Carlos Pistelli

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III. Don Bernardo de Irigoyen, Esquina Chile y Roca.

  Los asuntos limítrofes argentinos con Chile insumieron décadas de historia diplomática. Se podría decir que desde el mismo origen la pelea por el control de la Patagonia, Estrecho de Magallanes y Tierra del Fuego estuvo en el plato del día. Por algo Rosas marcha en campaña al sur en 1833. Por algo el intelectual Andrés Bello, al servicio del Estado trasandino, dice que el criterio a utilizarse es el “Res nullius“.

NOTA AL PIE:  “que significa “cosa de nadie”, utilizada para designar las cosas que no han pertenecido a persona alguna, o sea, lo que no ha sido propiedad de ninguna persona.”

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   Por tanto, regía para los chilenos la idea, en sectores importantes de su sociedad, que ocupar las regiones en litigio daban derechos de soberanía. (Perdonen mis desconocimientos jurídicos a la hora de expresarme). Bajo esos auspicios escribe Sarmiento contra Rosas en la década del ’40 (ocupación de puerto Bulnes); Por esa razón el joven doctor en leyes de nuestro estudio está en Santiago y Mendoza enviado por el Restaurador.

  En el medio del litigio, una especie de ‘guerra fría’ del sur, en el Siglo XIX, las huestes de Cafulcurá cruzan desde Chile, hacia el 1830, provocando una matanza y consagrándose Jefe de las Pampas, o gran “Gulmen”. Pepe Rosa dice que vino con permiso del propio Restaurador, para acometer tribus díscolas. Otros autores difieren. En 1836 Rosas pudo entablar negociaciones con él por intermedio de Namuncurá, sellando la paz del Pino.  Con su caída en 1852, se reiniciaron los conflictos y los malones. Para colmo de males, el invicto militar Bartolomé Mitre es derrotado en Sierra Chica. La situación se tornó inmanejable.

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    La guerra de Triple Alianza, en la que se involucra Argentina; la de Chile contra España, mantuvieron el status quo. Con la asunción de Sarmiento (1868), surge un problemón. Los escritos del Presidente son ventilados por la prensa mitrista, y la diplomacia chilena se hace eco para ratificar su “soberanía” en las regiones en litigio. En 1872 parece cambiar la historia: el comandante de marina Guerrico recorre el Río Negro hasta Choele-Choel; Y, fundamentalmente, el 8 de marzo de 1872, en las cercanías de la actual ciudad de Bolívar, el entonces coronel Rivas provoca una derrota completa a Cafulcurá. Los actores en pugna reabren las negociaciones que nunca se han cerrado.

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Acuerdo Tejedor-Blest Gana. 

    Hasta 1871, Chile no tenía ministerio de RREE, creado precisamente por el flamante Presidente Errázuriz, nombrando a don Adolfo Ibáñez. Ibáñez tiene una conflictiva relación con el ministro argentino en Santiago, Félix Frías, imposible de acordar algún punto. Es entonces que Errázuriz aprovecha la presencia del diplomático Guillermo Blest Gana en Buenos Aires, para que acuerde directamente con el Canciller Tejedor.

 El mismo se firma el 24 de agosto de 1874, a menos de dos meses de finalizar su mandato Sarmiento. Según el sitio http://limite5308.blogspot.com.ar/ , el acuerdo era el siguiente:

ProvisorioTejedorBlestGana1874ago

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  Tejedor envió el acuerdo al Congreso, pero estalla la revolución mitrista de septiembre, postergándose el tratamiento. Apurados, los chilenos enviaron al propio canciller Ibáñez a Buenos Aires, en camino a Estados Unidos, donde se haría cargo de la legación. Nicolás Avellaneda lo recibe en abril de 1875:

 “No, señor, me cortaré la mano antes que suscribir un tratado que arranque a mi patria lo que le pertenece. No, no lo haré jamás”.

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    El Congreso Argentino rechazó el acuerdo, el chileno ordenó a Blest Gana ausentarse de Buenos Aires. Bajo esos auspicios, llegaba don Bernardo a la Cancillería Argentina.

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Negociaciones con Barros Arana. 

    La historia cambió de manos. Argentina imponía al mejor hombre para el lugar justo, el argentino que más conocía del tema. Los chilenos, en cambio, dejaron de lado la visión expansionista de Ibáñez, asumiendo José Afonso, un desinteresado del tema: Afonso nombró encargado al historiador Diego Barros Arana, amigo de Bartolomé Mitre, para tratar el tema con el Gobierno Argentino.

    No sé si llamar a Barros Arana el Mitre chileno, pero se manejó como tal para los intereses de su país. Encima, frente suyo estaba don Bernardo, un patriota del carajo.

