Carlos Pistelli

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VI. Cien años de la victoria nacional de 1916. Los problemas del Yrigoyenismo.

YrigoyenyAlem.

  El Yrigoyenismo que llega a la Casa Rosada el 12 de octubre de 1916 es un quilombo interno, perdonando el lector mi enunciación ‘calificada’.

  Un detalle mayúsculo que se les escapa a los historiadores argentinos, como bien me recuerda siempre el amigo Juan C. Sequeiros, es el gusto por las formas de nuestros próceres. No hay episodios políticos equis que no cuenten con un documento que lo acredite como tal. El propio Yrigoyen, tanto como su tío, tan personalistas en la conducción del Movimiento Regenerador, se valen de la vida partidaria como modo de vida. Y eso que hacían lo que se les cantaba el ‘tuje’. Cada episodio histórico del ‘Peludo’ tiene su consiguiente manifiesto. Cada decisión tomada, una solicitud de aprobación de su Convención Nacional. Si Alvear no lo cachetea, como cuenta la leyenda, en marzo del ’16, Yrigoyen no hubiera sido candidato, sometiéndose a la voluntad partidaria, contra su propio parecer.

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El Radicalismo ante su encrucijada.

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  Cuenta Ricardo Caballero, yrigoyenista de primer orden, que cuando salió la Ley Sáenz Peña en 1912 y la Convención partidaria levantó la abstención, contra la primera opinión de Hipólito, éste llamó aparte a la delegación santafesina: “Muchachos, la historia ha cambiado con esta decisión. A partir de ahora el número es lo que vale y si los principios nos trajeron hasta aquí, veréis de un lado al militante de la primera hora junto al arribista, del otro, que se acerca a nosotros por las mieles que tiene la posibilidad de ser gobierno. Tengan cuidado, y trancen lo menos que puedan con la realidad“. Tenía razón el estratega extraordinario que fue Yrigoyen, pero mucho no impidió el desembarco de los arribistas.

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  Es que para hacer política hay que ser práctico, total los que se suman se someterán a la voluntad del que conduce. Pero eso le traerá dolorosas migrañas al Radicalismo.

  Entonces debemos detenernos un instante y contar algún que otro detalle de la Historia Nacional. ¿Cómo construyeron los que fueron adalides de la Nación Argentina?.

  • Con epicentro semieterno en el Puerto de Buenos Aires, la imposición porteña y unitaria, más por las malas y a los palos, vertical y hasta antidemocrática, es una de ellas. La más criticada de todas, al menos de los que venimos del campo popular, y que tiene como referentes ineludibles a don Bernardino y al Divus Bartolus, pero que tampoco Dorrego o Alem pudieron resistir en sus intentos populares. La Reina del Plata magnetiza a la República desde tiempos inmemoriables, y el centralismo de nuestro país pervive con ese magnetismo insuperable e insufrible.
  • La fortaleza de la provincia de Buenos Aires, quien en ‘pacto federal’ impone sus tantos al resto de las provincias, y que fue la manera que don Juan Manuel o don Adolfo Alsina lograron, cada uno a su modo, claro está. Rosas mandaba sin mucho control, pero con las provincias, aún con su gigantesca figura, siempre debe arreglar porque es el Jefe de una Confederación, y debe respetar esas autonomías federales aunque algunos crean que avasallaba todo. Don Adolfo, ni eso. Por eso jamás será presidente: porque para el interior siempre será un porteño satélite de Mitre. Don Hipólito construyó a partir de esta idea.
  • Las provincias contra el Puerto, desde su primer adalid indiscutible, insobornable e inclaudicante, Pepe Artigas, pasando por López, Bustos, Quiroga, el ya declinante Urquiza, y el referente de otra época como fue Roca. Son las provincias que quieren cogobernar el país, sin declinar la frente, y pactando con alguno más o menos pasable de la “capital natural”.

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  El Radicalismo de Yrigoyen es una Confederación Humana y Provincial aunque funcione como partido orgánico; un Movimiento ‘Nacional’, pero cuyas bases federales Yrigoyen no puede manchar, aún contra su propia inclinación a anteponer la Nación al Federalismo Autonómico. Ni siquiera el primer Perón, con todo el poder vertical que le daba el pertenecer al Gobierno Central pudo romper el “provincialismo”. Historia rara de un país centralista, cuyas provincias siguen manteniendo su espíritu propio, y hasta adverso a las corrientes nacionalistas que imponen los Jefes populares.

   Entonces los problemas. Convivían en el Radicalismo que accede al gobierno, cuatro componentes básicos.

