Carlos Pistelli

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II. Don Bernardo de Irigoyen, el Señor Canciller.

    Nicolás Avellaneda preside la República. Adolfo Alsina maneja los hilos del Gobierno con prudencia desde el ministerio de Guerra. Hay un sin fin de zafarranchos en la política internacional post guerra del Paraguay. “Tenemos que nombrar a uno como la gente, a una excelencia en la Cancillería, don Adolfo”, pudo decirle Nicolás, que siempre lo tuvo en mente. Y si el Hijo del mártir de Metán lo propone, el hijo del Jefe de las Logias Masónicas antirrosistas lo acepta, y lo aprueban los hijos de los Varela (nada menos que los críos de Juan Cruz y de Florencio!!), que se caguen los mitristas:

 Bernardo de Irigoyen será el Canciller de la República.

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https://carlospistelli.wordpress.com/2015/12/17/i-don-bernardo-de-irigoyen-el-patriarca-del-radicalismo-sus-tiempos-color-de-rosas/

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El Procurador del Tesoro. 

   Elizalde, Sarmiento y Urquiza eran los contendientes; El gobernador bonaerense, el árbitro de la cuestión, en 1867.

  Rufino de Elizalde había pasado de ser un furibundo rosista: De joven desengachó los caballos de un carro que llevaba a Manuelita para arrastrarlo él, hacia un furibundo mitrismo. Casado con la hija de un Canciller Brasileño, se lo tenía como al “Yerno de Itamary”. Demasiado, podían decir los mitristas siempre antibrasileros. Mitre, empecinado, quiso que fuera su sucesor.
Sarmiento era el nombre mitrista que no sonaba feo fuera de Buenos Aires. Su suegro de facto, amigo suyo, y desconocedor de las tertulias de Domingo con Aurelia, se lo propuso al gobernador Adolfo Alsina. Campeón del Pueblo de Buenos Aires, con una muñeca sorprendente para los enjuagues electorales, Alsina se tragó a Mitre y a Urquiza, haciéndose nombrar vicepresidente de Sarmiento (1868-1874).

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   Y Sarmiento, que era terrible para la diatriba, pero bueno en olvidar, porque no era rencoroso, nombró a Irigoyen en la Procuradoría del Tesoro.

 Alsina presidía el partido Autonomista de Buenos Aires, en donde hacía y deshacía a su antojo. Su clientela popular difería de la mitrista, aunque en el fondo eran lo mesmo. La diferencia podía radicar que don Adolfo era más dicharachero que don Bartolo, y sumaba a todos los perseguidos con tal de formarse un plantel partidario. Aquí vino a parar don Bernardo, con su estatus político impoluto, en el medio de piringundines donde se decidía en la trasnoche la política vernácula. Piringundines donde don Adolfo recibía a sus ‘punteros’, que arrasaban elecciones sin pararse en medios. Un joven rescatado por el alsinismo, hijo de uno de los muertos en Concepción junto a Cuitiño, del cual don Bernardo fue albacea, despreciado por el mitrismo como “El Señor de Balvanera”, hizo buenas migas con Irigoyen, hasta tratarlo casi como si fuera su propio padre. Nacía la relación de Leandro con don Bernardo, relación histórica para el porvenir de la República.

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     Aquí vino a pararse don Bernardo, cumpliendo un brillante rol consultor. Alem le reconocía como su referente, y la juventud alsinista daba la pelea. La más brillante generación de la UBA se volcó al ‘alsinismo’, en donde Dardo Rocha, Del Valle, Alem, Pellegrini empezaban a descollar. Si como políticos destacaban, mejor no mandarlos a misiones diplomáticas.

 Alem se robó un esclavo de las narices de un Patrón brasileño golpeador, y lo liberó en la legación argentina, generando un corto circuito diplomático, amén que iba a los actos protocolares de calle, provocando al propio Emperador. Rocha, por no ser menos, retó a duelo al Presidente del Paraguay. Alsina se agarraba la cabeza, y Avellaneda finalmente le impuso los tantos: Traigamos a don Bernardo antes que sea tarde.

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“El Señor Canciller”. 

    Convencional bonaerense y luego Senador Provincial, ya era materia de consulta. Todo lo aprendido al lado del Restaurador empezaba a dar frutos (corre por mi cuenta). Había declinado de varios cargos, como esperando siempre algo más, pues su estilo no era de mostrar sino de esconder. Mesurado hasta la médula, hizo de la diplomacia personal, un modus operandis, que con tino y prudencia llevaría a la Cancillería.

