Carlos Pistelli

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I- La Independencia del Uruguay; 1828. Prolegómenos.

  De un mismo Pueblo, surgieron dos Estados. Uno, el occidental, Argentina a secas; Otro, el oriental, Uruguay. Todavía hoy resulta difícil entender porque somos dos estados, los hombres y mujeres que integramos la misma Nación. Ni siquiera el gran charco nos separa: él nos liga y nos da nombre.

24 provincias, Malvinas, y una capital rechazada.

24 provincias, Malvinas, y una capital rechazada.

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  Pero así son las cosas que venimos a contar.

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LA COLONIA,

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  Hace quinientos años, hacía pie en la región, y era comido, don Juan Díaz de Solís. Magallanes pasó de largo, aunque alguna visita hizo. El siguiente viajero en nuestras tierras fue Sebastián Gaboto, que se internó por el Paraná y fundó el pequeño fuerte de Sancti Spiritu, kilómetros al norte de la ciudad de Rosario. Tras cartón vino Pedro de Mendoza, que paró a mirar en la actual Colonia, pero fue y se mandó un fuerte sobre la actual Buenos Aires.

  El “Litoral” permaneció varias décadas así sin ser aprovechada hasta que surgió el primer general de nuestras tierras, don Juan de Garay, fundador de Santa Fe y de Trinidad, puerto del Buen Ayre. Con su sucesor en prestigio, don Hernando Arias de Saavedra, Uruguay ha de convertirse en la “gran vaquería” como dice Mitre.

  Surge el tercer actor del Plata en preponderancia, el Portugal: Los lusos, presa de su ambición territorial, ocupan en la región y se hacen con una localidad: Colonia, en el año 1680. Guerras interminables suponen su encumbración, en donde el maestre de campo santafesino, Vera y Mujica la hace mierd… la destruye. Cien años de conflicto armado y diplomático, hasta que el primer virrey, don Pedro de Cevallos casi que consigue la victoria final, que la diplomacia troca en empate.

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  Los contendientes en pugna, portugueses y españoles, se toman un break, y aparece la cuarta actriz en la zona, doña Gran Bretaña, que busca, de una forma y otra, hacerle la vida imposible a los súbditos americanos de Madrid de la mano de su mula de carga asentada en Lisboa.

 En 1801, nuevamente los rivales en pugna están en guerra, por la posesión de los “pueblos orientales de las Misiones”, en donde cumple un papel, no menor y significativo, un blandengue de mocedades contrabandistas.

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ARTIGAS, LEVÁNTATE Y ANDA, 

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   El nieto del primer alcalde del Cabildo de Montevideo (fundada por los españoles en 1724, tras desalojar una nueva incursión lusa), era el niño mimado de las autoridades coloniales y del propio, y próximo, virrey Sobremonte.

artigas

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  Inclusive Artigas tendrá un conflicto con el gobernador occidental de las Misiones, don Santiago de Liniers, quien se ocupó, al convertirse en Virrey Popular en desmedro del malogrado don Rafael, tras las victorias contra los británicos, en cajonear la carrera militar de Artigas. Hondo despecho ligaba, parece, a ambos jefes.

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   Desde su fundación, Montevideo, se convierte en la capital de la región oriental, que los españoles levantan para confrontar la intromisión lusa. Mas no pasan de cuarenta años que ya los montevideanos entran en litigio con su rival histórica: Buenos Aires.

 Inclusive cuando los españoles forman las instituciones virreinales, el conflicto tiene ribetes legales, por las protestas del comercio montevideano ante el flamante Consulado y su nuevo, y brillante, secretario. El hombre en cuestión solía descansar de sus afecciones en Mercedes, donde tenía campos, y allí trató, o al menos conoció, a la totalidad de la dirigencia que haría el famoso Grito de Asencio en 1811.

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  El tema es que en esos capítulos de la rivalidad montevideana-bonaerense, se mete una cuña inesperada: Artigas.

