Carlos Pistelli

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IV. ROCA y LOS INDIOS. Calfucurá, el Gran Gulmen del Sur.

  “Había sido elegido por Dios Todopoderoso para reemplazar a los perjuros Rondeao y sus hermanos, y había desempeñado su misión con felicidad, con lo cual probaba que era obra de Dios. Que quería la paz con sus hermanos indios, pues su misión era unir a la gran familia araucana en un vasto e invencible imperio”, cuenta Pepe Rosa que dijo en 1834.

https://carlospistelli.wordpress.com/2016/08/05/iii-roca-y-los-indios-cafulcura-y-los-indios-del-sud/

  En septiembre de 1834, Rondeao recibe en fiesta a Calfucurá y a sus hombres. Se arma una fiesta en donde terminan todos en pedo. Bueno, todos, no. Los hombres del visitante se mantienen como apartados. Al promediar la mañana siguiente, los jefes y el propio Rondeao no amanecen. Alcanza a escapar Coliqueo. Desde ese momento, manda don Cafulcurá.

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malón

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  Valiente como la mayoría de los indios, pero con dotes de ‘estadista’ y político, Calfucurá se convierte en el gran jefe patagónico, de las pampas, y la pcia. de Buenos Aires. Apenas los Catriel se someten a la protección de don Juan Manuel; Éste recibió el apodo por los unitarios de Ancafilú, nombre de un cacique pampa que asoló Buenos Aires y con el cual concordió.

  En 1836, una gran comitiva liderada por Namuncurá (1811), hijo del Gran Gulmen, visita a Rosas en la estancia Del Pino. Es una paz provechosa pa’ todos, un mantenimiento de status quo, yo no me meto en lo tuyo, vos no te metás en lo mío, Calfucurá vestirá el uniforme de coronel de la Confederación con cucarda punzó. El negocio le sale al Restaurador una anualidad 500 cabezas de ganado vacuno, 1500 yeguas, bebidas, ropas, yerbas, azúcar, tabaco, etc., que Calfucurá se encarga de repartir personalmente. Los malones cesaron.

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  Para la misma fecha ha muerto Yanquetruz. La guerra con el general Aldao le ha resultado desigual, y para su fallecimiento, los ranqueles estaban casi exterminados. Tocó a su sobrino, Painé, “zorro azul”, reorganizar a su pueblo. Para colmo de males para su gente, su hijo preferido Paguithruz Gne, es capturado y enviado a Rosas, quien lo educa y bautiza como Mariano, dándole su apellido. El Restaurador le manda a Painé la vacuna contra la viruela, y con eso terminó de pacificar la frontera.

  Un cristiano, y unitario encima, a quien Yanquetruz ha tomado estima, Manuel Baigorria, hereda su influencia. Aunque Aldao ha cometido alguna que otra matanza merecida de venganza, Baigorria se mantuvo neutral largos años. Y sólo cometerá algún que otro malón cuando la circunstancia lo amerite. Se diría el problema terminado.

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Caída de Rosas (1852). 

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  Morón, Caseros la llaman los brasileños, recrudece el viejo enfrentamiento.

  Calfucurá vuelve a las andadas y azota Bahía Blanca. La “secesión argentina” trae aparejado reposicionamientos. Urquiza, caudillo ladino que hereda el prestigio de Rosas, trata con delicadeza al Gran Gulmen. Los porteños creen que le direcciona los malones. El Castellano ha hecho General de la Confederación a Baigorria, separándolo de Mariano Rosas, heredero de su padre. Los ranqueles quedan divididos en tres: Rosas, Baigorrita, hijo de Baigorria, y Coliqueo. Los Catriel, como siempre, plantaban bandera bajo Buenos Aires.

 En 1861 le escribe a Zeballos: “También le diré que yo no estoy en estas tierras por mi gusto, ni tampoco soy de aquí, sino que fui llamado por don Juan Manuel, porque estaba en Chile y soy chileno; y ahora hace como 30 años que estoy en estas tierras.”

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  Con el “camino de los chilenos” otra vez abierto, el contrabando de ganado al país trasandino vuelve a ser un negoción que Calfucurá, Piedra Azul su significado, convierte en una pinche ganancia.

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Sierra Chica (1855).

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  Las autoridades porteñas no las tienen todas consigo. Y, encima, tienen características ‘rivadavianas’ de desprecio al coraje y valor de la indiada. Catriel, el joven, cansado que no le cumplan las prestaciones que con Rosas se pagaban puntualmente, se levanta en armas. Y para colmo, se une a su viejo enemigo Piedra Azul.

  Son los años terribles. Los jefes unidos hacen desastres. En la luna llena del 13 de febrero de 1855, arrasan con el pueblo de Azul. Se produce un despoblamiento general, y los jefes escapan con 60 mil cabezas de ganados y familias de cautivos. El ministro de la guerra, sale en campaña en son de escarmiento. Estamos hablando del Coronel Bartolomé Mitre.