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    Barros Arana tenía dos instrucciones: Sostener la posición chilena como límite norte el río Santa Cruz (como muestra aproximadamente el mapa anterior) o reconocer toda la Patagonia para Argentina, pero asegurándose el estrecho de Magallanes. Irigoyen manifestó abiertamente su posición contraria. El límite en la Tierra del Fuego sería una línea sobre la longitud 68° 34′ O, desde el cabo Espíritu Santo, que más o menos pueden definirse como los actuales límites.

Mapa encargado a Seelstang

Mapa encargado a Seelstang

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    Pero la situación no prosperó, a pesar de los intentos entre Barros Arana e Irigoyen, que llegaron a un acuerdo el 1° de mayo de 1877.

 En 1876, el 16 de marzo más precisamente, los oficiales Levalle y Maldonado provocaron una derrota final a los malones. Argentina se disponía a ocupar la Patagonia. Ese mismo año, un navío chileno recorre el río Santa Cruz y apresa un barco francés con licencia para operar el guano emitida por el gobierno argentino. Todo hacía suponer un estado próximo de guerra.

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La Ruptura. 

    Para colmo de males, Alsina, Avellaneda y Mitre se dan de abrazos históricos en el invierno de 1877, forjándose la “Conciliación”. Irigoyen es corrido de la cartera hacia interior, y en su reemplazo va Rufino de Elizalde, el menos a propósito para resolver litigios procurando alzar los intereses argentinos.

  El conflicto sufre una nueva escalada por los episodios de un motín de convictos en Punta Arenas, en la boca del Estrecho, en noviembre. Barros Arana y Elizalde intentan un último acuerdo, el 18 de enero de 1878. Prácticamente el comisionado chileno renunciaba a los reclamos de su país. Su gobierno lo separó del cargo. Avellaneda se reunió con Mitre y Sarmiento (Alsina acaba de fallecer). Todo indicaba que los países irían a una guerra: Suspendió las relaciones diplomáticas, retiró la legación de Santiago, y mandó crear el Gobierno de la Patagonia, con sede en la actual Viedma. En noviembre de 1878 una escuadra argentina parte a ocupar la actual provincia de Santa Cruz. 

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La “Campaña al Desierto“. 

     RocaPara asegurar los derechos “por la fuerza”, si se me permite el exabrupto, el nuevo ministro de guerra se da a la tarea de ocupar militarmente la Patagonia. Estamos hablando de, nada más ni nada menos, el general Julio Argentino Roca.

  Roca procuró una campaña ofensiva sobre los ya indefensos indios. Los primeros seis meses de 1878 los vive convaleciente en cama, casi que a punto de fallecer. El 2 de diciembre está lista la marcha. El 16 de abril del año siguiente, la inicia.

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     Hay precisión matemática en la campaña del Napoleón del Sur, de ‘azúcar rubio’, como se burlan de él. El 23 de junio telegrafía a Buenos Aires: No ha quedado un solo lugar del desierto donde pueda crearse una nueva asechanza contra la seguridad de los pueblos. Hace trece mil prisioneros, entre guerreros, mujeres y niños; Poco más de mil trescientos muertos, reconoce. Se le han hecho duros cargos al General Roca, pero no será en este post que le dediquemos nuestra posición.

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La ‘guerra’. 

    Ahora quedan paradas Chile y Argentina como nunca antes. Pero dos guerras detienen el conflicto bélico trasandino.

  Chile entra en guerra con Perú y Bolivia. En un primer momento, Argentina parece prestar concurso a sus hermanas naciones del Norte. Pero un imponderable sucede en la política vernácula: Carlos Tejedor.

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    El precisamente diplomático Catón del Sur acaba de jurar como Gobernador Bonaerense: Declara huésped de Buenos Aires al Gobierno de Avellaneda, eleva el presupuesto militar provincial, se lanza a la contienda presidencial, y decreta que la Patagonia pertenece, por derecho e historia, a la Provincia. Roca se vuelve del teatro de operaciones.

  Seguía siendo el político más impolítico de la Historia, pero ahora, encima, con el concurso de las fuerzas populares que hacen gala de un porteñismo acérrimo. Avellaneda tiembla, y quiere pactar. Pero no es Roca hombre de amilanarse: Confronta con Tejedor, y en las tristes y sangrientas jornadas de Junio de 1880 acaba con la resistencia porteñista.

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   El 12 de octubre de 1880, Roca asume como Presidente. Lo primero que hace, nombra a don Bernardo Canciller.

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El Tratado de 1881. 

