Carlos Pistelli

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IX. Cien años de la victoria nacional de 1916. Los pilares del Yrigoyenismo.

  Sé bien que he venido a cumplir un destino admirablemente conquistado: la reintegración de la nacionalidad sobre sus bases fundamentales. No obedezco a tendencias, ni intereses encontrados, porque no tengo más ensueño que la nación como síntesis del bien de todos. Tal es la tarea que realizo desde el gobierno, perfectamente idéntica a la que sostuve desde la opinión.

Mensaje del PEN vetando la ley de intervención a San Luis, 15 de octubre de 1921.

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https://carlospistelli.wordpress.com/2016/10/08/viii-cien-anos-de-la-victoria-nacional-de-1916-apuntes-de-una-politica-internacional/

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El “Yrigoyenismo”.

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  El caudillo de calle Brasil, en el barrio Constitución de Buenos Aires, es un enigmático líder que elude a las multitudes, y los discursos arengatorios. Hace del silencio y del tú a tú, una forma existencial de jefatura. Docente por muchos años, dona su sueldo, ganándose un elogio del propio diario La Nación allá por 1886. Ha tenido una breve participación legislativa. Como diputado provincial republicano (1878-1880), y como diputado nacional roquista (1880-1882). Su arte envuelve. Ha cumplido rol destacado encolumnado detrás de su tío. Pero él necesita mandar.

  Es un hombre ético, austero, que hará de la moral su causa principal. Es hombre de principios, de aprender de la experiencia, de conocer profundamente a los hombres. Su tío, que ha tratado a los poetas Chassaing y Francisco Bilbao, posiblemente le regale un libro que sacude el ánimo del joven comisario de Balvanera: El Evangelio Americano. Es un catecismo libertario y democrático que hace mella en los emblemáticos jefes radicales. Hay frases que que arraigan en el pecho del futuro Caudillo: Yo soy el hombre, todos los hombres. Mi libertad es la libertad de todos. Lee a Bilbao con admirable consideración: “La causa más justa puede perderse, si los que son llamados a sostenerla, no sienten el impulso moral del deber, y ceden al deber, y ceden al egoísmo, indolencia o cobardía, traicionando sea el jefe, sean los subalternos, sean los pueblos. La causa más justa puede perderse, si sus campeones representan tal inferioridad numérica, de fuerza, de disciplina, de organización y de armamento que hagan la victoria imposible, pero el sacrificio obligatorio. (…) ¡Sí! es necesario no olvidar que la justicia puede ser vencida, y no ser como esos doctrinarios, eclécticos o charlatanes del progreso, que se imaginan o dicen para no hacer nada, que la justicia ha de triunfar por sí misma”.

http://www.monografias.com/trabajos104/francisco-bilbao-y-evangelio-latinoamericano/francisco-bilbao-y-evangelio-latinoamericano.shtml

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  En su retiro al recato producido con la finalización de su período en 1882, hasta su regreso con los cívicos, Yrigoyen se dedica a trabajar en el campo, y forjar una fortuna personal. No se le conocen vicios. Es austero, un estoico como Marco Aurelio. Un epicúreo. Como dice el pensador español Sánchez Vázquez, el epicúreo alcanza el bien, retirado de la vida social, sin caer en el temor a lo sobrenatural, encontrando en sí mismo, o rodeado de un pequeño círculo de amigos, la tranquilidad de ánimo y la autosuficiencia. De los estoicos aprende, que se puede alcanzar la libertad y la tranquilidad tan sólo siendo ajeno a las comodidades materiales, la fortuna externa y dedicándose a una vida guiada por los principios de la razón y la virtud. 

