Carlos Pistelli

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#Morón, que los brasileños llaman #Caseros. Segunda guerra argento/brasileña.

Argentina.

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    Curioso país el nuestro. Dos fundaciones de su capital[1]; Dos declaraciones de independencia; Dos gobiernos en distintas etapas erarias, uno encabezado por Bs. As., otro contra la ciudad-Puerto; un país sin Gobierno Nacional cincuenta años; una Constitución que tarda 43 años en ser concretada, y aún así, 60 años más en terminar de ser respetada; Curioso país el nuestro…

  La nacionalidad argentina fue una confrontación permanente entre el sentir provinciano y el proyecto de las eminencias portuarias. Federales, democráticos (definiciones que tienen similitud entre nosotros), anárquicos, americanistas, las provincias; centralistas, antipopulares, europeizantes, oligarcas, los porteños. Se los reprocha José Ma. Rosa en su brillante “La caída de Rosas”: La Argentina nunca tuvo una clase dirigente: una minoría capacita por conciencia de su tiempo y comprensión de su medio para conducir la Nación que surgía (…) Una minoría gobernante sin «virtud política» (como llamó Aristóteles al arte de identificarse con los gobernados) no es una clase dirigente porque nada dirige. Impone o medra. No es una aristocracia: es una oligarquía. (…) No podían saberlo porque no sentían la nacionalidad: su concepción política no iba más allá del “Estado”, es decir, lo formal, lo transitorio; no veían a la “Nación”, la esencia, lo perdurable (…) Durante el predominio de la oligarquía −de 1811 a 1827−, la poderosa nación del Plata se escindió en cuatro fracciones al parecer insoldables. La actual Argentina −la mayor de ellas− se debatió en una constante anarquía que amenazó convertirla en una Centroamérica de catorce republiquetas enemistadas desde afuera”.[2]

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    En ese estado de las cosas, se debatía don Juan Manuel de Rosas, cuando reasume la gobernación de Buenos Aires en 1835.

  Trece provincias que le observan desconfiadas, y el estado más poderoso del país, que le respondía popularmente. Rosa arriesga decir que don Juan Manuel intentó recuperar la unión de la poderosa nación del Plata. Las provincias delegaron en el gobernador bonaerense la representación diplomática y una especie de Suprema Corte de Justicia. En función de la defensa del Federalismo y la Iglesia Católica, gobernó 17 años. Impuso los tantos de la Soberanía Popular, como base clave de la Soberanía Nacional. Recién al final de sus largos mandatos, pretendió dotar a la Nación de una Organización Institucional. No pudo: fue derrotado antes de intentarlo. Ésa es la historia concluyente sobre su época.

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[1] El adelantado amigo de Carlos I, don Pedro de Mendoza, enfermo terminal de sífilis, se vino pa’ las Indias, a encontrar cura de su enfermedad. Fundó el Puerto de la Santísima Trinidad de los Buenos Aires en 1536. Muerto en regreso a Europa, su puerto fundado se despobló a los pocos años. Cuarenta y cuatro años después, el fundador de la ciudad de Santa Fe, don Juan de Garay, fundó nuevamente la ciudad y puerto de Buenos Aires. No deja de ser un hito de nuestra historia.

[2] Rosa, José María, La caída de Rosas, Buenos Aires, Punto de Encuentro, 2010, páginas 49 y subsiguientes.


Un país unido con su Emperador.

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La gran ventaja del Brasil con respecto a sus hermanos americanos a la hora de consolidar su nación, fue la figura de su Emperador.

  Los Estados Unidos lo resolvieron con un expansionismo de conquista territorial, hasta que en 1861 le estallaron todas las contradicciones internas. En América los conflictos internos de los nuevos Estados fueron la norma de sus doscientos años de existencia como tales. Brasil lo resolvió con la constitución del imperio.

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 El expansionismo brasileño, heredero de sus padres portugueses, también ayudó a la consolidación nacional. Pero fue la figura del Emperador la que ayudó a resolver las intríngulis nacionales que todos hemos sufrido. El emperador como símbolo, superior de todos los habitantes, de hondo sentido nacional, y comprendedor de la sociedad en la que se desenvuelve.

 Hubo conatos republicanos y separatistas, seguro. Pero el poder coercitivo fue implacable para sofocarlos. Algunos de ellos los comentaremos.

 En ese marco de veneración a su majestad, surgieron dirigentes que, amén de su credo partidario e ideológico, tuvieron como premisa siempre, la grandeza del Brasil. Eso los distingue del resto de las naciones americanas.

