Carlos Pistelli

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Güemes, la Patria tras sus pasos.

 Entra en la categoría del Héroe. El que da la vida por la Patria, aún cuando pueda salvarse. En el más alto signo del Patriotismo, la entrega, el altruismo y el coraje a prueba de lanza. Es la encarnación en poncho de la argentinidad americanista. Es…

guemes

Martín Miguel de Güemes.

            Estando en Salta, el futuro Libertador tuvo oportunidad de suceder uno de los motivos por los cuáles Argentina es hoy independiente. Recorriendo las zonas del conflicto, se encontró con su lugarteniente mejor: El jefe de los guerrilleros infernales, Güemes.

 Güemes había nacido en Salta el 8 de febrero de 1785. Héroe de los acontecimientos acaecidos en 1806 y 1807, fue el edecán de Liniers. Al provocarse la Revolución de Mayo, acompañó a las huestes de Castelli camino al norte. Figura preponderante del triunfo de Suipacha, no participa de la primera entrada al Alto Perú por desavenencias con Castelli y González Balcarce. Permaneció en Salta y luego serviría a Belgrano. Tampoco participa de los encuentros de Tucumán y Salta por dejos de insubordinación, trasladado a la Banda Oriental. La llegada de San Martín alteraría el curso de la historia. Reintegrado al Ejército del Norte, se puso al servicio de Dorrego, Jefe de la Vanguardia. Al pedir éste la baja, San Martín lo reemplazó con el salteño. El arrastre popular del Caudillo, y un triunfo militar en las inmediaciones de Salta, lo convertirían en el hombre fuerte de la región.

  En el invierno de 1814 Pezuela está en Salta sin que San Martín pueda expulsarlo de los confines de la Patria. Saqueos, violaciones, depredaciones de todo tipo son la huella realista. Güemes ha logrado conformar la “Legión Infernal”: Gauchos de a caballo, armados con lo que hay, corajudos, temerarios, patriotas. El 24 de mayo de ese año, las tropas alto peruanas al mando de Warnes, Manuel Padilla y Arenales expulsan de territorio santacruceño al ejército español, poniendo en apuros la situación de Pezuela. Aprovecharía la situación Güemes y los suyos expulsándolo de suelo salteño. Rondeau lo confirmaría en el cargo militar y político: Controlar la región que va desde Tucumán hasta Tarija.

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  La caída de Montevideo y la retirada de Pezuela eran indicios claros: La marea cambiaba. Insurrecciones de todo tipo se suceden saludando la llegada de los Ejército de “Abajo”. No supieron aprovecharlo los “estrategas de Buenos Aires”, separando a San Martín del mando, combatiendo a Artigas y despreciando a las huestes de Güemes, verdaderos artífices de la remontada nacional. Pero de eso ya sabemos porqué. Si hasta la Bandera Celeste y Blanca se dejó de usar nuevamente.

de Vale la pena ser argentino, tomo I.

  Martín Miguel de Güemes es esencial para comprender la existencia de la Libertad Americana. No hay Patria sin don Martín y sus infernales. No existe patriotismo si no se recuerda la grandeza enorme del Caudillo del Norte. La Patria misma, cabalga con Güemes en la lucha por ser libres de toda injerencia extranjera. Y hoy, que me da tanta pena que no se lo recuerde y estime como merece, venimos a levantar su nombre IMBORRABLE de la memoria popular. Ésa, que se toma el colectivo todos los días para ir a trabajar, pero cuando Güemes llama, dejamos todo de lado porque en donde esté Güemes, la Patria es Libre.

Alvear y el coloniaje (1815),

             La logia Lautaro, integrada por masones venidos de Londres, toma las riendas del asunto a la caída de don Bernardino. Son su continuación, aunque con otros nombres, y ya dispuestos a acciones más concretas. Aunque el personaje disparatero de Carlos Alvear pudiera hacernos confundir:

Al principio, Alvear acompaña la idea de Declarar la Independencia y hasta de continuar un proceso de emancipación social presentado por Moreno. Como entiende que no podrá gobernar sin conseguir una gloria militar y sin el apoyo de Inglaterra va cediendo posiciones. Los bastiones patriotas van cayendo de a uno en el Continente. Quedan en pie Paraguay, Argentina y Uruguay. Asunción es impenetrable, pero a Artigas se lo saca por la fuerza. El Jefe Oriental reclamaba cuestiones morenistas y contaba con el apoyo de fuertes contingentes sociales que hubieran estado junto a Saavedra. Artigas es la Revolución de Mayo misma.

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    Alvear cede, derrapa y se pierde en un lenguaje al que recién Roca junior repetirá en tiempos de la década infame. Desobedecido por la Nación que atinó a unir en su contra, solicitó a Londres colonizar el país. Derrotado, prestará servicios a Fernando VII. Después volverá al seno argentino,

   En la tercera década del Siglo XX, siendo presidente su nieto Marcelo, se descubren cartas donde don Carlos se ponía bajo el mando de Fernando VII, enviándole detalladamente las ubicaciones militares de nuestras tropas. Merced a ellas, los hispanos atacaron por el norte argentino y las vimos negras. Suerte que Alvear, descreyendo de la fortaleza del ‘Gaucho’ Güemes, despreció la influencia del Caudillo a la hora de la camorra. Los españoles subieron por la Quiaca, y se encontraron con que había más argentinos bien dispuestos a defender su bandera que cuando festejamos el mundial del ’86…

 .

