Carlos Pistelli

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Primeros años de la Presidencia de Roque.

El camino de Sáenz Peña,

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Don Roque ha nacido en 1852, en medio de una familia “rosista”. Su vida plagada de aventuras lo lleva en sus años mozos a pelear del lado peruano en la guerra contra Chile por las salitres y la salida al mar boliviana. En Perú le consideran héroe. Recorre Europa y finalmente recae en Argentina donde se pone del lado del juarizmo contra Roca, fundando el “Modernismo”. Ministro en varios congresos “panamericanos”, en su fobia hacia los Estados Unidos y su “América para nosotros, los americanos”, pronunciará su célebre “América para la humanidad”.

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  Figueroa Alcorta busca presidente. Pudo ser Estanislao Zeballos si hubiera sido más prudente cuando fue su canciller. Cuando los rivales se le adelantan queriéndole imponer candidato, Alcorta recurre a un viejo amigo: don Roque.

 Eran viejos juaristas antiroquistas que las tenían todas consigo. Cárcano, Julio Costa, Indalecio Gómez auspician al candidato. Los republicanos, como se llamó el viejo partido mitrista, liderado por Guillermo Udaondo, ex gobernador bonaerense en 1894, y el diario La Nación son crueles con don Roque: “el general peruano” no puede presidir la República.

 Figueroa impone todos los recursos presidenciables e interviene los distritos donde la candidatura “no encuentra calor”. Udaondo recorre el país y la propia capital, vitoreado por propios y extraños: Se lo tiene como a un candidato “popular”. Pero el 6 de marzo de 1910, en las elecciones que se elige senador porteño, pierde su candidato inexplicablemente. Decide la “abstención”. El triunfo de don Roque fue canónigo, y un elector amigo votando por otra persona le ahorró el hecho de ser electo de “forma unánime” en el Colegio de Electores. Estuvo cerca de emular al Mitre de 1862.

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   SRoque Sáenz Peñaáenz Peña tendrá la chance que Roca le había escamoteado en 1892, cuando haciendo erigir a su padre don Luís, le cortó las piernas.

Formó un primer gabinete de renovación:

 .Interior: Indalecio Gómez, salteño y su amigo personal;
.Cancillería: Ernesto Bosch, porteño y también su amigo;
.Instrucción pública: Juan Mamerto Garro, cordobés, radical “bernardista”, candidato a vicepresidente en 1892.
.Hacienda: José Ma. Rosa, uno de los fundadores del Banco Nación y de brillante desempeño en el 2do gobierno de Roca.
.Obras Públicas, Ezequiel Ramos Mexía, miembro prominente de la oligarquía, continuaba en el cargo que ocupó con Figueroa, y era amigo de Peña también.
.Agricultura: Eleodoro Lobos, porteño, seguía en la cartera donde tuvo deslucido desempeño.
.Guerra: general Gregorio Vélez, salteño.
.Marina: alte. Juan P. Sáenz Valiente, porteños, estos dos de la confianza del Presidente.

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Programa de Peña,

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     El nuevo Presidente proviene del círculo político que reconocía en Carlos Pellegrini a su líder natural. La mirada política de este grupo “progresista” del Régimen, era el que el “Gringo” había expresado en las discusiones de 1906. Había que adecuarse al hecho que los inmigrantes estaban produciendo en el país, y evitar que la nación se desbordara siguiendo a los radicales y a los anarquistas. Dando elecciones libres, le quitarían a Yrigoyen sus mañas, y el pueblo, agradecido, se volcaría al oficialismo.

  Sáenz Peña creía, como sus correligionarios Figueroa Alcorta, Ramón Cárcano, Estanislao Zeballos, Indalecio Gómez y Victorino de la Plaza, que Yrigoyen se había ganado el favor popular haciendo el papel de víctima y de perseguido, que en la multitud, siempre genera simpatías. Quitándole los motivos de su retraimiento pondrían al Radicalismo en una difícil disyuntiva.

  Pero ante todo, Peña creía que los radicales no eran muchos más que Yrigoyen y su grupezco. Dando la ley electoral que garantice los comicios limpios, el pueblo se volcaría agradecido hacia las eminencias del Régimen, que tanto habían labrado para ubicar al país en el sendero del progreso y las relaciones internacionales. Acaso Yrigoyen mismo pensara similar.

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  Sáenz Peña asume el 12 de octubre de 1910, en medio del sigilo porque parece que los radicales quieren darle un golpe revolucionario. Ha tenido que reunirse con Yrigoyen asegurándole que la Ley Electoral va ir por los canales ordinarios. Don Hipólito, su amigo de otros tiempos, le ofrece el concurso radical si desaloja a los gobiernos provinciales mediante intervenciones nacionales y ratifique su postura popular. El Presidente prefirió mantener todo como estaba, si íbamos tan bien, y el dirigente radical abandonó la reunión, dando un manifiesto saludando la llegada del nuevo gobierno. Era una tregua en tiempos difíciles,

  La gestión de Peña se vio entorpecida por tres hechos: Las vicisitudes del programa electoral, la gran Guerra y la frágil salud del Presidente. La honradez de don Roque acompañó una etapa de crecimiento económico, acompañada por buenos balances del comercio exterior, persiguiendo los episodios de corruptela oficial siempre presentes en los gobiernos del régimen. El descubrimiento del petróleo en 1907 le dio también una chance para definir su nacionalismo económico creando la “Dirección General de Explotación del Petróleo”, antecesora de YPF. Llamó a realizar el tercer censo nacional, y cuatro mil maestros impartían clases a un millón de jóvenes. Pero había algunos rasgos oligárquicos que lo perdían: Su ministro Carlos Saavedra Lamas quiere reformar la política educativa, mandando a los pobres a formarse como obreros especializados y a los hijos de la gente bien a las Universidades para recibirse como profesionales.

