Carlos Pistelli

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II- Nada más noble que los perros cimarrones.

PREVIUS: 

−General, Excelencia… José…
    Artigas se sonrió, interrumpido, pero dispuesto a escuchar.
−La quimera de la libertad de los pueblos orientales ha terminado, es de imposible concretar. Es de hombre sensatos sentarnos a hablar y ponernos de acuerdo. Portugal le ofrece la tranquilidad de vivir el resto de tus días. En tu campo, Es el mejor retiro que puede tener un héroe.
    Artigas cruzó los brazos en la espalda, se sonrió mirando el suelo, caminó unos pasos en rodeo, y le espetó:
−Dígale a su amo, que cuando se me acaben los hombres…

.

       La noche se apareció estrellada. Caminaban arrastrando a los caballos, para descansarlos un poco. Precisamente mientras cruzaban un río ancho y torrentoso. Era el Paraná. Y el Paraguay de aquel lado, esperándolos para volver a empezar. La pequeña tropa que le rodeaba, todavía leal, se juntó a escuchar sus últimas palabras.
Señores, el Paraguay me espera, para volver a empezar. Ustedes regresarán a ayudar a nuestros compañeros en desgracia, y les daré dineros para ellos y para que levanten la opinión en la campaña. Volveré del Paraguay con nuevas fuerzas para recuperar lo perdido. No crean que esto se ha terminado. Queda mucho por hacer.
            Los saludó uno por uno, entre abrazos, y silenciosos gritos para no avivar avispados. Corrieron lágrimas entre esos hombres que lo seguían desde hacía nueve años. Y algunos muchos más. Hombres valientes y graves para el entrevero y eludir la muerte. Para causarla. Pero que no podían resistir llorar, ante la certeza que el Hombre los dejaba.
           Le vieron cruzar el gran charco, Ansina a su lado, y con sus perros nadando como indios. Desde la otra orilla los saludó con el sombrero al viento, el sombrero negro como la noche que todavía alumbraba a los pueblos libres del Litoral. Acaso, por última vez. Y luego a tranco lento le vieron seguir su marcha, perdiéndose en una tierra, que ellos sabían bien, nunca le iba a permitir regresar. Se miraron. No se dijeron nada. Y se esparcieron por el continente, como les había ordenado. En busca de viejos camaradas, en busca de nuevas trifulcas, en busca de mantener bien en alto la bandera enarbolada. Y no se vieron nunca más.

    Le recordó de pequeño, cuando José armaba trifulcas cuando algo no le gustaba. Cuando ya se entreveía que iba a mandar algo en grande. Le recordó también arrastrando el ganado, alguna vez, en aquella frontera no delineada con el portugués. Le recordó alto y grande cuando la poblada coreó su nombre eligiéndolo Jefe. Le recordó rodeado por su Pueblo yéndose para ser libres. Le recordó cuando le solicitó unos pesos y una licencia para ausentarse. Le recordó espetándole aquella frase recordada, “Acá naides es más que naides, hermano”.

       Por eso. Sólo por eso, no le sorprendió cuando terminó la frase diciendo:

−Dígale a su amo, que cuando se me acaben los hombres, lo enfrentaré con mis perros cimarrones.

.

artigas perros

.

      Ladraban los perros en Paraguay, al paso de Artigas y Ansina. Una tropa los esperó, agazapada, y se presentaron en nombre del Supremo. Le requisaron las armas, los caballos, y lo poco que llevaban. Los perros, no dejaban de ladrar.
Ya, perros de Satanás, Ya, dijo una voz en guaraní.
−Son perros valientes, le contestó Artigas, valientes como no los he encontrado en hombres.
−Ya, perros, Ya.

     Lo dejaron de parado, ¡A él, justo a él!. ¡Al jinete indómito de cuchillas y esteros, de pampas y montes sin conquistar!. Aceptó como quien no quiere la cosa. Alguna triquiñuela le quedaba por hacer. Porque Ansina, que lo sintió derrotado, no lo percibió. Otra vez esa sonrisa de años invencibles. Tal vez Artigas, no se hubiera dado cuenta que todo había llegado a su fin.

  Se iba, sin mirar atrás, ladrado por los perros, sintiendo la mirada de Artigas clavada en su cuero. Se fue, nomás, y sin mirar atrás. Dejó un campamento de hombres libres que él no atinaba a entender: Campamento que distaba de ser tal. Hombres desprovistos de ropa, alimento, armas, nada. Absolutamente nada se parecía eso a un Campamento Militar, y la moral de la tropa ya dejaba mucho que desear. Estaban hartos de una guerra imposible bajo el liderato de un Caudillo inclaudicable, cruel, pendenciero, despótico y titánico en sus esfuerzos libertarios.

 Y aun así, los perros no cejaban de ladrar.

 Los ladridos le persiguieron el resto de sus días, aún aquella vez que don Pedro lo nombró: “Barón”. No le dolía la vergüenza de ser un traidor. Allá él, Pepe, José, Su Excelencia el Protector. Le dolía no haberlo podido matar antes que naciera. Como si fuera posible crimen tal. Le dolía que se voceara su nombre todavía, entre la gauchada y los indios que le respetaban como a su Cacique mayor. ‘Barbáricos indómitos a los cuales habrá que erradicar uno por uno’.

 Cuando sonreía, al beber el vino europeo una mueca lo asustó frente a un espejo. Y cuando, sorprendido, creyó verlo como a un fantasma que regresaba, oyó un ladrido a lo lejos, como que si lo llamaran a rendir cuentas. Tiritó, de miedo. Y bebió para no pensar.

.

  Ansina le pasó el mate, frío, encima, y Artigas no se quejó. Tosía dolorosamente. Como presintiendo el final cercano. Era la vejez. La vejez que le llegó a Artigas, con la muerte de compañera. Pidió montar caballo, antes de morir. Hizo mal, lo único que hizo mal. Más bien debió pedir, que sus perros volvieran a ladrar.

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