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bandera-Brasil

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  José Ma. Rosa menciona a dos de ellos como los más destacados. Honorio Hermeto Carneiro Leao, y Paulino José Suares de Souza. Honorio “Era el conductor de una aristocracia, el adalid que Brasil necesitaba a mediados del XIX. No un orador como Bernardo de Vasconcellos, ni un jurista como Limpo de Abreu, ni un diplomático como Soares de Souza. Algo más que eso: un jefe. Había nacido para mandar y no sabía inclinarse; daba órdenes y no las discutía”[1]. Honorio llegó a “marqués de Paraná”: toda una definición. Sobre Suares de Souza, Rosa lo recuerda, capaz de danzar en una mesa puesta con cristales, sin rozar una sola copa”; Tal la habilidad de un talento que debe disimular, porque en el mundo aristocrático en el que se desenvuelve, un plebeyo como él, debe aprender a obedecer. Estimado por todos, propios y extraños, fue llamado por su nombre, como siempre en Brasil: el señor Paulino.

  Es interesante como una brillante generación de dirigentes surgen en un momento dado, en un momento determinado, para cumplir con altura el papel que la historia le asigna. Y Brasil se los agradeció eternamente. Porque al talento natural y la formación política que tuvieron, le agregaron un hondo patriotismo, que suele causar envidia en Argentina. En 1837, en Saquarema, en las inmediaciones de Río, conformaron con el suegro de don Paulino el partido Conservador.

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  Don Pedro Segundo, emperador de cinco años, heredó la corona en 1831. Por tres años un triunvirato gobernó el país (un integrante ‘liberal’, uno ‘retrógrado’, y un militar) pero en 1834 el jefe de los liberales, padre Feijó, se hace con el poder. Por tres años las ideas «federalistas» del padre casi postran al Imperio. Entonces don Paulino buscó al estadista que necesitaban los ‘saquaresma’ para gobernar: don Bernardo de Vasconcellos: Paralítico, físicamente feo, sarcástico, odiado por todos, incluso los que serían ‘los suyos’. Las malas lenguas hablan de él como un especulador, un traficante de esclavos, un incestuoso[2]. Honorio no lo quería, pero aceptó formar cartel. En 1837 gobiernan Bernardo en interior, Torres (suegro de Paulino) en Marina, Honorio en la cancillería, Paulino en justicia. Los ‘liberales’, con el tiempo llamados “luzias”, pasaron a formar en la oposición.

  Para nosotros que hemos crecido creyendo, casi ciegamente, en sentires republicanos, siempre nos ha chocado el amor a un monarca. Ya de por sí el quiebre brusco, de dejar de ser súbditos del Rey español para pasar a ser independientes y repúblicos, fue todo un cambio cultural enorme. Si lo sabrá San Martín, que creyó en monarquías atemperadas, ganándose rechazos y reprobaciones. Ahora, si un Rey, como un ser superior, gobernante por derecho de Dios, casi impoluto, además agrega conciencia nacional y criterio político, se tornaba en un poder irreductible.

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El Emperador ciñe la corona.

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 En 1841 el emperador cumple 15 años. Debiera ceñir su corona al cumplir la mayoría de edad en 1844. Pero un tertuliano de su corte, ambicioso y sin escrúpulos, llamado Aureliano de Souza Coutinho, dícese liberal, conversa con don Pedro, que ya está grande para que lo anden regenteando. Y lo convence: Don Pedro ciñe la corona en julio de 1841.

  Nadie mejor dotado para conducir el Brasil que este monarca austero y culto, justo y atento[3]. Cultivó el cariño popular, cosa que suele suceder cuando el que ciñe coronas, es dado a su pueblo. Fue el símbolo de su país, al que amó y entendió como ninguno. Fue un aristócrata completo, como lo define Aristóteles, que interpretó a su sociedad y a su hora, en el doble significado de ‘interpretar’: comprensión del medio, y resolución al respecto. Hasta 1889, fue el emblema de esos tiempos dorados del Brasil potencia.

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 Contra estos tipos, combatía Rosas. Los acorraló cuanto pudo. Es interesante como los dos caudillos que predicaron combate a la oligarquía porteña (el otro Artigas), tuvieron en el Brasil a su principal enemigo. Les pudieron ganar todas las batallas, que no, tampoco. Pero al final, «la alegría es sólo brasileña».

[1] Rosa, José María, La caída de Rosas. Buenos Aires, Editorial Punto de Encuentro, 2010. Páginas 15 y subsiguientes.

[2] Ídem, página 22.

[3] Hay algunas anécdotas del Emperador, que pintan de cuerpo entero la vida de un monarca. La cultura general de Pedro, volcó a la escritura sus sentires personales. Nunca terminó de aceptar del todo su rol. No por faltarle agallas, honor y sentido de la responsabilidad, sino más bien por su espíritu retraído y melancólico. Su madre fallece al año de nacido, su padre se vuelve a casar pero lo abandona a los 5 años, para que lo críen los ‘nobles’ brasileños. Pedro Primero falleció tempranamente y nunca le volvió a ver. Vagos recuerdos tenía de sus padres. Creció rodeado de súbditos que lo reverenciaban, a su vez que lo formaban como soberano. Fue engañado al casarse, siempre razones de Estado mediante. Un retrato de una princesa lo flechó. Esbelta, bella, pálida la piel, sus lecturas eran amenas y creyó encontrar su ‘alma gemela’. Cuando la vio bajar del barco se le desmoronaron las ilusiones. Regordeta, coja, lejos de una ignorancia supina, pero hasta ahí nomás. Se refugió en los brazos de sus varias amantes, pero la tristeza lo acompañó el resto de su vida. A los 20 años tuvo una hija, Isabel. Y a los 21, el hijo varón heredero de la corona. Pero el hijito falleció a los dos añitos, en 1849, en tiempos de una dura crisis imperial. Don Pedro sufrió a horrores no poder concebir otro heredero varón.