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  Mitre salió de Buenos Aires el 27 de mayo de 1855, dice el blog http://www.revisionistas.com.ar. El 30 de mayo encuentra a los indios en Sierra Chica.

  Catriel comanda en jefe. Mitre no solamente es vencido. Si no es por la noche, es exterminado. Se refugia en las alturas de la Sierra, esperando refuerzos. Pero los mismos no llegan. Los que llegan, son los indios que Cafulcurá manda en persona. Está cercado, y sus hombres rezan prometiéndose como buenos cristianos para la otra vida. Hay que tomar decisiones dramáticas. Deja la caballada, la artillería, todo lo que sea bagaje pesado. Y en puntillas de pie, haciendo el menor ruido posible, huyendo por el más peligroso camino, pero que se entendía desprotegido. Dejan el campamento en pie, prendido sus fuegos, dando a entender que preparaban la defensa a muerte. Fue la más ignominiosa retirada de la que se tenga memoria. Mitre mismo hace el camino a pie, temiendo lo pior. Han salvado la vida de milagro, dejando doscientos cincuenta muertos. Ha sido la victoria más significativa de los indios sobre los huincas, en más de trescientos años de guerra.

http://www.revisionistas.com.ar/?p=2242

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  Catriel, siempre contemporizador, volverá al seno porteño. Pero Calfucurá no ceja de hacer desastres. Nicolás Otamendi y 125 efectivos no cuenta el mañana. Los propios ranqueles baten fácilmente a Emilio, el hermano de Bartolo. La Pampa pertenece a Piedra Azul.

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Hasta San Carlos.

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  Si en Cepeda, ranqueles y algunos de Calfucurá pelean con Urquiza, aquellos se someten a Buenos Aires en Pavón. Pero, nuevamente, los porteños no cumplen, y los malones recrudecen en toda la República. Estanislao Zeballos, en su obra emblemática, dirá: Referir los cuadros de sangre y ruina que los indios produjeron desde 1862 a 1868 (presidencia de Mitre) en las fronteras del interior y de Buenos Aires sería materia de un libro voluminoso apropiado para acongojar los corazones”. Los ranqueles concurren a alzamiento federales, como el de Felipe Varela, mientras Piedra Azul no ceja en sus ‘tropelías’.

  Pero aún así, tiene ‘don de gente’. En una de sus campañas se dispone a destrozar el pueblo de 25 de Mayo. El cura del pueblo sale él solo, solita su alma, hacia el campamento indio. Calfucurá lo recibe. Parlamentan. Como el “Atila” que sitia Roma, decide no tomarla, como puede hacerlo, y entra con el curita en son de paz, agasajados por la población. Era un guerrero, encomiable, pero también un hombre que solo quería lo mejor para los pueblos. Su entereza, debe maravillarnos. El cautivo francés, Guinard, dijo: “Este hombre, tengo la convicción de ello, no ha sido enemigo de la civilización, pues estaba dotado de instintos generosos. Tenía el sentimiento de la justicia…”. Y acusa a los gobiernos argentinos por no haberlo sabido tratar y atraer. (esto último, del blog revisionistas)

  Poco puedo decir de sus adversarios.

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  Lo dice Zeballos mismo, no muy dado al indigenismo: Si por amor a la patria no suprimiera algunas páginas negras de la administración pública de las fronteras y de la conducta de algunos comerciantes, se vería que algunos alzamientos feroces de los indios fueron la justa represalia de las grandes felonías de los cristianos, que los trataban como bestias y los robaban como idiotas. Mitre termina su mandato, y le sucede Sarmiento. Por un tiempo, las cosas no cambian para nada.

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San Carlos (1872). 

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  Ha surgido una joven oficialidad que equipara, muy en parte, con su capacidad, la legendaria valentía de la indiada. Hombres que harán carrera militar, política, y que rondarán a la Generación del ’80. Brillantes hombres de armas, corajudos, que si tenían sus deslices, era propio de los encargos que los gobiernos les daban. Pasen por hombres, y no por santos.

  Un elemento fundamental viene a desbalancear la contienda: El “fusil Remington”, que venía a reemplazar a las anticuadas carabinas de chispa.  Y el revolver. No es que la indiada no los conseguías de contrabando. Pero si a eso sumamos el uso del telégrafo, el avance del ferrocarril, que va cercando a los pueblos… El avance de la ‘tecnología’, y la necesidad económica de ampliar la frontera, fueron los pilares del Estado para ir contra la indiada.

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  Los malones no cesan. Y del gobierno no cejaban en las provocaciones. Un pacto en 1870 con el coronel Elías culmina de la peor forma porque éste ataca a traición tolderías. La indiada está harta ya de estar harta. Se produce un famoso congreso de indios en tierras de Piedra Azul. El Gran Gulmen los convence de aunar fuerzas. Calfucurá manda una declaración de guerra al gobierno y moviliza a toda la indiada en edad de combatir. Desde los propios, a los ranqueles (Mariano Rosas y Pincén) y ‘manzaneros’ de Neuquén, con los cuales realiza el mayor malón hasta entonces.