  • La Dirección Nacional partidaria, con Hipólito a la cabeza, y sus seguidores más afines, sintiéndolo más que entendiéndolo, porque a la Patria se la siente y se la quiere más que se la explica. El “Radicalismo es la Nación misma en busca de su destino” y no es cuestión sentarse a dialogar sobre su significado.
  • Referentes opositores, que van a rodear más temprano que tarde al pelado Alvear, el niño Marcelo, que entendían que el Radicalismo es un partido popular, sí, pero tampoco la pavada revolucionaria que enuncia el personalista y su chusma.
  • Los jefes provinciales, que si votan a Yrigoyen a Presidente, rompen con él estruendosamente sin claudicar de su mirada popular de la vida nativa. Mendoza, San Juan, Santa Fe, Córdoba, más ilustrada, Entre Ríos, más crítica, La Rioja en donde Pelagio Luna se queja agriamente del destrato de su compañero de fórmula, Salta, etc. Por eso las intervenciones reparadoras, que buscan devolver el Gobierno a Pueblo, como en los tiempos federales, pero que al poco tiempo se manifiestan revoltosas a seguirle la corriente al Peludo. No puede domarlas. Las singularidades de los pagos chicos imponen condiciones al Caudillo Nacional. Nuevamente Nación vs. Federalismo confrontan en el inacabado enfrentamiento y ya clásico argentino legendario, les diría. Las ligas de gobernadores siguen siendo tan importantes como otrota, y el Presidente no las tolera, y se forman radicalismos paralelos a la Conducción Nacional.
  • Los arribistas, que se desprenden del tronco conservador y van a Hipólito como Jefe. Algunos, porque lo recomienda Roca desde la ultratumba. Otros, para mantener situaciones, porque Yrigoyen se termina recostando en ellos, por práctico, para no tener que ceder ante los caudillos provinciales que le recelan jefatura. Es interesantísimo este punto, que mereciera una nota aparte. Cómo las provincias no aceptan el Orden Nacional por Centralista, y si votan las leyes nacionales, las hacen cumplir dentro, según las costumbres mundanas, desmereciendo el palabrerío presidencial: Convivirán, sí, ante el enemigo en común. Pero nada más que eso. Siglos de historia argentina han sido así.

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  Ante esa encrucijada que Yrigoyen conoce como pocos, por algo no quería asumir, le quedan dos caminos. El difícil equilibrio de someterse y gobernar superando las contigencias con el tiempo; O intervenciones reparadoras que cambien de raíz las prácticas culturales y políticas de añares. Salvando a la provincia de Buenos Aires, su terruño, en donde la intervención es total, el Presidente no se animó a tanto en el resto del país, convencido que era remar contra la corriente, con todos los problemas que ya de por sí se le presentan desde que asume.

  Apenas en 1928 Yrigoyen cambiará esa lógica. Y es con la batalla que perdurará como lo mejor de sus gobiernos: La del petroleo. Los recursos naturales son de la Nación, y no de las provincias. E impondrá sus tantos provocando su caída en 1930. Apotema que el Radicalismo declinante de Alfonsín, no supo observar cuando la Reforma Constitucional de 1994, siguiendo los intereses del FMI al respecto.

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  Alguna vez deberemos entrar en detalles sobre este tema tan apasionante como necesario. Este de las provincias contra la Nación Centralista, y la imposibilidad de convivencia entre autonomía y nacionalidad.

3 comentarios

  1. Carlos Pistelli

    Reblogueó esto en ¿VALE LA PENA SER ARGENTINO?.

  2. MIGUEL ANGEL GONZALEZ.

    VALE LA PENA SER RADICAL , SI !!!

  3. Carlos Pistelli

    Muy, muy, muy, MUY buen artículo, Canayón; creo que ha poeshto oshté el dedo en la llaga: el problema no resuelto de nuestro formato de país. Somos, en lo que proclamamos y en la letra de la constitución, una república federal; pero también somos en la realidad efectiva y sin que queramos admitirlo, una república unitaria. Somos celosos de las autonomías, pero tenemos en las provincias (¿feudos?) gobernantes que son meros mendicantes del gobierno central y obedecen mansamente sus designios. Haciendo una comparación grosera con un fenómeno tan popular como el fútbol, estamos en esa etapa en que era amateur… pero todos los jugadores cobraban de sotamanga, porque Don Fulano les tiraba unos sopes, porque la empresa de Mengano les daba unos “viáticos”, por lo que fuere; laa cuestión es que era un “amateurismo marrón”, tan marró como nuestro “federalismo”. En relación a su admirado cacique feroz, creo que fue la suya una de las presidencias más unitarias que hayamos tenido.
    Juan Carlos Sequeiros

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