Salud don Martín Miguel, la Patria te debe su existencia![1]

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 de Vale la pena ser argentino, tomo II, “Los Caudillos”.

[1] … y habría que agregar el gol de Maradona: ¡Hay que decirlo, che!

FICCIÓN:

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– La confianza del enemigo es nuestra oportunidad, me dijo el Capitán Saravia, con su tonada jujeña al observar con mi catalejo la tropilla realista acomodándose en la capilla de la ciudad de Humahuaca. El párroco local los recibía con afecto, demostrando su traición.

–No lo crea tanto, mi amigo –arrojando el puro al suelo Saravia me dijo– No metamos al creador en estos asuntos de guerra; Además quel cura, tío de mi mujer, nos dirá lo que queramos saber.

    Mientras observaba a Saravia deslizándose con grandeza por el pueblo para recibir las informaciones de su tío, el cura, un gaucho me sorprendió dormitando con el catalejo rumbo al horizonte:

– Capitán, el ‘general’ Güemes está aquí.

   Güemes no pasaba de ser Coronel, pero se las daba de Superior, por las dudas. Le saludé mientras bajaba el caballo, Le hice la venia, y le saludé para enojarlo:

– ‘Coronel’, Saravia se adelantó para espiar la situación. Se adelantó de mí, viendo a Saravia venir.
– General, le dijo a Güemes, están dispersados en el pueblito, y el Capitán Español descansa en el Cabildo: los tomaremos por sorpresa. Güemes se volvió hacia mí, diciendo todavía, gangoso:
– Castelli me dijo una vez que la Revolución es un sueño eterno; Otra vez, más exaltado, dirá, Hay un lugar reservado en el infierno para mí y mis amigos;
– Se considera amigo de Castelli, le pregunté,

   Güemes, sucio, barbudo y sobrio en sus ademanes, terminó de un sorbo la ginebra extendida por un lugarteniente, volvió a mirarme, se acomodó el poncho hacia el hombro derecho y, apenas, farfulló:
Si ves al futuro, dirá otra vez huyendo del combate, dile que no venga,

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   El caudillo ordenó a las tropas, se acomodó en el llamado Cerro o Piedra Blanca, a dos leguas de distancia del poblado, y ordenó dar el ataque en sigilo: Las vanguardias degollaron a los puestos de guardia, cruzaron el río seco y un sonido de disparo, alteró la calma, y el primer grito a degüello, y por la Patria, por el rey, y la muerte; 

   Saltando techo a techo me arrojé hacia un realista que intentaba formar un escuadrón de tiro: Caí sobre él y le desprendí con fuerza animal el pescuezo. Tomé una tacuara y asesiné a un segundo hombre y cuando un tercero se disponía rematarme el clarinete y la caballería patria cayeron sobre él. Corriendo por las callecitas, un gaucho veloz me arrojó su brazo y aprovechando su fuerza, mi impulso y la velocidad del caballo, trepé tras suyo, apoyé mis pies sobre el lomo del matungo y me volví a lanzarme sobre un chapetón cobarde que pretendía emprender la retirada: Un cuchillazo en las vértebras, lo mató.

   Los españoles subieron la cuesta norte del poblado, tomando la parroquia como referencia, mientras en el Cabildo a una cuadra y media de la misma, emplazábamos los primeros cañones, y el rugido de los mismos, despertó al amanecer.

– Tiene tiempo para un puro, le grité a Saravia, trepado al techo del Cabildo;
– Siempre que usted me lo encienda!

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   Un balazo perdido fue a dar en la campana de la parroquia. Vino a avivar los ánimos, y el griterío de los “Huijas, Ahijunas” propios de estas gentes. La batalla campal se desenvolvía cuerpo a cuerpo, casita por casita, desbordó en descontrol: Un hachazo de piedra partí en el rostro de un tenientico. Cuando volvía a mi posición inicial en busca de un arma por el Cabildo, Güemes irrumpió con su guardia:

– ¡Galván! Se me hace cargo de estas gentes (veinte habrán sido) y me toma la parroquia;

   Me subí a un caballo, tomé una tacuara,

– ¡¡Por la Patria, Salta, Jujuy y Orán!!             

   Subimos a la plaza, que separaba a la parroquia con el cabildo, enfurecidos en frenesí: Dos, tres, cuatro, cayeron pero saltando las rejas y la parecita parroquial, irrumpimos en ella y en la Sala Capitular den medio. Desmonté ingresé a la iglesia, un disparo vino a pasarme por la oreja, arrojé una imagen al suelo, que se partió en mil pedazos:

– Ave maría purísima… – se espantó el soldado guachupín.
–… y con pecado concebida – y le clavé el tacherazo;
– Capitán, esto es tierra sagrada – me previno el atemorizado curita,
– Córrase, padrecito, que si Dios no está con nosotros, menos lo estará con los enemigos,

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   Pasé al patio trasero, caminando con calma, serena actitud y dando órdenes seguras. No habrán pasado minutos de la toma de la iglesia que el enemigo se batía en retirada hacia el norte:

– Auxilien a los heridos, amontonen a nuestros muertos, y de retirada más allá del puente!- exclamó Güemes.

.   

Mientras encendía mi puro, y Saravia, herido en un brazo, me sonreía a lo lejos, monté a caballo, y siguiendo a Güemes hasta el cerro blanco, pude decirle todavía:

Yo soy la Revolución, – Güemes que conocía al hombre de la frase, apenas sonrió.

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