piden ser relevados para no continuar sirviendo al desastre. Venancio Flores se retira de la guerra. El cólera y la fiebre amarilla diezman las tropas. El Emperador llena las bajas con esclavos comprados y “solicita” al Comandante en Jefe se vuelva a Argentina a tratar los rebrotes de las montoneras.

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