Carlos Pistelli

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II. Cien años de la victoria nacional de 1916: El “Jefe”.

hipolito

VIDA DE YRIGOYEN.

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   Irigoyen nació el 13 de julio de 1852. Comisario de Balvanera a los veinte años, recorrió sus primeros pasos en política siguiendo a su tío Leandro, del cual era consejero íntimo. Lo acompaña en sus patriadas alsinistas, en la ruptura con don Adolfo que data en 1877 con la creación del Partido Republicano. Diputado provincial en 1878, y Nacional en 1880 en la lista de Julio Roca. Si Alem estuvo en contra del “zorro” desde sus inicios y en contra de la capitación de Buenos Aires, Irigoyen se mantuvo expectante. Fue la primera disidencia entre ambos, que igualmente siguieron habitando en la misma casa. Contando treinta años, terminó su mandato, y se retiró al recato.

   Invirtió en campos de la provincia de Buenos Aires, en lo que fue el boom de las “invernadas”. Los estancieros compraban flacos ganados que engordados valían muchísimos más. Era un negocio que daba fortunas. E Irigoyen no fue la excepción. Donaba sus sueldos de maestros, no tenía pasta de abogado (todavía se duda de su título) ni formó familia pese a la cantidad indescifrable de hijos que tuvo. Había ingresado a la Escuela de Abogacía “por la ventana”, como refiere su biógrafo Manuel Gálvez, puesto que no había terminado los estudios secundarios. Pero una recomendación del doctor Alem valía más para el Decano, amigo de Leandro. Cursando los estudios de manera salteada no dio el examen final. Una ley posterior en 1880 le otorga el título de abogado aunque no haya dado la tesis final.

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  No formó familia. No era hombre para formar hogar, pues su vida era la política, y el partido. En 1888 muere su padre. En 1889, su hermano Roque, pérdida que le resulta dolorosa. Retraído en sí, abandona el hogar de los Alem ese mismo año. Se comenta que su hermana tuvo flirteos con el tío y eso molestó al Hipólito.

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A partir del ’90.

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   Participa en el Parque y en la formación del Radicalismo. Y desde aquí retomamos la acusación de Lisandro de la Torre. La que motivó el duelo del 5 de septiembre de 1897, del cual De la Torre, esmerado esgrimista, saldrá malherido. La barba de Don Lisandro, con el tiempo, ocultará las heridas que en el rostro Irigoyen le causó. Será, desde entonces, su encarnizado adversario.

   El De la Torre de septiembre de 1897 ha acusado a Irigoyen de personalista e influencia nefasta que ha perjudicado el accionar partidario. Da tres fechas: 1892, 1893, y 1897.

   1892: Segundo domingo de abril. Pellegrini detiene a todos los dirigentes radicales y canónicamente resulta electo Presidente don Luís Sáenz Peña. Los acusa de conocer un plan terrorista y revolucionario. Ese primer domingo de abril, Hipólito Irigoyen ha visitado a Pellegrini para solicitarle por una maestra cesanteada. Se comenta que suelta el plan electoral del Radicalismo. Eso dicen los círculos de Alem. Pero el Caudillo lo descree. Conociendo sus ímpetus, de saberlo cierto, lo hubiera expulsado del partido. “Que se rompa pero no se doble”.

   1893: Alem encabeza la revolución “desde abajo” en Septiembre. Irigoyen y el concurso de las fuerzas bonaerenses no se unen a la patriada. Permite que lo apresen los gubernamentales. Alem se lamenta en la cárcel todo 1894. “Si hubiera venido en mi auxilio”. Las divergencias se tornan visibles con el correr del tiempo. Tiene razón Álvaro Yunque, biógrafo de Alem, cuando explica ¿cómo entiende el paisano radical que el Comité de Capital, hechura de Alem, participe de los comicios; y el Comité bonaerense, fortaleza de Irigoyen, se abstenga? Algo pasa.

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    Los círculos de Alem lo separan del sobrino, y el viejo caudillo suelta palabras fuertes: “Canalla traidor… carrerito desagradecido… carece en absoluto de escrúpulos morales…” y le reprocha las traiciones con un  “si sólo me falto parirlo”. El sobrino responde, “Leandro bebe, está mal rodeado”. De la Torre, justamente, buscará un entendimiento entre ambos. Imposible. Personeros de Irigoyen obstaculizan las reuniones del Comité Nacional. Una de las noches de reunión, al Presidente del Radicalismo, doctor Leandro Alem, se le escapa: “¡Estos chicaneos son cosas de Hipólito: ¡Los radicales conservadores se irán con don Bernardo; muchos se harán socialistas o anarquistas; la turbamulta, dirigida por el pérfido de mi sobrino, se arreglará con Roque Sáenz Peña; y los intransigentes nos iremos a la mismísima mierda!”. No había posibilidad de encuentro, aunque ambos se conocen. Los epítetos del tío son de momento. Pero para el sobrino, el líder del Radicalismo en su cruzada renovadora no debe cometer semejante grado de inmadurez. Y se separa de él. No por adversario o rencoroso —¡Él, justo él,que le debe tanto a su tío!— sí para salvar los mismos principios que Alem encabezaba.