  En 1876, se inaugura en España la “Institución Libre de Enseñanza”, que giraba en torno a las ideas filosóficas de Karl Chistian Friedich Krause. Yrigoyen abrevió de esa escuela para dictar sus propios cursos. Su espíritu se encontró con una escuela del pensamiento que lo definía. Yrigoyen tuvo acceso directo a la obra el krausista español Julián Sanz del Río, que tuvo notable influencia en su tiempo, entre ellos sobre José Martí o el oriental Batlle y Ordoñez, la de Francisco Giner de los Ríos. El propio Alejandro Korn, radical vinculado a Castellanos, que recién abandonaría el partido en 1918, estaba influenciado por el ‘krausismo’. La ética por encima de todo, como una forma existencial. El hombre se desarrolla en sí mismo, y sólo trasciende en la obra de Dios. Un misticismo acompaña al krausismo. Todo eso, define a Yrigoyen, y al Yrigoyenismo. Pero nada más.

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   Los radicales dan una Revolución en 1905; el presidente Figueroa los invita a negociar; y el gobernador bonaerense Ugarte los incita a una revolución. Pero Yrigoyen logra apartar a su partido de las transas de siempre, haciendo culto a la Intransigencia y a los principios. Recién cuando asume su viejo amigo Roque Sáenz Peña, en 1910, Hipólito se presta a sacar al Radicalismo de la abstención.

  El “personalismo” de Yrigoyen que nadie discute, no deja ser raro. No es un personalismo a lo Mitre o a lo Roca, a lo Alsina o a lo Pellegrini. Él manda, sí, pero se somete a la Convención Partidaria, a quien manda reunir para que se debata lo acontecer. En eso se parece a Artigas y a los viejos caudillos federales, de donde el Radicalismo hunde su interpretación patria, pese a ser un movimiento con ribetes del liberalismo político en boga. Tal vez sea esa mezcla, lo que defina al Yrigoyenismo.

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Instituto Yrigoyeniano.

Instituto Yrigoyeniano.

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El Radicalismo.

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  El Yrigoyenismo es el Radicalismo de inicios del Siglo XX que tiene con el actual, solamente en común las siglas partidarias.

  El Radicalismo que se funda con Alem y se reconstituye en Yrigoyen es profundamente humanista. Centra su accionar en el Hombre, al que ve como artífice de su destino. No es un partido, que los próceres llaman <en movimiento>, “ideológico”. Muy lejos está el Radicalismo de serlo, aunque definirlo como humanista es una manera de ideología.

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  Esa concepción de luchar por la felicidad del pueblo, frase que se repite en Belgrano o en Artigas, personajes que se me ocurren ahora, hablan de la verdadera razón de la Causa Argentina. E Yrigoyen traza su trayectoria política en la senda de los viejos grandes próceres de la Patria Grande.

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  El Radicalismo va a provocar una modernización en la política argenta, convirtiéndose en el primer partido orgánico, y con Hipólito en el maravilloso movimiento de masas.

  Esa modernización que nace en los genes de la Unión Cívica impone sus tantos en la vernácula política argentina. Organización federal del partido, en Convención y Comité Ejecutivo, que se toma de los partidos demócratas y republicanos norteamericanos, un programa político, y que la decisión final siempre esté en la Asamblea Partidaria que constituyan sus bases. Alem y Yrigoyen, tan personalistas en sus gestos y actitudes, fueron fieles representantes de esta idea/causa.

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  Básicamente, el Radicalismo es democrático, y sienta su existencia en la Democracia, aún en los desplantes que van a ocurrir a la muerte de Hipólito. Y con Alem, fraseador por excelencia, “la democracia es el disenso perpetuo”, que claro, luego hay que darle sustento.

  Esa causa democrática que reivindica, es herencia legítima del Federalismo Rioplatense, del cual el Radicalismo debe su nombre. Fue Mitre quien llamó “radicales” a los “caudillos de la hidra de la anarquía”, por sostener la igualdad extrema, que se usó siempre como mote despectivo, y también ante la intransigencia de los ‘alemnistas’ al acuerdo, en 1891. Ese mote que Alem reivindica con orgullo terminará siendo el espíritu que los llame a grandes cosas por el país.