   “Jorge Abelardo Ramos lo cita como el ejemplo del patricio acostumbrado a tratar con patricios, como el representante de una clase que sólo se puede permitir sutiles diferencias porque en lo que importa están siempre de acuerdo. Paul Groussac lo describe sin eludir los lugares comunes: “Hábil diplomático y administrador irreprochable, orador elocuente y espontáneo, alma sin pasiones ni amarguras, vive rodeado del aprecio público sin contar un solo enemigo en su adversarios”. Carlos Ibarguren piensa más o menos lo mismo: “…Varón consular, era el prototipo del estadista prudente, del diplomático sutil, del caballero cultísimo cuya moderación proverbial corría pareja con su exquisita urbanidad”; Cuenta Rogelio Alanis en sus columnas habituales del diario El Litoral,

http://www.ellitoral.com/index.php/diarios/2009/12/30/opinion/OPIN-04.html

  Pepe Rosa lo describe aún mejor: “Irigoyen no acepta el ministerio que le ofrece insistentemente Avellaneda, ya que ha sido mucha la agitación que provocó la sola mención de su nombre. Pero si no lo acepta en 1874, no puede negarse a integrar el gabinete en 1875. Será ministro de Avellaneda, de Relaciones Exteriores primero, del Interior después; el “hombre de Rosas” se sienta en el viejo despacho de don Felipe Arana; el “mazorquero” será un ministro amable, señorial, habilísimo. Político de la palabra “justa”, de la manera fina; sabrá el arte de negar sin decir no, que es el arte político por excelencia. Y será el primer gran ministro del Exterior del período siguiente a Caseros.”

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        El 2 de agosto de 1875 jura como Canciller.

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Tratado con el Paraguay. 

          El ministro de RREE de Sarmiento, Mariano Varela había expresado: “La victoria no da derechos”. Era un intento de poner sofreno a la diplomacia brasileña. Los brasileños, respondieron, haciendo firmar los acuerdos Cotegipe-Lóizaga. El Imperio resolvía la paz dejando a la Argentina en “orsai”.  Tal fue el fracaso, que Sarmiento lo reemplazó con Carlos Tejedor. El huraño era un gran teórico y un impresionante jurista, pero no pareció ser el cargo para su carácter. Y nombró, en 1872, al propio General Mitre “Comandante en Jefe de la Misión de Paz” (ironía personal): Él nos metió en ésta, él nos sacará, pareció pensar.

  Fue un horror diplomático que casi deja envuelto a la Argentina en una nueva guerra. Mitre tenía la certeza del Canciller brasileño para cerrar un acuerdo de paz, pero cuando fue a Asunción a certificarlo, se encontró con la negativa del Paraguay y Brasil: “Mitre, sorprendido, replicó que tanto el vizconde de Río Branco como el marqués de San Vicente le habían dado su palabra en el transcurso de su primera misión en Río respecto de otorgar a la Argentina la localidad de Villa Occidental, junto con el retiro de las fuerzas de ocupación y la promesa de una alianza argentino-brasileña. Araguaya se limitó a leerle sus instrucciones, firmadas por Río Branco, que no mencionaban nada de lo que reclamaba Mitre”.

 Arreciaron las críticas hacia don Bartolomé: Menciona Manuel Gálvez en su impresionante ‘Sarmiento’, que el ladino maestro dijo aquella vez: el tratado Cotegipe-Lóizaga llevaría a la guerra o dejará al Paraguay provincia brasilera, a la que se agregará por los mismos medios la Banda Oriental, y no tardarían en seguirla Entre Ríos y Corrientes (…) en pocos años seremos del Imperio, o tan menguada república que no valga reivindicar ni el nombre (…) (porque) Buenos Aires está entregado al mercantilismo que le imprime el extranjero. El joven Aristóbulo Del Valle no se queda atrás: decía a La Nación, órgano del mitrismo, “que no se ocupe tanto de los brasileños y defienda los intereses argentinos”. En nada quedó todo.

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      Asumido Avellaneda, le encomendó al propio Tejedor solucionar el berenjenal:

 Tejedor se presentó en Río de Janeiro, y recibió una sorpresiva visita fuera de horario del diplomático paraguayo Jaime Sosa Escalada. El presidente ‘guaraní’ Juan B. Gil, de años de residencia en Buenos Aires, le había dado precisas órdenes verbales de entenderse con el ministro argentino, sin que se dieran cuenta los ‘macacos’. La paz con impronta antibrasileña se había conseguido.

  Pero Tejedor cometió un error de principiante: Envió los tratados firmados, erróneamente: El argentino fue a parar a Asunción, el paraguayo fue a parar a Buenos Aires. La diplomacia brasileña pudo enterarse de la encerrona, antes que la misma pudiera suceder. Cuando los dos se juntaron con Río Branco, el afamado Jefe de Itamary, todavía no la conocía. Sosa empezó a leer, tras pedir el acuerdo del Vizconde, los tratados de Paz. Cada palabra era interrumpida por un falso catarro de Río Branco, que había descubierto la sancadilla. Pero no pudo parar la lectura y finalmente se resolvió como pez en el agua: Se comunicó con Asunción, declararon “Traidor a la Patria” a Sosa, quien terminó laburando de albañil en la periferia porteña, y otra derrota diplomática.