   1897: Bernardo de Irigoyen, presidente del Comité Nacional, pretende llevar adelante un plan que Alem pensó llevar a cabo con Del Valle. Don Hipólito se oponía en el recato. Pero ambos mueren en 1896. El plan consistía en unirse a los mitristas, como en el ’90, contra la candidatura Roca.

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  Los radicales bonaerenses se oponen: Que Roca sea presidente, total lo va a ser igual, pero que se salven los principios radicales. Y de paso, se quedan con la conducción del Radicalismo. El principismo práctico de Irigoyen, superaba el pragmatismo conservador de don Bernardo, y los arranques idealistas del tío.

 Era lo que los Radicales necesitaban.

 Todo lo contado, es historia conocida..

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yrigoyen

El “hijo” de Rosas.

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      Escrita la historia por escribientes del poder, antidemocráticos y hasta antiargentinos, la memoria de Rosas en aquel emporio colonial poco podía sostenerse. Apenas don Adolfo Saldías, radical de Alem, Bernardo de Irigoyen, y Enrique Quesada, se atreven tímidamente a defenderlo. Cuando se te tildaba de “mazorquero” en esos años, era peor que decirte una artera mala palabra.

  Leandro Antonio Alen, pulpero del barrio de la Concepción, era miembro de la Mazorca por intermedio de un amigo. Y era el cuidador de caballos de los establos de don Juan Manuel. De este modo, su hija Marcelina, era contertulia de Palermo, y amiga de Manuelita Rosas. Yrigoyen, de julio de 1852, tenía un parecido físico admirable con Rosas. Y hasta parecía imitarle en sus formas y cualidades personales. De ahí, a lo que vendría, un paso.

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 Lo apodaron el “Peludo”, como al animalito que se escondía de la multitud. Y para denigrarlo más, como al hijastro de Rosas. Que era como decirte hijo de puta. Tanto odio para un hombre que se la jugaba por los más, por el Pueblo, y por la Democracia de sentires americanos.

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La reconstrucción partidaria.

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       En 1898 don Bernardo de Irigoyen asume la gobernación de Buenos Aires, pero los “hipolitistas” no le acompañan. Los “bernardistas” se terminan plegando a alguno de los partidos del régimen, los “alemitas” se retiran de la política. Los que quedan se hacen con las veces del Partido.

 Entre los que quedan, está Yrigoyen. Comienza su “apostolado cívico”, como él comenta. Tres emblemas para convencer a sus seguidores:

   Intransigencia: El Radicalismo ha nacido fruto de la intransigencia al no acatar el pacto Roca—Mitre de 1891. Su intransigencia reside en el aliento y fe que tienen en la concurrencia del Pueblo en las decisiones políticas. “El Pueblo es artífice de su destino”, dice Alem. Así, rechazando los personalismos que desconocen la opinión popular, se envalentonan levantando las banderas populares para concretarlas en la realidad. Ese es el personalismo que denuncian los radicales. El del Unicato, el del Sectarismo de los mitristas. En ningún momento pusieron en discusión la personalidad avasallante de Alem o Irigoyen a la hora de conducirlos. Es más, a don Leandro se le escapa en un encuentro de jóvenes, que cita el historiador Juan Balestra presente en la reunión: “Mi objetivo es encumbrar a un Caudillo que recoja las inquietudes de la masa y las imponga en el concurso de las instituciones”. Muchos creyentes del Liberalismo positivista de la época se alejaron con prudencia si ésa era la idea. Pero el Pueblo acompañó en su mayoría a los radicales. Y mucho más cuando Alem repitió el contenido en su histórica recorrida por el país en 1891. Las antiguas montoneras de Peñaloza, Saa, Varela y López Jordán se le unen. Lo mismo la mayoría de las familias federales. El doctor Estanislao López, nieto del Caudillo santafesino, reviste entre los yrigoyenistas de 1912. Elpidio González, nieto de Calixto María González, hombre de Rosas y López Quebracho en Córdoba, hijo de un montonero del Chacho, también. Y más cuando en sus filas está el antiguo rosista don Bernardo, se conoce el origen mazorquero de los Alem, y se combate a Mitre. Ricardo Caballero lo comenta en su descripción de la Revolución de 1905.

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   Alem soltará frase tras frase, e Irigoyen se propondrá darle concurso práctico. Aquel era el Bautista, éste el Conductor. Y el Pueblo lo entendería así.