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  El Radicalismo inventa cosas, recrea cosas, y es movimiento de su tiempo y época.

  Partidos Radicales y Cívicos se fundan a finales del Siglo XIX y principios del Siglo XX. Existió un partido radical chileno, uno paraguayo, un civismo oriental, un partido radical francés y uno español. Todos, como el argentino, tenían en común su humanismo laicista (excepto el oriental), las bases del liberalismo político que cada uno desandó en su país a su modo, cada uno fue fuertemente nacionalista y republicano, confrontando con los partidos socialistas. Es decir, había una moda radical en boga. Y la separación del Estado y la Iglesia, que en nuestro país nunca sucedió, era el letiv moviv de los quilombos sociales de aquellos tiempos. El Radicalismo no llevó a cabo esa tarea, tal vez porque hundía gran parte de su fortaleza en los valores cristianos. Pero es solo una opinión al pasar.

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  En Yrigoyen, el Radicalismo se define como La Nación misma en busca de su destino. Qué es el Radicalismo, qué representa, y a quién representa.

  Ese Radicalismo como una Causa Humanística y Nacional, de proyección americanista, ¿a quién representa?. Cuatro millones de argentinos nos dice que somos el Censo de 1895, un año antes de suicidarse Alem. 8 millones somos en el tercer censo de 1914, a dos años del ascenso de Yrigoyen.

  • En veinte años la población se duplica, y se van a duplicar los problemas sociales. Si sostenemos que el Estado siempre está, y encima ese Estado que acaba de formarse finalmente como tal, está, reitero, siempre a dos pasos de los problemas, imagínense entonces. Hay problema de vivienda, de alimentación, de tierras, de escuelas, de trabajo. Y ante las protestas obreras, que el primer Alem llama “cosa de gringos”, e Yrigoyen sufrirá a horrores en sus gobiernos, el Radicalismo establece un programa de soluciones en el marco del respeto sublime a al dignidad del hombre argentino.
  • En 1895 la población rural todavía supera a la urbana: dos décadas después eso ha cambiado para siempre. Ha surgido una nueva composición de la “demografía” y el Radicalismo es hija de ella. Comerciantes, bodegueros, pequeños arrendatarios, docentes, empleados públicos, obreros, etc., van a confluir al Yrigoyenismo como expresión política de sus demandas y sus exigencias. La concentración de la tierra en pocas manos provoca un primer cimbronazo y un grito en Alcorta en 1912, con el apoyo del primer gobierno radical santafesino. Algo hizo el Radicalismo para mejorar las condiciones de vida rural y urbana, algo, que terminó siendo poco.
  • 25% son extranjeros en 1895, 30% en 1914: Apenas el diez por ciento de la población vota en las elecciones de 1916. (En el balotaje de 2015 votó un poco más del 60%), el deber de Yrigoyen es volcar a la República, al Pueblo, para que el mismo se “empodere”, como se dice ahora, y se democraticen las instituciones. Y además, argentinizar a ese pueblo variopinto, crisol de razas, que habla en diferentes dialectos el riquísimo idioma castellano, que apenas una porción ínfima (en 1882) lo sabe leer y escribir. Ese Estado alfabetizador que deja Roca y el vilipendiado Régimen, le dio a Yrigoyen las herramientas para provocar una enorme reforma educativa, y eliminar el analfabetismo en tiempos de Alvear.

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  Primer país del mundo que elimina el analfabetismo, quinta economía mundial, primera democracia de occidente. “La Reparación Nacional”. Eso, es lo que los yrigoyenistas rescatamos. Yo voy un poquito más allá. El Yrigoyenismo argentinizó al Pueblo, y popularizó la Argentina. No es una apología del personaje; Es al revés, las razones porque uno es yrigoyenista. Fue la más grande obra de ese viejo ladino, y Caudillo, llamado Juan Hipólito del Corazón de Jesús.

  Yrigoyen, por si les quedó alguna duda. Simplemente, Yrigoyen.

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