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       Bajo esos “auspicios promisorios” asumía don Bernardo.

  La situación había cambiado. Río Branco ya no estaba manejando los hilos sudamericanos, Brasil padecía una crisis financiera. Con mesura, lenta calma, y manejando con prudencia cada comunicación, cada palabra, cada coma puesta en la documentación, Don Bernardo puso su firma el 3 de febrero de 1876: Argentina retenía los territorios de las Misiones al sur del Paraná, los territorios comprendidos entre el Pilcomayo y el Bermejo, se retiraban las tropas de ocupación, dejando sujeta a arbitrio, la “Villa Occidental”. Fue un triunfazo diplomático, y el punto final a más de diez años de sangrientos conflictos.

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      No terminaba de arreglarse el moño triunfal, que una cañonera inglesa apuntó sus cañones, literalmente, a la ciudad de Rosario, como si viviéramos en los tiempos de Quebracho.

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El conflicto de la “Beacon”. 

– Le solicito al señor abogado, que se retire inmediatamente de mi despacho porque no voy a permitir que un argentino sea el vocero de la amenaza de una potencia extranjera. Quintana, empalideció. Veinte años de ostracismo político le costaron esas palabras. Irigoyen quedó solo con el representante inglés, y le explicó:
– Los capitales del Banco de Londres no estarán más seguros a bordo de un navío de guerra inglés que en cualquier lugar del territorio argentino bajo la custodia de las autoridades nacionales;

– Comprendo, doctor, pero tiene que comprender que la actitud del Gobernador Bayo…
– Se resolverá en el marco de las instituciones argentinas. Las sociedades anónimas que hubieran obtenido personería jurídica argentina no poseen nacionalidad extranjera: “el capital no tiene patria”, y queda sujeto a las leyes nacionales.

  La crisis financiera llega a Buenos Aires, y hace escozor en el páis. No hay moneda que valga, y Avellaneda llama al ministerio de Hacienda a nada más ni nada menos que a Norberto De la Riestra, un consumado british man. Será don Nicolás quien suelte: “Dos millones de argentinos honrarán la Deuda con su hambre y con su sed”.

  Mandaba en la provincia de Santa Fe, “El Alsina santafesino”, don Simón de Iriondo. Al asumir el ministerio del interior, dejó en el gobierno a un hombre de su hechura personal, don Servando Bayo. Bayo, con Carlos Casado de Alisal, fundó el Banco Provincial de Santa Fe, en 1874. En medio de la crisis financiera, el Gerente (súbdito alemán) del Banco de Londres con sede en Rosario, se presentó en las ventanillas de la sucursal del Banco Provincial, para hacerse con sus depósitos y provocar su quiebre. Bayo respondió: Decretó que el Banco de Londres, el más importante del páis, era ruinoso a los intereses nacionales, le retiró su personería provincial, ordenando su inmediata liquidación. Como el Gerente se rebeló a la orden, Bayo se vino corriendo a mi ciudad, y ante las protestas del Gerente, cónsul inglés a su vez, lo metió preso: ¡Ni en tiempos de Rosas!, lo comenta pepe Rosa.

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     Ni lento ni perezoso, el representante inglés en el Plata envió una cañonera apuntando a Rosario: La “Beacon”. Con reclamos alemanes consigo. Al mismo tiempo, Iriondo se presentaba en la ciudad a sostener su gobierno. Era “la guerrita”. Tironeado entre Alsina, los diarios mitristas, Riestra e Iriondo, Avellaneda derivó el tema a don Bernardo:

   Irigoyen se anotó un nuevo poroto en su carrera diplomática, imponiendo en los documentos públicos la palabra “Soberanía”, ausente desde los tiempos del Restaurador. Y estableciendo jurisprudencia internacional en la materia. A raíz del conflicto Irigoyen fue conocido por elaborar una doctrina sobre la ausencia de nacionalidad de las sociedades anónimas y la inaplicabilidad para las mismas de la protección diplomática que recibían los ciudadanos, reconoce Alanis en el artículo citado.

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    Fue el momento cumbre de su carrera diplomática, que todavía tendrá un episodio más, que contaremos mañana: El fin de los conflictos con Chile por los límites, Entre Roca y la Patagonia.

Continuará…

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Don Bernardo

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Gran parte de la info, de la siguiente página de Escudé y Cisneros:

http://www.argentina-rree.com/historia_indice06.htm

2 comentarios

  1. Hay que decir que conservó siempre su gran recuerdo del Restaurador,a quien veneraba en su intimidad

    • Carlos Pistelli

      Muchas gracias Osvaldo por tu comentario

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