  Porque el Patrón de la Independencia representa a la Campaña Oriental, y sus reclamos a la propia Montevideo. Artigas no solamente es el Jefe de los Pueblos Libres que litigan con los tranceros porteños. Representa un proyecto que molesta a todos: Es federal, es democrático, es rural, y es inclusivo de los indios. Y si agregamos el carácter intransigente del Jefe, tenemos un combo perfecto para adorar. Los Pueblos Libres, federales, confrontan con Buenos Aires; Su espíritu democrático, y rural, con las élites aristócratas de ambos Puertos; su fervor entre la indiada molesta a muchos de los propios; y su patriotismo, cunde en odio en sus adversarios, que ligan para deshacerlo: montevideanos, porteños, y portugueses, aún los paraguayos, se la harán una por una. Si a eso agregamos que la mayoría de sus jefes, le abandonan, o le traicionan, a excepción del Gigante Andresito, y algunos pocos más, la suerte del Blandengue Heroico está echada. No es Tacuarembó, y Ramírez, la derrota del Proyecto. Era él, con todas sus demandas de la hora, el empecinado grano en el orto para todos los actores de su tiempo.

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  Su pronta desaparición deja legados, ensueños, y líderes que heredan su fuerza: Estanislao López entre los federales del Litoral; Juan Antonio Lavalleja su prestigio oriental; y don Fructuoso Rivera, el alma mater de la campaña oriental. Los tres están ligados entre sí, y, a su vez, nace un cuarto actor preponderante de la vida “uruguaya”, el que los une bajo una misma Causa: Don Juan Manuel de Rosas.

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UN POKER CANTA TREINTA Y TRES 

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  Siempre que se analiza a Rosas, se centra el análisis en que era un estanciero bonaerense; No, si va a ser un gentleman británico, manga de giles. Don Juan Manuel no deja tela sin cortar, en donde no impone su impronta, su liderazgo, su patriotismo, y sus intereses patrimoniales: ¡Qué duda cabe!. Todo está fundido en su sello, claro está, y sus miras no son cortas, ni mucho menos. Es el Hijo de un País que quiere terminar de ser, y por eso su genio, que lo tuvo, es el de la Región que quiere convertirse en Patria. Su duradera alianza con López, que forja la Confederación posterior al desastre rivadaviano, es la compañía en los primeros diez años de su carrera. Y Rosas siempre ve al Uruguay como una extensión argentina a la mar.

  Han sido los historiadores orientales, aún con sus temores hacia su figura, quien mejor lo han comprendido. Porque ellos estudian historia argentina para comprenderse, cosa que no es recíproca en nuestros lares. Uruguay es mucho más hija del sello de Rosas de lo que se cree, aún cuando su eyección como Estado Tapón, fue en contra de sus principios. En Argentina todavía estudiamos si fue tirano o demócrata, cuando el legado del Restaurador es la Soberanía Regional: Eso que comúnmente llamamos Patria. ¿Era porteñista?, Y sí, hombre, como López santafesino o Artigas oriental. Es en estos años donde se forja el temple de su capacidad, donde se adivina la huella de los próximos veinticinco años argentinos: He ahí un patriota de veras, ese que muchos se niegan a seguir admitiendo.

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  Tras el pacto de Benegas, López y Rosas son amigos de alma. Es don Juan Manuel el que acerca al santafesino a los emigrados orientales, donde está Lavalleja. Es don Juan Manuel el que recorre Uruguay, como “empresario”, dando la voz de alarma: “Se vienen los Treinta y Tres, muchachos”. Rosas forma a los libertadores. Se arman en sus tierras, los auxilia económicamente. López concursa con un pacto con los cabildantes montevideanos. Es que ha estallado la guerra en el paisito, entre los lusos y los independentistas brasucas, y hay que aprovechar.