  Al mismo tiempo, heredaba de la gestión de Figueroa, el conflicto con Brasil propiciado por la torpeza de Zeballos. ¿A quién mando a recomponer relaciones, tomando en cuenta que ‘todos los míos’ son antibrasileros?, se habrá preguntado el Presidente.

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  Al general Roca. Hondas diferencias los separaban desde siempre, pero en primer lugar estaba la Nación. Y deponiendo viejas querellas, el anciano Zorro se prestó al ofrecimiento presidencial, solucionando un conflicto que pudo empantanar la gestión de Roque. Un aplauso patriótico a ambos.

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La ley electoral,

El Presidente consiente que deben existir dos grandes partidos, que deben cumplir el papel de oficialismo y oposición, alternándose en el gobierno. Descree del papel de las minorías, no siempre representativos de los intereses generales del país. Para él, los dos grandes partidos sabrán absorber las iniciativas de los pequeños. Se maneja como un Presidente por encima de las diferencias partidarias, por el bien de todos, como decía su querido José Martí. La vía electoral era su obsesión, aunque las eminencias del régimen le hacen la vida imposible:

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  La oligarquía, fiel a su soberbia social acostumbrada, no quiere darle el brazo a torcer: Al país lo deben gobernar sus mejores pensantes y de alta ubicación social. Cederle el voto a las grandes masas ignorantes e incultas, era poner al país en la senda del desquicio. Lo mismo que se piensa hoy en día, pero por parte de la clase media, que quiere negarle el voto a los negros de las villas, que por el pan y el vino, y algo más también, siempre votan mal. En aquella época, votar mal era votar a Yrigoyen; Hoy al seudo-peronismo que pulula en el país,

  Se dirigen despectivamente contra el Radicalismo: “El encumbramiento de la hez y de la chusma, la supremacía de los analfabetos sobre el hombre instruido”; “El imperio de los inferiores con los consecuentes peligros que surgen de sus defectos morales”

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  Yrigoyen, parece hacerles el juego a los oligarcas. Él era un revolucionario, más que un demócrata en el sentido electoral de la palabra; Se debían remover de su seno, todos los elementos que causaban el pesar de las instituciones constitucionales. Por eso les insiste a Figueroa y a Peña con intervenir armadamente las provincias, llamar a elecciones limpias (que les darían el triunfo a sus correligionarios) y renovar al Estado con la inclusión de las capas medias y populares de la Nación. Peña era reformista, pero no radical. Y si quiere la Reforma Electoral, es porque es un hombre de bien, y confía en que los nuevos y limpios votantes dejarán varado a los radicales para volcarse al Saenzpeñismo. Así los tantos, se fue al Congreso a ratificar sus promesas electorales:

  Su ministro del interior, Indalecio Gómez, debe lidiar con el troche y moche de la oligarquía. El diario de los Mitre, La Nación, le hace la vida imposible; La Prensa, órgano liberal y progresista, le da su apoyo desde sus páginas. Saca con lo justo las Leyes de Enrolamiento General y Padrón Electoral. Empiezan los debates por la Ley Electoral, que pretende establecer el voto secreto y obligatorio y la representación de las minorías.

   Empiezan los riflazos, Marco A. Avellaneda, pariente del ex presidente, denuncia a la ley como antidemocrática e inconstitucional: “significa una ofrenda de paz a un partido que vive conspirando”. Y no quieren dar el voto obligatorio, prefieren el calificado, que se expresa en la Constitución alberdiana.

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  Gómez mueve cielo y tierra. Sáenz Peña llama uno por uno a los legisladores amigos, y les obliga a personalizar el voto. El debate se alarga y la barra del Congreso presiona a los que votan en disidencia. Gana el gobierno, y el Presidente podrá decir, con orgullo: La nueva ley aporta dos innovaciones substanciales: la ley incompleta y el voto obligatorio. No nos equivoquemos, sin embargo. Ni la ley, ni el sistema son una finalidad: son apenas un medio. He dicho a mi país todo mi pensamiento, mis convicciones y mis esperanzas. Quiera mi pueblo escuchar la palabra y el consejo de su primer mandatario. Quiera votar”. Los radicales se relamen, y el oficialismo se rompe en dos:

  Al calor gubernamental, se forma el Saenzpeñismo, conducido por el ministro Gómez, aunque herido de guerra tras los debates. Son los juaristas y pellegrinistas del pasado en el presente. Los ‘roquistas’ se sustentan en las provincias, manteniendo su fortaleza, pero sin dirigentes nacionales de altura. Se habla ya, de las elecciones presidenciales de 1916.

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