   Abstención: Las garantías no están dadas para participar en los comicios, y el Radicalismo no se presentará a los mismos. ¿Cómo, un partido en apariencias mayoritario no concurre a los procesos electorales? ¿Cómo, un partido representativo de un gran cúmulo de objetivos no acude a ni siquiera una banca para adquirir los objetivos que proclama? ¿Cómo puede prescindir de las oportunidades que brinda la Constitución a los ciudadanos de alcanzar sus derechos y garan-tías? Los medios estaban viciados, y no era cuestión hacerle el juego a los gobernantes. Tanto, que Irigoyen le dirá a Figueroa Alcorta en 1908, “que desconocía autoridad constitucional alguna sobre la República”.

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   Como táctica política fue extraordinaria,

  Revolución: E Irigoyen insistirá con los proyectos armados para deponer las prerrogativas del régimen. Cinco años enteros arma la revolución el Caudillo. Convoca a los fieles civiles que le responden. Conspira. Teje la telaraña con paciencia infinita. Habla con los oficiales medios. Les habla de la Patria, de los deberes cívicos, y muchos caen a su alocución. Era un servicio a la Nación rebelarse al poder constituido. El fraude, la corrupción, el empobrecimiento de la masa, la agachada cuando el conflicto con Chile. Todo puede terminar si la Revolución triunfa.

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La propuesta Yrigoyenista,

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       Irigoyen ha convencido de dar el golpe revolucionario. En secreto, en sigilo, y vigilado desde el ministerio de guerra. ¿Pero qué se proponía el Caudillo de triunfar? La reparación nacional y la recuperación del lineamiento de Mayo.

 Para Irigoyen, comenta Gabriel del Mazo, existían tres períodos en la Historia Argentina: La lucha por la Independencia; por la Organización de la República; y la Reparación Nacional. Irigoyen se proponía completar el tercer período.

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   “El Radicalismo es la Nación misma en busca de su destino”, expresará en repetidas alocuciones, para convencer a sus seguidores. Con un pensamiento político así, era muy difícil para los idealistas de entonces sentirse alejado del Yrigoyenismo. Y manteniendo la abstención, don Hipólito alejaba a los ambiciosos y ansiosos de ocupar espacios de poder. Al mismo tiempo que evitaba disidencias internas y todo lo aglutinaba tras su nombre. Nadie sabía bien cuántas personas revestían en la UCR, salvo el líder. Era demasiada información y poder de decisión en una sola persona. En varias oportunidades lo descubrían, y como los antiguos incas, los altos oficiales trasladaban a “los tocados”. Eso retrasó la Revolución, perdiendo contacto el Caudillo con varios de los conspiradores, pero a la vez facilitó la difusión de sus planes.

   Al Radicalismo se fueron sumando jóvenes idealistas dispuestos al combate por la libertad del sufragio. Pero en el fondo estaban las aspiraciones de conseguir mejoras para la vida diaria del hombre argentino. Con semejante idealismo ético entre sus integrantes, entregados por entero a la tarea conspirativa, arriesgando la vida por la República, Irigoyen reformó los cuadros internos del Radicalismo, dotándolo de la fuerza necesaria para conducir a la Nación a su destino. Esa suerte de Cruzada Religiosa de la cual era Apóstol y Señor.

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Era lo que los argentinos necesitaban.

  Así los tantos, se fijó la fecha del pronunciamiento revolucionario. La idea era dárselo a Roca de despedida de gobierno. No pudiendo ser, se fijó para los primeros días de Febrero de 1905.

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¿Por qué Irigoyen/Yrigoyen?

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    Habrán visto que alterno la nomenclatura del apellido de don Hipólito. Por lo que cuentan los militantes de la Intransigencia Radical en los años ’40, la historia es ésta: El sector de Marcelo de Alvear, el unionismo tan corrompido, lo llamaba Irigoyen. Fue idea de Gabriel del Mazo, muchacho de FORJA, utilizar políticamente el apellido: Yrigoyen, para diferenciarse. Una investigación de la escritora Araceli Bellota en su “Los amores de Yrigoyen”, cuenta que el abuelo de don Hipólito, don Martín, era hijo de vascos franceses apellidados “Hirigoyen”, etimológicamente “población del alto”. Parece que al venirse al Plata “mudaron” a la consonante muda. Roberto Etchepareborda afirma que en Francia suele trastocarse la Y con hi, y viceversa al empezar una palabra. En 1965 la Academia Nacional de Historia se pronuncia por la Y.

 Aclarada la cuestión, nosotros nos inclinaremos a partir de ahora por Yrigoyen también, significación más popular que la que utilizaban los “alvearistas” en tiempos de la CHADE[1].


[1] Uno de los negociados más grandes de la historia Argentina. Que ya contaremos a su debido tiempo.

https://www.facebook.com/media/set/?set=a.439002672787385.99183.134328863254769&type=1

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    1. V. Joaquín Castellanos. El Yrigoyenismo. | ¿VALE LA PENA SER ARGENTINO?

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