  Rivera, de quien Rosas sospecha, y con razón, era el árbitro fundamental de la situación. Calzaba las mismas botas de Artigas en prestigio y liderazgo, aunque sus negocios particulares “esa insaciables sed de dinero”, como le acusan los macacos, hacían dudar de sus proyectos. Por eso el mote rosista: “el pardejón”, ese mulo que se muestra fiel y te patea traicioneramente. Lavalleja, que tenía su clientela, durmió ante el enemigo de toda la vida.

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  El problema para Rosas en 1823-1825, es que era Alma de la reacción oriental, pero no el Jefe Político de su país, y ni siquiera de su partido. En Buenos Aires manda Rivadavia, Dorrego se le opone. Rosas no comulga ni con el primero, y apenas por lealtad clientelar con el segundo, “un botarate”, seguramente en su pensamiento. Todos los horrores diplomáticos que llevan a la separación oriental del páis, lo tienen a esos dos como responsables. Y eso es porque la élite porteña miraba con solemne desprecio todo lo que pasara fuera de sus fronteras estrechas y circundantes. Uruguay será producto de ese desprecio, porque los brasileños nunca se tragaron su Independencia. Y la Gran Bretaña, siempre olfateando un negocio para sus intereses, logró meter la cuña a tiempo. Lavalleja, encumbrado por Rosas, su prestigio personal, y sus triunfos militares, empieza a razonar: Ser el Jefe político de un nuevo Estado. Es el más uruguayo de los orientales. Y Rivera, más por llevarle la contra, que otra cosa, era el más argentino de los de allá.

  En medio de la triunfal guerra argentina sobre el Brasil, guerra poco documentada por la historiografía argentina, y por algo será, Lavalleja se siente disminuido en sus fueros. Y encabeza una asonada política, y obviamente militar, por la cual es separado del mando por Rivadavia. Ni lerdos ni perezosos los hombres de las viejas logias antiartiguistas le hablan seductoramente al oído, y Lavalleja compra el muerto.

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  Todo parecía perderse, aún cuando la guerra estaba ganada, porque no hay guita para solventar el remate triunfal. Y, entonces, las miras nacionales vuelven a posarse sobre el Caudillo de Santa Fe.

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INCURSIÓN MISIONERA, 

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  En el otoño de 1828, Don Estanislao López organiza tropas. Con el inestimable apoyo de Dorrego, gdor. bonaerense, con el cual ha recompuesto relaciones, emprende campaña.

 Por el tratado santafesino-bonaerense de octubre de 1827, a López se le encomienda “…levantar una fuerza militar que ocupe los pueblos de las Misiones Orientales, que existen en poder del tirano del Brasil”. En esos momentos, refugiado suyo, Rivera departía con don Estanislao. Con papeles de su protector, Rivera se presenta ante Dorrego y lo convence de una guerra a llevar en el propio territorio en litigio. Pero Lavalleja, jefe de las tropas desde la asunción dorreguista, desconfía de su viejo adversario, y recomienda a Dorrego desestimarle ayuda: Estaba claro que don Frutos esperaba seguir sus negocios particulares con jefes brasileños, amén de ganarles alguna que otra batalla. Dorrego intentó terciar, pero Rivera inició la campaña por su cuenta, con escasos fieles, provocando una guerrita civil con Oribe y el hermano de Lavalleja, Manuel, a la vista del enemigo. Así los tantos, mientras Oribe y Manuel intentaban dar caza de Rivera, éste se internaba y lograba reconquistar los “siete pueblos misioneros” ocupados desde 1801. Los dos ejércitos quedaron en posición de enfrentamiento ante el enemigo, pero la sangre no llegó al río, por momento. Rivera asumió “la gobernación de las Misiones”.

  Así los tantos, llegaba López a la región. A la inestabilidad entrerriana, que pudo poner coto, se encontró con que el correntino, y gobernador, Pedro Ferré, desconocía la Jefatura de Rivera, porque su intención era absorber las Misiones para su provincial. Esa suerte de conflicto enorme frente al Brasil, que encima bramaba de angustia pensando que se podía perder “todo Río Grande do Sud”, si López seguía su avance, provocó que don Estanislao no quisiera continuar con las operaciones, para evitar una suerte de innecesarios conflictos que le eran, pareciera, ajenos, aún cuando Santa Fe era protectora de Misiones desde el tratado del Cuadrilátero (1822).