En los últimos años de su reinado, solía irse de viaje largas temporadas fuera del país. Su sueño de juventud, la abolición de la esclavitud, se cumplió en agosto de 1889. Unas semanas después, era derrocado. Falleció melancólico y solitario, en París, dos años después. El regreso apoteótico de sus restos mortales, fueron en medio de una celebración popular sin precedentes en la historia del Brasil.


La Confederación hacia 1850,

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 Tras la gran batalla de Arroyo Grande en diciembre de 1843, sacando las carnicerías de Urquiza para sostener su “argentinidad”, la Confederación vive un momento de pax romana. Eso permite a muchos emigrados volver al país y a un desenvolvimiento de las economías regionales, porque lo que faltaba en el mercado interno por el bloqueo, se producía acá. Pero faltaban brazos para trabajar, tras años de guerra y viejos peones imposibilitados de hacerlo.

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     El caso de Benito Hortelano es emblemático.

   Comienza “la inmigración”, diez años antes del nacimiento de Esperanza en el corazón de la pampa santafesina. En realidad, nunca se detuvo el flujo europeo a nuestras tierras. Los que se vienen pa’cá son vascos franceses y españoles, que conocen lo que es el trabajo duro del campo, irlandeses y genoveses que conocen de materia comercial. No es que don Juan Manuel leyera a Alberdi y finalmente cediera al pensamiento del ‘mayo’. Es que en la base de su poder social, empezaban a notarse las angustias de sus esfuerzos titánicos para sostener la Soberanía. Faltaba mano de obra en los años finales del rosismo. 

  En dos o tres años de trabajo duro en las estancias bonaerenses, los vascos se hacían con una fortuna que los reposicionaba socialmente en Buenos Aires o para volver, hechos unos ‘gentleman’, a Europa. El que más se destacó fue Benito Hortelano.

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  Hortelano se hizo con una fortuna considerable. Se puede decir que después de Rosas, Pacheco y los Anchorena, es el hombre más rico de la ciudad. Debe decidir dónde invertir su dinero, en una empresa redituable, ¿y dónde lo hace?.

  En el periodismo. ¿Cómo se explica que años después se lo tuviera a don Juan Manuel como un retrógrado que hizo vegetar a la población nacional? Ahí está, como atrajo inmigración al Puerto para formarse un porvenir. Y ahí está Benito Hortelano, invirtiendo en un diario porteño, porque era “negocio”. ¿Negocio un diario en un pueblo de analfabestias como el rosista? Obvio. Porque el pueblo bonaerense se enteraba de las noticias y de la actuación del Restaurador leyendo. Con lo que las macanas de que Rosas era una bestia opresora, se caen de maduro. Caído Rosas, Hortelano se pasa a la oposición, como buen sobreviviente del naufragio, y le abre las puertas editoriales a un joven Bartolomé Mitre. En dos meses, la pluma de Bartolito lo hace inmensamente popular. Porque el pueblo que acompañaba a Rosas, además de progresar económicamente, también leía, y hacía a ignotos escritores, figuras de relieve si sabían escribir. Y Mitre, la gran virtud de su carrera, fue el ser un gran propagandista personal.

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  Las provincias viven un momento de esplendor desarrollista, que no vivían desde hacía cuarenta años. La provincia de Santa Fe, siempre campo de batalla y devastada por las guerras, Que en 1812 proveía al país de ‘carbón de leña’ hasta que Rivadavia libera la importación de leña cubana con auspicios británicos y la arruina, producía astilleros cuyos barquitos recorrían los ríos interiores y competían con los que venían de afuera. En el interior cordillerano se había desarrollado una industria textil de primera línea, la incipiente producción azucarera tucumana, y la destilación de alcoholes. Por la guerra, la exportación ganadera iba a parar a los EE.UU, cuando el destino clásico era Europa. Ciento seis fábricas montadas existen en Buenos Aires, con setecientos cuarenta y tres talleres artesanales. La balanza comercial confederal, y la ejecución del presupuesto, daban superávit. Las relaciones con Gran Bretaña, tras la guerra de cinco años, volvían a encaminarse, y se le volvieron a pagar los intereses del empréstito de la Baring.

  Pero el Rosas de 1850 no impulsó la formación educativa. Si no cerró escuelas o la Universidad, obligó a los docentes a cobrar como particulares las clases departidas. Fue un retrógrado. Y eso, eso no vale.

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Rosas

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Continuará…

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    1. #Morón. #Caseros. #Rosas. #Urquiza. Idea de una Nación. | Carlos Pistelli

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