 Hasta los de Catriel quieren concurrir, pero el Cacique se impone con rudeza, y junto a Coliqueo se mantienen equidistantes en un principio.

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  El malón viene de regreso y está a punto de tomar San Carlos de Bolívar. Su defensor, mayor Plaza, pide auxilios a todos los pueblos y fortines, a diestra y siniestra. Es el 5 de marzo. Cafulcurá le pide pasar de largo y evitar el combate. El General Rivas, desde Junín, viene a las apuradas con más de mil hombres, entre propios y las lanzas de Catriel. Los jefes argentinos se mueven en sigilo, a veces yerran los caminos, tienen baqueanos que los llevan por rutas desacertadas a propósito. Pero todos (Ocampo, Boerr, Levalle, Leyría, Borges,) llegarán a tiempo si el general Rivas se dispone a presentar combate.

  Y además logran convencer a Coliqueo y a Catriel de pelear contra la invasión. Este último debe imponerse a los suyos, que no quieren combatir a sus ‘hermanos’. Catriel se hace valer y acalla voces insubordinadas. Estamos al alba del 8 de marzo de 1872.

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  Siete mil indios, toda la masculinidad en edad de portar armas, y un centenar de cristianos darán vida a la mayor batalla hasta entonces.

  El sol ya estaba alteen el cielo. Los pajonales resecos brillaban a lo lejos. Sobre la línea del horizonte, hacia el norte, se alzaban, se alcanzaban a ver leves manchas que el ojo acostumbrado de los milicos no confundía con humo ni con nubes. Era polvo levantado por los indios, cuya chusma arreaba miles de animales, nubes de polvo cuyo tamaño indicaba la importancia del malón llevado a cabo. (revisionistas). Calfucurá los ha citado a combatir a las 8 de la matina. Puntual llega a destino. Despliega su tropa en semicírculo, Rivas divide en tres su estrategia.

 La batalla da inicio, y Calfucurá se enfada de ver a Catriel enfrente. Éste tiene un nuevo conato de rebelión al comenzar la lucha. Manda desmontar a su gente y le ‘ordena’ a Rivas poner un pelotón de ‘fusileros’ a su espalda. El que escapa, será ‘quemado’. La batalla será a muerte. Frente a frente, mano a mano hemos quedado.

  Los primeros movimientos no provocan más que ‘muertes equlibradas’. En un ala mejor Catriel, en la otra mejor Piedra Azul. Rivas refuerza su centro, ordena un fuego vivísimo de artillería, y busca ‘flanquear’ al enemigo. Da órdenes precisas al coronel Ocampo, en el centro, de ir por todo, con el apoyo decisivo de la reserva, que Rivas manda en persona. La táctica da su resultado contundente: Cunde el pánico en las filas invasoras. Calfucurá no logra reimponer el orden en su gente. Empieza un primer desbande, que apenas logra contener, y luego, el desastre. A rajar, y sálvese quien pueda. Es su Waterloo. Rivas termina de envolver al enemigo, y los leales del jefe indio, lo arrastran lejos de la batalla, como hicieron, sus hombres, con el Emperador francés. La carnicería que sigue, es tremenda: los ‘huincas’ vengaron largas afrentas de derrotas por décadas. El que no escapó, y fueron pocos, murió en combate, en San Carlos; Como así también en una persecución implacable, hasta que los matungos de Rivas dijeron basta, y se tuvo que volver. Una tormenta tremenda dio por finalizada la hostilidad.

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  A Calfucurá, por vez primera derrotado en el campo de batalla, una tristeza le invadió el cuerpo, que presagiaba un final anticipado a sus casi cien años.

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La muerte, …

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  … estoy persuadido, es una sombra oscura que pasa, dijo aquel jefe chileno que los incitó al malón en aquel lejano 1820, cuando enfrentó él mismo el patíbulo.

  La tradición mapuche indicaba que el Cacique, al morir, era enterrado con tesoros, alcohol, sus esposas, y sus cautivas. Calfucurá adivinó que la muerte se le venía, y le ordenó a un estrecho colaborador llevarse a todas las cautivas para no acompañarlo al triste trance. Se hizo con sigilo, y se consiguió, pese a ser perseguidas por los hombres del Gran Gulmen. Fue su último acto como Grande Hombre.

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  La vida de Piedra Azul se apagó el 4 de junio de 1873.

  “Cuando murió Calfucurá en 1873 sus amigos juntos, llenos de temor, abrieron su cuerpo. Hallaron dos corazones que seguían latiendo alegremente, que no podían morir y que seguramente laten debajo de la tierra, llenos de vida y fuerzas eternas y que, tal vez por eso, la tierra tiembla a veces (…) los corazones siguen latiendo bajo la tierra para volver en ayuda de los araucanos, a conducirnos a la victoria final”. 

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   Así terminó sus días el más grande Napoleón que tuvo la América. 

Continuará…

Mapa según la Indiada

                            Mapa según la Indiada

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