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  López se retiró con sus tropas santafesinas, dejando al mando de Rivera, huestes correntinas y de caciques que se plegaron a don Frutos. Allí Rivera mandó un tiempo, hasta que el tratado de paz lo obligó a evacuar el territorio en éxodo, casi que, y fundar en el actual vértice oriental limítrofe con Brasil y Argentina, la localidad que actualmente se llama “Bella Unión”.

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CONVENCIÓN PRELIMINAR, 

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  Mientras en Santa Fe se reunía una exigua concurrencia de representantes provinciales en “Convención Nacional”, Dorrego era sometido a una feroz oposición que no dominaba, y a los manejos del Embajador britano, don Lord Ponsoby.

  La impotencia del Gobernador Bonaerense, y el fracaso de mucho de sus planes, provocaron la definitiva emancipación oriental de la Federación Argentina en ciernes. Las presiones británicas por intermedio de Ponsoby, que despreciaba a Dorrego, y notaba de la importancia para los intereses de su país de la independencia oriental, hicieron el resto. Una carta a Londres, así lo especifica: es necesario que yo proceda, sin un instante de demora, y obligue a Dorrego, a despecho de sí mismo, a obrar en directa contradicción con sus compromisos secretos con los conspiradores y que consienta en hacer la paz con el emperador. (…) Es a Lavalleja a quien deberemos la paz, en gran parte al menos. Creo que nunca la hubiéramos alcanzado por medios correctos sin su cooperación.

  Los dirigentes uruguayos fueron ganados por la idea, y se dispusieron a crear un nuevo país en el Plata. Desde agosto de 1828 se abrieron las negociaciones, que se terminaron de concertar el 4 de octubre en Montevideo.

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  Uruguay terminaba de nacer como Estado Independiente. Tras contar esta historia desde el lado argento, me propongo hacerlo en próximas notas desde el lado oriental, solicitando a mis queridos lectores, bibliografía recomendada.

Continuará…

2 comentarios

  1. ¡BRILLANTE! Solamente es imprecisa una afirmación, creo que es consecuencia de la necesidad de concentrarse en los puntos importantes. ue Rosas fuera porteñista como Artigas oriental y López santafesino solo podria ser una afirmaciñon cierta en un plano formal. Pero en realidad, cada uno tuvo en os hechos actitudes políticamente muy distintas como caudillos de sus Provincias. Rosas fue porteñista desde un ángulo claramente hegemónico sobre el resto de las provincias (con varios objetivos, y no era el menor de ellos el manejo y usufructo de la aduana de Buenos Aires). Artigas tuvo varios deslices al acercarse Tacuarembó para seguir siendo “el Protector”, un “primus inter pares” cuando esa etapa había sido superada por la necesidad política de que las autonomías provinciales fueran respetadas en un plano de igualdad) de acuerdo al propio ideario artiguista (contexto en el que fue legítimo bautizar un diario rosarino “La Capital” (lástima para el resto de los santafesinos que no se concretó, je,je, porque hubiéramos compartido los plomos de Rosario con todo el país), y López se limitó a defender su provincia, ya que siempre salió de ella para responder a una invasión o ataque, o bien aceptando misiones establecidas por organismos que consideraba con autoridad superior que debía respetar. La longitud de este comentario, para explicar cómo veo la situación, es una perfecta justificación
    para el escrito de CPP

  2. Carlos Pistelli

    Juan Carlos Serqueiros Contra lo que cabría esperar de usted con su ideología extremista que lo lleva a admirar y propagandizar post mortem a contrabandistas y salteadores de caminos; su artículo es EXCELENTE. Aplausos.

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