    Don Bernardo reorganiza su elenco estable de colaboradores. Don Luís Sáenz Peña, su amigo de toda la vida, cuyo hijo pelea en el bando peruano la guerra del Pacífico; Mariano Sarratea, cónsul en Santiago, vinculado a la aristocracia chilena por parte de su mujer; Miguel Cané, el escritor de Juvenilla, un tipo dedicado a los asuntos americanos.

 Mientras Chile, que va ganándole la guerra a Perú y a Bolivia, se liga cada vez más a la visión panamericana de los EEUU; Roca-Irigoyen buscan contener sus excesos estableciendo un Congreso de Naciones Sudamericanas a realizarse en la ciudad de Panamá, todavía dentro de los límites colombianos. Y con la venia de nuestra buena amiga Inglaterra, claro está.
  Don Bernardo dirige su primera mirada a una etente con Brasil. Pero el Imperio está desgarrado por dentro, y no quiere liarse, ni mucho menos, a la diplomacia rioplatense con primacía argenta. Cané consigue que Colombia y Venezuela den un acuerdo a la idea americanista. Pero a poco Chile/EEUU van imponiendo diplomacia en el continente.

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     Dos generales de apellido Osborn, norteamericanos, uno con residencia en Santiago, el otro en Buenos Aires, empiezan un lleva y trae. Si seguimos el curso de las negociaciones desde un punto de vista estrictamente argentino, parece que don Bernardo los usa para llegar a un acuerdo. Pero si salimos del ombliguismo nativo, en verdad de resultas concluyo que es Irigoyen el ‘usado’. Por seis meses (Noviembre ’80 – Mayo ’81) vienen y van las comunicaciones. La guerra del Pacífico se resuelve en favor de Chile, y Roca saca un crédito de 12 millones de U$S para armarse para lo que viene, y extender las vías ferroviarias hasta Los Andes.

  Pero no hay ambiente para guerra. Chile, porque ya siente que ha ganado ocupando, y reconociéndosele, territorios de Perú y Bolivia, que pierde su salida al mar. Argentina, porque no hay ánimos para acometerla.

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    En toda negociación se pierde y se gana. No fue ésta la excepción: Argentina ratificó su soberanía sobre la Patagonia, las islas del sur bañadas por el Atlántico, partió en dos la de Tierra del Fuego, perdió el control del Estrecho de Magallanes. El 23 de julio de 1881 se firmaban los acuerdos, quedando pendientes para el futuro problemas sobre “la divisoria de las aguas”.

  Don Bernardo sacó un documento detallando todo el acontecer diplomático. Según mi viejo amigo Juan Manuel Castagnino, agrimensor, y consultado para los tratados del Beagle, eran cháchara de político avezado, porque no resolvían el quid de la cuestión. Igualmente, el prestigio de “hombre de estado más completo de la Argentina”, estaba en la cúspide, según pepe Rosa.

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   Roca lo hizo ministro del interior el 11 de febrero de 1882. Irigoyen creyó, como todos, que le servía la futura presidencia. Arreciaron los diarios mitristas contra el ‘mazorquero’. Y el propio Mitre se la mandó a guardar el 8 de marzo de 1885: Irigoyen, cuyas cualidades intelectuales y morales que lo recomiendan como ciudadano y administrador, jamás podrá ser presidente, pues resulta moralmente imposible por representar una tradición condenada por la conciencia pública del Pueblo Argentino, y no habiendo roto el Dr. Irigoyen con ella por acto ni declaración que importen incorporarse al movimiento liberal de la época, simboliza una especie de restauración (negrita personal) de lo que todos condenan y deben condenar moralmente”. 

  La sombra de don Juan Manuel pesaba sobre sus hombros. Mitre, a su vez, le hacía pagar el padrinazgo a la obra de Adolfo Saldías, quien acababa de publicar el primer gran libro que reivindicaba a Rosas.

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   Roca se la jugó entero por su concuñado. En cualquier país del mundo, don Bernardo hubiera sido Presidente. En Argentina elegimos botarates como Juárez Celman.

  Algo más, y con esto termino. Don Bernardo se lanzó igual a la contienda, y contó con el apoyo de Leandro Alem. Una gira nacional le dio dimensión a su figura. Mas fue imposible con todo el aparato roquista en contra: Mientras Leandro se retira acusándolo de preferir el poder al pueblo, don Bernardo termina del brazo de Mitre y Sarmiento apoyando una candidatura ajena que naufraga. El aceite, el vinagre y el agua son condimentos que no hacen ensalada. Roca se los deglutió en un asado metafórico.
 

Irigoyen

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    1. I. ROCA Y LOS INDIOS. | ¿VALE LA PENA SER ARGENTINO?

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